Daisy Granados en Miami.

Supe de su presentación en uno de los centros nocturnos de Miami, me alegre por el arte, el talento, el romper barreras y levantar puentes. Después se armó un revuelo, alguien levanto calumnias que no supo ni tuvo el coraje de mantener, pero que hicieron daño; se cancelaba la presentación de Daisy Granados en el monólogo “Leyenda”. Miedo, falta de principios, no se cual seria la causa de esa cancelación, la ignoro. El rostro del cine cubano, atrapada entre rencores y comentarios odiosos, casi se nos va sin brindarnos su arte, sin aportar su pedacito a ese puente entre los cubanos que estamos obligados a construir. Ese puente que atrapados a veces entre el odio y rencores, destruimos en vez de construir.

Les confieso que en un inicio hasta di crédito a los comentarios, aunque se me hacia difícil imaginarme a la protagonista de “Cecilia”, envuelta en esos sucesos. Haber sufrido en carne propia todo el lado oscuro del Mariel, me hacia recordar sucesos que prefiero olvidar, en nombre de mi paz espiritual y mi salud. Siempre estuve en contra de que se boicoteara su actuación, vivimos en un país libre, tal vez en el país mas libre del mundo, donde nadie tiene el derecho de imponer a otro su punto de vista. Comente con un amigo; que se presente y vayan a verla quienes quieren, nosotros, a diferencia del absurdo, no caemos en extremismos, dije sencilla y honestamente.

Los días pasaron, quienes lanzaron la bola de nieve, no daban la cara. Conversé con vecinos de Daisy en La Habana, vecinos que vinieron cuando el Mariel, que vivían puerta con puerta con ella, no creían esas afirmaciones. Siempre fue una persona cordial, con apenas tiempo entre las filmaciones para hacer mandados, me decían, no la imaginaban protagonista de ese incidente.

El rostro del cine cubano, se vio, de pronto, protagonizando una tormenta. Emisoras de radio, de esas que prefiero no escuchar, créanme, intoxican, dedicaban horas de su “programación” a insultarla y calumniarla. Hasta individuos oscuros tuvieron su minuto de fama hablando horrores de ella. Así somos a veces, émulos de aquellos a quienes criticamos, para vergüenza nuestra.

Una mañana, leí en el periódico la noticia de la presentación de Daisy Granados en “The Place of Miami”. Todos saben los lazos de amistad y recuerdos que me unen a ese lugar.  Confirme la noticia, decidí apoyarlos. Con el paso de los días, comprendí que asistir a la función, era una cuestión de principios ¡No basta con escribir a favor de puentes, hay que ayudar a construirlos! Compromisos anteriores, me impidieron asistir a la función del sábado, el domingo, en compañía de amigos especiales, me prepare a asistir a la presentación de “Leyenda”. Conversé sobre las funciones anteriores, supe de la acogida de público y critica, se apagaron las luces, comenzó la función. Daisy, poco a poco, nos daba una clase magistral de actuación. La jabá, sin que nos diéramos cuenta, se iba adueñando de nosotros, haciéndonos sus cómplices, la función termino con el público de pie y  gritos de bravo.

Después de la función, conocí al ser humano, la escuché conversar sobre los sucesos, no entendía el por qué de las calumnias, del odio. El lado bueno de la historia, es que todo sirvió de propaganda a su presentación. Muchos que no pensamos en asistir, dimos gracias a tanto revuelo; sin él, nos hubiéramos perdido la ocasión de disfrutar de una actuación memorable. En mi caso personal, me hubiera perdido conocer al ser humano que vi, muchas veces en la piel de diferentes personajes, Amanda, Teresa o Cecilia y esta noche fue sencillamente, Daisy, una actriz cubana.

Tal vez tengamos mas presentaciones del monologo, “Leyenda” en Miami, un consejo, no se las pierdan, el lado bueno nuestro, se los agradecerá. Construir puentes, nos mejora como seres humanos.

El hombre miedoso.

Desde que nació, lo poseyó el miedo, un miedo inexplicable e incontrolable. Todo le asustaba, un temor constante hacia presa de él, sin causa aparente. Bastaba un ruido, una palabra dicha en voz alta y el hombre miedoso, corría a esconderse en si mismo. El doctor que asistió a su madre en el parto, contaba asombrado, que había sido la primera vez que un recién nacido trataba de volver al vientre de su madre, negándose a ver al mundo exterior. Tuvieron que ayudarlo enfermeras y asistentes para lograr sacar al bebe, su madre tuvo que pujar con el alma. Cuando le dieron la primera nalgada, no lloro, un grito de miedo se escucho en todo el hospital de maternidad.

Su vida, transcurrió, entre miedos y sustos. Temio a su padre, si lo oía alzar la voz o peleando, desaparecía de su vista temblando. Temio a maestros, directores de escuelas, compañeros de estudios y de trabajo. No hubo esfera de su vida social o personal, que no estuviera marcada por el miedo. Nunca tuvo novia, el miedo a ser rechazado le impidió declararse a una vecinita que amaba desde su infancia.

El hombre miedoso, nunca miro a nadie a los ojos a nadie, tal vez temía  ver la imagen del miedo reflejada en ellos. Lo peor de todo, era que su miedo se hacia contagioso, contaminaba al pueblo donde vivía. Un miedo oscuro, denso fue apoderándose del pueblo poco a poco. Un alcalde recién electo, se dio cuenta del miedo que contaminaba al pueblo, supo aprovecharse de él.  Una vez en el poder, comenzó a dictar leyes y resoluciones, limitando la libertad de los habitantes del pueblo.

Cuando hablaba en el parque del pueblo, el alcalde cuidaba muy bien las palabras que elegía y el tono en que las decía. Terminaba siempre vociferando, amenazando a enemigos inventados con su dedo índice. Aprendió muy pronto a manipular a su favor el miedo que el hombre miedoso, había contagiado a todos en el pueblo.

El alcalde, seguro de su poder, limitaba cada vez más los derechos de los habitantes del pueblo. Disfrutaba, sabiéndose temido, casi omnipotente, si alguien discrepaba, un grito lo hacia entrar en razones. Sentado en su despacho en la casa de gobierno, se sentía dueño y señor de la vida de los habitantes del pueblo.

El hombre miedoso, sufría todo esto, se sabia culpable del miedo que contaminaba a su pueblo. Por las noches, apenas dormía, el sentimiento de culpa, sentirse responsable de la situación del pueblo, lo martirizaba día y noche. Casi, sin darse cuenta él, ese sentimiento fue haciéndose mayor que el miedo que lo dominaba desde que nació o antes de nacer.

Una tarde, el alcalde, decidió reunir a todo el pueblo en el parque, desde lo alto de su tribuna, anuncio, con voz tronante, nuevas medidas que limitarían, aún más los escasos derechos del pueblo. Del medio de parque se escucho una voz, tan o mas fuerte que la del alcalde, un ¡¡Basta! Enorme estremeció al pueblo, el alcalde, sorprendido, interrumpió su discurso. Del grupo de personas corriendo a toda velocidad, el hombre miedoso, salio disparado hacia la tribuna, se basto solo para derribarla, antes que los guardias pudieran detenerlo. El alcalde alcanzo a gritar, ¡Atrápenlo, esta loco! Mientras el hombre miedoso, forcejeaba con los guardias, el pueblo, despojado de su miedo, despedazó la tribuna, atrapó al alcalde y a todos los guardias.

Todo el pueblo, se unió, llevaron al alcalde y a sus guardias lejos del pueblo, les advirtieron no volver nunca más.

Con el hombre miedoso al frente, tomando de la mano a la vecinita que siempre había amado, regresaron todos al pueblo, decididos a reconstruirlo, a comenzar poco a poco, a ser los de antes, cuando no conocían el miedo. El hombre miedoso, el mismo que un día los contamino con su miedo, les enseñó que, el amor a la libertad, es capaz de vencer todos los miedos y derribar todas las tribunas.

Fotografia de Yohandry Leyva.

Un hombre poca cosa o ahogarse en un vaso de agua.

Desde que nació, fue de esos que gustan de pasar inadvertidos, de los que llamamos, poca cosa. La clase de gente capaz de ahogarse en un vaso de agua.

Contaba su mama, que cuando nació, al darle la primera nalgada, su llanto fue inaudible, casi, casi le dan una segunda, pensando que no había reaccionado. Nunca le gusto destacarse, se quedaba siempre rezagado en todo; jamás conjugó en primera persona el verbo sobresalir. Creció, estudio, se gradúo de la universidad y comenzó a trabajar. Cumplía su trabajo, pero sin destacarse, pertenecía a esa clase de personas que nadie notaba su presencia o su ausencia, un tipo gris, poquita cosa, insignificante.

Cuando celebraban alguna asamblea, se sentaba en la última fila, jamás pedía la palabra. Esas discusiones y esos tipos hablando a gritos, solo le infundían temor, se hundía en su asiento, tratando que nadie lo viera. Sabia de historias de vidas cambiadas por intervenir en una asamblea, se ponía nervioso, sudaba frío, de solo pensar que un día lo obligaran a hablar en una asamblea. Su mayor preocupación, fue siempre, levantar la mano cuando el presidente de la asamblea preguntaba, ¿quienes están de acuerdo? Estar en el grupo de los que estaban en contra, ser cuestionado en público, tener que dar explicaciones, era más de lo que podía soportar. Imaginarse parado en frente de la asamblea, explicando su desacuerdo con algo, lo hacia estremecerse, temblaba de miedo de solo pensarlo.

Una tarde una de las pocas amigas que tenia, le pidió que le  acompañara a ver a una cartomántica; es muy buena, pero me no me gusta ir sola, le dijo. El débil, incapaz de negarse, como siempre, accedió a acompañarla. Se sentó en la sala, mientras en el cuarto contiguo. Juana, la de las barajas, le predecía el futuro a su amiga. Salieron del cuarto sonrientes, Juana, lo miro.

-Y él, no va a tirarse las cartas?

– No, no, solo atino a balbucear, me da miedo eso de saber el futuro.

– No insistiré, dijo Juana

Mientras los acompañaba a la puerta, al abrirla, una carta cayo al suelo, la mujer de las barajas la recogió y mirándole a los ojos, le dijo:

-Mantente alejado de los vasos de agua, un día puedes ahogarte en uno.

Esa noche, el hombre de los miedos, el asustadizo y poca cosa, no durmió. Antes de acostarse, botó todos los vasos a la basura. De ahora en adelante solo tomaría jugos y en botellas, seria precavido. Morir ahogado en un vaso de agua, no le hacia mucha gracia.

Desde el día que acompañó a su amiga a ver a Juana, la de las barajas, comenzó a dormir mal, se despertaba sobresaltado, enormes vasos de agua lo perseguían en sueños. A veces se quedaba dormido en la guagua, viendo televisión, hasta conversando.

Una tarde en una asamblea, se quedo dormido. Cuando el presidente de la asamblea pregunto muy serio.

-¿Quienes están de acuerdo en donar una hora de trabajo semanal para la recuperación de las mascotas abandonadas?

Todos levantaron las manos, todos, menos el hombre poca cosa, que se había quedado dormido. El presidente de la asamblea, frunció el ceño, abandono el estrado y se le paró enfrente, lo miró amenazadoramente.

-¿Usted puede explicarnos por que se niega, por que desafía la unanimidad de la asamblea?

El pobre hombre poca cosa, que recién acababa de despertarse, no atinaba a responder, no sabia que estaba pasando. Como era posible que él, el primero en apoyar las unanimidades, se hubiera demorado en levantar la mano. No pudo responder, rompió a llorar en silencio, sin valor para discutir, abandono la asamblea.

Camino a su casa, entró en una cafetería a sentarse un rato, a intentar recuperarse, a poner en orden sus ideas. Una camarera se acercó a su mesa.

-Desea algo, preguntó, mientras le ponía enfrente un vaso de agua.

El hombre, se quedo mirando fijamente el vaso de agua, sin poder articular palabra, paralizado. Recordó la profecía de Juana, la de las barajas. La camarera, fue a otra mesa a llevarles agua a otros clientes. Cuando regreso, la mesa estaba vacía, solo el vaso sobre la mesa, intacto. Lo recogió, le pareció ver algo extraño en el fondo, pero no le dio importancia, fue hasta el fregadero y arrojo el agua. Perdiéndose por tuberías desconocidas, mezclado con aguas sucias y jabonosas, desapareció, para siempre, el hombre poca cosa, que nunca tuvo valor para vivir.

Una casa aislada

Ninguno de los habitantes, recordaba el día exacto que se cerraron, para siempre, todas las puertas y ventanas de la casa. Tampoco recordaban muy bien quien dio la orden, en que minuto exacto, todo comenzó a cambiar. Nadie más pudo entrar y salir de la inmensa casa donde habitaban varias familias. Todo contacto con el mundo exterior fue prohibido. Ordenes de arriba, decían en voz baja, cuando alguien preguntaba. En la planta alta, parapetados tras su poder y el miedo del resto de los habitantes, vivía el grupo, que había decidido regir los destinos de la casa. Sus órdenes no se discutían, se acataban sin comentar.

Los de arriba, se convirtieron en todopoderosos. Supieron manipular a todos y lograr controlarlos sin que ofrecieran resistencia.

Los primeros días, nadie protesto, hubo hasta quien se alegro de vivir en ese aislamiento, de dejar que otros pensaran por él. Poco a poco, el poder del grupo que vivía en la planta alta, se fue haciendo más absoluto. Mientras tanto, comenzaron a escasear los alimentos, la ropa y hasta las medicinas.

Una mañana, desde la planta alta se escucho una voz tronante.

-Si quieren comer, tendrán que sembrar y cultivar sus alimentos en el patio de la casa, las provisiones que quedan serán guardadas para tiempos difíciles.

Una vieja se atrevió a comentar en voz baja.

-Mas difíciles que estos, coño, lo que nos espera.

Todos salieron a trabajar en el patio, bajo el fuerte sol del medio día. Luisito, busco a su abuela, la vieja que se había atrevido a comentar, bromeando las palabras de los de arriba. Nadie supo decirle donde estaba, hubo hasta quienes juraron que no la habían visto nunca. Había desaparecido, como si nunca hubiera existido. Todos comprendieron que discrepar podría hacerlos desaparecer.

Una tarde, después de terminar las horas de trabajo en el patio, los de arriba, convocaron a los de abajo a una reunión en el inmenso comedor de la casa, ahora a falta de comida, convertido en salón de reuniones. Como de costumbre, los de arriba, no daban la cara, solo se escuchaban voces tronantes anunciando tiempos difíciles o tragedias.

– De ahora en adelante, todos vestirán igual, camisas y pantalones negros y no pregunten por tallas, total, no hay a quien lucir, aquí no entra ni sale nadie. Gracias al esfuerzo personal mío, es decir nuestro, de los de acá arriba, de una casa lejana, nos traerán las ropas, una vez al año. Nosotros, personalmente saldremos a recibirlas. En esta ocasión, pagaremos con la promesa de la vigésimo quinta cosecha, mas adelante, veremos como resolverlo.

Los de abajo se miraron a si mismos. Desde la desaparición de la vieja, temían mirarse a los ojos y que alguien pudiera adivinar lo que pensaban, se esquivaban unos a los otros. Algunos, hasta aprendieron a dormir bocabajo para evitar hablar dormidos.

Vestidos todos de negro, comiendo solo lo que podían cultivar en el patio de la casa, los habitantes de la casa, comenzaron a parecerse, a confundirse. Los de arriba, miraban con orgullo su obra. Los de abajo, sin darse cuenta, perdían su identidad, se confundían unos con otros en medio de la apatía y la desidia.

A la hora del baño colectivo, cuando se despojaban de las horribles y oscuras ropas que usaban, bajo la fuerza del agua fría, algunos volvían a sonreír, sus rostros se diferenciaban. Los intentos de los de arriba, de convertirlos en un grupo homogéneo, en un rebaño obediente y uniforme, fracasaban. En el fondo, seguían siendo los de antes, solo fingían expresiones para evitar castigos y desapariciones.

Una casa, encerrada en si misma, puede sobrevivir por un tiempo, pero por más que se levanten muros y se inventen prohibiciones y leyes, todo termina, un día, volviendo a su lugar exacto. Los de arriba, aislados de la realidad, terminaron enajenándose, se creían seguros. Olvidaron reparar los altos muros que aislaban a la casa del exterior, pensaron que mientras guardaran la llave de la puerta de entrada, nada podría cambiar.

Poco a poco los muros que rodeaban y aislaban la casa, se fueron pudriendo. A través de algunos agujeros, los más atrevidos, miraban al exterior, gente con ropa colorida, caminaban por las calles, entraban y salían de sus casas sin que nadie se los impidiera. Sus rostros reflejaban seguridad en el mañana, rostros diferentes a los que ellos llevaban años mirando.

Los habitantes de la casa, no necesitaron ponerse de acuerdo, no se dijo una sola palabra que pudiera delatarlos o comprometerlos. Una mañana, cuando salieron a trabajar al patio, todos fueron directo contra el muro, que se derrumbó de un solo empujón. La visión del mundo exterior prohibido por años, los paralizo por un segundo. Llevaban años moviéndose en círculos cerrados, avanzar hacia lo desconocido, los atemorizo por un instante, vacilaron, miraron la casa y al mundo exterior, indecisos. Sin saber de donde, entre ellos, apareció la abuela de Luisito, la vieja desaparecida por hacer un comentario que no gusto a los de arriba. Se subió a un montón de escombros y apuntando con su bastón al horizonte grito

-Vamos!

Años encerrada en un closet y maltratos, no habían podido vencerla. Tomando a Luisito de la mano, fue la primera en salir a la calle. Todos la siguieron, se fueron sin mirar para atrás. Mientras se alejaban de la casa donde habían permanecido encerrados por años, se arrancaban las ropas negras y desnudos y felices, intercambiaban abrazos y saludos con todos los que se encontraban. El mundo exterior, los recibía con arco iris y fuegos artificiales, con sonrisas. Ellos, los que un día fueron los de abajo, avanzaban confiados, seguros que nada seria fácil, pero que nunca  nadie más regiría sus destinos a su antojo.

En la planta alta de la casa, solos, pudriéndose en su propio abandono, quedaron los de arriba, los de nunca mas, los olvidados. Acostumbrados a mandar y a ser alimentados, no supieron sobrevivir sin los de abajo y terminaron muriendo, sepultados en los escombros de la casa que, un día, se aíslo del mundo exterior.

Fotografia tomada de Google.

Saltos y momentos.

Voy saltando de momento en momento, sin miedo a las alturas, ni a caídas, solo importa el momento, el salto es solo el medio.

 Hay saltos pequeñitos, decisiones fáciles,momentos que no cuentan, pasan sin darnos cuenta, apenas se disfrutan o sufren.

Hay saltos enormes, que aterra darlos, todos sentimos miedo alguna vez.El miedo y el valor, suelen confundirse.

Después del salto, cuando pasa el susto, vivimos el momento.

 Hay momentos de amor, de amor pleno, del bueno, decir te quiero, tomar una mano, atrevernos, fue el salto.

Hay momentos de ira, de odio, de explosiones que asustan, el salto, fue un grito, tal vez un puñetazo.

 Hay momentos de paz, momentos de calma, para llegar a ellos, también tuvimos que saltar.

Nada nos llega estáticos, para alcanzar lo bueno, para vencer lo malo, siempre tendremos que saltar.

 Ensayo saltos enormes, me dan miedo las alturas.

Cierro los ojos y salto. A veces, me asombro de estar del otro lado, del momento que vivo. Escucho voces de halago, palmadas en el hombre, hasta pienso hablan de otro, será conmigo,  pregunto a mi otro yo.

 Hay saltos que nos transforman, nos renuevan, nos vuelven otros, vivir el momento, se hace extraño,el salto lo hicimos ligeros de equipaje, casi desnudos.

Llegamos a un momento nuevo, nos vestimos de prisa,Sin muchos lujos, tendremos que dejarlo todo, antes del nuevo salto.

 A veces, tomamos la mano de un amigo, saltamos juntos.Otras, el amigo saltó antes, nos grita; dale, se puede.

No siempre nos alientan  a saltar, hay sombras que nos dicen; no podrás, mejor te quedas quieto.

Llega entonces un rayo de sol, las sombras se diluyen,saltamos, con miedo, pero seguros que vale la pena.

Quedarse quieto, nunca ayudo a nadie a vivir.

Saltos y momentos, eso es la vida, dejarlo todo, vencer el miedo,atreverse al salto, vivir el momento.

Eso es la vida, momentos, cortos o largos, pero nuestros,ganados en un salto, sin miedo al precipicio.

 

Fotografia tomada de la página personal de Danell Leyva

Los cines de La Habana.

Hace días, conversando con un amigo, evocamos, sin proponérnoslo, La Habana de nuestra niñez y adolescencia. Andándola en la memoria, nos detuvimos un buen rato en los cines habaneros. Hicimos un recuento de los cines que teníamos cerca de casa, él, allá en Luyano, yo, en Playa. Terminamos asombrándonos de la cantidad de cines que existían, casi al alcance de  la mano. Nos preguntamos que lugar ocuparía la Habana entre las ciudades con mayor número de cines. Mi amigo Google, vino en nuestro auxilio. En 1959, La Habana, tenía más cines que New York y Paris, era la ciudad del mundo con mayor número de cines!

En nuestra juventud, pudimos disfrutar de la mayoría de estos cines, de los grandes cines, como el Yara, Payret y Trianon, entre muchos y de los cines de barrios, con menos glamour, pero no menos publico. La Habana, tenía un alto índice de cinéfilos. Recuerdo una época en que la cartelera de los cines habaneros, era extensa, mi hermana mayor y yo, jugábamos a leerla y descubrir si nos quedaba alguna película por ver.

Mi amigo y yo, recorrimos casi todos en el recuerdo, no hay otro modo de hacerlo, aun visitando La Habana, seria imposible; muchos, ya no existen.

En una de mis visitas a La Habana, converse con una persona que pertenece al mundo de la cultura. Me contó que habían asignado los cines a sindicatos o empresas, en un último intento por evitar la desaparición de muchos. El Jigue, que fue en su momento un suceso en la ciudad, ya no existe como cine, el Rex y el Duplex, son parte de la historia de la ciudad, otros, luchan por subsistir. Se aferran a imágenes y recuerdos, se niegan a desaparecer. El cine Infanta ardió una noche de sábado y así quedo, para siempre, en ruinas y cenizas.

Condenados por decreto no escrito a desaparecer, se burlan de abandonos y desidias, de funcionarios ineptos, de limitaciones y escaseces. Convocan a fantasmas en funciones de madrugadas, reeditan momentos de esplendor, cuando largas colas los rodeaban. Proyectan una y otra vez, Hiroshima mon amour, La vida sigue igual, la película de la Massiel, Fantomas,  Fresa y chocolate, reviven proyectores y escenas famosas. Chaplin, los recorre y alienta, resistan, les dice una y otra vez. Cuando las luces de la ciudad se apagan, cuando los fantasmas se adueñan de la ciudad, nuestros cines, vuelven a ser los de antes, no se resignaran nunca a desaparecer.

Heridos de muerte, se miran unos a otros sorprendidos. No comprenden del todo que paso, algunos culpan al desaparecido Noticiero ICAIC,  cuando el aparecio, todo comenzo a cambiar, se dicen unos a otros en voz baja. Aún tienen miedo que alguien los escuche y los cierren definitivamente.

El Yara, desde su esquina privilegiada que le asegura su existencia y alguna que otra película de estreno, ve con tristeza a sus hermanos, desaparecer uno a uno, mira al Malecón y pide ayuda, grita, auxilio! La Giraldilla, detiene su girar y apunta al futuro, sabe que no todo esta perdido; Confia en nosotros, con la misma certeza que confia en el mañana.