Arroz con pollo con sabor a Cuba.

Arroz con pollo con sabor a Cuba!
No se embullen con el titulo, no los estoy invitando el domingo a Yoyito’s a comer su arroz con pollo, tampoco me ha dado por empezar a vender cajitas con arroz con pollo en Hialeah. Este arroz con pollo es especial, lleva algo mas que pollo, viene cargado de recuerdos y aromas que se pierden allá, por un barrio habanero.

Me cuenta una amiga que cada domingo cocina arroz con pollo, es como un rito, un homenaje a la nostalgia, un dejarla hacer. En su casa, allá en La Habana, todos los domingos hacían arroz con pollo. Su abuela iba a compartir el almuerzo, la familia se reunía. Después de saborear el arroz con pollo dominical, iban todos al cine Rex. El arroz con pollo de mi amiga es especial, ni siquiera Nitza Villapol, podría dar la receta. No solo tiene pollo, arroz, cebolla, ajo ají, condimentos. Este arroz con pollo alcanza su punto con un tim de recuerdos, una pizca de nostalgia y un montón pila burujón puñao de amor por su barrio, por La Habana, por Cuba, por su madre que la espera y sueña a cada instante.

El arroz con pollo de mi amiga, se cocina al fuego lento del amor a la familia, se protege de los vientos del olvido a fuerza de amor, de amor del bueno. Estoy seguro que de vez en cuando alguna lagrima le da el punto justo y su hijo, sin saber el condimento exacto, le dice; ¡mami, hoy te quedo especial! Mi amiga, sabe que no esta sola cuando cocina, desde el sur su madre le sopla ingredientes y mezclas, la asiste en la distancia, garantizando esa sazón única y especial que solo ellas logran.

Hablando con mi amiga sobre su arroz con pollo, recordé al poeta que decía que Cuba, la patria “podía ser un plato de comida, de arroz con frijoles negros, ropa vieja, carnita de puerco, yuca con mojo y ese platico es Cuba y me lo como y me llena y me alimenta”. La patria, el amor por lo nuestro, nuestras raíces, están en todas partes. Un café, un postre, un arroz con pollo, adquieren matices especiales, míticos, evocan momentos vividos, adelantan momentos por vivir, viajamos con ellos en el tiempo. Hace días me invitaron a almorzar, te haré enchilado de camarones, dijo mi amiga. Me negué, quiero moros y picadillo con pasitas, aceitunas y papitas fritas picadas en cuadritos. Quería, al final, una comida como la que hacìa y hace mi mamá en Cuba. Así somos, inventándonos el barrio, la familia, la patria en cada esquina, llevándolos en el pecho a todas partes, orgullosos de nuestras raíces y origen. Cubanos que desayunan los domingo en Denny’s y después corren a un buen restaurante cubano y piden arroz, frijoles negros y carne e’ puerco.

Cuando mi amiga destapa su cazuela de arroz con pollo cada domingo, es una fiesta de los sentidos, no solo del olfato. Siente olas rompiendo contra el Malecón, vendedores ambulantes anunciando sus productos, vecinas llamándose y pidiéndose un poquito de sal o comino. La cazuela deviene mágica y trae su barrio habanero a Miami, lo reinventa para ella. Mi amiga siente un viento que la refresca, que inunda su casa, la limpia de olvidos y distancias. Cada domingo se inventa a Cuba en su arroz con pollo, sienta a su madre a la mesa y al influjo de olores y recuerdos, vuelve a ser niña.

Mi amiga, sin saberlo ha creado un arroz con pollo especial, con sabor a Cuba, una receta que no puede escribirse, solo pasarse de alma en alma, como nuestro amor por nuestra Isla.

Aclaración, gracias a Joaquín Pérez que me contó la historia y a Lourdes Yañez, que algún día me invitara a probar su arroz con pollo. La fotografía es del arroz con pollo de mi amiga, no doy la dirección para evitar colas y desordenes los domingos, frente a casa de mi amiga.

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La sazón de la nostalgia.

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La nostalgia tiene a veces sabor. Quien no ha dicho o escuchado decir alguna vez; carne de puerco como la de Cuba, ninguna.

Recuerdo en los primeros días de mi llegada a Miami, durante una de esas visitas obligadas que todos hacemos en esos días. La dueña de la casa comentaba; que rica la malta de pipa, nunca más he vuelto a tomar una como esa. Pase un buen rato explicándole que la malta de pipa, era aguá, que lo que la hacia inolvidable era la sed que tenia y la cola que hizo para tomársela. Le expliqué una y mil veces que cualquier malta de las que venden aquí era mejor, ella no entendía, seguía evocando aquel sabor delicioso de la malta de pipa. Ahora que podía escoger que tipo y marca de malta tomar, suspiraba desconsolada por la aguá y nostálgica  que tomaba, sudada y feliz, en su barrio en esos rincones perdidos del recuerdo, donde siempre terminamos encontrándonos.

Estos frijoles negros están ricos, pero como los que hacían en Cuba; jamás, quien de nosotros no ha dicho esto, un montón de veces. El exilio, es  el mejor sazonador que existe, da un sabor especial a cada comida que recordamos, el punto exacto en la memoria. Al evocarla, la nostalgia nos tiende sus trampas. Los sabores, en el recuerdo, se magnifican, tienen otra dimensión. Nuestra isla, puede ser  una sazón también, aporta lo suyo a cada plato. Somos capaces de escribir un poema al boniatillo o al arroz con leche, una oda a los tamales y a la carne de puerco. Por ahí hay muchos que saborean en el recuerdo, el chicharo que maldecíamos en nuestra Isla cada día al almorzar en el comedor obrero,  los oigo exclamar; chicharos, ¡que rico!

Muchas veces, la mayoría, lo que hace especial al sabor, es evocar el momento, el lugar y las gentes con las que compartimos esa comida; es la sazón de la nostalgia. Al final, la mejor comida es la compartida con nuestros seres queridos. No importa si era medio pollo entre 6 y tocábamos a cucharoncito de pollo deshuesado por persona. Abundancia, no es siempre sinónimo de felicidad, ni escasez, significa desdicha, aunque a veces, se confundan en el recuerdo.

Recuerdo una vez que un amigo nos invito a almorzar potaje de garbanzos. Sirvió la mesa, cuando lo probé, lo mire y le dije; sabes que me recuerda este sabor ¿Verdad? Solo asintió, el también recordaba el potaje de mami, el mismo que a mas de 90 millas, se hacia presente, sin proponérselo. Extraña mezcla de condimentos que lograba parecerse a la sazón perfecta, allá en La Habana. Basta un sabor y aparecen recuerdos, bastan recuerdos y evocamos sabores, sazones.

Desde La Habana, desde nuestra Isla, la nostalgia sabe el punto preciso para lograr la sazón perfecta; esa que nos hace creer que tenemos a mama al lado, que el tiempo no ha pasado. Ese punto que nos vuelve a reunir a todos junto a la mesa.

Incorporamos nuevos sabores, nuevas sazones. Seguimos guardando en el rincón exacto de la memoria, el sabor de nuestros platos, magnificados y asegurados para siempre con la sazón de la nostalgia.

El 31 de diciembre pasado, un amigo no cubano, nos invito a esperar el año en su casa. Nos ofreció una cena típica de su país, nada de moros, ni yuca hervida con mojo, ni puerco asado a lo cubano. Nos miramos cuando sirvieron la cena, a ese fin de año, le faltaba un toque cubano, algo que nos uniera más a nuestra islita. Sus intenciones fueron buenas, pero necesitamos la sazón de la nostalgia para recibir el nuevo año; felices de estar aquí y seguros y orgullosos de venir de allá. Nosotros aunque siempre extrañemos la carne de puerco de allá y los tamales nuestros, en cada celebración, nos los inventamos, traemos a nuestra isla a nuestra mesa, sin ella, estamos incompletos, como perdidos.

Aunque digamos mil veces que la carne de puerco de allá, era mejor, la de acá, no nos puede faltar en cada celebración. La saboreamos, evocamos las veces que la compartimos en familia, en cumpleaños y comidas especiales, la nostalgia le da su punto exacto y trae recuerdos, nos transporta. Nos comemos dos o tres tamales y seguimos diciendo; jamás como los tamales de Cuba. No importa donde estemos, ni los años de exilio; ¡Comida como la de Cuba, no hay otra! Recordamos el potaje de mama, los tamales de abuela, el congri de la vecina, la sazón de la nostalgia hace de las suyas, la dejamos hacer. Una sazón, puede ser un medio de transporte en el tiempo y el espacio.

La Habana en el recuerdo.

Cuando vivíamos en La Habana, soñábamos con irnos, con abandonar la ciudad, para siempre, salir de ella, a cualquier precio, de cualquier forma. Todo nos molestaba, la espera de las guaguas, las colas, las calles sucias, odiábamos carteles, consignas y prohibiciones. En mas de una ocasión escuche hasta maldecirla; maldita ciudad, dijeron mas de uno. Cansados de apagones y racionalizaciones, culpábamos hasta a las piedras de nuestra frustración y limitaciones. Queríamos alas y volar cuanto antes.

Muchos logramos irnos, después de intentos y sueños. La Habana, quedo lejos, inaccesible en cierta forma. Parte del pasado, no mas presente, ni futuro cierto. Entre ella y nosotros; recuerdos, luchas, mar y restricciones de un lado y del otro. Habana, inalcanzable del todo, inabarcable en el recuerdo.

Nos inventamos otra Habana, recreamos otra ciudad en nuestros sueños y memoria. Vestimos La Habana de blanco, la adornamos de girasoles y la hicimos nuestra eterna novia. Novia fiel que espera y no traiciona. Aprendimos a mirarla diferente, la despojamos de escombros y carteles. En la distancia, aprendimos a valorarla y  agradecerle por existir.

Cambio la imagen de nuestra ciudad, nuestros pasos al andarla, real o imaginariamente, nos llevaron a nuevos sitios. El sol de la nostalgia, ilumino cada rincón de nuestra ciudad. La memoria, reedito lo mejor de nuestras vivencias. Nuestros ojos, tras lentes de inmigrantes, descubrieron colores, arco iris y palmeras al viento, se deslumbraron ante tanta luz. Poco a poco, se fue hermoseando, nuestra ciudad, como mujer embarazada de futuro, se hizo mas bella y mas amada, especial!

La  ciudad, que un día cargamos con culpas ajenas, fue declarada inocente. En juicio publico con miles de testigos y abogados defensores, fue liberada de cargos. La ausencia de acusadores, garantizo su absolución total. El juez, dio su veredicto, cuando golpeo sobre la mesa con su mazo, cientos de colibríes volando, ratificaron sus palabras; inocente de  culpas, culpable de provocar amor y añoranzas, libre para siempre, condenada a amar y ser amada eternamente.

La ciudad, un día maldecida, se lleno de bendiciones, donde hubo molestias y hastíos, descubrimos amor, sueños por realizar, tareas por hacer. Donde pensamos existía sólo pasado, descubrimos, poco a  poco, el futuro. Donde había oscuridad, poco a poco, anunciando un mañana mejor, la luz, se fue abriendo paso.

No, La Habana, no es una ilusión óptica o un recuerdo de algo que un día existió, es real, tangible, nuestra. No existe solo en nuestras mentes, no la inventamos una tarde de nostalgias, esta allá, esperando, soñando junto a nosotros y el futuro.

La ciudad, de la que tanto quisimos huir un día, termino, para siempre, atrapándonos, no nos resistimos, la dejamos hacer. Terminamos enredados en recuerdos y sueños. El amor, la nostalgia, rompieron velos que no dejaban verla, apreciarla plenamente. Fantasmas amigos, se encargaron de habitarla y cuidarla por nosotros, nos la muestran en cada reencuentro, nos la traen al exilio. La Habana, abre sus brazos, reclina su cabeza en el malecón y espera. Sabe que el futuro que lleva en sus entrañas, no tardara en nacer, acaricia su vientre, nos mira, sonríe, sabe que no esta sola, cuenta con nuestro amor y presencia.

Gracias por Miami!

Cuando publique,  La Habana y Miami, semejantes o diferentes?  Un amigo, me llamó para comentarlo, estuvimos más de una hora conversando. Me contó, que cuando llego a Miami, en el 80, marielito forzado, la ciudad, no le gusto, se fue a vivir a Tampa, tampoco le gusto. Buscando una ciudad, donde integrarse, llamarla suya, fue hasta Los Ángeles, allí sintió que había llegado a una gran ciudad. Logro, finalmente vivir en una ciudad que lo deslumbraba, pero donde, a pesar de luces y rascacielos, se sentía extranjero, inmigrante. Nunca logró integrarse a Los Ángeles, todo le era ajeno y distante, no podía hacer suya la ciudad. Era un extranjero más.

Mi amigo, me dijo, que al cabo de  5 o 6 años, regreso a Miami. Se reencontró con el café cubano, recién colado. Entraba a los restaurantes, disfrutaba feliz, de frijoles negros, picadillo, puerco asado, yuca hervida. Visitaba las dulcerías y cafeterías, endulzaba el alma con pastelitos de guayaba. Escuchaba hablar cubano, sus oídos agradecían ese acento, que hacia años no escuchaban. Por vez primera, en muchos años, no se sintió extranjero. Cuba, se hacia presente en cada esquina, en cada rincón de la ciudad. Mi amigo, comprendió que, había llegado a casa. Miro hacia atrás, recordó a los primeros cubanos que llegaron a Miami, con lágrimas en los ojos, en silencio, les dio gracias, por hacer de Miami, nuestra casa, por traer a Cuba, hasta la Florida.

A los primeros cubanos que llegaron a Miami, todo les fue más difícil, mas duro. Tuvieron que inventarse la ciudad que no existía, hacerla crecer, forjarla. Cuba, era un recuerdo. No tenían posibilidad de regreso, ni siquiera una vez cada 5 años, nunca!  Las llamadas telefónicas, eran dificilísimas y las cartas, tardaban meses o no llegaban nunca. No se como pudieron, si les preguntara, se que ni ellos mismos tienen la respuesta. Convirtieron la nostalgia y el  dolor en fuerza creadora, construyeron una ciudad y la hicieron suya. Se inventaron a Cuba, 90 millas al norte.

Muchos, hemos llegado después a Miami, todos hemos aportado algo  a la ciudad, nos hemos integrado a ella. Ninguno de nosotros, ha sido nunca extranjero en esta ciudad, los primeros cubanos que llegaron, se encargaron de hacerla nuestra, todos los que llegamos después, tenemos mucho que agradecerles cada día.

Ser inmigrante, aprender otro idioma, enfrentarnos a una nueva vida es mucho más fácil, desde Miami, como me dijo mi amigo; aquí, no somos extranjeros! Al salir de Miami, termina la magia, no importa los años que llevemos en el país, somos extranjeros.

Recuerdo la sobrina de un amigo especial, llego de Cuba, directo a New York, lloraba todos los días. Cuando llego a Miami,  el sol la calentó, las palmas le alegraron el alma, se sintió de pronto en Cuba. No lloro mas, la nostalgia y las lagrimas, se rindieron a la ciudad, que en cada esquina, le recordaba a Cuba.

Una vez, fui a Tampa, a visitar amigos, con un amigo-hermano que la vida y el exilio me regalaron. Antes de salir de viaje, los llamamos, les preguntamos si querían algo; por favor, traigan pastelitos de guayaba! Fue lo único que pidieron. Se que no era un antojo, era la necesidad de algo nuestro, que aquí en Miami, es cotidiano y en otros sitios, solo recuerdos.

No, nunca hemos sido extranjeros en Miami, es nuestro. Aunque al principio, la ciudad no nos gustara, termino robándonos el corazón. Tomamos juntos una colada gigantesca e inagotable de café cubano, miramos el cielo azul, respiramos el viento que viene del sur y nos decimos entre recuerdos; estamos en casa. Miami, no nos conquisto, los cubanos, conquistaron a Miami, la ciudad, no ofreció resistencia, dejo hacer a esos primeros cubanos que llegaron, segura que estaba en buenas manos.

Yo, también doy gracias, junto a mi amigo, junto a todos los cubanos que llegamos después, a esos primeros cubanos que conquistaron y engrandecieron a Miami. Levanto mi tacita de café, brindo por lo mejor de ellos, por la ciudad que nos hicieron, por los recuerdos que trajeron con ellos. Saboreo el café, seco una lágrima, les doy gracias de nuevo, ser inmigrante y no sentirse extranjero, es una bendición. Traerse un país, reinventarlo, no es fácil, ellos lo lograron, nosotros, solo continuamos, lo que ellos comenzaron, hace ya, muchos años, cuando todo, era mas difícil. A ellos, gracias multiplicadas cada día, en cada rincón de esta ciudad, nuestra!

¡Cuba en el alma!

“Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón”.

Mario Benedetti

No siempre la medicina puede encontrar la causa de un dolor o una dolencia física, a veces, muchas veces, hay  que buscarla donde la ciencia no llega.

A pesar de  no tener seguro medico, visitó  médicos y hospitales en busca de un diagnostico. Casi estaba a punto de declararse en bancarrota. Estaba convencido que ese dolor en el pecho, debería tener alguna explicación.En su intento de curarse, visitó brujos y adivinos, cartománticas y lectoras de café.

Pidió dinero prestado a amigos y bancos. Viajo todo el mundo, Madrid, Paris, Londres, Roma. No quedo especialista de renombre que no visitara. Compartió con  amigos dispersos por todo el planeta, a todos dijo sus síntomas. Muchas veces al verlos, su dolor empeoraba. Algunos le confesaron que sufrían de  lo mismo,  ya se habían acostumbrado a vivir con ese dolor. Cuando se hacia muy fuerte, una buena botella de vino, ayudaba a aliviarlo. Pensó a lo mejor era un nuevo tipo de neuropatía, esta vez por exceso de carne roja y vitaminas, decidió ponerse  a dieta. Ayuno durante una semana, su dolor no disminuyo; algo tenia entre pecho y espalda, él lo sabía, estaba seguro.

Un mediodía, en casa de una amiga, sufriendo una de sus crisis de dolor, la escucho decir: ven siéntate a la mesa, hoy hice un almuerzo que tal vez te ayude con ese maldito dolor. Sin ganas, arrastrando los pies, salio  del cuarto, en la mesa del comedor, lo esperaba un plato de frijoles negros, arroz blanco, carne de puerco y yuca hervida con mojo. Su estado general mejoro, el dolor no desapareció del todo, pero disminuyó. Disfruto del almuerzo y cuando saboreaba su tacita de café cubano, su amiga se le acerco, lo  abrazo y casi al oído, le dijo: compadre usted no tiene nada, son estos años, queriéndose hacer el americano, cuando en el fondo es tan cubano como las palmas, acéptelo y vera como se siente mejor.

Los enfermos, a veces tardan en tomar conciencia de la causa de su mal. Los hipertensos, quieren  seguir comiendo con sal, los diabéticos  comiendo dulces. Los peores enfermos, son los que quieren negar su origen, sus raíces, arrancarse de adentro esa cubanía que se renueva y multiplica por más que alguien quiera arrancarla o ignorarla.

Nuestro enfermo del cuento, decidió ir a ver a la mejor santera que conocía. Sacó pasaje y en un día de abril, aterrizo en La Habana. No aviso de su llegada, no hacia falta, ella, lo esperaba, sin darse vuelta le dijo: sabia que vendrías, llevo años esperándote, desde aquel día que decidiste lanzarte al mar en una balsa. Se volvió, lo miro, ambos corrieron a su encuentro, se abrazaron llorando; ¡mamá! ¡hijo mío!

Ello lo llevo al malecón, le quito la camisa, dejo que la luz del sol le hiciera la única radiografía que necesitaba, lo abrazo bien fuerte. No tienes nada mi hijo, deja que Cuba se suelte libre en tu alma, no importa lo lejos que estés, los años sin vernos a ella y a mi, pero déjala vivir en ti sin ataduras, sin negaciones. No hay peor dolor que querer negar su tierra, cuando se lleva bien adentro. El se puso la camisa, tomo del brazo a su madre, la beso. Se agacho, beso la tierra donde nació y por vez primera, en muchos años, no sintió dolor en su pecho.

Fotografia tomada de Google.

Caminar La Habana!

La Habana, es una ciudad para caminarla, si vas en auto, te pierdes su esencia, no logras interactuar, es conocerla a medias. Ciudad de los de a pie, de los que la andamos de un extremo a otro, gastando suelas, zapatos. Perdiendo kilos en un recorrido que no termina nunca, sin meta, ni final. Aunque creas conocer una calle, cada vez que vuelves a andarla, descubres algo nuevo. Andamos La Habana, una y otra vez, redescubriéndola a diario, sorprendiéndonos en cada esquina con algo nuevo.

Nuestra ciudad, no esta dada de una vez y para siempre. Cada amanecer una nueva Habana, despierta al primer rayo de sol. Cambia de maquillaje, viste una nueva bata cubana, ensaya un nuevo andar, coquetea y seduce. Enamora, ensayando nuevas mañas. Un nuevo mover las caderas y mirar seductor.

Para los habaneros, andar la ciudad, es un acto de fusión con ella. Es entregarnos a nuestras calles, adoquines, sortear obstaculos y disfrutar paseos únicos. No importa el calor, La Habana, hay que caminarla. Con dólares en el bolsillo o  con moneda nacional, tomando coca-cola o guachipupa para mitigar la sed. Caminar la ciudad, es un rito del habanero. Cuando vivimos en ciudades, donde no hay costumbre de andar la ciudad, extrañamos, ese caminar sin rumbo. Ese andar sin punto fijo de llegada, solo por el placer de caminar, abiertos a  sorpresas y encuentros con lo desconocido, redescubriendo la ciudad a cada paso.

Siempre que regreso a La Habana, dedico al menos un día a caminarla. Es como abrazarla, acudir puntual al pase de lista y decir presente! Aunque pase la mayor parte del año ausente, volver a andar sus calles, reafirma mi condición de  habanero. En ese recorrer sus calles, siempre descubro algo nuevo, me descubro a mi mismo, me reinvento.  He andado cientos de veces Obispo, cada vez algo nuevo me sorprende. Así es La Habana, que se estrena para cada nueva mirada. Ciudad renovada y extendida en el recuerdo y en el presente.

Quien visite La Habana, la camine, ande por sus calles, ya no podrá olvidarla nunca. Regresara a ella, una  y otra vez. En cada encuentro, una nueva ciudad, lo espera y recibe. Una nueva sonrisa se ensaya para nosotros, un nuevo encuentro, una nueva anécdota. Alguien nos recibirá con un piropo que no olvidaremos nunca. Alguna ocurrencia será el toque justo para matizar nuestro andar.

Regresar a La Habana, andarla otra vez, suma a sus encantos, el hacerlo llevando a mi madre del brazo. Juntos, reímos, saludamos la ciudad que nos vio nacer y crecer a ambos. Nos olvidamos de años y penas, de lejanías y nostalgias. A nuestra felicidad, basta, en ese instante, el andar juntos nuestra Habana.

Yo, soy de Buenavista y tu?

Quincallas, puestos de viandas, boticas, carnicerías, bodegas, pequeñas panaderías, cafeterías, cines, lugares que al unirse e interactuar entre si, conforman y caracterizan a un barrio habanero.

Los barrios de la habana, mezcla rara de pueblos de campo y gran ciudad, tienen características muy propias. Cada barrio habanero, es único, irrepetible. Partes del gran mural de la ciudad, cada uno suma su color, su toque peculiar. Si quitamos uno, La Habana estaría incompleta, la unión de todos, enriquece y hace la ciudad.

Buenavista, Luyano, Pogolotti, Cayo Hueso, cada barrio aporta algo a la ciudad, la conforma y redondea. Piezas únicas de un rompecabezas que se arma y rearma día a día, fichas de un juego de domino interminable.

Un barrio habanero, es como una gran familia. Todos se conocen, se saludan al pasar. Muchos jugaron, estudiaron juntos, tuvieron el primer amor en el barrio, nuestra primera aventura. En nuestros barrios despertamos a la vida. Cuando regresamos, los vecinos nos saludan con cariño. Juntos recordamos anécdotas, unas buenas, otras malas, pero todas, parte importante de nuestras vidas. El pasado nos conforma, vive en nosotros; somos hoy, el resultado de ayer, su consecuencia.

Para muchos, La Habana es el barrio donde crecieron, esas calles que anduvieron con o sin zapatos. Ese lugar exacto de la ciudad donde por vez primera tuvimos sentido de pertenencia. Recuerdo un amigo que en nuestra primera conversación, me dijo orgulloso: yo, soy de Pogolotti! No hacia falta decir más. Otros, me dicen; ella no sabe que yo soy de Luyano! o deja que me acuerde que yo nací en La Lisa! Así somos, no importa si vivimos en Miami, Madrid o Paris, seguimos perteneciendo, con orgullo, a ese pedacito de La Habana donde nacimos.

Muchos, aunque hoy compramos en grandes tiendas, no olvidamos la quincalla del barrio, esa tienda pequeñita con una o dos empleadas, desabastecida y pobre, pero nuestra. Visitamos hoy farmacias de lujos, pero allá, en un rinconcito del recuerdo, aún vive la botica del barrio, a pesar de escaseces y ausencias. Hace años, no escucho; habrá llegado el café a la bodega? O voy a buscar el pan antes que cierren. Ya no veo películas viejas en cines de barrio. Allá en nuestros recuerdos, afincados en nuestra memoria, esas voces y lugares siguen vivos. Nuestros barrios, viven en nosotros, con la misma intensidad que un día vivimos en ellos.

El exilio, la distancia, nos va cambiando. Hoy no somos los mismos, hemos cambiado, cambiaremos aún mas, es inevitable. Algo no cambiara jamás, nuestro amor por nuestro barrio, La Habana, por Cuba. Mi sobrino-hijo, siempre me dice: no te siento, como una visita, cada vez que vienes, es como si nunca te hubieras ido. Tiene razón, nunca me fui del todo, algo mío quedo para siempre en el barrio, junto a mis seres queridos. Un beso de mi madre, una brisa habanera y se despierta, vuelvo a ser el de antes, el de siempre!  Me quito el pull over Armani, el jeans y los zapatos de marca, busco un short viejo y unas chancletas de mi hijo, me siento en el portal; el tiempo detenido reinicia su marcha, todo vuelve a ser igual.

Viviremos en grandes ciudades, viviendo a todo tren la modernidad y el desarrollo, pero siempre, con orgullo, recordaremos nuestro barrio. Gritando a quien quiera o no escucharnos, yo soy de Pogolotti, Buenavista o Luyano, soy de mi barrio!