Cuca y Mimì, dos hermanas diferentemente iguales.

Dos hermanas , fotografia tomada de google
Cuca y Mimí, siempre fueron dos hermanas muy unidas. Su infancia fue feliz, muy feliz. Vivian en una casa muy linda con palmeras en el patio y girasoles y mariposas en el jardín. Crecieron, siempre orgullosas de su casa y su familia.

Un buen día se mudó una familia nueva a su acera, justo en la casa vecina. Todo empezó a cambiar en ese lado de la calle. Ponían el radio a todo volumen con discursos interminables. Se pasaban el día hablando mal de los vecinos de la acera de enfrente, criticándolos y culpándolos por todo. Los vecinos de siempre, empezaron a hablar bajo, no querían buscarse problemas con esos vecinos nuevos que dictaban reglas y decretos de conducta. Algunos decidieron mudarse para la acera de enfrente, les molestaban prohibiciones y regulaciones. Acostumbrados a hablar claro y sin miedo, no querían hablar bajo para evitarse problemas.

Una mañana Mimí le dijo a su hermana Cuca, siéntate, tenemos que hablar.
-Sabes que siempre me ha gustado vivir aquí, tú y yo hemos sido más que hermanas, lo hemos compartido todo, lo bueno y lo malo. No tolero más a esos vecinos nuevos, se han adueñado de la acera, apenas podemos salir a dar un paseo. He decidido mudarme a la acera de enfrente.
-Yo me quedo, alguien tiene que cuidar de mamá y de la casa. Vete, yo me quedo, este es mi lugar.
De nada valieron las insistencias de Mimí, Cuca, se mantuvo firme en su decisión.

Pasaron los años, muchos. Entre las dos aceras la comunicación era poca, casi nula. Alguna llamada por teléfono, algún paquetico que Mimí lograba enviar para ayudar a su familia, nada más.

Una tarde, sin previo aviso, sin decretos, ni folletos aclaratorios, se permitió la visita a los vecinos de la acera de enfrente. A esos que habían decidido mudarse al otro lado de la calle.

Mimí llego a su casa, la sorprendió el jardín abandonado, solo dos girasoles y una mariposa casi marchitos, como recuerdo de tiempos mejores. La fachada de la casa sin pintar. Tocó a la puerta.
-Entra la puerta está abierta, llevo días esperándote, tal vez años.
Mimí empujo la puerta, los muebles viejos, las paredes agrietadas y el techo amenazando desplomarse la estremecieron. Sintió angustia, se le oprimió el pecho. Se sorprendió al ver a su hermana Cuca, sentada en una silla de ruedas. Corrió a abrazarla, un abrazo largo, entre lágrimas y recuerdos.
-Mi hermana ¿Qué te paso? Tú tan linda y vital siempre y ahora en este estado, en esta casa, casi en ruinas.
– Hemos pasado mucho, pero sigo viva y eso es lo importante. A pesar de esta silla de ruedas, de estas arrugas, de esta casa ruinosa, soy la misma Cuca de siempre. Ni años, ni penas han podido vencerme.
-Debiste haberte ido conmigo, tus hijos tendrían un mejor futuro. Tú estarías mejor. Te recuerdo tan linda y sonriente, no soporto verte así.
-Todos no podíamos irnos Mimí, alguien tenía que quedarse a cuidar la casa, a mantener viva la esperanza. Una casa vacía se muere, los que nos quedamos la ayudamos a mantenerse viva.
-Esto no es vida Cuca, yo si he vivido, he viajado por barrios diferentes. Mis hijos fueran a buenas escuelas, tienen buenos trabajos. Puedo decir lo que quiera, hasta hablar mal de los vecinos en voz alta, sin que me pasa nada.
-Todo es vida Mimí, la mía ha sido dura, pero no me quejo. Mis hijos se esforzaron y pudieron estudiar, son hombres de bien y eso es lo que importa. Tú puedes hablar mal de tus vecinos sin que te pase nada, a tus vecinos tampoco les pasa nada porque tú hables mal de ellos. A veces con hablar, no se resuelven los problemas. Voy a hacer café.
-Déjame a mí.
-No mi hermana, aún en esta silla de ruedas me basto para colar mi café y para muchas cosas más.
Cuca, fue hasta la cocina, el olor del café recién colado inundo la casa. Regreso con una bandeja con dos tazas sobre sus piernas.
-Como en los viejos tiempos Mimí, el mejor café del mundo, mamá me enseño a colarlo.
-Delicioso, me trae muchos recuerdos. Cuando mamá murió quise venir, pero sabes que no nos dejaban cruzar la calle.
-Yo le cerré los ojos. Murió con una foto de cuando éramos niñas en sus manos. Sus últimas palabras fueron; la familia volverá a reunirse, vendrán tiempos mejores.
-Ay mi hermana ¡Cuanto has pasado! Estas tan acabada, tan viejita. Esta casa en cualquier momento se viene abajo y te aplasta.
-Esta casa y yo, seguiremos juntas hasta que Dios quiera. No pienses que estoy acabada, que mi vida término. En esta acera aún quedan sueños y esperanzas, ganas de hacer. Que no te engañen las ruinas o mis arrugas, hay Cuca para rato.
-Mi hermana, la vida está del otro lado de la calle, en la acera de enfrente. De este lado ya no queda nada, solo recuerdos, ruinas.
-La vida esta donde estemos, una casa no se salva abandonándola. Tú sigues siendo mi hermana aunque vivas en la acera de enfrente. Tenemos que unirnos para salvar la casa Mimí, yo sola no puedo. ¡Es hora de unirnos y salvar la casa!
-Que más quisiera mi hermana. Ver esta casa con flores en el jardín y las palmeras al viento en el patio, pero ya todo está perdido, no hay nada que hacer. Tú en esa silla de ruedas, la casa casi en ruinas, el jardín destrozado, abandonado.
-No te dejes engañar por las apariencias. Las cosas no son lo que parecen, te equivocas. En esas gavetas, hay semillas de girasoles y mariposas para sembrar en el jardín. Las palmas del patio están medio secas, pero con un poco de agua y dedicación, volverán a ser las de antes.
-Y tu mi hermanita, tú, ¿Qué podrás hacer en esa silla de ruedas?
-Vuelves a equivocarte. Estoy en esta silla, casi detenida, pero en cualquier momento me paro y vuelvo a caminar, a echar a andar la vida.
-Mi hermanita, admítelo, tu tiempo pasó. Nada volverá a ser como antes.
Cuca miro a Mimí con fuego en los ojos, el mismo fuego de hace muchos años. Se puso de pie de golpe, le dio un empujón a la silla de ruedas que se estrelló contra la pared.
-Vamos mi hermana, dame la mano, empecemos juntas a arreglar la casa. Es tiempo de unirnos, de hacer juntos, sin reprocharnos nada, sin idas, ni regresos aplazados, sin sueños rotos. Cuca y Mimí harán el milagro que la esperanza vuelva a florecer en esta acera. Ayúdame a ponerme el vestido azul, rojo y blanco de mamá.

Se abrazaron, un abrazo con olor a futuro y a sueños. Un abrazo de uniones. Sin calles separando a las dos aceras. Un abrazo como Dios manda, “con todos y para el bien de todos”.

Fotografia tomada de Google. Blog Adictamente. http://adictamente.blogspot.com/2013_10_05_archive.html

Lola, una mujer que no perdìo la sonrisa.

de fuentes ferrin
Dedicado a todos los que al emigrar enfrentaron nuevos oficios, sin perder la sonrisa.

Lola, nació en una islita entre olas y palmeras. Su abuela tiraba las cartas y muchas veces sin tirarlas, miraba a la gente a la cara y les hablaba del futuro. Su tía Chencha tenía fama de bruja, en el pueblo contaban que una vez que un camión casi arrolla a Lolita, ella se interpuso y basto su mirada para detenerlo.

A Lola, siempre le gustaron las artes, perteneció a grupos de danzas. También le gustaba actuar, cuando terminó la Secundaria Básica, matriculó en la escuela de arte, soñaba con ser actriz. Lola escribía poesías y cuentos, cantaba en fiestas y en algunas obras de teatro, tenía buena voz, era artista.

Cuando Lola se graduó de la escuela de arte, la ubicaron en uno de los grupos de teatro más importantes de La Habana. Allí fue muchos personajes, canto, actuó, bailo y hasta escribió algunas obras.

Una tarde el amor la sorprendió. Duro poco, solo unos meses. Cuando el doctor le dijo que estaba embarazada, decidió tener a su hijo, no tenía fuerzas para poner fin a esa vida que latía en su interior. Su hijo nació fuerte y sano. Ser madre fue su personaje preferido, dedico a su bebé, ganas y fuerzas.

Lola, llevaba a su hijo a los ensayos de las obras. Así entre personajes y canciones, fantasías, telones y aplausos, lo fue criando. Lo miraba y pensaba, pronto crecerá, tengo que luchar por su futuro.

Cuando cumplió 5 años, después del cake y la piñata llamo a su madre aparte y le dijo.
– Mamá me voy del país, el papá de Miguelito nos reclama. Es lo mejor para él, lo sé.
– ¿Has pensado en tu carrera, en tu futuro como actriz? Aquí ya tienes un nombre, allá no serás nadie, tal vez nunca más vuelvas a actuar. No te imagino trabajando en una factoría, limpiando casas o trabajando como camarera en un restaurante.
– Yo tampoco, pero si tengo que hacerlo, lo hare. Es el futuro de Migue y voy a sacrificarlo todo por él.

A los 6 meses Lola, llegaba a Miami. El padre de Miguelito los ayudo. Lola consiguió dos trabajos. Por la mañana hasta las 3 de la tarde, trabajaba en un restaurante, empezó lavando platos, pronto la pasaron a camarera, hacia buenas propinas. Su belleza y su sonrisa le ganaban la simpatía de los clientes. Cuando terminaba en el Restaurante, se iba para un supermercado, donde era cajera. Allí también su sonrisa la hizo popular. Muchos preferían hacer línea en su caja, con tal de disfrutar verla sonreír.

Una compañera de trabajo del restaurante, le propuso una tarde rentar juntas un apartamento. Se llevaban muy bien. Hasta le propuso cuidarle a Miguelito cuando llegara de la escuela, así no pasaría horas solo en la casa. Lola acepto, al mes exacto encontraron el apartamento perfecto; tres cuartos, sala comedor y la renta no era muy alta, entre las dos podrían costearlo.

Lola puso una camita y un par de sillones en el cuarto que sería para Miguelito. Su hijo prefirió dormir con ella y el tercer cuarto quedo siempre vacío.

Miguelito era muy bueno en los estudios, Lola sabía que su sacrificio no sería en vano. Su hijo estudiaría una buena carrera y lograría hacer realidad todos sus sueños.

Una noche cuando llego cansada al apartamento, su amiga Clara, le había preparado la comida.
– Vamos mujer come tranquila, debes estar agotada. Cuéntame de tu vida.
– Gracias, estaba muerta de hambre. Allá era actriz, en un grupo de teatro muy conocido, hice varios protagónicos. El teatro es mi vida, ese es mi mundo, mi elemento, mi esencia.
– ¿Cómo has podido adaptarte a esta vida? Debe haber sido muy difícil para ti.
– Es difícil, muy duro, pero una tienes sus mañas. Aprendí mucho de mi abuela y mi tía Chencha.

Clara, no quiso insistir, la vida la había enseñado a ser discreta y no importunar con preguntas.

A veces, de madrugada, Clara escuchaba ruidos extraños que venían del cuarto vacío. Sentía un miedo terrible, se tapaba hasta la cabeza, rezaba Padres nuestros y Ave Marías hasta quedarse dormida.

Una noche los ruidos fueron más fuertes y la curiosidad pudo más que el miedo. Clara se levantó y sin pensarlo dos veces abrió la puerta del tercer cuarto.

Allí entre luces y girasoles, arcoíris y colibríes, Lola representaba una función de teatro para un público diverso y extraño que la aplaudía a rabiar. La escenografía flotaba en el aire y las luces seguían cada movimiento de Lola. Clara trato de pasar inadvertida, no quería interrumpir la magia del lugar. De pronto Lola empezó a cantar la salida de Cecilia Valdés, acompañada por una orquesta de saltamontes y sinsontes. Un cocuyo enorme, iluminaba su rostro y un rayo de luna convertía su bata de casa en una bata cubana con vuelos y encajes. Cuando Lola termino de cantar, Clara no puedo contenerse y un ¡Bravo! escapo de sus labios. Lola hizo un gesto y todo desapareció. Se apagaron las luces, en el cuarto solo quedaron los dos sillones, la camita, Lola y Clara.

– ¿Qué fue eso?¿ Una visión? Yo creo que estoy soñando o volviéndome loca.
– Cálmate, ni loca, ni soñando. Este es mi secreto, mi forma de soportar 12 horas de trabajo, de hacer mi sacrificio llevadero hasta que lleguen tiempos mejores. Cada noche cuando Migue y tú se duermen, vengo a este cuarto, bastan dos o tres conjuros que aprendí de mi abuela y mi tía Chencha y se desata la magia. Es como una terapia necesaria. Jamás me has oído echar de menos al teatro, ni el arte. No los extraño porque siguen conmigo, aquí en este cuarto, en mi alma. Por las noches actuó, canto y bailo, escucho aplausos y promesas de tiempos mejores que sé que vendrán.
Todos necesitamos un poco de fantasía en nuestras vidas. La magia ayuda y las ganas también. Puedes venir cuando quieras, pero por favor no vuelvas a gritar bravo tan alto, puedes despertar al niño.

Lola hizo un gesto con las manos y le regalo a Clara un luminoso girasol.

– Toma, te ayudara a guiarte en la oscuridad y evitaras tropiezos. No lo olvides, por muy dura que sea la vida, no pierdas nunca el buen humor, la sonrisa, ni los sueños. Cuando te cases y tengas tus dos hijos, un varón y una hembra, entenderás mejor mi sacrifico y mi fantasía. Hay algo que quería decirte, no dejes a tu hijo irse al Army, si se va, lo matarían. No me preguntas más, son cosas que yo sé.
Siempre seremos amigas, un día iras a un teatro a verme con tu familia y me llevaras flores al escenario y yo te dedicare la función. Todo tiene un tiempo Clara y este es el tiempo de los sacrificios, sin renunciar a los sueños y a la fantasía. De enfrentar las dificultades con una sonrisa, eso ayuda a vencerlas.
Ahora a dormir que mañana nos espera un día duro y eso lo sé, sin recurrir a conjuros ni a magias.

Se abrazaron entre risas, un abrazo que sellaba una amistad eterna. Lola sonrió con picardía, allá en su magia y sus visiones, se veía abrazando a Clara y llorando de felicidad, mientras sus hijos se casaban.

Fotografia de Fuentes Ferrin, pintor cubano radicado en Houston.Texas.