Un almuerzo entre amigos, sin exilios.

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Por esas raras y felices coincidencias de la vida y la historia, el pasado 24 de febrero cumplió años mi amigo Sergio. Mis amigos y los seguidores de mi blog, lo conocen por mi escrito, Mi amigo del exilio y por las veces que compartió con nosotros en los Encuentros entre amigos que hacíamos en The Place of Miami, con cierta frecuencia.

Sergito, como le decimos los que lo queremos, por cierto muchos, es un cubano de pura cepa, de esos que llevan a Cuba en el alma, dispuesto a morir por ella y no en los labios, como muchos, para vivir de ella. La coincidencia de su cumpleaños con un aniversario más del Grito de Baire, apuntala y reafirma la cubanìa de este hombre que revive recuerdos y estampas cubanas en cada conversación. Gracias a él, conocí a La Habana de los 50s, supe de luchas y frustraciones. Pertenece a ese grupo de hombres que se trajeron a Cuba al exilio, asegurándola y dándola a todos los que venimos después. Ese grupo de hombres, sin los cuales Cuba y su historia, estaría incompleta.

En complicidad con un amigo- hermano, decidimos invitarlo a almorzar. Compartir una tarde con él es regalarnos un encuentro especial con recuerdos y sueños. Sergito pasa los 80s, pero sueña y palpita con la misma fuerza con que andaba por las calles habaneras en su juventud de luchas y fiestas. Convencimos a su esposa, Mi ángel del exilio, que aceptaran la invitación. Ellos, acostumbrados a dar, querían ser quienes nos invitaran. Trabajo nos costo convencer a Teresita, su esposa y dejarle la misión de convencerlo a él; ¡O invitamos nosotros o no hay almuerzo!

Elegir el lugar adecuado para este almuerzo especial, no fue difícil. Queríamos un sitio cubano ciento por ciento. Un lugar donde almorzar fuera hacerlo en familia. Una curvatura del espacio-tiempo capaz de trasladarnos a una Habana, vencedora de años y distancias. Yoyito restaurante, era el lugar exacto, sencillo, cubano y familiar.

La tarde del sábado, una tarde entre amigos y Ángeles, fue mas que un regalo a Sergito, un regalo a nosotros. Un recuerdo para atesorar, inolvidable.

Mi amigo y mi ángel del exilio, conocían a Yoyito solo de nombre. Hasta ellos había llegado la fama de su arroz con pollo. Se extasiaron mirando el lugar, disfrutándolo. Nosotros disfrutamos cada instante, cada palabra, seguros que compartir con este hombre, es una lección de historia y amor por Cuba.

Por momentos olvidábamos el lugar y el minuto exacto donde estábamos. Estuvimos en la Cuba de los 50s, caminamos esas calles repletas de recuerdos y sueños, convocamos huelgas, vendimos bonos del 26, nos enfrentamos a oportunistas. Nos opusimos al cambio de color de la revolución y junto a Sergio, nos subimos a un avión rumbo a Miami, para salvar la vida. De su mano llegamos a una ciudad que se hizo grande al influjo y empuje de esos cubanos que supieron traerse a Cuba con ellos y sembrarla en cada esquina de la ciudad que construían.

No solo viajamos al pasado, nuestro almuerzo conjugo todos los tiempos. Celebramos triunfos y sueños realizados en esa patria que se anuncia en cada gesto; “con todos y para el bien de todos”.

No falto la palabra de apoyo a otros pueblos. Una señora venezolana, antes de irse, se acerco a la mesa, agradeció a mi amigo del exilio sus palabras de aliento.

No se si fue la magia del lugar, el verbo de mi amigo o tanto amor por Cuba. Nuestra mesa se convirtió en tribuna y bastión de sueños. Hasta ella llegaron amigos virtuales a hacerse reales, después de encuentros pospuestos en La Habana, Yoyito lograba reunirnos en Miami. La tarde se extendió, se hizo habanera, contra la pared del frente chocaban olas bautizándonos de cubanìa y sueños.

Nos despedimos con abrazos y promesas de volver, con certezas que los deseos e intentos serán realidades. Saboreamos el café en brindis sui generis por Cuba y nuestros sueños. Al salir, nos sorprendió Hialeah con su presencia, mientras La Habana, en nuestros pechos, estallaba en cada esquina de la ciudad.

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¡Freddy! o Fredesvinda Garcia Valdés.

freddy, tomada de la pagina de Marvin Jui-Perez

Hasta una canción de Freddy, la enorme Freddy, en el sentido metafórico y exacto de la palabra, me llevo la voz de Elena Burke. La señora sentimiento, desde la gloria, propicio este encuentro. Fue un regalo de navidad adelantado. Escuchando a Elena, descubrí un video con una voz que no parecía terrenal, como si desde otra galaxia alguien cantara para mí.

Me habían hablado de ella antes, un amigo que desde muy joven vivió intensamente la vida nocturna de nuestra ciudad, la recuerda de un modo especial. Una noche conversando sobre mil cosas,  entre ellas, por supuesto, La Habana, la mencionó y la trajo desde sus memorias.

– Nunca has oído a Freddy? Una gorda enorme, con una voz ante la que nadie podía resistirse, cuando la escuches, me darás la razón. No hay adjetivos para describirla.

Sus palabras fueron proféticas, desde hoy en la mañana, estoy atrapado en esa extraordinaria voz de contralto. La escucho y me parece la voz de mi ciudad, desgarradora y única.

Al escucharla por vez primera, lamente no tener un video, o una mala película para poder ver el espectáculo de esa mujer cantando. De ese “hipopótamo en puntas“, como la llamo Cabrera Infante. Su voz hizo el milagro, a la tercera o cuarta vez que la escuchaba, ya la tenia aquí, en mi cuarto; cantando para mi. Balanceándose en medio de la habitación, con un trago en la mano, entregada a la canción, poseyéndola en éxtasis.

Me la imagino conversando conmigo, riéndose, diciéndome; tu siempre luchando por estar en forma, midiendo calorías y grasas y yo; un monumento andante al colesterol y triglicéridos, terminaron matándome, lo sabes. ¿Como puedes admirarme, dejarte seducir por mí? Es tu voz Freddy, ¡Tu voz! Una voz que no sale de tu garganta, brota de tus entrañas, atrapa corazones y sentimientos. Créeme, no es una voz humana. Cantar así, no se vale, es hacer trampas, juegas con ventaja, sabiéndote inevitable, recurrente, todo un embrujo.

Freddy, la invito a sentarse, ríe, ¡Unicamente en la cama y no se si me aguantaría! Reímos juntos. Me mira, se sienta en la cama que amenaza romperse y me dice; no me quedare mucho tiempo, eres capaz de ponerme a dieta y hacerme correr en la estera, te conozco.

En mi cuarto mientras miro fotos de La Habana, canta para mí. A capella, como en sus inicios que no permitía acompañamientos de guitarra o piano, de pronto interrumpe su canción; sabes, es mejor si vamos hasta el bar Celeste, en esa Habana que tú y yo amamos tanto. Me toma de la mano, viajamos en el tiempo y el espacio. Llegamos justo unos minutos antes de que alguien apague la victrola o vitrola como decimos y diremos siempre nosotros en buen cubano. Una luz de eternidad envuelve a Freddy, que recrea canciones, sabiéndose estrella, en la noche y el día, de la gloria y nuestra música.  Visitar La Habana de fines de los 50s, es un sueño hecho realidad, aunque no pueda salir del bar y estar solo unos minutos. Pido un trago, para disfrutarla a plenitud, tengo que tener algo de alcohol en las venas, me recuesto a la barra y la contemplo y disfruto mientras su voz, convoca lo mejor de mis recuerdos y el arte.

Termina de cantar, viene hacia mí; vamos, ya es hora. Estoy de nuevo en mi cuarto, escuchando por enésima vez, una voz eterna y terminando un escrito. Concluirlo, publicarlo es más que un homenaje, especie de exorcismo necesario a una gorda genial que junto a las grandes, sigue cantando en la eternidad.

Fotografia tomada de la pagina de Marvin Jui-Perez.