¡Cuba en el alma!

“Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón”.

Mario Benedetti

No siempre la medicina puede encontrar la causa de un dolor o una dolencia física, a veces, muchas veces, hay que buscarla donde la ciencia no llega.

Juan se había adaptado a la vida en New York, se sentía americano, pretendía olvidar raíces y recuerdos. Era casi feliz, cuando de pronto, un intenso dolor en el pecho, comenzó a molestarlo.

A pesar de no tener seguro medico, visitó médicos y hospitales en busca de un diagnóstico. Casi estaba a punto de declararse en bancarrota. Estaba convencido que ese dolor en el pecho, debería tener alguna explicación. En su intento de curarse, visitó brujos y adivinos, cartománticas y lectoras de café.

Pidió dinero prestado a amigos y bancos. Viajo todo el mundo, Madrid, Paris, Londres, Roma. No quedo especialista de renombre que no visitara. Compartió con amigos dispersos por todo el planeta, a todos dijo sus síntomas. Muchas veces al verlos, su dolor empeoraba. Algunos le confesaron que sufrían de lo mismo, ya se habían acostumbrado a vivir con ese dolor. Cuando se hacía muy fuerte, una buena botella de vino, ayudaba a aliviarlo. Pensó a lo mejor era un nuevo tipo de neuropatía, esta vez por exceso de carne roja y vitaminas, decidió ponerse a dieta. Ayunó durante una semana, su dolor no disminuyó; algo tenía entre pecho y espalda, él lo sabía, estaba seguro.

Un mediodía, en casa de una amiga, sufriendo una de sus crisis de dolor, la escuchó decir: ven siéntate a la mesa, hoy hice un almuerzo que tal vez te ayude con ese maldito dolor. Sin ganas, arrastrando los pies, salio del cuarto, en la mesa del comedor, lo esperaba un plato de frijoles negros, arroz blanco, carne de puerco y yuca hervida con mojo. Su estado general mejoro, el dolor no desapareció del todo, pero disminuyó. Disfruto del almuerzo y cuando saboreaba su tacita de café cubano, su amiga se le acerco, lo abrazo y casi al oído, le dijo: compadre usted no tiene nada, son estos años, queriéndose hacer el americano, cuando en el fondo es tan cubano como las palmas, acéptelo y vera como se siente mejor.

Los enfermos, a veces tardan en tomar conciencia de la causa de su mal. Los hipertensos, quieren seguir comiendo con sal, los diabéticos comiendo dulces. Los peores enfermos, son los que quieren negar su origen, sus raíces, arrancarse de adentro esa cubanía que se renueva y multiplica por más que alguien quiera arrancarla o ignorarla.

Nuestro enfermo del cuento, decidió ir a ver a la mejor santera que conocía. Sacó pasaje y en un día de abril, aterrizó en La Habana. No aviso de su llegada, no hacía falta, ella, lo esperaba, sin darse vuelta le dijo: sabía que vendrías, llevo años esperándote, desde aquel día que decidiste lanzarte al mar en una balsa. Se volvió, lo miro, ambos corrieron a su encuentro, se abrazaron llorando; ¡mamá! ¡hijo mío!

Ello lo llevo al malecón, le quito la camisa, dejo que la luz del sol le hiciera la única radiografía que necesitaba, lo abrazo bien fuerte. No tienes nada mi hijo, deja que Cuba se suelte libre en tu alma, no importa lo lejos que estés, los años sin vernos a ella y a mi, pero déjala vivir en ti sin ataduras, sin negaciones. No hay peor dolor que querer negar su tierra, cuando se lleva bien adentro. El se puso la camisa, tomo del brazo a su madre, la beso. Se agacho, beso la tierra donde nació y por vez primera, en muchos años, no sintió ese dolor en su pecho.

Fotografia tomada de Google.