Rosita en las memorias de un habanero que emigró con el siglo.

Volver a ver a Rosita, es siempre una cita especial, cada minuto junto a ella es parte de la historia; ella es nuestra historia, sin su presencia nuestras artes e historias estarían incompletas.

He tenido el privilegio de visitarla en varias ocasiones, en diferentes lugares. La habitación de un hospital, en su casa en La Habana, su casa en Miami. Me ha abierto su corazón, me ha contado de inicios y carreras. En una ocasión me tomó de la mano y me llevo, suerte que tuve, a la habitación de su casa en Cuba, donde guarda trofeos y recuerdos, allí con la magia de su voz y entre memorias la vi debutar en la Corte Suprema del arte, la aplaudí en zarzuelas y operetas, disfruté sus películas, me senté frente a un viejo admiral a disfrutar de sus programas estelares; Rosita vive eternamente bella y vital en la memoria de generaciones de cubanos que la aman, con ese amor especial que sólo alcanzan los que habitan en corazones y almas de un pueblo.

Tuve el placer de poder llevar a mi madre en mis primeras visitas a Rosita, de regalarle la suerte de conversar con ella. Recuerdo la primera vez, en el cuarto de un hospital que le dijo: quién me iba a decir que iba a estar sentada, conversando contigo, fue un regalo más que le pude hacer; ella y La Fornés conversando como viejas amigas y comentando mis escritos, puedo decir: ¡quién me lo iba a decir!

Rosita, no se cansa de ser bella, de adornar nuestras vidas, es un ser especial, mezcla rara de polvo de estrellas, mieles, girasoles mar y cielo y un puñao de tierra colorá de esa Isla que la hizo suya para siempre.

En esta ocasión le llevé un ejemplar de mi libro; ella es parte de las memorias de un habanero que emigró con el siglo. Le leí y comenté algunos párrafos donde la mencionaba y el párrafo final del escrito dedicado a su vida y obra. Su agradecimiento, ese emocionarse como si le hubiera regalado el más valioso y caro de los presentes, me conmovió. Me repetía, gracias, gracias, mientras apretaba mis manos y yo le decía al oído: ¡gracias a ti por existir!

Rosita habita en el corazón y en la memoria de todo un pueblo, como habita, especialmente, en las memorias de este habanero que emigró con el siglo.

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Una mujer en medio de la noche y los recuerdos.

Juan, como muchos, salió de Cuba un día. Atrás quedaban memorias y afectos. Amaba entrañablemente a su país, su Isla. La Habana se la conocía de memoria y la anduvo toda unos días antes de irse, en supremo intento de robarsela en la memoria. Allí, en su ciudad, quedaba también su afecto mayor, su madre. Pasó días mirandola, besandola, escuchándola, tratando de llevar con él su esencia y su amor; talismán que lo protegería de tormentas y soledades, lanza vencedora de batallas y desafíos.

Juanito llego a Miami y trabajo duro, no lo hacía por lograr lujos, ni propiedades, quería gatantizar a su madre una vejez sin escasez, ni preocupaciones. Aunque lo material no suple ausencias, ni afectos, saberla bien, acortaba distancias y disminuía penas.

A Juan no le bastaba saber que su madre vivía tranquila, esperando regresos y llamadas; también sufría por su Isla y su ciudad que sucumbían ante abandonos e indolencias. Trató de rescatarla en la memoria y comenzó a escribir sobre su Isla y su ciudad, adornándolas en el recuerdo, reconstruyendo cada calle y cada edificio en sus historias; robandosela para la eternidad.

El tiempo es implacable, cruel y a veces termina venciendonos. La Habana, poco a poco se destruía, luchaba contra el próximo derrumbe, contra el olvido y la desidia, sin mas armas que recuerdos y esperanzas. Su madre envejecia, poco a poco perdía alientos y acciones, se le escapaba la memoria. No bastaban sus regresos frecuentes, sus palabras de amor, sus te quieros gritados al oído.

A Juan le angustiaban su madre y su Isla, ambas se le iban sin poder salvarlas. En noches solitarias pensaba en ellas y pedía milagros.

Aquella madrugada terrible que lo llamaron para decirle que su madre era luz, corrió desesperado a la orilla del mar. Mezcló sus lágrimas con las olas y un grito desgarró la noche; ¡MAMÁ! . En ese instante dejaron de cumplirse leyes y reglas; la historia cambió para siempre. La luna y el sol iluminaron la noche, girasoles brotaban de la arena y colibríes revoloteaban en la noche-día. Las olas se detuvieron en su acción, como si un nuevo Moises abriera el camino a otra dimensión. Un arcoiris enorme del sur al norte, se hizo puente y camino. Ella, mujer, patria y madre, agigantada en la gloria y en la eternidad, apareció cargada de recuerdos y futuros. Un, ¡Aqui estoy hijo mío! Bastó para detener a girasoles y astros, que la contemplaban extasiados.

Juan la miraba, enamorado y feliz, ella se inclinó y uno a uno, le entregó recuerdos y memorias, le dio futuros y acciones; esperanzas, le habló de dimensiones desconocidas, de hombres recontruyendo; de la Patria renaciendo, de eternidades y consuelos . Lo bendijo y sopló sobre él polvo de sueños y fuerzas, mientras se elevaba al cielo en un rayo de sol que la iluminaba y sostenía.

El sol volvió a ocultarse, los girasoles se escondieron en la arena y los colibríes volaron con rumbo desconocido, las olas continuaron acariciando la arena. Sólo Juan quedó en la playa, su rostro resplandecía, iluminandolo. Miró al cielo, dio gracias a energías y poderes, a Dios y a la gloria y continuó viviendo y soñando, con la certeza que Patria y madre, escapaban a muertes y finales. Que eternas e invencibles, se bastaban para apuntalar sueños y asegurar futuros. Se secó una lágrima y susurró, gracias mamá.

Fotografía de una obra del pintor cubano residente en Miami, Hector Perez.

Eternamente Maggie,¡La voz!

En mas de una ocasión he llamado a Favio Diaz, propietario del emblemático “Hoy como ayer”; hacedor de arte y milagros . Anoche, despues de disfrutar el concierto de Maggie Carles, mientra lo abrazaba y le daba las gracias por traernos a Maggie de vuelta, le dije; eres el ángel de nuestros artistas, de nuestro arte.  Sólo él pudo hacer el milagro, la magia, del retorno de Maggie al escenario. Como mago del arte y el esfuerzo, saco del sombrero la voz esperada por todos, un as de triunfo que asegura retornos y éxitos. 

Fueron 7 largos años sin escucharla, extrañándola, escuchando sus discos, viendo sus videos, nunca nos resignamos a su retiro. No era justo perderla, un día supimos la noticia, Maggie regresaba en un concierto único  en Hoy como ayer. La ciudad y amigos alistaron aplausos y bravos, separamos mesas y allá  fuimos, a deleitarnos con su voz, presencia y carisma.

Maggie comenza el concierto, espléndidamente bella y vital.Sus agudos estremecen el lugar, escapan y salen a conquistar la ciudad, cruzan el mar, despiertan a La Habana que viste su mejor bata cubana y viene feliz a disfrutarla. La saluda, le agradece el regreso y se sienta en un rincón  a escucharla, es tu noche Maggie, le susurra al oído,  me traje conmigo a amigos y recuerdos, decididos a no dejarte ir, a atarte a escenarios y a la gloria.

Maggie es dueña de una voz que teje redes, que hace magia.  A su influjo logra convertir el local de la calle 8 en un gran teatro habanero. Disfrutamos de un nuevo “Maggie en vivo”, de un Maggie íntimo,  especial, nuestro. Basta un pedido del público  y a capella, sin esfuerzo regala canciones,  estremece corazones, hace magia.

Maggie es una artista especial, se basta sola para hacernos reír, aplaudir, para ponernos de pie en un bravo inmenso. Cuando nació,  se conjugaron trinos de sinsontes y ruiseñores, guarapo fresco, palmeras, café humeante, ron, pregones y gracia cubana. Da gusto oirla cantar y hablar, hechizera del humor y el canto, deja en el alma el goce del buen arte, ese que nos engrandece y alienta lo mejor de nosotros. 

Su voz convoca a Mama Inés,  convierte la esquina de la 8 y la 22 en un solar habanero y nos da a beber un café  cubanísimo.   Nos burlamos de años y exilios. Al aroma de este café  acuden puntuales vivencias y nostalgias. Sin querer,  como un extra de la noche, somos jovenes de nuevo, revivimos ese tiempo en que volver y partir, eran verbos que no dolían. 

 Su voz nos hace adolescentes, nos despojamos de años y penas, buscamos en el baúl infancias y juventudes, nos vestimos con ellas y aplaudimos su dúo  con Luis Nodal que sube al escenario a redondear la magia de una noche que será  como un girasol gigante haciendo el regreso de Maggie eterno como su voz y su arte. 


Canta New York, New york y desde la gran manzana le aplauden, La Habana sonríe,  eres mia Maggie, pero eres tan grande que tengo que compartirte con el mundo, le dice al oído.

Este no será,  no puede ser un concierto único,  se repetirá. Maggie no nos dejará  de nuevo. Una cadena inmensa de corazones y aplausos, impedirá nos abandone.  Sinsontes y colibríes la guiarán a escenarios y éxitos. Nosotros estaremos allí con el aplauso inmenso y el amor desbordado; eternamente nuestra, eternamente Maggie, ¡La voz!

Fotografia cortesía  de Guillermo Menendez. 

¡Siempre tendremos La Habana!

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Se conocieron andando las calles  habaneras, caminando en direcciones contrarias, en apariencia.
Detuvieron el paso, se voltearon a mirarse. 
Las miradas pueden ser fuegos o leones, quemar o devorarnos, ser un relampago cambiando vidas y destinos.
Se acercaron, se dijeron sus nombres.
Se tomaron las manos, se olvidaron del tiempo y de reglas; solo importaba el amor.
Recorrieron la ciudad un monton de veces, incansables.
Se amaron en cada esquina, en cada parque o jardín.
Su amor marcaba territorio, hacian suya la ciudad de todos. Allá en el muro inmenso que contiene la ciudad o el mar, una ola gigante los bautizo de eternidad.
Intercambiaron girasoles, colibríes, se bebieron sus mieles y misterios. La luna los guiaba por la noche, el sol los protegia por el dia. Insomnes, sorprendidos y felices, estrenaban caricias y te quieros.
La ciudad se vestia de fiesta y arco iris y las rumbas solo repetían en cada golpe de cajón,  te quiero, te quiero.
Llegó  el dia del adios, de la partida, se besaron breve  y dolorosamente.  Mostró  sus documentos,  volvio a mirarle. Corrio a abrazarle en desenfrenos de angustias y pasiones.
Le susurró  al oído,  volvere amor, esperame por siempre. Un grito iluminó  la tarde gris; ¡Siempre tendremos La Habana para amarnos!

Pido disculpas por la calidad en la publicacion de este post. Primera vez que publico desde mi teléfono móvil.

Fotografia tomada de Google

Despellejando, a lo cubano, al Habanero2000.

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Pancha mientras barre el portal, conversa con Cuca, que pasa frente a su casa y se recuesta al muro del jardín.

– Cuca, oíste eso, el tal Habanero2000, dice que tiene en mente otro escritico. Ya me tiene cansá con su cantaleta sobre la Habana.

– Ay Pancha, a mi me gustan sus escritos, no todos, pero tiene algunos que me han hecho reír y llorar.

– A mi me tiene aburría, como diría mi marido Yoandry, me la tiene pelá. Que si La Habana, que si Cuba, que si su mamá.

– Eres mala Panchita, como te burlas del pobre hombre que ni defenderse puede. Tiene cuentos que me gustan, ese de “Luisito, un muchacho en venta”, me gusto.

– Que va, ni lo pude terminar de leer, esa mariconeria de un hombre llorando por otro hombre. No puedo con él, me da urticaria. Tengo unas ganas que se le rompa la computadora o le corten la Internet pa’ no leerlo mas.

– Je, je, je, ay Pancha, de todos modos encontrará un modo para seguir escribiendo. Si no te gusta no lo leas, yo llore como una boba con el cuento de “Luisa, una mujer cualquiera”.

– Tú eres una llorona, mira que llorar con la guanajeria esa. Debería matricular un cursito pa’ escritores, a ver si deja de escribir tantas barrabasadas.

– Alabao Pancha, eres malísima, a ti cuando te hicieron, se rompió el molde. Tengo una amiga que vive en Chile que esta loca por conocerlo, dice que sus historias le llevan a Cuba, le hacen sentirse en La Habana. Vaya que le ayudan a soportar el gorrión.

– Que no se haga, si extraña tanto no se hubiera ido, se hubiera quedao aquí, mordiendo el cordoban como nosotras. Hay que estar en el fuego como nosotras pa’ saber que ni La Habana se pone a conversar con una, ni los amaneceres son aquí tan apacibles, ni los apagones se disfrutan, que no joda.

– Pancha, ponte pa’ tu numero y no me hagas ponerme la chancleta. La Habana tiene su cosa y tú lo sabes. Que te he visto sentá en el muro del Malecón, mirando la tarde y el cielo. El domingo pasaó fuiste con tu marido a caminar por la parte vieja de la ciudad y viniste cantando la cancioncita esa sobre la Habana que canta Ivette Cepeda.

– Ay chica, déjame vivir, no me cambies de palo pa’ rumba. Lo que no me gusta es su cantaleta sobre La Habana, que si los olores, peste, peste es lo que hay aquí. Mira esos montones de basura. Hace una semana que no vienen a recogerla.

– Si, pero La Habana, es mas que montones de basura, no me confundas la peste con el mal olor. Deja al hombre escribir y a los que les gusta disfrutarlo. Mantén tu latón con tapa.

– Por su culpa ya ni Ivette Cepeda me gusta, que si la voz de La Habana, que si la voz de un país, que si los girasoles y los colibríes en el escenario. El otro día Yoandry me quería llevar a verla y planté, le dije que nananina jabón candao, que después iba a tener pesadillas con el Habanero persiguiéndome por las calles de La Habana vieja.

– Lo tuyo es mucho con demasiado, niña, relájate y coopera, no cojas tanta lucha que de todos modos el habanero va a seguir escribiendo aunque llueva, truene o relampaguee.

– Eso es lo peor y que me dices de su cantaleta sobre su pura, esta bien ser buen hijo y querer a la vieja, pero lo de él ya pasa de castaño a oscuro.

– Pues esos son los escritos que mas me gustan, el día de las madres le lleve a mami, “El olor de mi madre” y se lo leí, le gusto y hasta lloró.

– Si sigue la lloradera, esto va a ser peor que las inundaciones cuando llueve.

En eso llega Yoandry, con unos papeles en la mano.

– Mira mi santa, el último escrito del habanero ese que lees por las noches. Me dejaron imprimirlo en el trabajo.

– ¡ALABAO!!!!

Un intento de no decir tu nombre.

Quise intentar escribir un poema de amor y desamor. Un poema donde tú no aparecieras y tu nombre se me salía, una y otra vez, rompiendo rimas y ritmo, cambiándome los versos, las palabras.

Me dije, mejor un cuento corto. Quise inventar una historia, donde no existías, sin espacio para tu nombre y tu figura. Te me colabas en cada frase. Donde quería decir pasado, olvido, cambiabas tiempos y palabras. Arremetías contra mis intentos, alterabas mis palabras, mis manos te obedecían, no eran mías.

Intente no pensarte, olvidarte, sé que la indiferencia mata a más de uno. Soñé contigo, entre colores, infancias, juventud, vejez y vida. Entre sueños llegaste, los vuelos de tu bata hicieron ruido, mire la puerta abierta. Entre luces rojas, blancas y azules, tu presencia era tan real como mis cuentos. Vamos dijiste, no te resistas, te invito a una noche caminando mis calles y mi historia.

Nos miramos a los ojos, sin palabras, le abrace con fuerza, casi locura. Seco mis lágrimas, despeino mi pelo, acariciando mi frente susurro; no te das cuenta, si me olvidas, si me borras de memorias y de sueños, otra seria tu vida, tu futuro, donde estaría tu origen, tus comienzos. No te resistas mi habanero, me perteneces, sigue conmigo, allá mucha gente nos espera.
Habana

El olor de mi madre.

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Mi madre huele a llantos, a pañales hervidos, a fiebres y angustias, a primeras palabras, a gateos y pasos. A risas de bebes, a sueños estallando.

Mi madre huele a infancia, a juegos, a carreras, a partiduras de cabeza y fiebres altas, a noches de desvelo. Ella huele a uniformes planchados, a libros bajo el brazo, a tareas y estudios, a becas y escuelas en el campo. A tesis y aplausos, a diplomas, a futuro.

Mi madre huele a almuerzo de domingo, a postres especiales, a meriendas de estudios. Levanta el brazo y flotan olores muy diversos, a Navidades juntos, a todos en la mesa, a vengan pronto que se enfría el potaje. Ella huele a familia reunida, a uniones y desvelos.

Mi madre huele también a sueños rotos, a actos de repudios, a lágrimas sin consuelo, a futuros perdidos. Sin saberlo mi madre huele a intentos de salida, a reinventarse vidas, a brazos que sostienen.

Mi madre huele a empeños, a esfuerzos, a ese no darse nunca por vencido. La abrazo y de su cuerpo breve, escapan olores especiales. Ella huele a pasado y también a futuro. Huele a adioses y a holas, a largas bienvenidas y cortas despedidas, a vuelvo pronto, no tardo, a espérame por siempre.

Mi madre huele a ciudades que ni siquiera conoce, huele a La Habana, a Madrid y también huele a Miami. Ella huele a lugares que solo existen en sueños y regala ese olor como prueba que existen. Entre mezclas de olores vive intensa y precisa, anunciando en el gesto, el olor a esperanza, a sonrisas, a ganas, a darlo todo siempre.

Mi madre huele a vida, a siglos, huele a mi Isla, a mares, a olas gigantescas, a alientos y alegrías. Sabe esconder muy bien olores de tristeza, los disfraza y oculta con mantos de ternura, no me deja notarlos, aunque sepa que existen.

Mi madre huele a llamadas los domingos, a cartas, a fotos estrujadas. La conforman y sostienen olores de regresos, olores de cariño, de amor de mucha gente. Mi madre huele a gloria, a patria, a promesa y en ese olor preciso se mantiene en el tiempo, perfumando mi vida, mis viajes, mis intentos.

Un almuerzo especial.

Machy y daysi
Anoche un amigo me envió un mensaje de texto; te recojo mañana a las 12, vamos a almorzar a donde siempre. Mis amigos saben que ese, “donde siempre” equivalía a reunirnos en Yoyito restaurante de la calle 8. Después me envió otro mensaje explicándome que era un almuerzo, en cierto modo, de apoyo a una amiga que atraviesa momentos difíciles. Desde ese momento la promesa del almuerzo en Yoyito, tuvo un matiz diferente para mí. No conocía a la amiga en dificultades, pero bastaba tener muy buenos amigos en común, para desbordar solidaridad y afecto hacia esa persona desconocida.

Les confieso, que pensé encontrarme una persona abatida o con mirada triste. Busque en mi reserva personal uno de esos buenos abrazos que se reservan para ocasiones especiales y un beso cálido e intenso para regalarle. Los espere sentado en un banco afuera, entreteniéndome en Facebook y enviando mensajes de texto. Mi nueva amiga, llego del brazo del amigo que me había invitado, me deslumbro y créanme, casi me enamoro de ella. Su sonrisa es encantadora y seductora, nadie que la vea sonreír puede imaginar que atraviesa momentos difíciles, dramáticos diría yo.

Mi nueva amiga tiene fuerzas para mirar al futuro cara a cara y retarlo, segura de su victoria y de su fuerza. El almuerzo de “apoyo” a la amiga en dificultades, se convirtió en una fiesta, en un canto a la vida y a la amistad. En una lección de cómo no perder la sonrisa, ni la esperanza, ante los golpes de la vida.

Les confieso que pase una tarde sencillamente deliciosa, de esas que no queremos que termine y que antes de su final, ya estamos planeando un próximo encuentro. No hubo amigos ausentes, todos de una forma u otra se las ingeniaron para asistir, en recuerdos, libros, mensajes de textos. Creo que medio Miami o más, estuvo presente en Yoyito esta tarde.

En eso de hacerse presente, sin que la inviten, ni invoquen, hasta nuestra Habana se dio un brinquito hasta Yoyito. Una amiga y yo comenzamos a conversar y andar por calles habaneras y visitar iglesias, las más lujosas y las más humildes. Nos llegamos hasta El Rincón y tomados de la mano, sin ponernos de acuerdo, pedimos por nuestra amiga en dificultades. Ambos nos miramos con la complicidad y certeza de saber que nuestras oraciones habían sido escuchadas.

Cuando termino el almuerzo y nos despedimos con promesas de próximos encuentros, mi amigo y yo, llevamos a nuestra amiga hasta su casa. Nos dijimos, hasta pronto, con la certeza plena que será un pronto cercano y multiplicado en el futuro. Ya en el auto, de regreso a casa, mi amigo me pregunto.
– ¿Qué te pareció?
– Sencillamente encantadora.
La sé, triunfadora y feliz, vestida de victoria, celebrando junto a nosotros, su batalla ganada.

almuerzo

Pepe, un tipo “pichi dulce”.

un muchacho de Kevin Slack
Pepe siempre fue un tipo muy bien parecido. Su estatura, más de 6 pies y su cuerpo perfeccionado y cultivado en el gimnasio, le aseguraban admiradores y amantes dispuestas y abundantes. Él lo sabía y lo disfrutaba. Se casó dos veces en Cuba, aunque en ninguno de los dos matrimonios renuncio a sus aventuras y conquistas. Tuvo una hija en su segundo matrimonio. Cuando tenía apenas 2 años se divorció, su esposa se aburrió de infidelidades y engaños. Poco después de la separación, decidió irse del país.
– La Habana ya se me hace chiquita, le dijo a un amigo.

En Miami trabajo duro, pero eso no le impidió seguir pendiente de su físico. Siempre encontraba tiempo para el gimnasio y cuidar su dieta. Estar en forma, recibir miradas y arrancar suspiros a admiradoras, era algo que disfrutaba, que necesitaba como una droga o una maldita adicción. Sus aventuras amorosas eran muchas y variadas. Disfrutaba que las mujeres lo desearan, que lo miraran al llegar a un lugar, a pesar de sus 40 años que lucía con orgullo. Una tarde conoció a Luisa. Era la mujer que todo hombre desearía. A su belleza física, unía cualidades que la hacían casi perfecta. Cuando Pepe la vio, no paro hasta que se hicieron novios. El noviazgo fue breve, se casaron y al año tuvieron un hijo.

Pepe la adoraba y Luisa vivía para él, pero, los peros son a veces terribles en la vida de las personas, Pepe no quería, casi no podía renunciar a su vida de galán, de explorar nuevas aventuras y vivirlas. Es difícil cambiar un estilo de vida, aunque el amor sea la causa. Sus conquistas continuaron, le cumplía a Luisa, como él decía, pero sin renunciar a conquistas y aventuras.

En algunos casos Luisa sospechaba algo, peleaba y sufría, después se arreglaban. A pesar de sus infidelidades, lo amaba y no quería perderlo. Pepe era un buen hombre y ella estaba loca por él, no perdía las esperanzas que algún día se aburriera de sus escapadas. El también la amaba, a su manera, con un amor que terminaba siendo incompleto e infeliz.

Así paso el tiempo. Pepe seguía cuidando su figura, con sus 45 años, aún acaparaba las miradas de las mujeres y la envidia de muchos hombres. Una tarde un muchacho joven, nuevo en el gimnasio, le pidió ayuda en los ejercicios, terminaron haciéndose amigos. A pesar de los 20 años de diferencia de edad, pasaban horas conversando en el gimnasio, median el progreso de sus músculos y ensayaban nuevos ejercicios. Una tarde, mientras se bañaban juntos en el gimnasio, Luisito, sin querer lo rozo. Pepe se sorprendió con una inesperada erección y se volteo para que no se notara, debe ser casualidad, pensó. El muchacho se dio cuenta, pero se comportó como si no hubiera sucedido.

Un día, al salir del gimnasio, Luisito lo invito a tomarse unos tragos en la casa.
– Tengo una botella de Whisky Blue Label en la casa y unas cervezas heladas, vamos, es temprano.
Llegaron, se quitaron las camisas. Dos tragos después, sin saber cómo, estaban desnudos en la cama, enfrascados en una lucha de fieras. Después de ducharse, mientras se vestían, Pepe lo miro y le dijo
– No sé cómo paso esto, yo no soy “maricón”, ni creo que tú lo seas, la pase bien, pero me siento raro.
Luisito no quiso confesarle que era gay y que siempre le había gustado, desde que lo vio en el gimnasio
– Yo tampoco soy “maricón” acere, esto fue como una gimnasia sexual, así lo veo. Aquí no ha pasado nada. Son cosas que pasan entre los hombres.
Se dieron la mano y acordaron verse al día siguiente en el gimnasio.

Allí volvieron a encontrarse, se miraron a los ojos, un apretón de manos y siguieron con sus ejercicios.

Pepe seguía en sus aventuras de seductor empedernido, orgulloso de ser un “pichi dulce” como le decían sus amigos. No se daba cuenta que Luisa se estaba hartando de esa vida, de sus llegadas tardes con olor a bebida y a perfume de mujeres, de esperarlo.

Ocasionalmente visitaba a Lusito en su apartamento con algún pretexto. Compartían un par de tragos y terminaban en la cama. En su gimnasia sexual como ellos la llamaban, en su miedo de nombrar las cosas por su nombre.

Una noche, Pepe no fue a dormir a su casa. Cuando llego al día siguiente vio sus cosas recogidas, tres maletas enormes lo esperaban en la sala.
– Me canse Pepe, me canse, se me acabo el amor. No te aguanto una más. Lo siento por el niño que te adora, pero es hora de pensar en mí. No te quiero mas aquí, voy a divorciarme, así tendrás más tiempo para tus conquistas y aventuras, los hombres como tú, no deberían casarse nunca.
Pepe se arrodillo llorando frente a Luisa.
– Tú eres mi vida, sin ti no soy nadie, ayúdame a cambiar. No sabría vivir sin ti, me volvería loco.
– Eso es lo que he hecho hasta ahora, tratar de cambiarte, sin ningún resultado. Se me acabo el amor Pepe, lo mataste, se acabó. Esto no es una perreta, ni estoy midiendo fuerzas. Vete, nos veremos para firmar los papeles del divorcio, vete y no me busques más.
Sin Luisa, Pepe creyó enloquecer, realmente casi enloqueció. Bajo de peso, más de 70 libras, dejo de ir al gimnasio, perdió el interés por todo. Se rentó un cuartico en el fondo de una casa en Hialeah y allí en un colchón tirado en el piso dormía y repasaba su vida. Una tarde se miró al espejo, la imagen que vio reflejada lo asusto. Del otro lado lo miraba un hombre envejecido, flaco, con unas entradas enormes y un pelo escaso. Lloro como un niño, tuvo lastima de sí mismo, del Pepe “pichi dulce”, solo quedaban el nombre y los recuerdos. Hasta el trabajo descuido, tenía un camión que usaba para transportar cargas, hacía más de un mes que no daba un viaje, su vida se acababa, él lo sabía.

Luisito se cansó de preguntar por él en el gimnasio, sabía que algo le pasaba. Recordaba donde vivía Pepe y una tarde tocó a la puerta de su casa. Luisa le abrió.
– ¿Pepe? Hace meses nos separamos, está viviendo en Hialeah. Por la 4 avenida del west y la 51.
– Gracias, es que me debe un dinero y ha dejado de ir al gym, y necesito esa plata.
– No pienso pueda pagarte, hace un mes no me ha traído el dinero del niño, debe andar metido en problemas.
– Gracias, gracias por la información.

Luisito recorrió la zona que le dijo Luisa, pulgada a pulgada, hasta encontrar donde vivía Pepe. Tocó a la puerta, sin recibir respuesta, se acercó a la ventana y grito.
– Sé que estas ahí o abres la puesta o la tumbo a patadas.
La puerta se abrió. A Luisito le costó trabajo reconocer que el hombre que tenía delante era Pepe.
– No querías que me vieras así, estoy destruido, acabado. Luisa me dejo, me botó. Ninguna de las mujeres que salía conmigo quieren saber nada de mí, hace tiempo que ni sexo tengo. Si no me he matado es por falta de fuerzas y por miedo.
– Compadre, yo te hacia más macho, más hombre. Recoge tus cosas, te vas para mi apartamento y mañana regresas al gym.
– No tengo ni un dólar en el bolsillo, no podría ayudarte a pagar nada, ni siquiera tengo para pagar el gym.
– ¿Acaso he hablado de dinero? He hablado de ayudarte, así no puedes seguir. Te advierto, dormirás en el sofá de la sala, no te estoy llevando a mi casa para tener la gimnasia sexual, como la llamamos, asegurada. Te está hablando el hombre, el amigo que no puede permitirse verte así y no darte una mano.
Pepe rompió a llorar como un niño, se abrazó a Luisito.
– Vamos deja la guanajera esa y el llantico, recoge que te mudas conmigo. Cuando vuelvas a ser el Pepe que conocí y estés de nuevo en pie, podrás rentar solo, por ahora, yo me ocupo de todo.

Al día siguiente a primera hora, estaban en el gimnasio, nadie reconoció a Pepe pensaban que era nuevo allí.

Poco a poco, Pepe fue recuperándose. Ganaba peso y músculos, confianza en sí mismo, sin dejar de sufrir por Luisa. Arreglo el camión y volvió a recuperar sus clientes.

Una tarde le dijo a Luisito.
– Estoy ganando buen dinero, creo que podríamos mudarnos para un apartamento de dos cuartos, como roommates.
– Pepe, este apartamento no es rentado, yo lo compre y llevo años pagándolo. Creo que cuando te cuente algo, no querrás ser roommate mío. ¿Recuerdas la primera vez de nuestra gimnasia sexual? No fue casual, yo la provoque, soy eso que tú llamas despectivamente “maricón”. Me gustaste y quise probar contigo, creo que hasta me enamore de ti, solo que yo no me tire a morir como tú, cuando Luisa te dejo. Sé que a pesar de habernos acostados algunas veces, esto no es lo tuyo, no eres gay, que es como yo prefiero llamarlo, tal vez bisexual o un tipo tan caliente que termino probándolo todo, pero hasta ahì.Te he ayudado porque soy un hombre primero que todo y un hombre no abandona a un amigo en desgracia. Créeme que lo hice por el amigo, con el único interés de ayudarte, sin segundas intenciones.
– Coño Luisito eres más macho que yo, ahora te quiero más que antes, eres de oro muchacho.
Se abrazaron sin complejos, ni deseos, como solo dos hombres que se quieren y respetan pueden abrazarse.

A los meses, Pepe, conoció a una muchacha, empezó a salir con ella, se enamoraron. Terminaron mudándose juntos. Un tiempo después, Luisito asistió a la boda de su amigo, feliz por él, de haberlo ayudado y de verlo recuperado del todo.

Cuando Pepe fue a subir al auto para irse al hotel con su nueva esposa, busco con la vista a Luisito.
– Ven acá muchacho, no podría irme sin darte un abrazo. Dijo en voz alta, mientras le susurraba al oído. La próxima boda será la tuya y yo seré el padrino, me di cuenta como se miraban mi socio Juan y tú.
Cuando el auto partía, Pepe saco la cabeza por la ventana y grito a todo pulmón.
¡Te quiero mucho Luisito!

Fotografia de Kevin Slack.

Juanito, el muchacho que llevaba el baile en la sangre.

Los guaracheros de regla, fotografia tomada de Google.
Su mamá no dejo de bailar mientras duro el embarazo. Los dolores del parto le comenzaron justo en una rueda de casino, en una fiesta en Centro Habana. Fue casi un milagro que no naciera al ritmo de la Aragón y los Van Van. Esto lo marco para siempre, casi decidió su futuro, su vida; nació llevando el baile en la sangre.

Desde que era un bebé recién nacido se movía al ritmo de la música. Su mamá gustaba de escuchar música mientras lo amamantaba. Se reía sintiéndolo moverse rítmicamente, como si bailara en sus brazos. Cuentan que sus primeros pasos, fueron pasos de baile; bailo, antes de caminar.

Cuando lo llevaban a cumpleaños y fiestas, con dos o tres añitos, todos se sorprendían viéndolo bailar. Hasta círculos le hacían y siempre terminaban aplaudiéndolo.

En la escuela, perteneció a grupos de danza, siempre fue el solista. Lo bailaba todo, desde Chachachá, casino, rumbas, guaguancó, hasta bailes folclóricos, nada bailable le era ajeno. Cada vez que empezaban a bailar, todos exclamaban; ¡Este muchacho lleva el baile en la sangre!

Una noche, mientras se preparaba para ir a una fiesta, su mamá lo llamo.
-Ven Juanito, siéntate, quiero hablar contigo.
-¿Pasa algo malo? No me digas que llamaste a tía y abuela esta malita.
-No mi hijo, no son malas noticias, más bien son buenas, quiero discutirlas contigo. Mamá ya es ciudadana americana, va a reclamarnos. Tu padre y yo decidimos que era lo mejor para todos. Este año terminas el preuniversitario, mi hermana me dijo que ella se ocupaba de pagarte los estudios, es tu futuro, una oportunidad que no podemos perder. Hasta ahora tu padre ha podido resolver en el trabajo, pero todo se está complicando y tal vez lo boten o lo metan preso. Nos vamos Juanito, en unos meses estaremos en Miami.
-Estoy de acuerdo, es mas siempre quise irme, reunirme con abuela, mi tía y mis primos. En la escuela siempre me han mirado mal, dicen que prefiero irme a bailar que ir a un trabajo voluntario y que mejor me aprendo un pasillo de baile que una consigna. Dile a abuela que cuanto antes, mejor.

Juanito y sus padres llegaron a Miami una tarde de abril. Abril es un mes especial para los inicios, por eso lo escogieron para su salida de Cuba. Cuando terminaron los trámites de rigor, a la salida de Aduana, los esperaba toda la familia. Sus primos decidieron recibirlo con “La vida es un carnaval” de Celia Cruz. Juanito salió bailando, todos le abrieron paso y el salón de espera estalló en aplausos. Algunos hasta pensaron que estaban grabando para algún programa de televisión.

En el viaje hasta la casa de la familia, todo lo deslumbro, las palmas, el sol, el cielo. Cuando sus primos le preguntaron cómo se sentía, respondió riendo.
-Es como estar en La Habana y con ustedes, siento que el tiempo no ha pasado. Si nos encontramos un bache pensaría que el viaje es mentira, dijo entre risas.

Juanito pronto se adaptó a la nueva vida. Lo llevaron a matricular inglés en el College, a pesar de haber terminado la escuela de idiomas en La Habana, debía perfeccionarlo para poder estudiar una carrera.

Todos los fines de semana después de estudiar y hacer tareas, se iba a bailar. En todas las discotecas de Miami lo conocían, apenas empezaba a bailar, le hacían coro. En el College las muchachas lo invitaban a fiestas, todas querían lucirse con él.

Un día, alguien le hablo de una profesora de ballet muy famosa. Una tarde tocó a la puerta de su academia de Ballet. Charin en persona le abrió la puesta. Él le hablo de su pasión por el baile.
-Quisiera aprender algo de ballet, he visto algunos de sus videos, son apasionantes.
Ella sonrió y accedió a darle algunas clases. De su mano entro al mundo de los saltos, los fouettes, las pirouettes y Grand jetes. No pensaba dedicarse al ballet, pero disfrutaba su magia y encanto.

Un domingo, mientras almorzaban, le dijo a sus padres.
-En el verano, en las vacaciones, quiero ir a La Habana. Tengo amigos allá, me gustaría andar por el barrio, visitarlos. Hacer un par de cosas que se me quedaron pendientes.
-Como quieras, respondió su padre, nosotros nos encargaremos de todo.

Juanito contacto por teléfono y por email a algunos de sus amigos en La Habana, quería asegurarse de poder realizar todos sus planes. Coordino hasta el último detalle. Llego a La Habana un día antes que empezaron los carnavales, lo esperaban unos amigos en el aeropuerto.
– No perdamos tiempo, directo para Regla, les dijo al subirse al auto.
Fueron a ver al director de la comparsa, Los guaracheros de Regla. Mientras Juanito hablaba, el tipo negaba con la cabeza.
-Es una locura, no te sabes los pasos, nunca has bailado en una comparsa, no hay tiempo para hacerte la ropa. No podrás inaugurar el carnaval mañana bailando con nosotros.
-Mira la ropa ya está lista, mis amigos se encargaron de todo. Déjame incorporarme a los ensayos, si en media hora no lo hago bien, tú ganas, si lo hago bien, gano yo.
– Está bien, pero estoy seguro que será imposible que puedas hacerlo. Te dejare intentarlo para que te convenzas.
Juanito ocupo el lugar que le indico el director. A los 10 minutos de estar bailando, ya se sabía la coreografía. Cuando terminaron, el director los llamo a todos.
-Este muchacho se ha ganado bailar con nosotros mañana. Creo que todos estarán de acuerdo que debe estar en la primera línea de bailadores, abriendo la comparsa.
Todos asintieron. La noche siguiente, Juanito fue feliz luciendo su traje multicolor y arrollando por todo Malecón entre los aplausos del pueblo habanero, que lo premiaba en cada movimiento.

Regreso a Miami, le conto a sus padres la historia, su mamá, entre risas, le dijo.
-Creo que ya no te queda nada por bailar. Ni yo en mis buenos tiempos me hubiera atrevido a bailar con los Guaracheros de Regla. Nadie puede negar que llevas el baile en la sangre.

Al día siguiente, Juanito se despertó con un fuerte dolor abdominal en el lado derecho. Sus padres lo llevaron corriendo para el hospital más cercano. Es apendicitis, hay que operar de urgencia, dijo el doctor.

Prepararon todo, cuando el cirujano hizo la primera incisión y brotó la sangre sucedió algo sorprendente, inimaginable. Los glóbulos rojos, las plaquetas y los glóbulos blancos, al ritmo de Los Van Van, La Aragón y Tchaikovsky, inundaron el salón de operaciones, ofreciendo un espectáculo único, irrepetible. El personal médico atónito y extasiado, por vez primera en su vida, opero con música y cuerpo de baile incluido. Desde una rumba de cajón hasta un Pas de deux del Lago, nada falto en ese alarde y demostración de lo que es; llevar el baile en la sangre.

Fotografia de Los guaracheros de Regla, tomada de Google.