Calor cubano en el norte de Europa, ¡Alabao!

Juanito y Yohandry nacieron allá en las provincias orientales, entre montañas y rebeldías, sueños e historias. Aunque no eran familia, se criaron como hermanos, compartiendolo todo, sonrisas y penas, hambres, angustias e ilusiones. El calor de Santiago, el sol del Caribe los bautizaron de sudor y glorias.

Cuando llegó la hora de ir a estudiar a la Universidad, Juanito se decidio por una carrera que solo se estudiaba en La Habana, Yohandry decidio quedarse en Santiago y estudiar medicina.

La situacion económica del país se hizo crítica. Se hablaba de la opción cero, un, resistiremos enorme pretendía imponerse a todos. Juanito tenia unos amigos suecos que lo invitaron a visitar su país. Llamó a Yohandry una noche y le dijo.

– Mi hermanito unos socios suecos que conocí aqui me invitaron a irme pa’ Suecia. ¿Te imaginas este mulato entre hielos y nieves? A mi nunca me ha gustado mucho la idea de irme del país, mi sueño era hacerme informático, casarme, tener 2 chamas y echar palante, pero esto está de apaga y vamonos. Aconsejame mi hermano.

– A mi, como a ti, la idea de irme no me gusta mucho. Lo mío es el sol, morirme de calor todos los días y andar estas calles de Santiago mil veces en un día. Te confieso algo, ando de novio con una chica de Dinamarca, me quiere invitar a conocer a su familia y quién sabe, hasta nos casemos. Si te vas para Suecia, estaremos cerca y podremos vernos. ¡Nos piramos mi hermano! El último que apague el Morro y el primero que regrese, que encienda la esperanza. Mete caña que nos vamos a vivir entre hielos y nieves.

-Que sea lo que Dios quiera. Antes de irme voy a Santiago, tengo que ver a la vieja, darte un abrazo y llenarme el pecho con ese sol, llevármelo conmigo. Tenemos que ir juntos a la playa, que el mar nos dé la suerte y la bendición para el viaje.

-Te espero mi herma. Hasta el norte de Europa a pie, quién nos lo iba a decir.

Pasaron los dias, Juanito y Yohandry se encontraron en Santiago. Caminaron esas calles ardientes de sol, se secaron el sudor con sus camisas, tomaron pru y guarapo se tendieron al sol frente al mar. Cargaron las pilas para un viaje largo, como quien se prepara para vencer cambios y seguir siendo; más allá de latitudes y climas, tierras y lejanías.

Antes de regresar a La Habana, fue con su mamá a despedirse de su abuela Pancha, una viejita encantadora que presumía de saber conjuros y de adivinar el futuro tirando los caracoles. Al salir, guardo en su bolsillo un regalo especial de su abuela.

Cuando llevaban meses fuera de Cuba, una mañana Juanito llamo a Yohandry.

-Mi hermanito tú no piensas venir a verme. Aqui hay un frío que parezco un pinguino, necesito un abrazo cubano para enfrentarlo. Un abrazo coño o muero congelado.

-Yo creo que tú eres medio brujo y le metes a tirar los caracoles como tu abuela Pancha. Te iba a llamar para decirte que el viernes salgo para allá, estaré 4 dias, necesito tambien un abrazo cubano para soportar este frío de pinga.

Cuando Juanito y Yohandry se encontraton, se abrazaron tan fuerte que empezaron a sudar. Los amigos suecos los miraban asombrados; ¡Dos tipos sudando en pleno invierno!

Al día siguiente, Yohandry se despertó primero, fue a la cocina en silencio y coló un café cubano que inundo el apartamento con su aroma. Juanito se despertó gritando, ¡Qué coño es esto! Desde que salí de Cuba no sentía ese olor tan rico.

-La vieja me mandó un paquete de café Serrano y una cafetera, quise darte la sorpresa.

-Sirveme un poco mi herma que me muero de ganas.

Saborearon el café, como quien bebe recuerdos y esperanzas. Juanito dijo.

– Vístete que vamos a la playa.

-Qué playa compadre, tú estas loco o el café te hizo daño; el mar está congelado. ¿Tú quieres darte un baño de hielo?

-Vamos a la playa, es una promesa que le hice a mi abuela, que iríamos a la playa cuando vinieras a visitarme. Abrigate bien, que afuera hay un frio de tres pares .

Llegaron frente al mar. Un viento helado amenazaba congelarles hasta los principios. Juanito sacó un cuchillo y en la helada arena escribio CUBA. Tomó de la mano a Yohandry, sacó 3 caracoles, rojos, blancos y azules y los arrojó contra el mar helado. Una explosión estremecio la playa.

Una ola gigantesca les arrebato abrigos y ropas, un sol intenso iluminó la playa. Juanito y Yohandry se abrazaron y se tendieron al sol. Un verano cubano en pleno invierno al norte de Europa es un milagro de voluntades y conjuros. Un milagro que sólo logran; los que llevan a Cuba en el alma.

Estos cubanos son capaces de todo, se inventan Cuba en cada esquina del mundo.

Fotografia cortesía de uno de los muchachos en la foto, Michel Vega P.

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El olvido es, a veces, un refugio necesario.

Dicen que el pasado no se acuerda de mi y el futuro no tiene idea de que existo. Estoy aqui, en medio del presente, revolviendo recuerdos, cocinando esperanzas.

Allá, donde comienza mi historia y la de muchos, alguien se refugia en el olvido, llama a hijos ausentes, cada día, a cada hora. Su casa y su mente estan llenas de recuerdos, los sueños, son solo reflejos del pasado. Su esperanza, su futuro inmediato, es el regreso de sus hijos.

Los imagina junto a ella, los llama, uno a uno, en la memoria. Se inventa un mundo sin ausencias; donde el adios no existe y el vuelvo pronto es una frase sin sentido. Los imagina regresando del trabajo o la escuela, pregunta si llegaron, si comieron. Escucha voces y risas, es feliz entre fantasmas que la rescatan del dolor y de las penas, que inventan risas entre lágrimas, que juegan a inventarle un mundo que no existe.

A veces, con permiso de fantasmas, regresa de recuerdos. Una llamada y su rostro se ilumina, juega a ser la de antes, la de siempre. Después del adios y de los besos, basta un gesto para convocar al regreso sus fantasmas; retorna a su mundo sin ausencias.

El pasado es su mundo y a él se aferra, a no dejar que la olvide. En él se inventa un mundo necesario que la salva de sufrir, del desconsuelo.

Un día le preguntaron por personas, le recordaron ausencias, adiós y penas, entre lagrimas sonrió. No olvido nada, solo que a veces el dolor es tan intenso que me refugio en fantasmas, desmemorias. Juego a inventarme un mundo en que están todos, sin despedidas, ausencias, sin angustias. Cuando el dolor no cabe en mi pecho, invento risas, me imagino a mis hijos en el patio. Vuelvo a servir la mesa para todos, mis fantasmas acuden puntuales a mi llamada.

Fotografia de “El caballero de París ” del pintor cubano radicado en Miami, Felix Gonzalez Sanchez

¿Trump o Hillary? Una conversación en Hialeah.

 

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Pancho llego a Miami en los 60s. Cuando le intervinieron su bodega, allá en La Habana, decidió irse. Empezaría de cero, pero estaba seguro que volvería a triunfar. Lo mandaron a trabajar en la agricultura mientras esperaba la salida. No había trabajo duro para él. Mucho menos si era el precio que pagaba por irse del país, por una nueva vida. Soportó el tiempo de espera y el trabajo duro.  Se fue de Cuba con el dolor de dejar a su madre y a los suyos, pero con la certeza que volverían a reunirse; esa sería su meta.

Llegó a Miami, trabajo duro, muy duro, como solo trabajan los hombres decididos a triunfar, a darlo todo por un sueño. Logró ser dueño de un supermercado, demostró su fuerza y constancia, su tesón. Su 3er grado en la primaria y su desconocimiento total de inglés, no fueron obstáculo para triunfar; pertenecía e esa raza para la que la palabra imposible no existe. Logró reunir a la familia de este lado del mar; juntos se inventaron una nueva Cuba y sueños.

Tuvo dos hijos varones a los que educó y formó como hombres de bien. Ambos se hicieron profesionales exitosos, acumularon conocimientos y fortunas.

Pancho siempre estuvo en el partido republicano. Como la mayoría de los primeros cubanos que llegaron a Miami, pensaba que ese era el partido que más apoyaba la causa cubana. En todas las elecciones votaba por el candidato republicano. Él y sus dos hijos eran votos seguros para ese partido.  Este año Pancho andaba preocupado, pensativo, como quien lleva una pena grande en el alma y no sabe qué hacer con ella. Sus hijos fueron a visitarlo y el verlo en ese estado se preocuparon. El mayor le preguntó.

– ¿Viejo que te pasa? Tú siempre andas jodiendo y riéndote y tienes una cara que pareces un alma en pena.

– Ustedes saben como disfruto ser ciudadano de este país.  Soy cubano y muy orgulloso de serlo, pero también amo a este país que me acogió y me dio derechos. ¿Saben cuál es el derecho que más disfruto? Votar.

-Claro viejo, ese es el derecho más importante y todos los años vamos juntos a votar.

– Eso es lo que me tiene así. Este año, por vez primera, no iré a votar. El Trump ese es una verguenza para el partido republicano y para este gran país.  Elegirlo sería poner en peligro el destino de este país y del mundo entero.

– Viejo, este es el año que no puedes dejar de votar, iremos juntos a votar, pero por vez primera por un candidato demócrata.  Votaremos por Hillary; es la única forma de impedir que Trump tenga acceso al código nuclear, que levante muros y desate guerras, que divida y destruya al país y al mundo.  Juntos aportaremos nuestro granito de arena en impedirlo.  Ese hombre no puede llegar a ser el presidente de este país. ¿Entiendes papá?

– Si mis hijos lo entiendo. Aunque me duela votar por un demócrata, votaré por la Clinton este año; Trump no puede llegar a ser el presidente de este país.

 

Fotografia tomada de Google.

Estampida de cubanos.


Cubanos dispersos por el mundo. Hermanos, madres e hijos distantes, extendiendo brazos en afán y ansia de tocarse, inalcanzables. Muertos que esperan cubana sepultura, en definitivo y añorado regreso. Piezas de un rompecabezas que tal vez nunca vuelvan a juntarse, a ser uno. Esa angustia de partir una y otra vez, inventarse vidas y raíces. Esa ausencia del abrazo preciso en el momento exacto.

 Esa lagrima abundante, recurrente, con sabor a adiós, a vuelvo pronto, a me muero sin verte.

¿En qué maldito momento la tierra laboriosa del café y la caña, el tabaco y el ron, del baile y la guaracha, la palma y el colibrí, se volvió tierra de maldiciones, de quejas y dolores, abulias y angustias? ¿Cuándo se nos agrio el vino y el azúcar se hizo amarga?
¿En qué oscuro minuto dejamos de mirar hacia adentro y buscamos afuera, con ansia y desespero?
¿Cómo pudieron desatarse maldiciones y odios sin final? ¿Cuándo se desataron vientos y tormentas llevándose poco a poco la esencia de vidas, la razón de ser?

Manda pinga esto, otro año más aquí. Hasta cuando madre mía, quiero alas pa’ salir volando de esta mierda. Me voy pa’l carajo, no aguanto más. El último que apague el morro. Voy echando que esto no hay quien lo aguante.
El cordón de La Habana, la F1 y ubre blanca, ¿Se acuerdan? ¡Qué manera de comer mierda caballero!
Señores, pero hasta cuando es esto. Se acuerdan de 32 y pa’ lante, 33 sin comandante. Esto lo bueno que tiene es lo malo que se está poniendo. Esto ya se cayó compadre, lo que estamos es en el papeleo
Me voy pa ‘la Yuma, esto es mucho pa’ un solo corazón.
Socialismo o muerte, ¿Puedo elegir?
Los 10 millones van, palabra de CUBA, no van.
¡Que se vayan! ¡Que se vayan! ¡Que se vaya la escoria!
Resistiremos, resistiremos.
La opción cero. Caballero ya no hay donde amarrar la chiva, ¿Que chiva compadre?
Los vecinos se están comiendo un cable, ¿Dónde lo habrán encontrado?
A cada cual, según su trabajo, de cada cual según su capacidad. Pancho el carnicero y Felo el del partido deben trabajar como bestias, seguro no duermen. Viven como Carmelina.
Los jóvenes del campo a estudiar pa’ La Habana y los de la Habana pa’l campo, caballero me la comí.
Cerelac, cerelac, cerelac. Ahógate viejo o toma agua pa’ que te baje.
Coño Pancho le diste el picadillo de soya a los perros, ahora van a tener cagaleras.
Todo lo malo viene del norte. Señores imperialistas no les tenemos miedo. La culpa de todo la tiene el bloqueo.
Te enteraste Manolo, prohibieron Spunitk y Novedades de Moscú. Alabao.
Picadillo de cáscara de plátano verde, de pinga. Apaga y vámonos Carmela.
Ay Cachita ¡Ayúdanos!
Lo vendí todo, nos vamos pa’ Ecuador y hasta Miami no paramos.
Quéeeeeee, ahora los yanquis son amigos.
Cuando carajo cambiaron de palo pa’ rumba.
¿Oíste el discurso? El negro se la comió, se mandó y se zumbó.
Tengo el discurso grabado y a cada rato vuelvo a escucharlo.
Caballero el miedo se está acabando.
Si nos fajamos con los tiburones y los coyotes, ¿No es más fácil fajarnos aquí?
Hay que unirse Manolo y echar palante, está en juego el futuro y la patria.

Como un milagro, todos se unirán. Girasoles, en el pecho y unas ganas enormes de que el azúcar sea dulce. Niños, viejos, hombres y mujeres, hasta los muertos rompiendo sepulturas, colibríes, tocororos, palmas y ceibas se sumarán, no faltara nadie. Dame la mano coño y vamos a andar. No más maldiciones, ni consignas, no más orientaciones de arriba que los de abajo somos más y contamos.
Que la patria no se salva en estampida. Es hora de una estampida de regreso, derrumbar muros, abrir mentes.

Porque si el absurdo es una telaraña inmensa, pegajosa, los cambios serán un deshollinador gigante, indetenible.

Panchita, una mujer, unos gritos y el futuro.

mi bandera

Hacia años, muchos que Panchita había emigrado. Se fue de Cuba buscando una mejor vida para sus hijos. Le costó mucho trabajo decirle adiós a sus cosas, su casita y los tarecos que había acumulado durante tiempo, a sus amigas. Sus hijos fueron siempre lo primero para ella, por ellos daba la vida con gusto.

Juanito, su hijo mayor, era gay, lo habían botado de la Universidad. Se propuso ser autodidacta y se pasaba el día leyendo y estudiando, era un muchacho muy culto y muy serio. Un día lo cogieron en una redada, saliendo del ballet. Cuando Pancha se enteró, se volvió una fiera. Hasta la estación de policía fue Panchita, dispuesta a todo. El jefe de la estación lo soltó, con tal de no oír sus gritos, era una leona enfurecida.

Martica, dejo el pre, cuando se enamoró de Manolo, un galleguito que visitaba La Habana de vez en cuando y le lleno la cabeza de pajaritos. Después que la abandonó, quiso ser bailarina, paso las pruebas del grupo de danza con notas sobresalientes. Cuando fueron a verificar su conducta a la cuadra, escribieron con letras bien grandes en el informe; RELACIONES CON EXTRANJEROS, no la aceptaron en el grupo de danza.

Cuando Panchita vio la oportunidad de irse para Miami con sus dos hijos, no lo pensó dos veces. Se presentó con ellos en el lugar donde le dijeron que iban los que eran “escorias” y tenían antecedentes penales. Le costó trabajo llegar. Los gritos de, ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera!, resonaban en sus oídos. Los golpes que le daban a muchos y los huevos que tiraban, asustaron a sus muchachos. Detener a una leona con sus cachorros, no es fácil, Con Juanito y Martica de sus manos logró llegar hasta el oficial y mirándolo a la cara le dijo.
– Él es maricón y ella puta, tiene relaciones con extranjeros. Lo pueden verificar en la cuadra, si quieren que se vayan, me tienen que mandar con ellos.
– Apunten a estos dos y a la vieja, en el grupo que sale mañana.
Llegaron a Miami. Las primeras noches, Pancha se despertaba sobresaltada, los gritos de, ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera! ¡Que se vayan, que se vayan! Resonaban en sus oídos, le provocaban pesadillas. Allí, no conocían a nadie, pero Pancha, logro abrirse paso, poco a poco. Tenía tres trabajos, llegaba agotada a casa, pero feliz.

Juanito, logró una beca en la Universidad. Sus horas dedicadas a estudiar le valieron de mucho. Sus notas fueron las mejores siempre. Martica, termino el high school y después matriculó en una escuela de ballet con una profesora que había sido primera bailarina de Ballet Nacional de Cuba y que le contaba historias de Lagos y Giselles.

Los años pasaron. Juanito se graduó de médico, termino su especialidad, logro ser un profesional exitoso. Martica logró ser bailarina, aunque no llego a ser primera figura, cumplía su sueño de bailar. Panchita era feliz y mucho, con el éxito de sus hijos, verlos felices la compensaba de nostalgias y ausencias. Todas las noches le daba las gracias a la virgencita de La Caridad del Cobre por haberle dado el valor de cruzar el mar en una lanchita, porque aquellos gritos de ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera! ¡Que se vayan, que se vayan! Y los golpes, no le hubieran quitado la fuerza y el empuje para sacar a sus hijos de Cuba.

El tiempo, los años, las penas tal vez, le jugaron una mala pasada a Panchita. El Alzheimer se llevó sus recuerdos, su razón. Los amigos de Juanito, le aconsejaron que la pusiera en un “home”, donde la cuidaran bien, que él, por su trabajo, no podría cuidarla. Hasta su pareja le dijo que sería lo mejor buscarle un buen lugar e irla a ver los fines de semana. Juanito fue tajante.
– Esa vieja es mi vida, lo arriesgo todo por mí y por mi hermana, nos defendió con dientes y uñas. Si tengo que dejar de trabajar lo hare, pero mi viejita se queda conmigo, si quieres vete tú, ella se queda.
– No Juanito, no me voy, si es tu decisión, la cuidaremos juntos. Tranquilo nene.

Entre Juanito, su pareja y Martica, cuidaban de Panchita. Ella no los reconocía. Cuando alguien visitaba la casa y la saludaban, ella solo decía.
– Estos muchachos, no sé quiénes son, pero son de oro, me cuidan como si fueran mis hijos. Sonreía y volvía a su labor de darle brillo a todos los objetos con un pañito que siempre tenía en la mano.

Una noche, mientras Panchita dormía en el reclinable, Juanito y Martica estaban viendo la televisión. Martica que nunca fue muy buena en el inglés, le pidió que cambiara a un canal hispano para escuchar las noticias. Empezaron a narrar lo que había pasado en otro país, durante una reunión muy importante. Cuando pasaron el video de lo sucedido y en la sala resonaron los gritos de, ¡Pin pon fuera, abajo la gusanera! ¡Que se vayan, que se vayan! Juanito y Martica, se quedaron atónitos. Panchita se levantó del reclinable, los tomo de la mano y les dijo.
– No tengan miedo mis niños, yo estoy aquí para cuidarlos. Vamos Juanito, vamos Martica, que unos gritos y unos golpes, no impedirán que nazca el futuro.

Fotografia de Yohandry Leyva.

Hablando en clave, pa’ despistar.

telefonos publicos en cuba

Allá en Cuba, todos nos sentíamos perseguidos y vigilados, la paranoia era colectiva, total. Para decir algo que podía traernos problemas, mirábamos alrededor y hablamos bajito, bien bajito. Ni hablar de las conversaciones telefónicas, vivíamos convencidos que todas las llamadas eran grabadas, analizadas y reportadas. Terminamos desarrollando un sistema de claves, que a veces, ni nosotros mismos, lográbamos descifrarlo.

Recuerdo en los años en que el dólar estaba penalizado y conseguir, jeans, pull-over, champú u cualquier otra cosa procedente del mercado negro, se hacía difícil y hasta arriesgado. Una vez, le resolví a una amiga, por medio de otra amistad, un jeans, pitusa, como le decíamos nosotros. Al mes mi amiga me llama y me dice.
– ¿La amiga tuya no tendrá medicinas para un poco más arriba?
– No sé, tendría que preguntarle.
– Pregúntale si tiene para lo de más arriba, una medicina que lo deje brillante y suave, ¿Me entiendes?
– Si claro que te entiendo, le respondí, y él que está oyendo la conversación, también te entendió clarito, clarito.
Terminamos muertos de risa, sin poder hablar por unos minutos.

En otra ocasión, me llamo un amigo, enamoradizo él.
– Conocí a una muchacha preciosa, ¡Como me gusta!
– Me alegro y ¿De veras es linda?
– Es preciosa, es calva y tiene barba.
– ¡Calva y con barba y es linda! Debe trabajar en el circo seguro.
Aún hoy recuerdo el ataque de risa, tuvimos que colgar, la risa no nos dejaba hablar.

Así nos pasábamos, tratando que si alguien escuchaba las conversaciones, no supieran de que hablábamos. Me cuenta un amigo que al salir de Cuba, en los 80s, dejo una buena suma de dinero, en moneda nacional, al cuidado de un amigo. Al llegar a Miami, cada vez que alguien quería mandarle dinero a un familiar, llamaba a su amigo.
– Te acuerdas de fulano de tal.
– No, no recuerdo.
– Si muchacho el que se mudó a 5 cuadras de la casa.
El número de cuadras equivalía a cuantos cientos de pesos debería entregar y así la gente se mudaba a 5, 10, 15 o 20 cuadras de su casa. Por suerte en este negocio, nadie dijo lo que no debía nunca.

Y ni hablar de cuando se trata de la venta de carne de res, ahí si que somos los mejores inventado,  tratando de disimular.  Desde pullovitos rojos,  de los que le gustan  a la niña, hasta flores rojas y del otro lado de la linea respondían;  ay si que mañana es el cumpleañosde mi hermana y le encantan las flores rojas, traeme un buen ramo o separame unos cuantos de esos pullovitos rojos, a la niña les encanta ponérselos,  son lindisimos. Creativos, imaginativos que somos.

También recuerdo cuando después de largos años de espera, tuve la oportunidad de salir de Cuba. Un amigo que vivía en Miami, llamo a la casa.
– Dile a fulano que le estoy gestionando la beca para estudiar en el extranjero.
– Averíguame si hay matrícula para uno más. Yo tengo quien me pague los estudios.
Ahora me rio, pero cuantos apuros pasamos tratando de hablar en clave y lograr que nos entendieran.
Recuerdo que ya a punto de nuestra salida, que era un par de días después de mi cumpleaños, nos enteramos que en Madrid la temperatura bajaba y hacia un frio horrible. Mis amigos me llamaban.
– Por fin el cake del cumpleaños lo pican el sábado.
– Sí, pero por lo que veo va a ser un cake helado, de madre.

A muchos, no se nos ha quitado la manía, ni el delirio de persecución. En cualquier ocasión se nos sale el miedo a los vigilantes y disfrazamos lo que decimos.

En eso de disfrazar y buscar claves, recuerdo cuando el juicio y posterior fusilamiento del general Ochoa. En muchas paradas de guaguas en La Habana, aparecieron señales, que todos entendíamos. Un ocho, seguido de una a, no dejaba lugar a dudas, 8-A.

Así entre claves, mensajes casi cifrados y diálogos que solo nosotros entendemos, perdemos paranoia y delirio de persecución. Aprendemos a hablar alto, a no esconder lo que pensamos, a reclamar derechos, a gritar, a pleno pulmón, el reclamo por “esa patria con todos y para el bien de todos”.

Fotografia tomada de Google.

Una limosna.

hombre pidiendo limosna fotografia tomada de Google.
Ricardo siempre fue un hombre que se consideraba a sí mismo, un tipo buena gente. Era de esas personas que le gustaba compartir con los demás. En Cuba, logro tener buena posición y siempre ayudaba a su familia, le daba una mano a todo el que la necesitara.

Un buen día, como muchos, dejo todo y se lanzó al mar, quería probar suerte del otro lado. Sus primeros años fueron duros, pero poco a poco se fue encaminando, monto su propio negocio y triunfo. Triunfar en Miami, no es fácil, pero Ricardo era un hombre luchador, inteligente y que sabía abrirse caminos.

Ricardo, ayudaba a su familia y amigos en Cuba. Cada vez que iba alguien conocido, les mandaba dinero y regalos. Una vez una prima le escribió una carta que guardaba orgulloso; “gracias a ti, la niña pudo tener los 15 que soñó y que yo siempre quise darle, todo lo que le mandaste le quedo perfecto y con el dinero hicimos la fiesta, eres un ángel para todos nosotros”.

Conoció una buena mujer, se casaron. Vivieron un romance intenso. Cuando su esposa tenía 3 meses de embarazo, un terrible accidente se llevó su vida, su futuro y sus sueños. Dejo de ir a la iglesia. Miraba al cielo y decía; no merezco este dolor, eres injusto. Se endureció, la vida es así, con sus golpes nos va moldeando, haciéndonos más duros, más fuertes. Siguió creyendo en Dios, a su manera.

Se dedicó con más fuerza, pero sin ilusión, a su trabajo, su negocio creció, mientras su alma se sentía vacía, hueca.

Ricardo, siguió ayudando a su familia y amigos en Cuba, pero con menos frecuencia. Ni siquiera ayudar a los demás lograba hacerlo feliz, darle la satisfacción interior que sentía antes.

Una tarde, fue a visitar a unos amigos que vivían en la Pequeña Habana. Parqueo el carro y se le acercó un hombre en sus 40s.
-Por favor, ¿podría darme algo para completar el pasaje para el bus?
Ricardo lo miro despectivamente, mientras pensaba, este hombre seguro está pidiendo para comprar drogas o alguna bebida. Es muy fácil pedir limosna en vez de ponerse a trabajar. Le respondió.
-No tengo un centavo conmigo, fíjese que estoy esperando a ver si aparece alguien que me dé para pagar el parqueo.
El hombre lo miro, busco en su bolsillo.
-Mire yo solo tengo 50 centavos, no me alcanza para pagar el bus, pero a usted si le alcanza para pagar el parqueo.
Ricardo sintió como si le hubieran dado una bofetada en el rostro, bajo la cabeza avergonzado. Mientras sacaba su billetera.
-Estaba bromeando hombre, mire tome estos cien dólares, cómprese unas ropas buenas y busque un buen trabajo, Dios lo ayudara.
El hombre lo miro sorprendido y mientras le agradecía, le dijo mirándole a los ojos.
-Dios es grande. Voy a una entrevista de empleo y pensaba que con esta pinta no me aceptarían, pasare a comprarme unas ropas, me vestiré en la tienda e iré directo a la entrevista. Gracias señor, gente como usted le devuelven la Fé a cualquiera.

Ricardo se recostó a su auto y lloro. Lloraba por su fe que volvía, por la vergüenza de haber sido duro y dejar que el dolor cambiara su vida. Cuando se reunió con sus amigos, uno de ellos le dijo.
-Coño Ricardo que buena cara tienes, ¿Hiciste alguna picardía?

La anécdota de la limosna es real, yo solo invente una historia para poder contarla.

Fotografia tomada de Google.