Una Islita entre escombros

Pancho salio de Cuba en el 60, era parte de esos primeros cubanos que llegaron a Miami dispuestos a dejarse la piel trabajando, a darlo todo y comenzar una nueva vida. Logró salir con su mujer y su hijo pequeño, llegaron a un rincón del Miami de entonces y en un modestísimo apartamento y con 2 trabajos se aferró a sueños y ganas para salir adelante. No temía al trabajo, ni al futuro.

Los viernes pagaban en su trabajo, una noche de jueves mientras disfrutaba su café le dijo a su mujer:

– Mañana, por vez primera desde que salimos de Cuba, voy a comprar algo que no es comida, ni ropa, no es indispensable tal vez, pero que necesito tener, ver todos los días.

Juana no hizo preguntas, confiaba en él, sabía que era incapaz de hacer un gasto inútil.

El viernes, al salir del trabajo, Pancho pasó por una tienda, salió con una bolsa grande que llevaba con cuidado y orgullo. Llegó a su apartamentico y le dijo a su mujer:

– Mira Juana, nuestra islita, nuestra Cuba que nunca nadie podrá arrebatarnos, quiero que nos acompañe, como un talismán de la buena suerte, quiero que nuestro hijo crezca mirándola, sabiéndose cubano y orgulloso de serlo.

El tiempo pasó y el trabajo y esfuerzo dieron sus frutos, dio estudios y carrera a su hijo, compró algunas propiedades y vivía con comodidad. El día que su hijo se graduó invitó a sus amigos a cenar, uno de sus amigos le dijo:

– Debes estar feliz, tu hijo es prácticamente gringo y ahora médico.

Su hijo que escuchó la conversación le corrigió:

– No, no soy gringo, soy cubano, nací en esa islita que usted ve en ese cuadro y muy orgulloso de serlo, llegué a este país de 1 año, amo este país donde me he hecho hombre, pero aquí en mi corazón late Cuba con alientos a palmeras y brisas del mar, con aires de libertad; esa es mi patria.

Pancho lo abrazó orgulloso y feliz, como sólo puede ser feliz un hombre cuando su hijo sigue su ruta y aliento.

Pancho seguía las noticias sobre Cuba y hablaba con sus amigos, soñaba con ese regreso, volver a andar las calles habaneras, sentarse en el muro del malecón, recorrer los campos, sentir ese olor a Cuba que guardaba en el alma. Cuando estaba solo se acercaba al cuadro que había comprado hace años y acariciaba su islita, volveremos a vernos, le decía.

Un domingo a la hora del almuerzo su hijo le dijo:

– Papá, les compré un apartamento en la playa, frente al mar, sé que disfrutaras verlo todos los días y saber que del otro lado, en la otra orilla, Cuba te espera.

Se abrazaron emocionados, Pancho quedo mirando a su islita y hasta le pareció verla sonreír.

Cuando se mudaron al nuevo apartamento, compraron muebles nuevos, solo llevaron de su antiguo hogar, el cuadro de la islita de Cuba.

Pancho era feliz, tenía salud, aún estaba fuerte, ya se había retirado y vivía con comodidad, sus años de trabajar duro habían dado frutos. Pasaba horas pensando en su Cuba, imaginándola, trayendosela en el recuerdo y soltandola libre y radiante en sus sueños. Miraba el cuadro con su islita y lágrimas de emoción corrían por sus mejillas.

Su hijo quería que se mudaran con él, siempre le decía:

– Viejo vente conmigo, ese edificio donde viven ya esta viejo y no me siento tranquilo con ustedes viviendo ahí.

– Ay mi hijo, ese edificio va a durar más que yo, soy yo quien esta viejo, dejame allá frente al mar, cerca de mi tierra.

Un día los invito a comer, cuando terminaron la cena, después de la sobremesa les dijo:

– Quédense a dormir hoy, es tarde y mañana se van, estaré más tranquilo sabiéndolos aquí que manejando hasta la playa.

Pancho y Juana se quedaron a dormir, cuando se despertaron su hijo, casi llorando les dijo

– Miren las noticias.

Les puso el televisor, ahí estaba su edificio o lo que quedaba de él, la parte en que ellos vivían se había desplomado. Los viejos se abrazaron llorando, Pancho gritó

– ¡Cuba, Cuba, no puedo haberla perdido por segunda vez!

Juana y su hijo sabían a que se refería. A Pancho no le importaban las porcelanas que habían perdido o las joyas que estaban entre los escombros; su islita, la que guardaba hace años y acariciaba y hablaba con ella era lo que le preocupaba en ese instante.

Llegaron al lugar del derrumbe, a pesar de prohibiciones y medidas de seguridad, Pancho logró acercarse al lugar de derrumbe, allí, entre escombros, pero reluciente, como quien vence obstáculos y renace de cenizas, su islita brillaba al sol, intacta, como si la Caridad del Cobre la hubiera tomado en sus manos, protegiéndola. Pancho intentó recogerla, pero no lo dejaron acercarse más. Habló con un bombero al que logró convencer y emocionar, fue y arriesgando su vida le trajo su islita. Cuando Pancho estrechó junto a su pecho el cuadro, florecieron girasoles entre los escombros, volaron sinsontes entre los pedazos en pie del edificio y un rayo de sol con aires de libertad iluminó el cuadro con la islita de Cuba.

Fotografía tomada del profile de un amigo de Facebook.

¡Es primavera!

Es primavera y tú no estas, tal vez ni existes, para compartir versos y flores. No hay una mano que me extienda girasoles, ni besos que me animen al camino, pero sabes, es primavera y me regalo flores en tu ausencia. Estreno aromas y suspiros.

Es primavera anuncian en la tele y muchos le dan la bienvenida. Es primavera gritan y en sus almas, un eterno invierno los habita.

¡Mamá es primavera! Grito con la esperanza que me escuche. Ella sonríe desde La Habana, siempre lo es cuando tú y yo estamos juntos, susurra a mis oídos. No me anuncies estaciones hijo mío, dime solo el día del regreso. Ese día tendremos flores y sinsontes; estrenaremos primaveras los dos juntos, burlandonos de anuncios y reclamos.

Es primavera en el arbol del patio, en la sonrisa del niño, en el azul del cielo. Es primavera y alguien entierra a sus muertos y añora el olvido del invierno. El naranjo se muere de vergüenzas, alguien usa su color y lo degrada.

Es primavera, los jóvenes lo saben y marchan a su encuentro, sin miedos, sin tropiezos. Reclamos y discursos, palabras como puños, acciones, aseguran eternas primaveras; dibujan enormes girasoles, apuntando al futuro y libertades.

Es primavera mi amor ausente y no te necesito. Mamá me espera, los jóvenes me alientan y flores de sueños y esperanzas se bastan; estallan anunciando eternas primaveras.

¡Todo no esta perdido!

papalotes-totografia tomada de Google
Se escuchó una voz profunda, grave, como del más allá, repitiendo una y otra vez; todo está perdido, todo está perdido. Las madres, allá en la gran ciudad, se taparon los oídos y abrigaron el alma y los recuerdos, arroparon en sus pechos y vientres el futuro, intentando no perderlo.

Los niños detuvieron sus juegos espantados, las chivichanas y carriolas pararon en seco, los papalotes detuvieron su vuelo, alguno se fue a bolina, lo dejaron ir. La voz repetía incansable, todo está perdido, todo está perdido.

Dos muchachos que intentaban echar al mar su balsa e ir en pos de sueños y ansias, se miraron serios. Escondieron su balsa entre arbustos y tomados de la mano, apoyándose para no caer, regresaron a sus casas. Se despidieron sin palabras, el eco de la voz no las permitía. Con gesto de derrota, desarmaron sueños y proyectos, dejaron morir ansias.

Al otro lado del mar se escuchaba el eco de la voz repetir; todo está perdido, todo está perdido. La gente dejo de hacer maletas y planificar viajes. Guardaron sueños y ganas, se entregaron a perdidas, al sin futuro.

Todo está perdido, todo está perdido, no cesaba de adueñarse de almas y proyectos. Alguien miro al horizonte y vio nubes, tormentas. La voz tiene razón dijeron cartománticas y astrólogos. La gente dejo de hacer y de soñar.

Los amantes detuvieron su sexo, no más orgasmos, ni desvelos ardientes; todo estaba perdido. La ciudad empezaba a apagar sus luces en un intento de adelantarse a perdidas y finales. Los edificios se dejaban vencer haciéndose polvo y escombros.

Un domingo la abuela quiso hacer arroz con pollo, abrió el congelador, solo dos muslos y contramuslos. Un poco de arroz y algo de puré de tomate en el estante. Sus nietos le dijeron; abuela, para qué, si todo está perdido, un poco de agua con azúcar está bien, no pases trabajo. La vieja los miro desconsolada, lloró por el desgano, la abulia, por éxodos y repudios, por dejar hacer a lo malo y callar lo bueno. Mis nietos tienen que vivir y luchar, se dijo la vieja, todo no puede estar perdido.

La vieja salió al portal, la voz retumbaba en toda la ciudad, adelantando derrumbes, finales y frustraciones, todo está perdido, todo está perdido. La vieja se paró en medio de la calle y soltó un ¡CARAJO! que hizo enmudecer la voz y al pueblo entero voltear el rostro en dirección al futuro. Nadie entendía de donde sacaba la vieja fuerzas para enfrentarse a la voz y hacerla callar. ¿Quién dijo que todo está perdido? ¿Quién pretende hacernos morir en vida? ¡Vivamos coño! ¡Hagamos! Vamos salgan de sus casas, vivamos, nada está perdido mientras estemos vivos. No se dejen vencer por una voz que ordena, si gritamos todos juntos, la haremos callar.

Cuentan que de pronto los niños tomaron sus chivichanas y corrían como locos por las calles, los amantes hacían el amor desenfrenadamente en orgasmos sin finales. Entre derrumbes y montones de basura florecían girasoles y revoloteaban mariposas tricolores. La ciudad encendía sus luces y los jóvenes armaban sueños y proyectos.

Como un coro enorme, todos empezaron a gritar, hay un futuro, todo no está perdido. Repetían sus palabras con fuerza y certeza. La voz fue bajando su tono, hasta enmudecer.

La vieja desde el centro de la calle y la historia, gritaba con más fuerza que todos. Un hagamos, hagamos, se hizo consigna y voluntad, presente. La gente se abrazaba en las calles, se ayudaban. Desde la otra orilla sus hermanos sonreían, secaban lágrimas y ayudaban a construir el futuro.

Hagamos, hagamos, se convirtió en acción y voluntad del pueblo. Nunca más volvieron a sentir miedo de voces, ni de malos augurios. Un pueblo y su voluntad de hacer, vencía voces y designios, se burlaba de miedos y años de parálisis y esperas. Colgaron a la entrada del pueblo un cartel enorme, ¡Nada está perdido, vivamos coño, hagamos, hagamos!

Fotografia tomada de Google.