Sin ganas de escribir.

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Muchos amigos me preguntan por mi próximo escrito, ¿Escribiste algo en La Habana? ¿Tomaste alguna nota? Esperan ansiosos mi próxima entrega, les confieso algo; no tengo ganas de escribir. No es que las musas anden de vacaciones como dice Serrat; mi musa trabaja 24/7, no me abandona. Este viaje a mi ciudad, a los brazos de mamá, fue rico en emociones, intenso, casi podría decir; un viaje a mi infancia, a mis raíces. Tengo aún frescos en la piel, los besos de mi madre y las gotas del mar salpicándome al golpear contra el malecón. Mis pies aún sienten su andar por las calles de mi ciudad. Cierro los ojos y revivo cada instante, cada detalle y palabra, caricia o pedazo de mi ciudad recorrido.

No, no tengo ganas de escribir, tengo ganas de cerrar los ojos y evocar la semana vivida, de mirar una y otra vez las fotos, revivir cada instante, materializar los recuerdos de algún modo. Si me sentara a escribir, no podría. No es ausencia de palabras, es abundancia. La Habana y mi madre, me regalaron montones, multiplicaron las mías, les dieron fuerzas y aliento. En vez de escribir, quisiera conversar. Reunir a mis amigos y decirle que feliz fui y soy. Solo quien vive esa alegría del regreso, quien escucha en el oído, en el momento del primer abrazo; ¡cuanto tiempo sin verte, que ganas que llegara este momento! Sabe lo que siento, por que no tengo ganas, ni puedo sentarme a escribir, con tantos recuerdos y emociones en torbellino por mi alma y mi mente.

Si amigos, la vida puede resumirse en un beso, en un abrazo. Un instante vale por años, por siglos, por vidas pasadas y por venir.

Podría decirles un montón de cosas, vestirme de poeta y escribir que La Habana, se invito a mi casa, que temprano en la mañana, un martes 19, luciendo su bata blanca con cintas y lazos rojos y azules, despertó a mi madre con un beso, se sentó junto a ella y le dijo.

-Recuerdo hace 85 años, el día que naciste, siempre supe que ibas a ser feliz y a vivir mucho, pero nunca imagine que íbamos a compartir el amor de tu hijo, que ese amor nos ayudaría a ambas a vivir, que nos haría hermosas, eternas.

Que mami, emocionada y llorosa le dijo.

– ¡Soy tan feliz! Inmensamente feliz, esta alegría de hoy, compensa de cualquier pena. Siempre estamos unidas, pero cuando el viene, es como una fiesta que nos inventamos entre los tres.

Que entre al cuarto con tres tazas de café. Mami, mientras tomaba su café hizo un gesto a la Habana, que se volvió a mi sonriendo.

-Y ese libro Jose, ¿Cuando acabas de publicarlo? Tu madre y yo queremos apretarlo contra el pecho, hojearlo, releerlo. Tu mamá tiene 85 anos y yo casi 500, a nosotras eso de la Internet nos confunde, queremos un libro, no lo pospongas más. Concha, no te preocupes que yo tengo en Miami varias amigas que le caerán arriba con la pituìta del libro; este año tendremos el libro con nosotras, ¡Ya veras!

Reímos juntos con esa risa clara y fresca que nace de la felicidad pura. Terminamos abrazándonos los tres. La Habana, era una ciudad hermosa, iluminada, sin ruinas ni escombros, mi madre volvió a tener 30 años y yo fui un niño, de la mano de ambas, recorriéndolas y dando mis primeros pasos. La risa, tiene propiedades mágicas, desconocidas por muchos. Mientras reíamos juntos, los recuerdos tristes se olvidaron, las penas se alejaron. Cuando reímos así, nos renovamos, nos quitamos el polvo de los años, deberíamos reír así más a menudo. Reír, debería ser obligatorio.

Si tuviera ganas de escribir, les describiría la felicidad. Ser feliz, es un don que a veces depende de nosotros, cualquier sacrificio por lograrlo vale la pena. Hacer feliz a quienes amamos, verlos reír, iluminarse de dicha y amor, no tiene precio. La felicidad es volver a ser niños con la experiencia de hoy, recostarnos en las piernas de mama y dejar que sus manos hagan el milagro de desenredar penas y años. La felicidad tiene un espacio y tiempo exacto, solo hay que saber encontrarla, desandar caminos, ir tras ella, lucharla, como decimos los cubanos. Una taza de café compartida, un almuerzo especial, despertar a mamá, con un beso, volver a nuestros orígenes, a ser los de siempre, abrazar junto al mar a quienes amamos, dejar que el mismo mar que nos separe, nos bautice de alegría y dichas, son instantes que conforman la felicidad de muchos, la mía, la nuestra.

No amigos, no tengo ganas de escribir, en otra ocasión les contare de este viaje a La Habana, de la sonrisa de mi madre, de reencuentros y alegrías. Hoy, realmente no podría, les debo ese escrito. Ahora voy a dormir, quiero soñar con mis recuerdos.

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El tiempo y yo.

el tiempo en mis manos.

Si un día, andando por la vida, me encontrara una bolsa enorme, gigantesca y una voz tronante me dijera; aquí lo tienes, todo el tiempo del mundo, ¡es tuyo!
¿Qué haría con ese regalo inesperado, inmerecido y fantástico? Si un día, con un segundo extra, armé una fiesta, ¡Se imaginan! ¡Todo el tiempo del mundo para mí!! No se si podría moverme en el tiempo, me conformo con tenerlo, extenderlo o acortarlo a mi antojo. Con eso basta.

Me compraría una laptop, me iría con ella al gimnasio; he comprobado que las mejores ideas se me ocurren levantando hierros y sudando. En una tarde, una sola, escribiría cuentos, historias, inventaría personajes e ilusiones, libertades y sueños.  Se que terminaría esa tarde exhausto de músculos e ideas; feliz de haber dado salida a historias y proyectos. Los publicaría de uno en uno, disfrutándolos, como disfrutan los niños golosinas. Mentiría, diría a mis amigos y lectores; es solo una buena racha, una fiesta de las musas, de mi musa; no podría confesarles mi secreto. Ser dueño del tiempo, tiene sus compromisos y misterios.

Una tarde de sábado, reuniría a mis amigos, una gran fiesta. Repartiria abrazos especiales, prolongados, casi eternos. Conversaríamos, haríamos chistes, nos olvidaríamos de la noche que no llegaría, hasta 7 u 8 días después, tal vez mas, en tiempo humano. Charìn bailaría, sin cansancio, el Lago, una y otra vez, interminables fouettes y vaquitas, arrancarían bravos y aplausos, como hace años. Rosita, nuestra Rosita, cantaría mis canciones preferidas, haría cambios de ropas y de peinados y dulce y complaciente me diría; ¿Ahora que quieren que les cante? Con esa magia que solo ella tiene, borraría años y accidentes, mis amigos mas jóvenes, asombrados, dirían; que mujer mas bella. Aplaudiríamos no una ni dos, un montón de veces, regalándole rosas y piropos. Dueño del tiempo, le regalaría el aplauso de una generación mas de cubanos, serian 4. ¡Que sigan sumándole años y cirugías, mientras yo la disfruto eternamente!

Mis amigos saben que antes de fiestas y escritos, si un día, fuera dueño del tiempo, si pudiera extenderlo y a mi antojo usarlo, lo primerito que haría, serìa; sacar pasaje pa’ La Habana, en el primer vuelo del domingo. Llegaría temprano, ¡Inesperado y feliz! Mi madre y yo, desayunaríamos más de 500 veces, almorzaríamos, mirándonos como novios, otras tantas. Andaríamos esas calles de La Habana, gastaríamos dos o tres pares de zapatos, tal vez mas, nos sentaríamos en los bancos de la plaza, disfrutándonos. Mientras mi ciudad, casi en orgasmo, se deleita en mi presencia ilimitada. Nos besaríamos cientos, miles, millones de veces y apoyada ella en mí, sostenido yo por ella, inventariamos felicidades y dichas, sin preocuparnos por la hora, ni la noche. Le preguntaría; ¿Cansada? respondería radiante y sonriendo, para nada, ¡Sigamos andando hijo mío! Me miraría a los ojos, me diría; ¿No te parece un poco largo el día o son solo ideas mías, me estaré poniendo vieja? Reiremos besándonos, abrazándonos, sin miedo a un adiós o a un vuelvo pronto. No le diría nunca mi secreto, podría asustarla saberse eterna. Regresaría a Miami, justo el lunes, empezaría a trabajar, como si nada. Tal vez algún amigo note algo extraño; la felicidad, no puede esconderse, pero nadie notaria que el domingo, duró meses, casi años. Repetiría ese domingo muy seguido, burlándome de almanaques y relojes. Quien sabe, tal vez desde la eternidad alguien me mire y me diga; usted se  atreve, ni yo hubiera podido imaginarlo.

Escribir, gimnasio, ver a mi madre, andar mi ciudad, compartir con amigos, disfrutar mis artistas, solo me falta un buen amante, disfrutarlo sin limites ni adioses, sin desamores. No se preocupen, tengo todo el tiempo del mundo para hallarlo. Cuando lo encuentre, lo llevare corriendo al aeropuerto, nos iremos en el primer vuelo a mi ciudad. Viviremos un día eterno mientras mi madre, entre nosotros, se ríe de achaques y designios y sonríe dichosa al infinito.

Fotografia tomada de Google.

Mi vida.

Mientras viva, que he decidido será por mucho tiempo,
para placer de amigos y disgusto de enemigos, todos tenemos alguno, armaré sueños día a día.
Mientras viva, lo haré a toda prisa, sin detenerme en el ayer, sin olvidarlo.
Construiré mañanas e historias. Inventaré amigos y arco iris,
ambos dan color a mi vida, la embellecen, me gustan las cosas coloridas.

Mientras viva, entre letras y prisas,
guardare el calor del último beso de mi madre y el ansia indetenible por el próximo.
Detendré el tiempo en sus abrazos. Mis sueños,  llevan todos su nombre y su perfume.

Mientras viva, no aceptaré falsos amigos, aduladores,
no quiero abrazos con cuchillos escondidos, odio besos de Judas, dobles caras.
Me alejaré de hipócritas y mediocres, que sin fuerzas, ni valor, intentan nublar vidas.
Mientras viva, que repito, será por siglos, seguiré amando al mar,
acostumbrándome a la eternidad, cuando disuelto, fundidos él y yo, regrese una y otra vez a mis raíces.

Mientras viva, lo haré sin mentiras, ni artilugios, sencilla y plenamente, seguro del mañana y de mis fuerzas.
Fabricaré abrazos y te quieros que repartiré, generoso y feliz entre los buenos.
Mirare siempre a los ojos mientras hablo, gustaré de gentes transparentes, hermosas de alma y de ideas.
Recordaré a musas especiales, que soplaron el polvo de mis alas, un día de noviembre.

Mientras viva, diré lo que pienso sin temores, dialogaré con todos, tendré oídos sordos a ladridos.
Olvidaré ofensas y rencores, como olvido a los que un día, sin querer, sin dejar huellas, cruzaron mi camino.
Defenderé libertades, causas justas, ayudaré a todos, daré siempre una mano, abierta y limpia, ¡sincera!

Mientras viva, andaré mis ciudades favoritas. Mantendré anclada en La Habana, mi alma y mi memoria.
Seré siempre yo, mejorado, renovándome, sin renunciar a principios, guardando intacta, la voluntad del primer día.
Mientras viva, sonreiré a la vida, cuidaré de mi alma y de mi cuerpo, ambos andarán por este mundo un largo trecho.

Mientras viva, que repito, será por mucho tiempo, estrenaré sonrisas cada día, amaré intensamente, disfrutando cada beso, cada orgasmo.
Haré travesuras de muchacho, aunque sume siglos a mi espalda.

Mientras viva, llevaré a Cuba, en el alma y en mis ojos, renovando día a día su recuerdo, tomándome el café de la esperanza!

Una Rosita, entre zarzuelas, operetas y recuerdos.

Visitarla en cada uno de mis viajes, se ha hecho costumbre, desde la primera vez que fui a verla, en el hospital, recién operada. Siempre recuerdo su emoción y el brillo de sus ojos, cuando le leí mi primer escrito sobre ella. Pasar unas horas disfrutando de su compañía, escucharla hablar de su vida y su arte, es un punto obligado en la geografía de mis viajes a La Habana.

Conversamos, siempre nos cuenta algo nuevo. Su larga y exitosa carrera, necesitaría muchas visitas para agotarse, para poder contarla toda. Visitarla, tiene siempre una magia especial para mi; la mujer que tantas veces admire desde la sala de mi casa o la platea de un teatro, se viste y maquilla, especialmente para mi. Nunca sabré, si entré yo, a su mundo o ella decidió ser parte material del mío.

Nos habló de cuando en Méjico, durante un intermedio, en el teatro, le dijeron que dos personas muy importantes la esperaban en el camerino; no quisimos que esperaran afuera, le dijeron. Abrió la puerta, ante ella, el músico y el libretista de Luisa Fernanda, la zarzuela en la cual ella hacia una creación del personaje de la Duquesa Carolina; vinimos a ver a la mejor Duquesa Carolina!  Le dijeron al verla, Rosita, con esa sencillez que la caracteriza, trato de restar meritos a su actuación en ese personaje; ustedes, no me han visto, como pueden decir eso! Dijo, mientras se sonrojaba, no la dejaron  hablar más. En Méjico, en España y en La Habana, todos los que la han visto, coinciden que usted es la mejor Duquesa Carolina! Afirmaron, mientras sus ojos se abrían de asombro, ante tanta belleza. Estoy seguro que no esperaban a una Duquesa Carolina, vestida de bataclana, mostrando unas piernas dignas no de una Duquesa, de una Reina!

Nos contó, como construía los personajes; no me limitaba solo a la parte vocal, si como en el caso de Luisa Fernanda, interpretaba a una Duquesa, pues asumía porte y gestos que caracterizaran al personaje. Mueve los brazos, gesticula, la Duquesa Carolina, se hace presente, por unos segundos.

Nos contó de La Viuda Alegre, de como la hacían repetir cada noche, la salida, la Ninfa y otras partes de la opereta, hasta 3 veces. El público no se cansaba de escucharla. En esta ocasión, nos recibió, vestida de negro, mientras hablaba, en mi imaginación, la cubrí de plumas y lentejuelas y la imagine, haciendo solo para mí, la salida de La Viuda alegre.

De la mano de Antonio Palacios debuto en zarzuelas. Una noche, finalizando la temporada, Ernesto Lecuona, fue a verla al teatro, se rindió a su arte y su belleza. Nos contó de la emoción que sintió cuando fue a felicitarla. A partir de esa noche, Rosita seria parte de la compañía de Lecuona, alternaría actuaciones con figuras consagradas. Cuenta, entre risas, como alternaba con otras cantantes; algunas, con más voz que yo, nos dice. Baja los ojos en su acostumbrado gesto de modestia y nos dice; sin embargo, el teatro se llenaba, cuando yo interpretaba el personaje. Es que el público, siempre me ha querido, dice Rosita. Me siguen queriendo, agrega, mientras una luz ilumina sus hermosos ojos; a veces, pienso que no he estado bien del todo, pero vienen, me felicitan, es el cariño que me tienen.

Nos habló, de como sigue vigente en el amor del pueblo, cuando va de compras o al teatro, siempre la reconocen, la saludan, le piden una foto. Será siempre, nuestra Rosita. Una rosa, que a punto de cumplir sus 90 años, aún se sube a un escenario, entre aplausos y ovaciones.

No vive anclada en el pasado, es parte del presente, se asombra y fascina con el avance de la tecnología. Su voz y su risa, no tienen edad, a veces, parece una niña traviesa, contando historias y riendo. Estoy seguro, que cada mañana, la vieja de mis historias, le da una taza de su café mágico; la esperanza, vive en ella, alienta en esta mujer, que juega con los años y los recuerdos, haciendo magia con su arte y su belleza.

Le pregunto; Rosita, algún deseo insatisfecho? Algo que quisieras ver, su voz adquiere un tono serio; Paz, José, que exista paz en el mundo, que se acaben las guerras, que nos dediquemos a cuidar la Tierra, a construir y no a destruir.

Antes de irnos, le leí mi escrito, “Una puesta de sol con Rosita“,  me pregunto si lo había publicado. Le expliqué que estaba en mi blog, en Internet; no todos tienen Internet, dice mientras busca el apoyo de mami; verdad que debe publicarlo? Le prometo que estará en mi libro, que le traeré un ejemplar dedicado, insiste de nuevo; debes publicarlo, lo espero. Rosita, se une a mis amigos, a mami, a mi musa transoceánica y a La Habana, reclamándome mi libro, saben que no podré negarme.

Nos vamos, con el goce interior de haber tenido, no una cita con Rosita, una cita con el arte, con la historia. Cada instante junto a ella, es un recuerdo de lujo, lo sabemos. En mi casa, en La Habana, comienzo a darle forma a este escrito. Mami, a mi lado, me mira y sonríe; escribiendo sobre Rosita, verdad? Hoy recién, convocado por una foto que un amigo me envío, recordé mi escrito sin terminar, solo corregí algunas palabras. Con mami a mi lado, desde La Habana y con el calor del beso de Rosita en mi mejilla, las musas bien pudieron tomarse un descanso. Gracias Rosita, por abrirme las puertas de tu casa y de tu alma!