La madre del soldado!

Para las madres, sus hijos, son, seremos siempre, niños, pasan los años, pero nos siguen viendo con el mismo cariño, la misma ternura, nos quieren proteger siempre. Sus brazos, son el escudo que intenta parar golpes, ampararnos. De pronto, el niño, se hace hombre y a veces, se hace soldado.

Ser madre de  un soldado, de un joven que recién se estrena como hombre, es una tarea difícil para cualquier mujer. Si la mujer, es inmigrante, si la única familia que tiene de este lado, es ese hijo, que decidió ser soldado, la mujer necesita fuerzas extras. Las mujeres, a veces asombran con su fuerza, su valentía. Tengo una amiga joven, que convierte lagrimas en sonrisas, ausencias en fuerzas, que es capaz de reunir en una oración, toda la fe del mundo cuando pide por su hijo; su hijo, que se hizo soldado.

Como ella, muchas llegaron a este país con su hijo en brazos, en balsas, aviones, cruzando fronteras. Sus hijos crecieron, los niños de ayer, son hoy hombres, deciden su vida y destino. Aunque les causen dolor sus decisiones, las aceptan y apoyan. Las madres, saben que llega un momento que aconsejan, pero son sus hijos quienes deciden su rumbo, el camino a seguir. Esos niños de ayer, no dejan de ser cubanos, pero también se sienten americanos, sienten orgullo infinito ser parte del Army, de arriesgar su vida por este país. Aunque las madres, los quieren a su lado, la vida  y voluntades los envían lejos.

Esta mujer, mi amiga, es una mujer común y corriente. Cuando sonríe, nadie puede imaginar que cada minuto del día pide a Dios que proteja a su hijo. Su hijo es un hombre valiente, supo decidir que rumbo dar a su vida, su madre, es doblemente valiente. El, sabe que si un día gana una medalla, ella, la merecerá tanto como él, será una medalla compartida.

Compartí su angustia cuando su hijo decidió entrar al army, intento disuadirlo con todas su fuerzas, no entendía que su hijo volara tan lejos. Un día conversando le dije; le diste alas para que volara, no para que se quedara a tu lado, es su vida y tiene que vivirla. Cuando su amor de madre, le dejo entender que su hijo tenia todo el derecho de decidir el camino a tomar, lo apoyo. Hoy, lo alienta y lo sostiene. Multiplica sus fuerzas y espera segura. Dios y sus santos, se lo traerán de regreso, sano y salvo.

Aún le queda un año, un año mas esperándolo, pidiendo cada día que regrese, que nada malo le suceda. Mi amiga, la madre del soldado, sabe que no esta sola, que puede contar conmigo y con muchos mas. El hijo soldado, me conoce, conoció a los nuevos amigos de su madre, ahora, esta mas tranquilo. Sabe que su madre no esta sola, nosotros, estamos junto a ella.

Tuve la suerte, el privilegio, de acompañarla a recibir a su hijo, cuando vino de vacaciones, se abrazo a mí llorando, sus lágrimas humedecieron mi camisa y mi alma. Su hijo, le dijo; mami, por qué lloras? Le aclare, estas son lagrimas de felicidad. Se que dentro de un año, volveremos a estar juntos, en la puerta de otro avión, esperándolo. Se que tendré el privilegio de ser uno de los primeros en abrazar al soldado, a su regreso definitivo, otra vez, la madre del soldado, mojara mi camisa con sus lagrimas. Estaré con ellos, cuando juntos, levanten la mirada al cielo y ella diga; gracias Dios mío!

Partir!

Irnos, por vez primera, por segunda o tercera vez, irnos un montón de veces, es cortar ataduras, pretender romper lazos, desgarrarnos. Volver a ver, desde la ventanilla de un avión, como se aleja nuestra Habana, nuestra isla.

Todos recordamos la primera vez que nos fuimos es algo imborrable, por ansiada, soñada e intentada un montón de veces. Esa primera vez, fue, para todos, un suceso. En mi caso, tuve la suerte de partir junto a un amigo, un hermano. Recuerdo que empujaron el avión, de pronto lo regresaron, se oyó la voz del capitán; por problemas con la lista de inmigración, el avión tuvo que regresar. Nadie hablo, nadie respiro, un minuto mas de demora y todos hubiéramos muerto por asfixia, a los cinco minutos volábamos rumbo a Madrid.  Sentí, como un desgarramiento, un desprendimiento, algo de mí, quedo para siempre en esa Isla, junto a mis seres queridos. No tuve valor de mirar por la ventanilla del avión; no me atrevía a ver a Cuba alejarse en la distancia, sin saber cuando volvería a verla. Alli quedaba mi madre, esperando mi regreso.

He tenido la suerte, prohibida para muchos, de regresar varias veces a Cuba. He vuelto una  y otra vez a los brazos de mi madre, he vuelto a partir otras tantas. Recuerdo cuando la muerte de mi padre, pase 21 días con ella, dándole fuerzas y aliento. Mami, nunca me despide ni recibe en el aeropuerto, esa vez, cometí el error de mirar para atrás, cuando el auto se alejaba rumbo al aeropuerto. La imagen de mi madre, de pie, en el portal, tratando de retenerme con la mirada, me desgarro. No pude hablar durante todo el viaje, hice el chequeo, un dolor en el pecho me ahogaba, minutos antes de despedirme, sentí un alivio, solo pude decir; gracias Dios mío. Mi hermana, se sorprendió, le dije, creí que me moría de angustia, ya paso.

Cada regreso, es como si nunca hubiera partido, mi sitio exacto, permanece esperando por mí, en mi casa, en el corazón de los míos. Llegar a casa, es sentir los lazos que creía rotos, mas fuertes que nunca, por unos días, somos los de antes, los de siempre, los que nunca  nos fuimos. Cada partida, tiene el desgarramiento de la primera. Bastan solo unos días, unas horas, para borrar años de lejanías y ausencias. Tal vez, nunca nos fuimos del todo. Somos felices donde vivimos, adoptamos nuevas tierras como nuestras, no vivimos del recuerdo y añoranzas. Tener a Cuba, en el corazón, es vivir en el futuro, en la luz. Su presencia, no impide luchar y afincarse en otros países. Nuestra Isla, es, sin saberlo nosotros, el puente a un futuro mejor de todos sus hijos. La raíz y la flor, que nos afianza y adorna.

Cada vez, que el avión despega, los lazos intentan romperse, la uniones, parecen que se quiebran. El piloto, da toda la fuerza al motor, son muchos corazones, de un lado y del otro, que se resisten a  separarse. La Habana tiende sus brazos, pretendiendo retenernos, Cuba, nos envuelve en  un viento que frena las alas, mi madre, suspira, enjuga una lagrima, mira una foto mia y se dice; volverá pronto.

Nunca puedo ver la imagen de mi madre perderse en la distancia, ni mirar por la ventanilla del avión y ver mi ciudad, mi Isla desaparecer poco a poco. Cada partida, tiene un poco, o un mucho de la angustia de la primera vez. Cuando el avión aterriza en Miami, se que llegue a casa, donde vivo y trabajo, donde soy feliz y realizo sueños. Reviso mi mochila, mi alma, siempre se me queda algo allá en La Habana, junto a mi madre, siempre me traigo algo de ellos, conmigo.

Flat screen TVs en La Habana.

Hace un par de días, comentábamos sobre los viajes a Cuba. Una señora, que no es de origen cubano, decía entre molesta y resentida; casi toda La Habana tiene televisores último modelo, flat screen Tvs, que manera de ostentar! No entiende que no es derroche, ni ostentación, es amor por los que dejamos atrás, amor del bueno.

No dudo que algunos van a Cuba y ostentan, gastan lo que no tienen. Lucen prendas y ropas, por encima de su nivel económico. Eso pasa en todos los países del mundo con los emigrantes. No es exclusividad nuestra. Nosotros, exagerados en todo, tenemos personajes que lucen gruesas cadenas de oro y manillas y gritan, estoy muy bien, aunque lleven un año viviendo del unemployment y reciban ayuda del gobierno. Esta no es la mayoría del exilio cubano. Parte visible, pero que no nos representa, no son mayoría.

Los que vivimos dificultades y escaseces, casi hasta el otro día, tenemos muy claro, que ayudar a los que dejamos atrás, es nuestra obligación. Los que amamos a los que dejamos atrás, los que a pesar de los años, no podemos olvidar a quienes están del otro lado, sentimos que ayudarlos, es un placer, nuestro tributo al amor, a nuestros recuerdos, a nosotros mismos. Tenemos bien claro que este es ahora nuestro país, no podemos mal vivir, por garantizarle un alto nivel de vida a quienes dejamos atrás, pero tampoco podemos abandonarlos a su suerte. No podemos olvidarnos de ellos.

Para muchos de nosotros, un número elevado, ayudar a nuestras familias, es un gustazo, una bendición. Muchos apenas llevamos ropa para cambiarnos, en aras de poder llevar un poco mas para ellos. No es complejo de culpa, por haberlos abandonado, no hay nada material, que pueda ocupar el lugar del hijo ausente. Esos familiares que quedaron allá, son los que nos alentaron y apoyaron a partir. Aún en la distancia nos sostienen y apoyan, por eso regresamos una y otra vez a sus brazos.

No señora, se equivoca, cuando cargamos con flat screen Tvs en nuestros viajes, no ostentamos, no pretendemos que la gente diga; que bien esta, hasta un televisor trajo! Lo hacemos, por amor a los que dejamos detrás, por llevarles un poquito del confort material que ahora disfrutamos. La familia cubana, es así, hacerlos felices, es también nuestra felicidad.

Desde ayer, mi mama, tiene en su sala, por fin, su televisor ultimo modelo. Pude haberme comprado unos cuantos T-shirts de AX, mis amigos, saben cuanto me gustan. También pude comprar algunos jeans o zapatos de marca. Créanme, no hay satisfacción mayor que saber a mi madre disfrutando, a sus anchas, de un buen televisor. Se las horas que pasa, sentada frente a él, disfrutando de su programas favoritos.

Para recordarme, mi madre no necesita nada material; ambos estamos unidos por lazos muy fuertes, un amor infinito. Las madres, solo quieren vernos, un abrazo nuestro, un beso, vale por todos los electrodomésticos del mundo. Se que mi madre, mirara al televisor, ahora, de modo diferente. Su mirada penetrante y brillante, lo vera como un puente a su hijo del alma, una forma de comunicarnos, una mas que nos inventamos para seguir juntos a pesar de lejanías y ausencias. Como ella misma me dijo al llamarla; vas a tener que devolverlo, no puedo ver mis programas favoritos, cada vez que lo miro, veo tu cara

Por eso repito, no ostentamos, amamos, dos verbos muy diferentes. Llegamos a este país, dispuestos a luchar. Todo lo que tenemos, ha sido ganado con el sudor de nuestra frente. Cuando las fuerzas faltan, desde el sur sopla un viento que nos anima. Si el viento no basta, llamamos por teléfono y las voces de nuestros seres queridos, hacen el milagro. Llevarles o mandarles algo, es solo una forma de ayudarlos, una manifestación de amor, jamás ostentación, quedo claro señora?

Si algún día, tiene la suerte de visitar La Habana, si entra a una casa y ve en la sala un flat screen TV, no piense que esa familia, tiene alguien en Miami que ostenta; ellos tiene en Miami o en cualquier parte del mundo, alguien que los ama, que no los olvidara nunca!!

La familia!

La familia cubana, es peculiar, diferente a todas. Reproduce en miniatura, la población de la isla, sus características y comportamiento. Nuestra familia, es unida, indivisible, aunque a veces parezca que se llevan mal, se quieren entre si. Ni años, ni lejanías han podido destruirla.

Qué madre cubana, no ha gritado a voz en cuello; estos niños me van a volver loca! Si algo le pasa a esos niños, si alguien quiere hacerles daño, se convierte en una leona, dispuesta a defenderlos frente a todos.

Los cubanos, le decimos a nuestra madre, vieja, pura. Tenemos la certeza que no hay vieja mas pura, que esa, la nuestra. Si alguna mujer mayor, nos tiene un cariño especial, nos da su aliento en momentos difíciles, decimos; es como si fuera mi madre, no hay nada más que agregar. La incorporamos a la familia, la hacemos nuestra.

La familia cubana, esta en constante movimiento, los muchachos, llaman a sus amigos, primos. Cuando un amigo, lleva años a nuestro lado, cuando hemos pasado mas de un momento difícil juntos, lo llamamos; mi hermano! Así vamos, sumando familiares, enriqueciendo nuestra familia.

Nuestros sobrinos, hacen añicos, el refrán, “a quien Dios, no le da hijos, el diablo, les da sobrinos”, nos llaman, con orgullo, papa! La escasez de vivienda, obligo a convivir juntas a varias generaciones. El concepto de familia, cambio, se adapto a situaciones nuevas. Los tíos nos convertimos en papás, sin querer y los sobrinos en hijos. Recuerdo mi primer viaje a la habana, mi sobrino-hijo, lloraba a gritos y me tocaba, como diciendo para si; existe, esta aquí! El, sabe que siempre estaré a su lado, cuando me necesite. Como todos ellos estan, siempre, junto a mi.

En nuestras familias, nos fajamos, discutimos, nos tiramos los trastos a la cabeza, parece que vamos a irnos a las manos, al final, todo termina en un abrazo. Los lazos familiares, no los rompemos, están siempre ahí, se renuevan y multiplican, como la vida misma. Dos hermanos discuten, parece que se acaba el mundo, si alguien se atreve a apoyar a uno, ese mismo le dice; es mi hermano, no te metas!

En años de familias dispersas por el mundo, nuestra familia se redefinió, se adapto a nuevos tiempos, la sala de la casa, creció, llego a Europa, a Miami, hasta África. Tal vez no podamos reunirnos todos en un almuerzo de domingo, pero nuestros corazones siguen juntos, lazos indestructibles nos unen. La familia cubana, no cree en lejanías, ni en años sin verse. Siempre que llamo a mami los domingos, pregunto que hizo de almuerzo, junto a ellos saboreo su comida y comparto la sobremesa.

Tengo una amiga que emigro siendo niña. Sus padres, hermanas, están de este lado, pero a cada rato arma maletas y amores y va a Cuba a dar y recibir amor de sus primos, de esa familia que el mar, ni la distancia logra disolver.

Los cubanos, somos todos, al final, una gran familia. Dispersos por el mundo, esperando el momento de ese gran abrazo que nos una y reconcilie definitivamente. Nos tocaremos unos a los otros, seguros que existimos, seguros que el camino por andar, ha de ser unidos, sin tirarnos trastos a la cabeza, dándonos unos a los otros amor, fuerzas para construir la familia mayor, “con todos y para el bien de todos”

¡Caridad!

Virgen de la Caridad

Patrona de Cuba, madre amantísima de los cubanos. La Caridad del cobre, reina en Cuba y en nuestros corazones. Su día, es un poco o un mucho, un cumpleaños colectivo que celebramos con amor y devoción, no solo allá en nuestra islita. En este regarnos por el mundo, donde hay un cubano, en este, su dìa, hay fiestas y emociones, velas encendidas y esperanzas renovadas.

 Nunca he ido al Cobre, le debo esa visita a la virgen de la Caridad. Pienso hacerlo del brazo de mi madre. Ambas se miraran de frente, una dirá; gracias por cuidármelo, otra responderá; él también es mi hijo, no puedo abandonarlo. Mami, no sabrá que siempre que pido a la Caridad del Cobre, pienso en ella, la imagen de la virgen y de mi madre se me funden y confunden. No sé si es el exilio o los años, pero últimamente, se me mezclan ciudades, banderas y un montón de cosas mas. Mi madre y la virgen, no podían escapar a este sobreponerse símbolos y amores. 

Busque en Internet, el por qué la patrona de Cuba. Pienso que los veteranos mambises, pidiendo al papa Benedicto XV, su proclamación, fue como un mirar al futuro, una premonición de tareas por venir. Me resulta llamativo el hecho de tres hombres en un bote, entre olas, en el mar, junto a ella. ¿Presentirían acaso que tendría que cuidar de muchos cubanos cruzando el mar en botes improvisados? Pienso que sabían que su labor, no terminaría en tierra firme, que tendría que ir con nosotros a recorrer el mundo, a cuidarnos. Así lo ha hecho, no cede en su labor de velar por nosotros, el mar no la detiene, para ella no existen fronteras.

 La Caridad del Cobre, como Cuba, se multiplica. Sigue reinando desde montañas, pero tiene también su Ermita en Miami, uno de los primeros lugares que visitamos muchos al llegar a esta ciudad. Recorre el mundo en maletas, se afinca en Madrid, Paris, Lima. Tiene su rinconcito en cada negocio cubano, en cada hogar. Es parte de la familia.

 Ser patrona de Cuba, virgen, haber sido coronada por Juan Pablo II, no la distancia del pueblo. La hicimos nuestra. En momentos de apuro, nos volvemos a su imagen o miramos al cielo y decimos; ¡Ay cachita, ayúdame! No es exceso de confianza, así somos, si queremos a alguien lo tuteamos, la pasamos la mano por el hombro y andamos juntos. Ella nos conoce, nos da licencia para tutearla y contarle travesuras, ríe con nosotros. A pesar de preocupaciones y tristezas acumuladas, no ha perdido la sonrisa, no la perderá nunca.

Nos sostiene a todos en brazos, dispuesta a defendernos con uñas y dientes. Se sabe nuestra madre, nos protege y enseña a amar. Camina sobre el mar, recorre ciudades, continentes, no descuida a nadie. No nos pide actos de arrepentimiento. No necesita títulos, ni protocolos largos para escucharnos, basta un, ¡Madre, ayúdame! y acude puntual a enjugar llantos, a deshacer tristezas. Mi madre, ella, todas las madres cubanas, se saben necesarias, imprescindibles, basta un grito, una queja y sus manos acuden a curar heridas, a salvarnos del abismo. 

Se mezclo con su pueblo, que le ofrenda miel y girasoles, que se arrodilla ante ella y la llama, Cachita, Oshun, Caridad, ¡Madre! Se sabe símbolo y patrona, protección y guía.

Viste de amarillo y en dias de fiesta luce orgullosa una bata cubana blanca azul y roja y desde lo alto de la sierra, espera con su pueblo, en la certeza de ¡Un futuro de unión, luz y amor!

Fotografia tomada de google.

¡Cuba en el alma!

“Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón”.

Mario Benedetti

No siempre la medicina puede encontrar la causa de un dolor o una dolencia física, a veces, muchas veces, hay que buscarla donde la ciencia no llega.

Juan se había adaptado a la vida en New York, se sentía americano, pretendía olvidar raíces y recuerdos. Era casi feliz, cuando de pronto, un intenso dolor en el pecho, comenzó a molestarlo.

A pesar de no tener seguro medico, visitó médicos y hospitales en busca de un diagnóstico. Casi estaba a punto de declararse en bancarrota. Estaba convencido que ese dolor en el pecho, debería tener alguna explicación. En su intento de curarse, visitó brujos y adivinos, cartománticas y lectoras de café.

Pidió dinero prestado a amigos y bancos. Viajo todo el mundo, Madrid, Paris, Londres, Roma. No quedo especialista de renombre que no visitara. Compartió con amigos dispersos por todo el planeta, a todos dijo sus síntomas. Muchas veces al verlos, su dolor empeoraba. Algunos le confesaron que sufrían de lo mismo, ya se habían acostumbrado a vivir con ese dolor. Cuando se hacía muy fuerte, una buena botella de vino, ayudaba a aliviarlo. Pensó a lo mejor era un nuevo tipo de neuropatía, esta vez por exceso de carne roja y vitaminas, decidió ponerse a dieta. Ayunó durante una semana, su dolor no disminuyó; algo tenía entre pecho y espalda, él lo sabía, estaba seguro.

Un mediodía, en casa de una amiga, sufriendo una de sus crisis de dolor, la escuchó decir: ven siéntate a la mesa, hoy hice un almuerzo que tal vez te ayude con ese maldito dolor. Sin ganas, arrastrando los pies, salio del cuarto, en la mesa del comedor, lo esperaba un plato de frijoles negros, arroz blanco, carne de puerco y yuca hervida con mojo. Su estado general mejoro, el dolor no desapareció del todo, pero disminuyó. Disfruto del almuerzo y cuando saboreaba su tacita de café cubano, su amiga se le acerco, lo abrazo y casi al oído, le dijo: compadre usted no tiene nada, son estos años, queriéndose hacer el americano, cuando en el fondo es tan cubano como las palmas, acéptelo y vera como se siente mejor.

Los enfermos, a veces tardan en tomar conciencia de la causa de su mal. Los hipertensos, quieren seguir comiendo con sal, los diabéticos comiendo dulces. Los peores enfermos, son los que quieren negar su origen, sus raíces, arrancarse de adentro esa cubanía que se renueva y multiplica por más que alguien quiera arrancarla o ignorarla.

Nuestro enfermo del cuento, decidió ir a ver a la mejor santera que conocía. Sacó pasaje y en un día de abril, aterrizó en La Habana. No aviso de su llegada, no hacía falta, ella, lo esperaba, sin darse vuelta le dijo: sabía que vendrías, llevo años esperándote, desde aquel día que decidiste lanzarte al mar en una balsa. Se volvió, lo miro, ambos corrieron a su encuentro, se abrazaron llorando; ¡mamá! ¡hijo mío!

Ello lo llevo al malecón, le quito la camisa, dejo que la luz del sol le hiciera la única radiografía que necesitaba, lo abrazo bien fuerte. No tienes nada mi hijo, deja que Cuba se suelte libre en tu alma, no importa lo lejos que estés, los años sin vernos a ella y a mi, pero déjala vivir en ti sin ataduras, sin negaciones. No hay peor dolor que querer negar su tierra, cuando se lleva bien adentro. El se puso la camisa, tomo del brazo a su madre, la beso. Se agacho, beso la tierra donde nació y por vez primera, en muchos años, no sintió ese dolor en su pecho.

Fotografia tomada de Google.

Caminar La Habana!

La Habana, es una ciudad para caminarla, si vas en auto, te pierdes su esencia, no logras interactuar, es conocerla a medias. Ciudad de los de a pie, de los que la andamos de un extremo a otro, gastando suelas, zapatos. Perdiendo kilos en un recorrido que no termina nunca, sin meta, ni final. Aunque creas conocer una calle, cada vez que vuelves a andarla, descubres algo nuevo. Andamos La Habana, una y otra vez, redescubriéndola a diario, sorprendiéndonos en cada esquina con algo nuevo.

Nuestra ciudad, no esta dada de una vez y para siempre. Cada amanecer una nueva Habana, despierta al primer rayo de sol. Cambia de maquillaje, viste una nueva bata cubana, ensaya un nuevo andar, coquetea y seduce. Enamora, ensayando nuevas mañas. Un nuevo mover las caderas y mirar seductor.

Para los habaneros, andar la ciudad, es un acto de fusión con ella. Es entregarnos a nuestras calles, adoquines, sortear obstaculos y disfrutar paseos únicos. No importa el calor, La Habana, hay que caminarla. Con dólares en el bolsillo o  con moneda nacional, tomando coca-cola o guachipupa para mitigar la sed. Caminar la ciudad, es un rito del habanero. Cuando vivimos en ciudades, donde no hay costumbre de andar la ciudad, extrañamos, ese caminar sin rumbo. Ese andar sin punto fijo de llegada, solo por el placer de caminar, abiertos a  sorpresas y encuentros con lo desconocido, redescubriendo la ciudad a cada paso.

Siempre que regreso a La Habana, dedico al menos un día a caminarla. Es como abrazarla, acudir puntual al pase de lista y decir presente! Aunque pase la mayor parte del año ausente, volver a andar sus calles, reafirma mi condición de  habanero. En ese recorrer sus calles, siempre descubro algo nuevo, me descubro a mi mismo, me reinvento.  He andado cientos de veces Obispo, cada vez algo nuevo me sorprende. Así es La Habana, que se estrena para cada nueva mirada. Ciudad renovada y extendida en el recuerdo y en el presente.

Quien visite La Habana, la camine, ande por sus calles, ya no podrá olvidarla nunca. Regresara a ella, una  y otra vez. En cada encuentro, una nueva ciudad, lo espera y recibe. Una nueva sonrisa se ensaya para nosotros, un nuevo encuentro, una nueva anécdota. Alguien nos recibirá con un piropo que no olvidaremos nunca. Alguna ocurrencia será el toque justo para matizar nuestro andar.

Regresar a La Habana, andarla otra vez, suma a sus encantos, el hacerlo llevando a mi madre del brazo. Juntos, reímos, saludamos la ciudad que nos vio nacer y crecer a ambos. Nos olvidamos de años y penas, de lejanías y nostalgias. A nuestra felicidad, basta, en ese instante, el andar juntos nuestra Habana.

La Habana, una madre que llora.

La Habana es un poco o un mucho, la madre de todos los habaneros. De los que quedaron allá, a su abrigo y calor y de los que un día decidimos partir. Cuba, de Maisi a San Antonio, es la madre solicita que reparte caricias y mimos, mas allá de distancias e ideologías. Ciudad y país, bandera, Patria, que va con nosotros siempre. Que no reconoce distancias, que olvida ofensas y perdona siempre, aprendió a amar a todos sus hijos, a todos! Que lucha incansable, por el amor entre sus hijos.

Allá, en La habana, quedaron las madres de muchos, entre ellas, la mía. No pudimos traerlas con nosotros y vamos, iremos, una y otra vez, en busca del abrazo necesario, del beso infinito, de la palabra exacta. Las madres habaneras, las cubanas, nunca cortan del todo el cordón umbilical. No importa la edad de sus hijos, siempre seremos sus niños. Aprendimos a andar de su mano y así seguimos. Manos que se extienden en la distancia, que llegan en el momento preciso, cuando se abre el precipicio, basta un halón y nos salvan!

Mi madre, desde su portal en La Habana, siempre nos aconseja, a mis hermanas y a mi estar unidos. Si algún disgusto, pone en peligro nuestras relaciones, ella acude a resolverlo, nos quiere hermanos por siempre, mas allá de diferencias e ideas. Aprovecho cualquier ocasión para dejarle saber que velo por mis hermanas y ellas por mí, que estamos unidos, eso le da paz, le hace feliz y reconforta de nuestra ausencia.

La Habana, Cuba, nos quiere unidos, no peleando entre nosotros, sabe que nada lograremos, mientras nos desgatemos en discusiones en imposiciones absurdas. Allá en La Habana, por decisión propia, nuestra bandera, amaneció hoy a media asta. Se vistió de luto. Nuestro triangulo, hoy tiene un rojo peculiar, no de sangre, de vergüenza, de dolor! El espectáculo de cubanos divididos, enfrentándose entre si, haciendo alarde de intolerancia e incomprensión, espanto a La Habana, estremeció a Cuba. Es capaz de soportar nuestra ausencia, pero la pelea entre nosotros, le arranca lágrimas amargas.

Cuentan que hoy, temprano en la mañana, La Habana, luciendo una bata cubana negra, fue con otras madres, entre ellas, la mía, hasta al Rincón a pedir, entre lágrimas, por la unión de nosotros, porque sus hijos se amen y entiendan como hermanos.

Iré a La Habana!

Iré a la habana en un corcel de fuego o en un rabo de nube, iré a La Habana.

A veces, sin proponérselo, lo malo de La Habana reina en Miami, lo trajimos con nosotros, se nos sale, se le sale a algunos, por costumbre o por vocación. Aparecen entonces quienes quieren revivir asambleas donde discrepar era casi un acto suicida. Esos que reviven, día a día, el modo de hacer que dicen criticar, que desconocen que es tolerancia y comprensión. Su oficio, es imponer su criterio a cualquier precio.

Iré a la habana, entre aplausos o gritos, iré a La Habana.

Recuerdo una vez que una amiga y yo estuvimos hablando sobre Bush, yo, en contra, ella a favor, la conversación duro más de dos horas. Nadie se molesto, nos despedimos con un beso, ninguno intento imponer su criterio, sólo dialogar, enriquecernos los dos. Hay muchos que se molestan cuando alguien discrepa. El asunto de Cuba y los viajes a la isla, irrita a algunos, molesta a otros y hace feliz a muchos. Mencionar el tema, es como revolver las avispas, alborotarlas.

Iré a la habana, cuando sienta deseos de abrazar a mi madre, iré a La Habana.

En una ocasión, comentando el tema de Cuba, con una señora que trabajaba conmigo, me dijo; si todos nos unimos y no mandamos ni un centavo, provocaríamos un cambio, le dije; conmigo no cuentes, el dinero a mi mama, para que coma, no le faltara nunca. (No le falto durante dos meses que estuve en casa por una fractura múltiple). Estuvo unos días sin hablarme, después comprendió que entre ella y yo hay una gran diferencia; toda su familia, vive en USA, mi madre, esta en Cuba, no podremos jamás pensar igual, si, podemos entendernos mutuamente. Ser diferentes, no implica convertirse en enemigos, tratar de imponer uno al otro su criterio. Ser diferentes, nos lleva al dialogo, la tolerancia, la comprensión.

Iré a la Habana, Oh ceibas y palmas hermosas, iré a La Habana. 

Creo que cada uno es dueño de sus actos y decisiones y asume dignamente las consecuencias de estos. Pretender imponer a otros un criterio es absurdo. Querer que otros paguen por heridas ajenas, es mas absurdo aún. Todos tenemos nuestras propias cicatrices, nuestros recuerdos. Mis heridas, son mías, no tengo derecho a hacer que otros sufran o paguen por ellas. Tampoco puedo pagar por heridas ajenas.

Iré a la Habana, en un avión de alas plateadas, iré a La Habana.

Cuando se acercaba el día de mi primer viaje de regreso a La Habana, quise compartir mi alegría con una señora que lleva muchos años aquí, sólo le dije: el viernes me voy a Cuba, a ver a mi madre! Su rostro se contrajo en una mueca desaprobatoria. De forma brusca me dijo: no le lleves mucho dinero al gobierno de allá. La mire, me sonreí, le dije: despreocúpate, no conozco a nadie que trabaje en el gobierno, todo lo que llevo es para mi madre, ojala tuviera más, para poder llevarle más. No volvió a saludarme, ella perdió un amigo, yo, comprendí que a veces la intolerancia daña a quien la practica.

Iré a la habana, retozando en canciones y recuerdos, iré a La Habana.

Respeto y admiro a los que nos abrieron el camino. Esos que tuvieron el valor de construir Miami, de hacernos el camino más fácil a todos los que llegamos después. Tengo entre ellos, amigos entrañables, cada conversación que tenemos es una lección de historia y de cubania. Imagino su dolor por esa Cuba cerca y lejana para siempre, sus lagrimas, su no ver a sus madres e hijos. Tuvieron la fuerza de convertir ese dolor en trabajo y creación, se hicieron a si mismos mejores, construyeron Miami. Escucho sus historias, sus dificultades para llamar por teléfono, la demora infinita de las cartas, un eterno cartel de no regreso, su familia, perdida para siempre, su Cuba, inaccesible. Fueron extraordinariamente fuertes, lo son aún, lo serán por siempre.

Iré a la Habana, cuando las ganas se conviertan en ansias y las ansias en orden, iré a La Habana.

Marti, nos convoco siempre a la unión, mas de una vez, la división de los cubanos, hizo fracasar nuestros intentos. El punto no es querer que todos pensemos igual, hace muchos años, decidí no ser uno más en el rebaño. El punto es unirnos, hacer crecer lo que nos une y engrandece, por encima de diferencias y criterios que algunos intentan imponer a ultranza. Cada cubano, dentro y fuera de la isla, tiene su propia historia que contar y tiene todo el derecho y todo el izquierdo del mundo, a que le escuchen y respeten. Una razón, no es mas fuerte, porque se grite mas alto o porque este en boca de una figura pública. A veces, muchas veces, la verdad esta en boca del mas humilde, de aquel que no necesita gritar y hacer gestos efectistas para ganar atención, fama y dinero.

Iré a la habana, con sol o con lluvia, iré a La Habana.

Al final de la historia, Cuba nos espera a todos, no hace distinciones. Cura todas las heridas y ayuda a borrar cicatrices. La Habana se levanta sobre el malecón, nos saluda dándonos la bienvenida, agitando al viento su pañuelo azul, blanco y rojo. 

Iré a la habana, convocando espíritus, lanzando conjuros al viento,  iré a La Habana!

El muchacho del pull over.

Cuando escribí “Un pull over en La habana”, muchos se imaginaron al muchacho, con 6 pies de estatura, trigueño de ojos azules, visitante habitual de gimnasios, seductor; todo un galán, no faltó quién llegó a pensar que el letrero en el pull over fue sólo un pretexto para conocerlo.

Acostumbro a valorar a las personas por lo que llevan en su Corazón, por sus sueños, su osadía en luchar por ellos, pocas personas me han impactado tanto como este muchacho que lucía con orgullo un pull over, que aún hoy, pienso en él. Los que no han vivido en La Habana o Cuba en general, tal vez no puedan entender mi deslumbramiento.

Aún anoche, un amigo especial, a quien no veía desde mi regreso de La Habana, me dijo; cuentame de ese pull over,como fue todo, solo le respondi, tal y como lo relaté, solo describí el momento, no agregue ni enriquecí con imágenes. Este amigo especial, a quién quiero y admiro, fue uno de los muchos que sufrió represiones y espanto.

Primero me tomé la foto con el muchacho de espaldas, quería constancia gráfica del letrero en el pull over, despues le dije; ahora de frente quiero que todos sepan quién eres tú, que vean tu rostro. Dos muchachos que junto a él, cargaban cajas para el almacén, disfrutaban el minuto de fama de su amigo, al público que asistía con asombro a una sesión de fotos inesperada, sólo lo recuerdo mirando con asombro, apenas tuve tiempo de reparar en ellos, no lucían pull overs que me subyugaran.

Hay un detalle que recuerdo, el rostro de mi madre, sonriente y orgullosa, a pesar de sus 83 años, su educación en las Dominicas americanas y un montón de cosas mas, desde el fondo de su Corazon, aplaudía con orgullo mi gesto y me regalaba la mejor de sus sonrisas.

Estoy consciente que no basta un pull over, un letrero para borrar angustias e injusticias. No bastan cientos o miles de pull overs, pero sé que muchos, como yo, se alegraron de verlo lucir con orgullo.

Siempre que regreso de La Habana, no falta quién me pregunte; conociste a alguien, te enamoraste, sólo pude responder afirmatívamente en este, mi mas reciente viaje. Me enamoré de un pull over y conocí a alguien que lo lucía con orgullo, sin miedo a burlas ni a represalias, alguien que perdió el miedo para siempre y que hoy, quiero presentarles.