Eternamente Maggie,¡La voz!

En mas de una ocasión he llamado a Favio Diaz, propietario del emblemático “Hoy como ayer”; hacedor de arte y milagros . Anoche, despues de disfrutar el concierto de Maggie Carles, mientra lo abrazaba y le daba las gracias por traernos a Maggie de vuelta, le dije; eres el ángel de nuestros artistas, de nuestro arte.  Sólo él pudo hacer el milagro, la magia, del retorno de Maggie al escenario. Como mago del arte y el esfuerzo, saco del sombrero la voz esperada por todos, un as de triunfo que asegura retornos y éxitos. 

Fueron 7 largos años sin escucharla, extrañándola, escuchando sus discos, viendo sus videos, nunca nos resignamos a su retiro. No era justo perderla, un día supimos la noticia, Maggie regresaba en un concierto único  en Hoy como ayer. La ciudad y amigos alistaron aplausos y bravos, separamos mesas y allá  fuimos, a deleitarnos con su voz, presencia y carisma.

Maggie comenza el concierto, espléndidamente bella y vital.Sus agudos estremecen el lugar, escapan y salen a conquistar la ciudad, cruzan el mar, despiertan a La Habana que viste su mejor bata cubana y viene feliz a disfrutarla. La saluda, le agradece el regreso y se sienta en un rincón  a escucharla, es tu noche Maggie, le susurra al oído,  me traje conmigo a amigos y recuerdos, decididos a no dejarte ir, a atarte a escenarios y a la gloria.

Maggie es dueña de una voz que teje redes, que hace magia.  A su influjo logra convertir el local de la calle 8 en un gran teatro habanero. Disfrutamos de un nuevo “Maggie en vivo”, de un Maggie íntimo,  especial, nuestro. Basta un pedido del público  y a capella, sin esfuerzo regala canciones,  estremece corazones, hace magia.

Maggie es una artista especial, se basta sola para hacernos reír, aplaudir, para ponernos de pie en un bravo inmenso. Cuando nació,  se conjugaron trinos de sinsontes y ruiseñores, guarapo fresco, palmeras, café humeante, ron, pregones y gracia cubana. Da gusto oirla cantar y hablar, hechizera del humor y el canto, deja en el alma el goce del buen arte, ese que nos engrandece y alienta lo mejor de nosotros. 

Su voz convoca a Mama Inés,  convierte la esquina de la 8 y la 22 en un solar habanero y nos da a beber un café  cubanísimo.   Nos burlamos de años y exilios. Al aroma de este café  acuden puntuales vivencias y nostalgias. Sin querer,  como un extra de la noche, somos jovenes de nuevo, revivimos ese tiempo en que volver y partir, eran verbos que no dolían. 

 Su voz nos hace adolescentes, nos despojamos de años y penas, buscamos en el baúl infancias y juventudes, nos vestimos con ellas y aplaudimos su dúo  con Luis Nodal que sube al escenario a redondear la magia de una noche que será  como un girasol gigante haciendo el regreso de Maggie eterno como su voz y su arte. 


Canta New York, New york y desde la gran manzana le aplauden, La Habana sonríe,  eres mia Maggie, pero eres tan grande que tengo que compartirte con el mundo, le dice al oído.

Este no será,  no puede ser un concierto único,  se repetirá. Maggie no nos dejará  de nuevo. Una cadena inmensa de corazones y aplausos, impedirá nos abandone.  Sinsontes y colibríes la guiarán a escenarios y éxitos. Nosotros estaremos allí con el aplauso inmenso y el amor desbordado; eternamente nuestra, eternamente Maggie, ¡La voz!

Fotografia cortesía  de Guillermo Menendez. 

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¡Siempre tendremos La Habana!

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Se conocieron andando las calles  habaneras, caminando en direcciones contrarias, en apariencia.
Detuvieron el paso, se voltearon a mirarse. 
Las miradas pueden ser fuegos o leones, quemar o devorarnos, ser un relampago cambiando vidas y destinos.
Se acercaron, se dijeron sus nombres.
Se tomaron las manos, se olvidaron del tiempo y de reglas; solo importaba el amor.
Recorrieron la ciudad un monton de veces, incansables.
Se amaron en cada esquina, en cada parque o jardín.
Su amor marcaba territorio, hacian suya la ciudad de todos. Allá en el muro inmenso que contiene la ciudad o el mar, una ola gigante los bautizo de eternidad.
Intercambiaron girasoles, colibríes, se bebieron sus mieles y misterios. La luna los guiaba por la noche, el sol los protegia por el dia. Insomnes, sorprendidos y felices, estrenaban caricias y te quieros.
La ciudad se vestia de fiesta y arco iris y las rumbas solo repetían en cada golpe de cajón,  te quiero, te quiero.
Llegó  el dia del adios, de la partida, se besaron breve  y dolorosamente.  Mostró  sus documentos,  volvio a mirarle. Corrio a abrazarle en desenfrenos de angustias y pasiones.
Le susurró  al oído,  volvere amor, esperame por siempre. Un grito iluminó  la tarde gris; ¡Siempre tendremos La Habana para amarnos!

Pido disculpas por la calidad en la publicacion de este post. Primera vez que publico desde mi teléfono móvil.

Fotografia tomada de Google

Despellejando, a lo cubano, al Habanero2000.

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Pancha mientras barre el portal, conversa con Cuca, que pasa frente a su casa y se recuesta al muro del jardín.

– Cuca, oíste eso, el tal Habanero2000, dice que tiene en mente otro escritico. Ya me tiene cansá con su cantaleta sobre la Habana.

– Ay Pancha, a mi me gustan sus escritos, no todos, pero tiene algunos que me han hecho reír y llorar.

– A mi me tiene aburría, como diría mi marido Yoandry, me la tiene pelá. Que si La Habana, que si Cuba, que si su mamá.

– Eres mala Panchita, como te burlas del pobre hombre que ni defenderse puede. Tiene cuentos que me gustan, ese de “Luisito, un muchacho en venta”, me gusto.

– Que va, ni lo pude terminar de leer, esa mariconeria de un hombre llorando por otro hombre. No puedo con él, me da urticaria. Tengo unas ganas que se le rompa la computadora o le corten la Internet pa’ no leerlo mas.

– Je, je, je, ay Pancha, de todos modos encontrará un modo para seguir escribiendo. Si no te gusta no lo leas, yo llore como una boba con el cuento de “Luisa, una mujer cualquiera”.

– Tú eres una llorona, mira que llorar con la guanajeria esa. Debería matricular un cursito pa’ escritores, a ver si deja de escribir tantas barrabasadas.

– Alabao Pancha, eres malísima, a ti cuando te hicieron, se rompió el molde. Tengo una amiga que vive en Chile que esta loca por conocerlo, dice que sus historias le llevan a Cuba, le hacen sentirse en La Habana. Vaya que le ayudan a soportar el gorrión.

– Que no se haga, si extraña tanto no se hubiera ido, se hubiera quedao aquí, mordiendo el cordoban como nosotras. Hay que estar en el fuego como nosotras pa’ saber que ni La Habana se pone a conversar con una, ni los amaneceres son aquí tan apacibles, ni los apagones se disfrutan, que no joda.

– Pancha, ponte pa’ tu numero y no me hagas ponerme la chancleta. La Habana tiene su cosa y tú lo sabes. Que te he visto sentá en el muro del Malecón, mirando la tarde y el cielo. El domingo pasaó fuiste con tu marido a caminar por la parte vieja de la ciudad y viniste cantando la cancioncita esa sobre la Habana que canta Ivette Cepeda.

– Ay chica, déjame vivir, no me cambies de palo pa’ rumba. Lo que no me gusta es su cantaleta sobre La Habana, que si los olores, peste, peste es lo que hay aquí. Mira esos montones de basura. Hace una semana que no vienen a recogerla.

– Si, pero La Habana, es mas que montones de basura, no me confundas la peste con el mal olor. Deja al hombre escribir y a los que les gusta disfrutarlo. Mantén tu latón con tapa.

– Por su culpa ya ni Ivette Cepeda me gusta, que si la voz de La Habana, que si la voz de un país, que si los girasoles y los colibríes en el escenario. El otro día Yoandry me quería llevar a verla y planté, le dije que nananina jabón candao, que después iba a tener pesadillas con el Habanero persiguiéndome por las calles de La Habana vieja.

– Lo tuyo es mucho con demasiado, niña, relájate y coopera, no cojas tanta lucha que de todos modos el habanero va a seguir escribiendo aunque llueva, truene o relampaguee.

– Eso es lo peor y que me dices de su cantaleta sobre su pura, esta bien ser buen hijo y querer a la vieja, pero lo de él ya pasa de castaño a oscuro.

– Pues esos son los escritos que mas me gustan, el día de las madres le lleve a mami, “El olor de mi madre” y se lo leí, le gusto y hasta lloró.

– Si sigue la lloradera, esto va a ser peor que las inundaciones cuando llueve.

En eso llega Yoandry, con unos papeles en la mano.

– Mira mi santa, el último escrito del habanero ese que lees por las noches. Me dejaron imprimirlo en el trabajo.

– ¡ALABAO!!!!

Un intento de no decir tu nombre.

Quise intentar escribir un poema de amor y desamor. Un poema donde tú no aparecieras y tu nombre se me salía, una y otra vez, rompiendo rimas y ritmo, cambiándome los versos, las palabras.

Me dije, mejor un cuento corto. Quise inventar una historia, donde no existías, sin espacio para tu nombre y tu figura. Te me colabas en cada frase. Donde quería decir pasado, olvido, cambiabas tiempos y palabras. Arremetías contra mis intentos, alterabas mis palabras, mis manos te obedecían, no eran mías.

Intente no pensarte, olvidarte, sé que la indiferencia mata a más de uno. Soñé contigo, entre colores, infancias, juventud, vejez y vida. Entre sueños llegaste, los vuelos de tu bata hicieron ruido, mire la puerta abierta. Entre luces rojas, blancas y azules, tu presencia era tan real como mis cuentos. Vamos dijiste, no te resistas, te invito a una noche caminando mis calles y mi historia.

Nos miramos a los ojos, sin palabras, le abrace con fuerza, casi locura. Seco mis lágrimas, despeino mi pelo, acariciando mi frente susurro; no te das cuenta, si me olvidas, si me borras de memorias y de sueños, otra seria tu vida, tu futuro, donde estaría tu origen, tus comienzos. No te resistas mi habanero, me perteneces, sigue conmigo, allá mucha gente nos espera.
Habana

El olor de mi madre.

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Mi madre huele a llantos, a pañales hervidos, a fiebres y angustias, a primeras palabras, a gateos y pasos. A risas de bebes, a sueños estallando.

Mi madre huele a infancia, a juegos, a carreras, a partiduras de cabeza y fiebres altas, a noches de desvelo. Ella huele a uniformes planchados, a libros bajo el brazo, a tareas y estudios, a becas y escuelas en el campo. A tesis y aplausos, a diplomas, a futuro.

Mi madre huele a almuerzo de domingo, a postres especiales, a meriendas de estudios. Levanta el brazo y flotan olores muy diversos, a Navidades juntos, a todos en la mesa, a vengan pronto que se enfría el potaje. Ella huele a familia reunida, a uniones y desvelos.

Mi madre huele también a sueños rotos, a actos de repudios, a lágrimas sin consuelo, a futuros perdidos. Sin saberlo mi madre huele a intentos de salida, a reinventarse vidas, a brazos que sostienen.

Mi madre huele a empeños, a esfuerzos, a ese no darse nunca por vencido. La abrazo y de su cuerpo breve, escapan olores especiales. Ella huele a pasado y también a futuro. Huele a adioses y a holas, a largas bienvenidas y cortas despedidas, a vuelvo pronto, no tardo, a espérame por siempre.

Mi madre huele a ciudades que ni siquiera conoce, huele a La Habana, a Madrid y también huele a Miami. Ella huele a lugares que solo existen en sueños y regala ese olor como prueba que existen. Entre mezclas de olores vive intensa y precisa, anunciando en el gesto, el olor a esperanza, a sonrisas, a ganas, a darlo todo siempre.

Mi madre huele a vida, a siglos, huele a mi Isla, a mares, a olas gigantescas, a alientos y alegrías. Sabe esconder muy bien olores de tristeza, los disfraza y oculta con mantos de ternura, no me deja notarlos, aunque sepa que existen.

Mi madre huele a llamadas los domingos, a cartas, a fotos estrujadas. La conforman y sostienen olores de regresos, olores de cariño, de amor de mucha gente. Mi madre huele a gloria, a patria, a promesa y en ese olor preciso se mantiene en el tiempo, perfumando mi vida, mis viajes, mis intentos.

Un almuerzo especial.

Machy y daysi
Anoche un amigo me envió un mensaje de texto; te recojo mañana a las 12, vamos a almorzar a donde siempre. Mis amigos saben que ese, “donde siempre” equivalía a reunirnos en Yoyito restaurante de la calle 8. Después me envió otro mensaje explicándome que era un almuerzo, en cierto modo, de apoyo a una amiga que atraviesa momentos difíciles. Desde ese momento la promesa del almuerzo en Yoyito, tuvo un matiz diferente para mí. No conocía a la amiga en dificultades, pero bastaba tener muy buenos amigos en común, para desbordar solidaridad y afecto hacia esa persona desconocida.

Les confieso, que pensé encontrarme una persona abatida o con mirada triste. Busque en mi reserva personal uno de esos buenos abrazos que se reservan para ocasiones especiales y un beso cálido e intenso para regalarle. Los espere sentado en un banco afuera, entreteniéndome en Facebook y enviando mensajes de texto. Mi nueva amiga, llego del brazo del amigo que me había invitado, me deslumbro y créanme, casi me enamoro de ella. Su sonrisa es encantadora y seductora, nadie que la vea sonreír puede imaginar que atraviesa momentos difíciles, dramáticos diría yo.

Mi nueva amiga tiene fuerzas para mirar al futuro cara a cara y retarlo, segura de su victoria y de su fuerza. El almuerzo de “apoyo” a la amiga en dificultades, se convirtió en una fiesta, en un canto a la vida y a la amistad. En una lección de cómo no perder la sonrisa, ni la esperanza, ante los golpes de la vida.

Les confieso que pase una tarde sencillamente deliciosa, de esas que no queremos que termine y que antes de su final, ya estamos planeando un próximo encuentro. No hubo amigos ausentes, todos de una forma u otra se las ingeniaron para asistir, en recuerdos, libros, mensajes de textos. Creo que medio Miami o más, estuvo presente en Yoyito esta tarde.

En eso de hacerse presente, sin que la inviten, ni invoquen, hasta nuestra Habana se dio un brinquito hasta Yoyito. Una amiga y yo comenzamos a conversar y andar por calles habaneras y visitar iglesias, las más lujosas y las más humildes. Nos llegamos hasta El Rincón y tomados de la mano, sin ponernos de acuerdo, pedimos por nuestra amiga en dificultades. Ambos nos miramos con la complicidad y certeza de saber que nuestras oraciones habían sido escuchadas.

Cuando termino el almuerzo y nos despedimos con promesas de próximos encuentros, mi amigo y yo, llevamos a nuestra amiga hasta su casa. Nos dijimos, hasta pronto, con la certeza plena que será un pronto cercano y multiplicado en el futuro. Ya en el auto, de regreso a casa, mi amigo me pregunto.
– ¿Qué te pareció?
– Sencillamente encantadora.
La sé, triunfadora y feliz, vestida de victoria, celebrando junto a nosotros, su batalla ganada.

almuerzo

Pepe, un tipo “pichi dulce”.

un muchacho de Kevin Slack
Pepe siempre fue un tipo muy bien parecido. Su estatura, más de 6 pies y su cuerpo perfeccionado y cultivado en el gimnasio, le aseguraban admiradores y amantes dispuestas y abundantes. Él lo sabía y lo disfrutaba. Se casó dos veces en Cuba, aunque en ninguno de los dos matrimonios renuncio a sus aventuras y conquistas. Tuvo una hija en su segundo matrimonio. Cuando tenía apenas 2 años se divorció, su esposa se aburrió de infidelidades y engaños. Poco después de la separación, decidió irse del país.
– La Habana ya se me hace chiquita, le dijo a un amigo.

En Miami trabajo duro, pero eso no le impidió seguir pendiente de su físico. Siempre encontraba tiempo para el gimnasio y cuidar su dieta. Estar en forma, recibir miradas y arrancar suspiros a admiradoras, era algo que disfrutaba, que necesitaba como una droga o una maldita adicción. Sus aventuras amorosas eran muchas y variadas. Disfrutaba que las mujeres lo desearan, que lo miraran al llegar a un lugar, a pesar de sus 40 años que lucía con orgullo. Una tarde conoció a Luisa. Era la mujer que todo hombre desearía. A su belleza física, unía cualidades que la hacían casi perfecta. Cuando Pepe la vio, no paro hasta que se hicieron novios. El noviazgo fue breve, se casaron y al año tuvieron un hijo.

Pepe la adoraba y Luisa vivía para él, pero, los peros son a veces terribles en la vida de las personas, Pepe no quería, casi no podía renunciar a su vida de galán, de explorar nuevas aventuras y vivirlas. Es difícil cambiar un estilo de vida, aunque el amor sea la causa. Sus conquistas continuaron, le cumplía a Luisa, como él decía, pero sin renunciar a conquistas y aventuras.

En algunos casos Luisa sospechaba algo, peleaba y sufría, después se arreglaban. A pesar de sus infidelidades, lo amaba y no quería perderlo. Pepe era un buen hombre y ella estaba loca por él, no perdía las esperanzas que algún día se aburriera de sus escapadas. El también la amaba, a su manera, con un amor que terminaba siendo incompleto e infeliz.

Así paso el tiempo. Pepe seguía cuidando su figura, con sus 45 años, aún acaparaba las miradas de las mujeres y la envidia de muchos hombres. Una tarde un muchacho joven, nuevo en el gimnasio, le pidió ayuda en los ejercicios, terminaron haciéndose amigos. A pesar de los 20 años de diferencia de edad, pasaban horas conversando en el gimnasio, median el progreso de sus músculos y ensayaban nuevos ejercicios. Una tarde, mientras se bañaban juntos en el gimnasio, Luisito, sin querer lo rozo. Pepe se sorprendió con una inesperada erección y se volteo para que no se notara, debe ser casualidad, pensó. El muchacho se dio cuenta, pero se comportó como si no hubiera sucedido.

Un día, al salir del gimnasio, Luisito lo invito a tomarse unos tragos en la casa.
– Tengo una botella de Whisky Blue Label en la casa y unas cervezas heladas, vamos, es temprano.
Llegaron, se quitaron las camisas. Dos tragos después, sin saber cómo, estaban desnudos en la cama, enfrascados en una lucha de fieras. Después de ducharse, mientras se vestían, Pepe lo miro y le dijo
– No sé cómo paso esto, yo no soy “maricón”, ni creo que tú lo seas, la pase bien, pero me siento raro.
Luisito no quiso confesarle que era gay y que siempre le había gustado, desde que lo vio en el gimnasio
– Yo tampoco soy “maricón” acere, esto fue como una gimnasia sexual, así lo veo. Aquí no ha pasado nada. Son cosas que pasan entre los hombres.
Se dieron la mano y acordaron verse al día siguiente en el gimnasio.

Allí volvieron a encontrarse, se miraron a los ojos, un apretón de manos y siguieron con sus ejercicios.

Pepe seguía en sus aventuras de seductor empedernido, orgulloso de ser un “pichi dulce” como le decían sus amigos. No se daba cuenta que Luisa se estaba hartando de esa vida, de sus llegadas tardes con olor a bebida y a perfume de mujeres, de esperarlo.

Ocasionalmente visitaba a Lusito en su apartamento con algún pretexto. Compartían un par de tragos y terminaban en la cama. En su gimnasia sexual como ellos la llamaban, en su miedo de nombrar las cosas por su nombre.

Una noche, Pepe no fue a dormir a su casa. Cuando llego al día siguiente vio sus cosas recogidas, tres maletas enormes lo esperaban en la sala.
– Me canse Pepe, me canse, se me acabo el amor. No te aguanto una más. Lo siento por el niño que te adora, pero es hora de pensar en mí. No te quiero mas aquí, voy a divorciarme, así tendrás más tiempo para tus conquistas y aventuras, los hombres como tú, no deberían casarse nunca.
Pepe se arrodillo llorando frente a Luisa.
– Tú eres mi vida, sin ti no soy nadie, ayúdame a cambiar. No sabría vivir sin ti, me volvería loco.
– Eso es lo que he hecho hasta ahora, tratar de cambiarte, sin ningún resultado. Se me acabo el amor Pepe, lo mataste, se acabó. Esto no es una perreta, ni estoy midiendo fuerzas. Vete, nos veremos para firmar los papeles del divorcio, vete y no me busques más.
Sin Luisa, Pepe creyó enloquecer, realmente casi enloqueció. Bajo de peso, más de 70 libras, dejo de ir al gimnasio, perdió el interés por todo. Se rentó un cuartico en el fondo de una casa en Hialeah y allí en un colchón tirado en el piso dormía y repasaba su vida. Una tarde se miró al espejo, la imagen que vio reflejada lo asusto. Del otro lado lo miraba un hombre envejecido, flaco, con unas entradas enormes y un pelo escaso. Lloro como un niño, tuvo lastima de sí mismo, del Pepe “pichi dulce”, solo quedaban el nombre y los recuerdos. Hasta el trabajo descuido, tenía un camión que usaba para transportar cargas, hacía más de un mes que no daba un viaje, su vida se acababa, él lo sabía.

Luisito se cansó de preguntar por él en el gimnasio, sabía que algo le pasaba. Recordaba donde vivía Pepe y una tarde tocó a la puerta de su casa. Luisa le abrió.
– ¿Pepe? Hace meses nos separamos, está viviendo en Hialeah. Por la 4 avenida del west y la 51.
– Gracias, es que me debe un dinero y ha dejado de ir al gym, y necesito esa plata.
– No pienso pueda pagarte, hace un mes no me ha traído el dinero del niño, debe andar metido en problemas.
– Gracias, gracias por la información.

Luisito recorrió la zona que le dijo Luisa, pulgada a pulgada, hasta encontrar donde vivía Pepe. Tocó a la puerta, sin recibir respuesta, se acercó a la ventana y grito.
– Sé que estas ahí o abres la puesta o la tumbo a patadas.
La puerta se abrió. A Luisito le costó trabajo reconocer que el hombre que tenía delante era Pepe.
– No querías que me vieras así, estoy destruido, acabado. Luisa me dejo, me botó. Ninguna de las mujeres que salía conmigo quieren saber nada de mí, hace tiempo que ni sexo tengo. Si no me he matado es por falta de fuerzas y por miedo.
– Compadre, yo te hacia más macho, más hombre. Recoge tus cosas, te vas para mi apartamento y mañana regresas al gym.
– No tengo ni un dólar en el bolsillo, no podría ayudarte a pagar nada, ni siquiera tengo para pagar el gym.
– ¿Acaso he hablado de dinero? He hablado de ayudarte, así no puedes seguir. Te advierto, dormirás en el sofá de la sala, no te estoy llevando a mi casa para tener la gimnasia sexual, como la llamamos, asegurada. Te está hablando el hombre, el amigo que no puede permitirse verte así y no darte una mano.
Pepe rompió a llorar como un niño, se abrazó a Luisito.
– Vamos deja la guanajera esa y el llantico, recoge que te mudas conmigo. Cuando vuelvas a ser el Pepe que conocí y estés de nuevo en pie, podrás rentar solo, por ahora, yo me ocupo de todo.

Al día siguiente a primera hora, estaban en el gimnasio, nadie reconoció a Pepe pensaban que era nuevo allí.

Poco a poco, Pepe fue recuperándose. Ganaba peso y músculos, confianza en sí mismo, sin dejar de sufrir por Luisa. Arreglo el camión y volvió a recuperar sus clientes.

Una tarde le dijo a Luisito.
– Estoy ganando buen dinero, creo que podríamos mudarnos para un apartamento de dos cuartos, como roommates.
– Pepe, este apartamento no es rentado, yo lo compre y llevo años pagándolo. Creo que cuando te cuente algo, no querrás ser roommate mío. ¿Recuerdas la primera vez de nuestra gimnasia sexual? No fue casual, yo la provoque, soy eso que tú llamas despectivamente “maricón”. Me gustaste y quise probar contigo, creo que hasta me enamore de ti, solo que yo no me tire a morir como tú, cuando Luisa te dejo. Sé que a pesar de habernos acostados algunas veces, esto no es lo tuyo, no eres gay, que es como yo prefiero llamarlo, tal vez bisexual o un tipo tan caliente que termino probándolo todo, pero hasta ahì.Te he ayudado porque soy un hombre primero que todo y un hombre no abandona a un amigo en desgracia. Créeme que lo hice por el amigo, con el único interés de ayudarte, sin segundas intenciones.
– Coño Luisito eres más macho que yo, ahora te quiero más que antes, eres de oro muchacho.
Se abrazaron sin complejos, ni deseos, como solo dos hombres que se quieren y respetan pueden abrazarse.

A los meses, Pepe, conoció a una muchacha, empezó a salir con ella, se enamoraron. Terminaron mudándose juntos. Un tiempo después, Luisito asistió a la boda de su amigo, feliz por él, de haberlo ayudado y de verlo recuperado del todo.

Cuando Pepe fue a subir al auto para irse al hotel con su nueva esposa, busco con la vista a Luisito.
– Ven acá muchacho, no podría irme sin darte un abrazo. Dijo en voz alta, mientras le susurraba al oído. La próxima boda será la tuya y yo seré el padrino, me di cuenta como se miraban mi socio Juan y tú.
Cuando el auto partía, Pepe saco la cabeza por la ventana y grito a todo pulmón.
¡Te quiero mucho Luisito!

Fotografia de Kevin Slack.