Mi angel y yo.

angel

Un ángel duerme en mi memoria.
Arregla sueños, compone historias.
Sana dolores. Abriga inviernos y soledades.
Un ángel duerme en mi pecho, asegura latidos y alientos, vida
Un ángel duende que con un beso disuelve nubes y tempestades.
Un ángel habita en mis pensamientos, los acomoda, pule e impulsa.
Me obliga a hacer y a ser; me conforma.
Sabe cómo llevarme a andar caminos.
Guía mi vida, historias, pasos.
Ángel travieso, revolotea entre futuros, muestra el pasado, no quiere olvidos, vive en presente.
Me dice vamos y yo le sigo, le dejo hacer.
No tengo opciones
Un ángel vive en mi vida, la colorea, ilumina, la embellece.
Cuando una lagrima brota, la deja correr.
Un beso detiene su curso, la hace rocío. Con una basta, susurra a mi oído.
Dibuja sonrisas, inventa esperanzas.
Ángel exacto, cuida la ciudad y al hombre, sostiene columnas y hombros.
Me inventa suertes y alegrías.
Un ángel vive aquí en mi alma, no sabe de idas, ni de regresos; existe, esta.
Ángel insomne, amante, mío.
Un ángel vive entre mis brazos, habita en besos, duerme en palabras.
Me llama hijo.

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Cuca y Mimì, dos hermanas diferentemente iguales.

Dos hermanas , fotografia tomada de google
Cuca y Mimí, siempre fueron dos hermanas muy unidas. Su infancia fue feliz, muy feliz. Vivian en una casa muy linda con palmeras en el patio y girasoles y mariposas en el jardín. Crecieron, siempre orgullosas de su casa y su familia.

Un buen día se mudó una familia nueva a su acera, justo en la casa vecina. Todo empezó a cambiar en ese lado de la calle. Ponían el radio a todo volumen con discursos interminables. Se pasaban el día hablando mal de los vecinos de la acera de enfrente, criticándolos y culpándolos por todo. Los vecinos de siempre, empezaron a hablar bajo, no querían buscarse problemas con esos vecinos nuevos que dictaban reglas y decretos de conducta. Algunos decidieron mudarse para la acera de enfrente, les molestaban prohibiciones y regulaciones. Acostumbrados a hablar claro y sin miedo, no querían hablar bajo para evitarse problemas.

Una mañana Mimí le dijo a su hermana Cuca, siéntate, tenemos que hablar.
-Sabes que siempre me ha gustado vivir aquí, tú y yo hemos sido más que hermanas, lo hemos compartido todo, lo bueno y lo malo. No tolero más a esos vecinos nuevos, se han adueñado de la acera, apenas podemos salir a dar un paseo. He decidido mudarme a la acera de enfrente.
-Yo me quedo, alguien tiene que cuidar de mamá y de la casa. Vete, yo me quedo, este es mi lugar.
De nada valieron las insistencias de Mimí, Cuca, se mantuvo firme en su decisión.

Pasaron los años, muchos. Entre las dos aceras la comunicación era poca, casi nula. Alguna llamada por teléfono, algún paquetico que Mimí lograba enviar para ayudar a su familia, nada más.

Una tarde, sin previo aviso, sin decretos, ni folletos aclaratorios, se permitió la visita a los vecinos de la acera de enfrente. A esos que habían decidido mudarse al otro lado de la calle.

Mimí llego a su casa, la sorprendió el jardín abandonado, solo dos girasoles y una mariposa casi marchitos, como recuerdo de tiempos mejores. La fachada de la casa sin pintar. Tocó a la puerta.
-Entra la puerta está abierta, llevo días esperándote, tal vez años.
Mimí empujo la puerta, los muebles viejos, las paredes agrietadas y el techo amenazando desplomarse la estremecieron. Sintió angustia, se le oprimió el pecho. Se sorprendió al ver a su hermana Cuca, sentada en una silla de ruedas. Corrió a abrazarla, un abrazo largo, entre lágrimas y recuerdos.
-Mi hermana ¿Qué te paso? Tú tan linda y vital siempre y ahora en este estado, en esta casa, casi en ruinas.
– Hemos pasado mucho, pero sigo viva y eso es lo importante. A pesar de esta silla de ruedas, de estas arrugas, de esta casa ruinosa, soy la misma Cuca de siempre. Ni años, ni penas han podido vencerme.
-Debiste haberte ido conmigo, tus hijos tendrían un mejor futuro. Tú estarías mejor. Te recuerdo tan linda y sonriente, no soporto verte así.
-Todos no podíamos irnos Mimí, alguien tenía que quedarse a cuidar la casa, a mantener viva la esperanza. Una casa vacía se muere, los que nos quedamos la ayudamos a mantenerse viva.
-Esto no es vida Cuca, yo si he vivido, he viajado por barrios diferentes. Mis hijos fueran a buenas escuelas, tienen buenos trabajos. Puedo decir lo que quiera, hasta hablar mal de los vecinos en voz alta, sin que me pasa nada.
-Todo es vida Mimí, la mía ha sido dura, pero no me quejo. Mis hijos se esforzaron y pudieron estudiar, son hombres de bien y eso es lo que importa. Tú puedes hablar mal de tus vecinos sin que te pase nada, a tus vecinos tampoco les pasa nada porque tú hables mal de ellos. A veces con hablar, no se resuelven los problemas. Voy a hacer café.
-Déjame a mí.
-No mi hermana, aún en esta silla de ruedas me basto para colar mi café y para muchas cosas más.
Cuca, fue hasta la cocina, el olor del café recién colado inundo la casa. Regreso con una bandeja con dos tazas sobre sus piernas.
-Como en los viejos tiempos Mimí, el mejor café del mundo, mamá me enseño a colarlo.
-Delicioso, me trae muchos recuerdos. Cuando mamá murió quise venir, pero sabes que no nos dejaban cruzar la calle.
-Yo le cerré los ojos. Murió con una foto de cuando éramos niñas en sus manos. Sus últimas palabras fueron; la familia volverá a reunirse, vendrán tiempos mejores.
-Ay mi hermana ¡Cuanto has pasado! Estas tan acabada, tan viejita. Esta casa en cualquier momento se viene abajo y te aplasta.
-Esta casa y yo, seguiremos juntas hasta que Dios quiera. No pienses que estoy acabada, que mi vida término. En esta acera aún quedan sueños y esperanzas, ganas de hacer. Que no te engañen las ruinas o mis arrugas, hay Cuca para rato.
-Mi hermana, la vida está del otro lado de la calle, en la acera de enfrente. De este lado ya no queda nada, solo recuerdos, ruinas.
-La vida esta donde estemos, una casa no se salva abandonándola. Tú sigues siendo mi hermana aunque vivas en la acera de enfrente. Tenemos que unirnos para salvar la casa Mimí, yo sola no puedo. ¡Es hora de unirnos y salvar la casa!
-Que más quisiera mi hermana. Ver esta casa con flores en el jardín y las palmeras al viento en el patio, pero ya todo está perdido, no hay nada que hacer. Tú en esa silla de ruedas, la casa casi en ruinas, el jardín destrozado, abandonado.
-No te dejes engañar por las apariencias. Las cosas no son lo que parecen, te equivocas. En esas gavetas, hay semillas de girasoles y mariposas para sembrar en el jardín. Las palmas del patio están medio secas, pero con un poco de agua y dedicación, volverán a ser las de antes.
-Y tu mi hermanita, tú, ¿Qué podrás hacer en esa silla de ruedas?
-Vuelves a equivocarte. Estoy en esta silla, casi detenida, pero en cualquier momento me paro y vuelvo a caminar, a echar a andar la vida.
-Mi hermanita, admítelo, tu tiempo pasó. Nada volverá a ser como antes.
Cuca miro a Mimí con fuego en los ojos, el mismo fuego de hace muchos años. Se puso de pie de golpe, le dio un empujón a la silla de ruedas que se estrelló contra la pared.
-Vamos mi hermana, dame la mano, empecemos juntas a arreglar la casa. Es tiempo de unirnos, de hacer juntos, sin reprocharnos nada, sin idas, ni regresos aplazados, sin sueños rotos. Cuca y Mimí harán el milagro que la esperanza vuelva a florecer en esta acera. Ayúdame a ponerme el vestido azul, rojo y blanco de mamá.

Se abrazaron, un abrazo con olor a futuro y a sueños. Un abrazo de uniones. Sin calles separando a las dos aceras. Un abrazo como Dios manda, “con todos y para el bien de todos”.

Fotografia tomada de Google. Blog Adictamente. http://adictamente.blogspot.com/2013_10_05_archive.html

Sory, una niña pobre, muy pobre.

Sory, Yohandry Leyva
Solangel, Sory, como le decían los amiguitos del barrio, nació en un barrio pobre de La Habana. A pesar que en su entorno la pobreza era algo común, Sory era algo más que pobre. Sus amiguitos decían bromeando que cuando le dieron el de pie a los pobres, Sory ya había desayunado.

Mercedes, vivía a unas cuadras de Sory. Su papá tenía un buen trabajo que le permitía “resolver”. Sus padres la vestían bien y siempre le preparaban una buena merienda.

Sory y Mercy, se encontraron un día en el receso, en el patio de la escuela. Cuando Mercy saco su merienda, sintió una mirada fija, al levantar la vista se encontró con los ojos de asombro de Sory.
– ¿Quieres? Es mucho para mí, vamos a compartirlo y la Pepsi cola también. Ven, siéntate a mi lado.
Sory era tímida, le daba pena, pero el hambre pudo más. Se sentó al lado de Mercy y compartió su merienda. Desde ese día, cada vez que sonaba el timbre anunciando el receso, cuando Mercy salía al patio, buscaba con la vista a Sory. Le hacia una seña y corrían a sentarse juntas en un rincón. Al tercer día le dijo a su mamá.
– Mami, ponme algo más para la merienda, me estoy quedando con hambre.
Su madre se alegró, al fin Mercy estaba comiendo bien. Creyó que su inapetencia había desaparecido.

Cuando llego el viernes, Mercy le dijo a Sory.
– Mañana ve a jugar a mi casa, lleva tu muñeca. Te espero, no dejes de ir.
Sory se apareció con una jabita vieja y descolorida en la mano. Saco de la jaba una botella de cerveza vacía con un pedazo de soga deshilachada colgando de la boca de la botella. Miro a Mercy y le dijo mientras le daba un beso a su botella.
– Se llama Lily, hace tiempo que la tengo.
Mercy, le dio un besito a Lily, tragándose su asombro y tristeza. Salió corriendo al patio mientras gritaba.
– ¡Voy a buscar a Cuquita!
Busco una botella de cerveza vacía, le puso un trapito negro en la boca y entro muy oronda exclamando.
– Tuve que despertarla, todavía estaba durmiendo.
Así pasaron toda la mañana jugando hasta que la mamá de Mercy las llamo para almorzar. Sory se sorprendió con la fuente llena de bistecs, hacía tiempo, mucho que no veía un bistecsito. Almorzaron en silencio, se deleitaron con el helado de chocolate de postre. La mamá de Mercy, las miraba en silencio, una lágrima corrió por su mejilla mientras pensaba.
– Si Manuel no hubiera encontrado el trabajo en el hotel, Mercy fuera Sory y tal vez no encontrara una amiga como mi hija.
La amistad de Sory y Mercy duraba ya dos años, lo compartían todo, meriendas, ropas, alegrías y tristezas. Una mañana Mercy se despertó a las 9 de la mañana, miro el reloj y se sorprendió que su mamá no la despertara para la escuela. En ese momento su mamá entró al cuarto, con una muda de ropa, jeans, pull -over y tenis.
Toma, vístete pronto y ven a desayunar.
Mercy se vistió a la carrera y fue para el comedor.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué no voy a la escuela hoy?
– Nos vamos para Miami, tu padre tiene problemas en el trabajo, problemas serios y tenemos que irnos.
Mercy no tuvo tiempo de despedirse de Sory. Subió a la lancha llorando. Su madre trato de consolarla.
– Volveremos Mercy, en Miami tendrás de todo y harás nuevas amiguitas.
– Es por Sory mami, por Sory, ¿Qué será de ella?

El tiempo paso, Mercy y Sory se hicieron mujeres. Sus vidas fueron diferentes, tanto que espanta contarlo. En sus quince Mercy estreno muchos vestidos, la fiesta en el mejor Banquet Hall de Miami, fue un suceso en la ciudad. El viaje a Europa con sus padres, un regalo de lujo. Sory allá, en un solar habanero, picaba un cake con sus amiguitas más cercanas y estrenaba un vestidito de la shopping que con mucho sacrificio su madre logró comprarle. Ambas estudiaron, se graduaron con honores. Mercy recibió como regalo de graduación un auto del año. Sory un beso de su mamá y la ubicación en una fábrica lejana y destartalada.

Cuando los padres le dieron a Mercy las llaves del BMW por su graduación, su mamá le dijo.
– ¿Hay algo más que quieras? ¿Algo que quieras hacer en estas vacaciones antes de empezar a trabajar?
– Si mamá, quiero ir a Cuba, buscar a Sory, no he podido olvidarla.
– Está bien mi hijita, iras a verla, yo me encargo de todo.
Mercy salió del aeropuerto de La Habana, fue al hotel, se cambió de ropa y tomo el maletín con los regalos para Sory.

Al chofer del taxi le costó encontrar la dirección. Parqueo frente al solar. Mercy se bajó y le pregunto a una niña.
– ¿Conoces a Sory, sabes dónde vive?
La niña la guio hasta la puerta del cuarto apartamento donde vivían Sory y su mamá. Tocó a la puerta, Sory abrió la puerta. Se reconocieron al instante, se abrazaron entre besos y lágrimas.

Después de conversar un rato, Mercy abrió su maletín y empezó a sacar regalos.
– Mira, estos zapatos de colegial son los que hubiera querido mandarte cada año. Este vestido de quince, es el que quería que lucieras ese día. Este reloj hubiera querido dártelo el día de tu graduación.
Se abrazaron emocionadas, mientras la mamá de Sory colaba café mezclado, endulzado con lágrimas de felicidad.
Saco un paquete del fondo del maletín.
– Este dinero es para que montes un negocio. He leído sobre eso allá. Una buena cafetería o un restaurante, lo que quieras, yo te mandaría lo necesario.
Sory negaba con la cabeza y los ojos llenos de lágrimas.
– No me voy sin convencerte, míralo como un negocio que las dos hacemos. Hasta nombre tengo para el restaurante; Lily y Cuquita, ¿Qué te parece?
– Rieron como cuando eran niñas.
Mercy regreso a Miami. Sory abrió el restaurante que pronto se hizo muy popular y exitoso, todos los que llegaban a La Habana, querían probar la comida que servían en “Lily y Cuquita”, la mejor de la ciudad.

Sory se compró un apartamento modesto, lo amueblo y allá se mudaron ella y su madre. No acumulo riquezas, ni ostentaba ropas caras, solo usaba lo necesario para vivir cómodamente sin escaseces. El resto del dinero lo gastaba ayudando a niñas pobres, a esas Sorys que no encontraron una amiga como Mercy.

Fotografia de Yohandry Leyva.

La eternidad de una madre.

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En ocasiones, una canción, una palabra o una foto bastan para desatar recuerdos. Sin esperarlos, sin pensar en convocarlos, se aparecen, nos revuelven la memoria. Los recuerdos son como la máquina del tiempo, pero con poder y voluntad propia, nos sacuden y estremecen a su antojo. Tal vez por eso acumular recuerdos buenos es saludable, para el cuerpo y el alma.

Hace unos días una amiga, prácticamente una hermana de crianza, que exilios y distancias nos mantuvieron separados físicamente durante años, me envió una foto de mi mamá tomada hace más de 30 años. He pasado horas mirando la foto. No fue que los recuerdos se revolvieron, fue un huracán de memorias golpeándome con toda la fuerza que da el tiempo y la vida.

No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, siempre apuesto por el futuro; lo mejor aún está por llegar y lo espero con la certeza y la fe que no teme a años, ni a destierros. Recordar es bueno, sin el pasado, sin su experiencia, no seriamos los de hoy, no existiría el mañana. Ese mañana que siempre será bienvenido y que todos esperamos, seguros y confiados.

El encanto o la magia de esta foto, no fue solo recordar ese tiempo en que exilios, lejanías y despedidas eran solo palabras. Ese tiempo en que partir o regresar eran verbos que no dolían. Años en que las ausencias duraban horas y los besos se daban uno sobre otro, abundantes y esplendidos, necesarios y puntuales. Esa época en que teníamos un racimo de sueños en el pecho pujando por salírsenos y hacerse realidad. Si no éramos dueños del mundo, al menos nos lo creíamos. La magia de esa foto fue hacerme meditar, repasar cariños y desvelos.

Miraba y miro la foto y recuerdo que en esa época, mami me parecía eterna, invencible, ilimitada. Cuando nuestras madres son jóvenes, pensamos que siempre las vamos a tener. Que siempre tendremos sus manos para curar heridas y tristezas, para levantarnos y sostenernos. Tengo la enorme suerte de tenerla aún, a pesar del paso y el peso del tiempo y la distancia. La dicha enorme de poder escuchar su voz que no ha perdido su magia, ni su dulzura; esa voz que en momentos de angustias y desesperos me ha parecido escuchar y ha contenido lágrimas y penas a su influjo. De estrecharla en mis brazos y sentarla en mis piernas, aunque solo sean 15 días al año.

Ahora a diferencia del momento de la foto, sé que las madres no son eternas, al menos físicamente. Cada año que la tengo, doy gracias a Dios por el regalo de su vida. Disfruto su risa, su voz, sus “te quiero mucho”, sus besos y caricias, como el niño que sabe que le quedan pocos caramelos o chocolates en la bolsa y los saborea lentamente, de a poquito. Me detengo en cada manifestación de mutuo amor, me deleito en ella. Es mi modo de hacer eterna a mi madre, de guardarla, por siempre, para mí.

El amor hace milagros y cada minuto junto a ella, cada una de sus palabras en el teléfono, adquieren matices especiales. La disfruto sin tristezas, ni temores. Sé que su longevidad no es casual, es el premio a una vida de esfuerzos, lágrimas y dedicación. Como si Dios, en extremo acto de bondad, le diera una palmada en el hombro y le dijera.
– Descanse vieja, sea feliz, déjese querer, es hora de recibir. Ya hizo bastante, disfrute estos años, se lo merece. Toma, un poco del cielo en la tierra, para ti.
Y ella, que nunca supo decir que no, obedece y se regocija en el amor de hijos y amigos, se deja querer y quiere, se hace eterna en el amor.

La eternidad de una madre, va más allá de su presencia física, se sustenta y alienta en su amor.
Aquí en mi corazón, que no entiende de tiempos, ni finales, vive y vivirá siempre, eternamente joven y vital, eternamente mía. Con toda su fuerza y coraje, alentando y guiando, amando y aconsejando, segura que en su amor, radica el secreto de ¡La eternidad de una madre!

Teresita, entre violetas y niños.

teresita fernandez
Escribir sobre una mujer que es un poco o un mucho, una mezcla rara de tía, abuela, hermana mayor, hada madrina o bruja buena, buenísima diría yo, me resulta difícil, muy difícil. Un amigo me dio la noticia de su muerte en una nota breve y excelente que compartí en Facebook y mis amigos hicieron suya. Después de sus líneas, este escrito se me hace aún más difícil; sus palabras dan vueltas en mi mente y no quiero hacer un involuntario plagio. Mi amigo sabrá perdonarme si tomo, sin querer, algunas de sus palabras prestadas.

Hoy muchos empezamos el día con lágrimas en los ojos. La muerte, aunque cotidiana y esperada, conocida, siempre provoca sentimientos, conmueve y estruja almas a su antojo. Teresita Fernández ha muerto, retumbo en la mañana, nos estremeció la noticia, todos los eternos niños del mundo nos tomamos de la mano y en una ronda gigante corrimos a buscarla, a darle el último adiós. Vinagrito no falto en la ronda, se asomo asombrado y triste a verla, sus lágrimas competían con la lluvia que también la despedía con gotas multicolores. Imagino niños cantando sus canciones en su adiós, evocándola en cada uno de sus juegos, reviviéndola en travesuras, en la vida misma.

Teresita, fue y es, alguien muy cercano a todos nosotros. Con ella, al influjo de sus canciones logramos mantener vivo al niño que fuimos, su música hizo el milagro. Lloramos a una amiga cercana, al hada madrina especial que tenia una guitarra por varita y decía canciones por conjuros , a la bruja buenísima que lleno de música e imágenes nuestra niñez. A la tía que nos regalo un cartucho y al abrirlo apareció un gatico que parecía de papel y que nos acompañaría por siempre, imprescindible y presente en nuestro andar por el mundo.

Ocurrente, filosofa popular, dicharachera, cubana en cada aliento y suspiro, en cada nota de sus canciones. Vivió entre corralillos, palanganas viejas, gatos y perros que jugaban a acompañarla. Su mirada profunda supo descubrir la belleza en lo feo, poniéndole un poco de amor.

Estoy seguro que su velorio y su entierro fueron peculiares, como su vida misma. Nada de carros fúnebres con gente triste detrás. Niños con latas brillando en sus manos y un ala gigantesca de cucaracha o mariposa cubriéndola, mientras a su paso, la tristeza, va cambiando de color. Risas en vez de lagrimas, gatos y perros jugando con los niños, colibríes revoloteando sobre la multitud llevando palanganas viejas repletas de violetas y de agradecimiento, a quien nos enseño a amar las cosas sencillas de la vida. A quien nos enseño a no dejar nunca de ser niños. No estés triste Vinagrito, Teresita, seguirá viviendo en un montón de niños eternos, mataperreando con nosotros y con muchos niños más que la vida y su música, seguirán sumando.
teresita Fernandez, tomada de La Jiribilla.

Fotografias tomada de Google.

Luisito, un muchacho en venta.

la maleta, serie de fotografias de Kevin Slack
Luisito, siempre cuido mucho su físico, le gustaba el gimnasio y a pesar de las escaseces que existían, se las arreglaba para hacer dietas y tratar de comer sano. Era un muchacho muy bien parecido. Siempre tenia varias muchachas tratando de conquistarlo, ninguna lo atraía. Desde que se mudo de un pueblito perdido en el mapa en el centro de la Isla, para estudiar en la Universidad, siempre andaba solo y pensaba en sus estudios. Las muchachas trataban de conquistarlo, en la beca lo invitaban a salir, él solo decía; tengo que estudiar o voy saliendo para el gimnasio.

Un día, Luisito, pensó que tenía fiebre, fue el mismo día que Tony, el muchacho nuevo en el aula y él se encontraron. Cuando Tony y Luisito coincidieron a la entrada del aula, se quedaron mirándose. A Tony, se le cayeron los libros y Luisito dio un traspié que por poco se rompe la cabeza contra la pared. No se atrevían a hablarse, sentían ese miedo extraño de que las palabras pudieran traicionarlos. Se evadían uno al otro, se sentaban en extremos opuestos del aula. Tony, siempre sacaba una foto de su novia y la ponía en el pupitre, como si fuera la estampa de un santo o virgen que pudiera protegerlo de las urgencias que a la vista de Luisito se despertaban en él.

Lusito, se despertó 2 ó 3 veces soñando con Tony.
– ¿Qué coño es esto? ¡Soñando con un hombre!
Fue hasta el bebedero del albergue, tomo agua, se echó un poco por la cara y regreso a su litera. Esto no le gustaba, algo andaba mal.

Una mañana, se encontró con Tony en el albergue de la beca, ¿que hará este aquí? pensó, lo escucho conversar con una muchacha.
– La amiga que me daba albergue en su casa, se junto con un tipo y me di cuenta que molestaba, soy de Pinar del Río, hable con la vicedecana y me dieron la beca.
– ¡Pinareño! Este debe ser de los que dejaron la concretera dentro del cine, pensó Luisito, mientras se reía.

Los días pasaron, una noche, mientras estudiaba solo, en su cuarto, aprovechando que todos habían salido, Tony entro al cuarto.
– Disculpa que te moleste, pero ayer falte a clases, ¿puedes prestarme tus notas?
Luisito, le dio la libreta sin mirarlo, tenia miedo de perderse en esos ojos negros.
– ¿Te molesta si me siento aquí y apunto lo necesario para estar al día mañana?
Luis, negó con la cabeza y le hizo espacio en la litera. Paso, lo que tenia que pasar, ni perjuicios, temores, ni fotos de novias pudieron evitarlo; Luisito y Tony, dejaron a las ganas hacer, fueron dos tigres en una lucha nueva y desconocida, pero que ambos disfrutaron a plenitud.

Con los días, la necesidad de estar juntos se hizo mas intensa. Aprovechaban cualquier momento para dar rienda suelta a sus deseos. Estar juntos, se les hizo necesario y urgente. La inexperiencia, lo intenso de ese sentimiento raro y nuevo para ellos que los unía, los hizo descuidarse. Una tarde, los sorprendieron besándose. Los llamaron al local de reuniones, les entregaron su carta de expulsión, sin una explicación, sin un por qué. Salieron juntos, recogieron sus cosas en la beca y se sentaron en un banco del parque.
– ¿Que hacemos ahora?
– Ni idea Luisito, solo se que estar juntos es lo que importa. No podría perderte ahora, todo perdería el poco sentido que le queda sin ti.
Luisito, recostó la cabeza de Tony en su hombro.
– Tranquilo nene, nada ni nadie podrá separarnos. Tenemos que quedarnos en La Habana, es el único modo de seguir juntos. Tengo un amigo, un poco loco, pero buena gente, se que nos ayudara hasta que encontremos una solución.

Luisito llamó por teléfono a su amigo.
– Joaquín, necesito verte, nos botaron de la Universidad a Tony, el muchacho que te conté y a mi, no se que hacer.
– Vengan para acá, mi apartamento tiene dos cuartos, aquí podrán quedarse por un tiempo. No se desesperen, todo tiene solución, menos la muerte.

Llegaron al apartamento de Joaquín, muy confortable y bien amueblado. Los recibió sonriente, abrazo a Luisito.
– Y tú debes ser Tony, él me hablo mucho de ti, hacen una linda pareja. No se preocupen, yo los ayudare a encaminarse en “la capital”, yo también soy guajiro como ustedes, soy del pueblo de Luisito, de allá nos conocemos. No hay mal que por bien no venga, solo Dios sabe si esto que hoy parece una desgracia, es para un bien mañana.

Cuando estaban solos en el cuarto, Tony le pregunto a Luis.
– ¿Joaquín trabaja en alguna firma o embajada? Este apartamento parece de película, todo es nuevo y lujoso, hasta la comida del refrigerador es de la Shopping.
– No Tony, Joaquín no trabaja, un día, como a nosotros, lo botaron de la Universidad. Ahora tiene amantes de ambos sexos que lo mantienen.
– ¡Jinetero!
– No le gusta que lo llamen así. El dice que esto es un trabajo como otro cualquiera, que para algo tienen que servirle los dones físicos que Dios le dio. Dice que unos explotan su fuerza física, otros su inteligencia y el vive gracias a su físico, me cuenta que no es fácil, pero se vive bien.
– Yo no podría, de solo pensarlo me dan ganas de vomitar, no podría acostarme con alguien por dinero.
– Joaquín, se vio solo en La Habana, esa fue la vía que encontró para sobrevivir, ni tú, ni yo somos quienes para juzgarlo. Es mi hermano y lo quiero y punto.

Esa noche, la primera que dormían juntos, no hicieron el amor, demasiadas emociones. Durmieron abrazados, como si tenerse el uno al otro, bastara para alejar desgracias y malos ratos, para ser felices.

Una mañana que Tony había salido a trabajar, Joaquín le dijo a Luisito.
– Ven, siéntate, tenemos que hablar de negocios.
– ¿Negocios? Pero si yo no tengo ni un kilo, sino fuera por ti, Tony y yo estuviéramos durmiendo en la terminal de ómnibus.
– Tranquilo, digamos más bien que voy a proponerte un trabajo. ¿Recuerdas a María, la española que vino a recogerme anoche? Me dijo que lucias muy bien y que parecías serio. Quiere presentarte a una amiga de ella que esta buscando compañía para pasarla bien mientras esta aquí por negocios. La tipa tiene un baro que pa’ que.
– Sabes que no tengo ni donde caerme muerto, pero no se si podría, déjame digerirlo y te digo después, por favor, ni una palabra a Tony, él no lo entendería.

Esa noche, Luisito durmió mal, la idea de venderse, no le hacia mucha gracia, pero no encontraba trabajo. Tony, trabajando de camarero en una paladar ganaba muy poco, con eso no bastaba para alquilar un cuarto y mantenerse. Miraba a Tony dormido, indefenso, a pesar de ser solo 2 años mayor que él, se sentía responsable de su suerte. No quería perderlo, tampoco quería verlo pasando trabajo.

A la mañana siguiente, Lusito le dijo a Joaquín.
– Voy a intentarlo, aunque sea por un tiempo y después me salgo, dile a la amiga tuya que si, coordina todo y déjame saber. Discreción Joako, si Tony se entera se sentirá muy mal y yo me moriría de vergüenza.
– Tranquilo, le diré que vas a trabajar de camarero en una fiesta. Te prestare unas ropas mías, tenemos mas o menos el mismo cuerpo. Somos unos cuerpones, je, je, je.

Luisito llego pasadas las 3 de la mañana, fue directo al baño, demoro más de lo habitual. El agua y el jabón, no bastan para quitarse manchas del alma. Se sentó desnudo en el inodoro, sin valor para salir y darle la cara a Tony. La tipa, le había pagado bien, 500 dólares, le dio el dinero a Joaquín para que se lo guardara, solo le enseñaría 50 a Tony, para que no sospechara. Se dibujo una sonrisa fingida y salía del baño. Tony, lo esperaba despierto en la cama.
– ¿Cómo te fue?
– Mira nene, 50 dólares. Ojala me contraten para otras fiestas, pronto podremos alquilar algo y quien sabe, tal vez comprarnos un apartamentito o un cuarto.
– Estas ojeroso macho, ven acuéstate, te ves raro, como extenuado.
Luisito, se acostó de espaldas a Tony, no quería que lo viera llorar.

Los supuestos contratos de Luisito para trabajar de camarero en fiestas, aumentaron. Una noche Joaquín le dijo.
– Hay un tipo que esta interesado en ti, esta dispuesto a pagar lo que sea. Dice que no regresa a Suiza, sin acostarse contigo aunque sea una vez. Te ha visto un par de veces con mujeres y lo tienes loco.
– ¡Con un hombre! No, no podría, seria como engañar a Tony.
– Esto es trabajo Luisi, y del bueno, ese tipo te va a pagar por una vez, mas de lo que te pagan todas esas mujeres. Piénsalo bien, con un tipo así no te hará falta nadie mas, podrías dedicarte solo a él. No viene muy seguido, es un hombre de negocios muy rico.
-No Joako, no. Si se entera Tony me dejaría y prefiero morirme de hambre que perderlo.
– El no tiene porque enterarse, si sabes hacer bien las cosas. Hay muchas parejas que viven de un tipo o una tipa extranjera, es trabajo, Luisi, ¡trabajo!

Luis, tardó una semana en decidirse. Termino aceptando, hay mundos que son como una tela de araña, los tocas y te atrapan, no puedes zafarte de ellos.

El suizo, era súper esplendido, en 3 días saliendo con él, había reunido mas dinero que en todo un mes. Las dos primeras noches, solo se dejo tocar y robar algún beso, la tercera tuvo que ir a la cama con él. Le costo trabajo reaccionar, pero su juventud y vitalidad lo ayudaron.

Por suerte los negocios del tipo lo obligaron a viajar antes de lo previsto. Le dejo una buena cantidad de dinero a Luisito.
– No quiero que te falte nada y ve pensando en irte conmigo un día, no te quiero para unos días, te quiero conmigo a tiempo completo.
Luisito, fingió una sonrisa de alegría, mientras lo despedía.

Llego a la casa como un zombie, Tony estaba acostado, lo despertó hicieron el amor desenfrenadamente con furia. Como si desatando todo su deseo pudiera limpiarse de las horas en venta, de ponerse un precio.

Luisito seguía saliendo con algunas mujeres. Joaquín le aconsejo no dejar sus clientas, hasta estar bien seguro del suizo. Siempre le decía a Tony que iba a trabajar en alguna fiesta, cuando regresaba le daba 50 ó 60 dólares.
– Guárdalos para reunir pa’ tener lo nuestro le decía.
Si Tony descubría la cantidad que había reunido en tan poco tiempo, sospecharía, haría preguntas y terminaría descubriendo todo.

Una tarde, Joaquín le dijo a Luisito.
– El suizo esta aquí, acaba de llegar, quiere verte, me llamo al celular, Tony estaba delante y embaraje para que no se diera cuenta de nada, te espera esta noche en el Meliá Habana.
Luisito se dejo caer en el sofá, de nuevo el suizo aquí, pensó. No sabía si podría soportarlo, ni como terminaría eso.

El tipo se le aparecio con un montón de regalos y una propuesta.
– Toma este dinero y saca el pasaporte lo antes posible. Cuando lo tengas iremos a la embajada para que te den la visa. Cuando estés en Suiza, nos casaremos, te daré una vida de rey, la que tú te mereces.
– Suave, suave que yo tengo familia y esto de irse hay que pensarlo muy bien, dame un tiempo para conocernos más.
Al tipo la actitud de Luis, le gusto, le sonó desinteresado. En un país donde muchos buscan desesperadamente como irse a cualquier precio, este muchacho le pedía tiempo, eso le agrado.
– Tomate el tiempo que necesites, creo que conocerte ha sido una suerte, tienes la belleza de un dios griego y la inocencia de un chico del campo. Te advierto, no desistiré; te quiero conmigo en Suiza.

Una noche el suizo invito a Luisito a comer a una paladar famosa en La Habana. Esa era la primera noche que Tony trabajaba ahí, no le había dicho nada para darle la sorpresa de llegar con una buena propina. La sorpresa fue enorme para ambos, cuando se vieron frente a frente y Luisito con el suizo al lado. Tony, los atendió cortes y profesionalmente. Luisito, apenas probo bocado. El suizo, dejo una buena propina que se quedo en la mesa hasta que el viento se la llevo, alguien la recogió sin saber su origen y maldición.

Cuando Tony llego al apartamento, Luisito, lo esperaba en el cuarto.
– Déjame explicarte nene, es algo que algún día tenias que saber. Ese tipo es muy rico, quiere llevarme para Suiza, me haría ciudadano enseguida y después te sacaría a ti. Viviremos muy bien nene, sin preocupaciones, cómodamente.
– Coño Luisito, parece que no me conoces. A mi no me importan viajes, ni el dinero, pertenezco al grupo de; contigo, pan y cebolla. Hubiera sido feliz contigo en un cuartucho de la Habana vieja o juntos en mi pueblito o en el tuyo. Si tú estas en venta Luis, ¡yo no! Lo que propones es una bajeza, vete para donde quieras y vive la vida que quieras, mi amor, no esta en venta. No hay suficiente oro en el mundo para comprarme Luis, yo no valgo un puñado de dólares o un reloj caro. Me regreso a mi pueblo, con mis padres, trabajare en lo que sea.
Tony, comenzó a recoger sus cosas, mientras Luisito, llorando le suplicaba que se quedara.
– Quédate nene, no te vayas, esto lo hice por ti, si te molesta mando todo al carajo y me quedo contigo.
– Es tarde Luis, no podría volver a besarte sabiendo que tus labios tienen precio, no podría, ni quiero, aunque me vaya la vida en esta decisión. Esto parece una película vieja, pero es real y muy duro para mí. Cojones Luis, ¿Quien piensas que soy? Donde esta el muchacho puro y tierno que conocí, ¿En que oscuro rincón te me perdiste macho? Ni yo nací para chulo, ni para mantenido, mucho menos para compartir al hombre que amo.

Tony recogió sus cosas, tomo el dinero reunido de las supuestas fiestas en que Luis trabajo y lo dejo en la cama.
– Tómalo, eso es tuyo. Sigue vendiéndote Luis, yo prefiero sembrar tabaco en Pinar que compartirte por dinero.

Tony se fue, sin que las lágrimas y los gritos de Luisito pudieran detenerlo. Un mes después, Luisito, con unas cuantas libras de menos subía al avión que lo llevaría a Suiza, a consumar la venta que el mismo inicio un día. En el bolsillo del saco, descolorida por lágrimas y arrugada de tanto apretarla, la foto de Tony lo acompañaba.

Fotografia cortesia de Kevin Slack, de su album, La maleta.

Una amiga vestida de victoria

Mi amigo del exilio y su esposa.
Andamos por la vida a toda velocidad, sin detenernos a meditar o disfrutar esos momentos especiales que nos ofrece. En la prisa por llegar a donde no sabemos, muchas veces ni reflexionamos. Nos perdemos en la carrera, sin disfrutar el entorno, sin vivir la experiencia y enriquecernos con ella. Pasan personas por nuestro lado y en vez de tomar su mano y sujetarlas para andar juntos; agitamos un adiós, mientras seguimos corriendo, sin saber que buscamos, sin sumar afectos y vivencias. Queremos llegar, a ese lugar donde nadie nos espera, en una prisa que no da tiempo a nada, solo a correr y seguir.

La vida me enseño a andar despacio, detenerme en los detalles, sin prisa. Todos llegaremos un día a la meta o a la muerte. A veces me siento, saboreo lentamente una taza de café o de recuerdos y sueños. Eso somos, recuerdos y sueños, lo que fuimos, lo que nos marco y conformo y lo que seremos, con empeño, voluntad y ganas. Cada día nos regala recuerdos y experiencias, nos enriquece. Hay momentos que nos hacen felices, se convierten en tesoros, entonces queremos compartirlos con los amigos. No es ostentación de felicidad o alegría, es ganas de multiplicar la alegría, de hacerla masiva. La alegría, debe ser contagiosa, viral, multiplicarse en amigos y derrotar enemigos

La alegría, la felicidad, pueden nacer hasta de una desgracia. Algo que nos arranco lagrimas y dolor un día, puede generar felicidad otro. Anoche, viví uno de esos momentos especiales, de esos tesoros que compartir con amigos es una obligación y placer.

Hace poco más de un mes, una amiga especial, me dio una noticia terrible; ¡Tengo cáncer! Me dijo, pasado mañana comienzo la quimioterapia. Yo, del otro lado del teléfono, rompí en llanto, me quede sin palabras. Un segundo después le dije; es la última prueba que Dios te pone para que tu espíritu alcance la perfección, has ayudado a muchos, ahora toca a esos muchos ayudarte a ti. Me pidió que no recogiéramos dinero para ella; todos tienen necesidades, cuentas por pagar, diles solo que oren por mi. Por vez primera no estuve de acuerdo con ella, no pudo hacerme desistir; no nos prives de ese placer, ayudarte es una deuda de todos tus amigos contigo, la gente dará lo que pueda, con amor y ganas.

Anoche, junto a un amigo-hermano, fuimos a llevarle el dinero reunido, ¡$1200.00! Unos minutos antes la llame para decirle que íbamos en camino; voy a verlos, ¡Que alegría! Nos recibieron, ella y su esposo. Nos saludamos con abrazos y besos que amenazaban no terminar. Le explique que entre todos habíamos reunido un dinero para ayudarle, le conté como sus amigos me daban $20.00 un día y al siguiente volvían a darme otros 20 o 10; para Teresita, me decían. Ella y su esposo lloraron de la emoción, ambos son dos amigos muy especiales para muchos. Yo, los llamo, “Mi amigo del exilio” y “Mi ángel del exilio”, los que me siguen hace tiempo, los conocen de un modo u otro.

Mi ángel de exilio, recoge con creces el amor que ha sembrado en todos los que hemos tenido la suerte de conocerla. Anoche cuando hablábamos con ella, no teníamos enfrente a una persona enferma, abatida por la desgracia. Nuestra amiga, como le dijo Hiram, ha decidido vestirse de guerrera y vencer en esta batalla contra el cáncer. Sabe que pronto vestirá el traje de la victoria y se prepara para lucirlo, confiada y tranquila. Nuestras oraciones y su fuerza, aseguran y adelantan esa victoria.

Esos minutos que viví anoche, los disfrute como un regalo especial de la vida. Me detuve en ellos sin prisas, sin correr, aún hoy los saboreo y disfruto. Son un tesoro, un tesoro que quise compartir con ustedes, sin prisas, sin adioses rápidos, dándonos las manos, compartiendo la vida.