El milagro del amor.

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Siempre un viaje a nuestro país, a nuestros orígenes, a los brazos de mamá, es un viaje especial. Cada minuto compartido, vivido intensamente, adquiere matices mágicos. No bastan las fotos o notas tomadas para atraparlos; solo podemos guardarlos en el corazón. Ponernos la mano en el pecho y acariciarlos, revivirlos uno a uno.

Cada viaje, me parece siempre el mejor, el más intensamente vivido, el más feliz. Si tuviera que nombrarlos, este ultimo seria; “El milagro del amor”. Quiero compartir este milagro con ustedes, mis amigos. Aunque muchos, no nos hemos visto las caras, a pesar de debernos un abrazo, el amor a Cuba nos hermana, nos hace amigos, hermanos.

Mami, estaba recuperándose de una queratitis que la obligo a guardar reposo, aún no estaba de alta. Dejo de cocinar, el calor de la cocina le impedía su recuperación, dejo de hacer sus caminatas diarias, su sentarse al sol a calentar el cuerpo y los recuerdos. A su edad, este reposo obligado termina haciendo daño. Al principio no lo note, me esperaba de pie en la sala, sus besos, sus abrazos, tuvieron la fuerza de siempre, no hay achaques que puedan vencerlos. Mientras desempacaba y repartía regalos, mami se sentó, al levantarse noté que le costó trabajo. Ya de pie, tuvo que esperar unos segundos para caminar. ¿Qué pasa mami? Pregunté preocupado. Es que se demora un poquito para tener equilibrio, me aclaro mi hermana. Entre en su cuarto y vi un caminador, un walker, como le decimos nosotros, algo anda mal me dije. Pensé que nuestras caminatas por el centro histórico de la ciudad tendrían que cancelarse, mas estancia en casa y menos paseos.

Comenzaron las salidas, mami se aguantaba de mi brazo, en un intento más de retenerme a su lado, que de sostenerse. El domingo, me decidí al paseo por el centro histórico de la ciudad. Ese encuentro con mi ciudad, su historia, teniendo a mami del brazo no podía faltar. Pensé seria breve, unas cuadras, sentarnos en un banco, merendar algo y regresar. Sin darnos cuenta el amor hacia de las suyas, un milagro ocurría. Entre mi ciudad, mi madre y yo, lo hicimos. Al influjo del amor y la alegría, Mami, comenzó a caminar a grandes pasos, a veces tenia que decirle; despacio, no hay prisa. Nos detuvimos un instante, la mire y le dije; ¡Mami, estas caminando perfectamente! Se río; si parece que solo necesitaba ejercicios, caminar un poco a tu lado. Nos miramos, reímos como niños, nos besamos, consumando el milagro.

Así es el amor, así será siempre, hacedor de milagros, fabricante de sueños, derribador de muros, vencedor de distancias. A veces alguien me pregunta, ¿Por que no vas una vez a La Habana y el otro viaje lo haces a Europa, a Madrid que tanto amas? Si la economía me diera para más viajes, los haría todos a los brazos de mi madre. Sentirla aguantarme fuerte como quien quiere sujetarme para siempre, su sonrisa de felicidad, el cambio que ocurre en ella al verme y compartir conmigo, vale por visitas a las mas famosas ciudades del mundo; su rostro de felicidad y alegría es la mejor obra de arte que puedo disfrutar.

Jugar a ser mago, a hacer milagros que prolongan la vida y la alegría proporciona una felicidad incomparable. Le decía a un amigo; me recibió una persona y me despidió otra; mami rejuveneció gano fuerzas, vida, se burlo de los años y los achaques. Sosteniéndose de mi brazo con fuerza le gano la carrera a la vejez para llegar eternamente joven y vital a mis brazos, en un milagro del amor, ¡Nuestro amor!

Regresar del regreso!

Regresar del regreso es, tal vez, el mas difícil de todos los regresos. Uno cuenta los días, las horas que faltan para que se nos acabe el tiempo del regreso. Queremos como la Massiel, un reloj de 30 horas o la semana de Manzanero, con más de 7 días. Mientras dura, disfrutamos los días al máximo, nuestro regreso, me recuerda aquel anuncio de mi infancia, “tiene vida limitada”. Me sorprendo siempre por todo lo que hago en tan pocos días; la intensidad, puede vencer al tiempo. Cuando regresamos, los días son nuestros aliados, se extienden y valen por meses y las semanas por años.

Una noche antes de regresar del regreso, me llamo la mamá de un amigo su pregunta fue; ¿estas triste? ¿Triste?  En un segundo repase los días vividos, me sitúe en tiempo y espacio, mi respuesta no tardo; triste, no ¡feliz! Inmensamente feliz por poder regresar dos veces al año a los brazos de mi madre, a recorrer las calles de mi Habana, a andarlas del brazo de mi madre. Feliz, por dibujar sonrisas en el rostro de mis seres queridos.

Cada vez que regreso a Cuba, a  mi madre, mi corazón se desborda de felicidad. Cuando el capitán dice; en unos minutos aterrizaremos en La Habana, miro por la ventana, me parece sentir el olor de las palmas dándome la bienvenida, el perfume de mi madre acariciarme. Cada regreso es un regalo de Dios, una bendición, un motivo mas para dar gracias mirando al cielo más azul y hermoso del mundo.

Los vecinos y amigos me dicen; Concha, sólo sale cuando tú vienes. A veces, cuando creo que he exagerado un poco en las salidas en un día, le pregunto; ¿estas cansada? Ella sonríe, me dice que no, sigue de mi brazo, incansable en salidas que duran más de 8 horas con almuerzo y cena incluidas.

No, cuando el regreso termina, no me invade la tristeza, siento esa extraña sensación que tenemos todos cuando algo que disfrutamos termina. Cuando consumo los últimos minutos del regreso, no estoy triste, llevo conmigo la alegría compartida y multiplicada de mi madre. Llevo  en mis zapatos el polvo de las calles habaneras, en mi cámara cientos de fotos y en el alma, una fiesta sin final.

Regresar del regreso, volver a Miami, es llegar a casa. Regresar a donde decidí vivir, a la ciudad donde hago realidad muchos de mis sueños, donde invento y recreo nuevos sueños. Regreso del regreso, sin angustias ni tristezas, feliz y agradecido. Miami me recibe, abriéndome los brazos. Mis amigos, la Caridad del Cobre, desde su ermita, San Lázaro desde su rincón, me dan la bienvenida.

Desciendo del avión con una sonrisa de felicidad, en mis oídos aún siento, las sentiré por siempre, las palabras de mi madre al darnos el breve beso de despedida, he sido muy feliz, muy, muy feliz estos días. No, no regreso del regreso triste, vuelvo feliz y renovado, ¡llegue a casa!