La Habana, una ciudad erótica.

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A la memoria y presencia de Jorge Borges que una noche me sugirió este título.

Una noche, a la salida de “Hoy como ayer”, uno de los más populares y prestigiosos sitios nocturnos de Miami, conversaba con un amigo. Ambos amantes confesos e incorregibles de la Habana, terminamos, como es de suponer, conversando sobre nuestra ciudad. Recuerdo que en un momento de la conversación me dijo; La Habana es una ciudad erótica. Lo mire y le dije; que buen título para un escrito. Le debía a Nuestra Habana y a mi amigo este escrito, sé que en esta ocasión no lo leerá desde su celular, también sé que de un modo u otro llegara a él y aunque no lo comente dirá; ya era hora, hace más de un año que me lo prometió.

La Habana es una ciudad ardiente, no solo por el sol que le calienta “hasta los principios”, es ardiente por su gente, su modo de ser, su andar, gestos y esencia. Los que estamos lejos de nuestra ciudad extrañamos su erotismo, su intercambio de miradas, su intención y provocación.

En esto del erotismo de la Habana, quiero aclarar que no me refiero a la venta de sexo, eso es otro asunto y lo he tratado, de un modo u otro, en diferentes escritos. El erotismo de La Habana está en el gesto, la mirada, la intención de los que la andan y habitan. Ese como estar siempre dispuesto y con ganas y demostrarlo sin prejuicios ni tabúes. Recuerdo la hija de un amigo que llego a New York y le decía a su padre; ¡Aquí no hay gente sexy! Y que me perdonen los neoyorquinos, no vayan a darme un acto de repudio cibernético. También recuerdo a gente deslumbrada con las bailarinas de Tropicana y sus comentarios por su sensualidad innata, más allá del baile y la coreografía.

La Habana es coqueta por excelencia, provocativa, erótica. Súbase a una guagua llena en la hora pico y compruebe que más allá de cansancios, frustraciones y limitaciones, siempre hay alguien dispuesto al erotismo y su encanto. Un roce, una mirada, dos manos que coinciden al aguantarse y se olvida el empuja-empuja, el calor y las escaseces, así somos y seremos siempre.

Visite lugares donde la “molotera” haga de las suyas y lo comprobara, no podrá escapar al erotismo de la ciudad. En una discoteca, a la salida de un cine, mientras avanzamos entre la gente el erotismo hace de las suyas levantando los ánimos y algo más.

El erotismo de nuestra ciudad no es la búsqueda de consumar el acto sexual, no me refiero a “ligar” o buscar a quien llevarse a la cama. El erotismo habanero está en la intención, el goce de provocar y ser provocado, de soltar piropos y recibirlos. Ese disfrute de saber que se gusta, que se provocan ganas, sin siquiera intentarlo de casi ir diciendo por la calle; “si me pides el pescao te lo doy”.

Tal vez la Habana vive un romance oculto con Eros y todos somos frutos de ese amor. Tal vez a Cachita se le fue la mano con la miel de abeja y la canela. Ignoro la causa exacta, si son las olas del Mar Caribe, la Giraldilla apuntando al deseo o el resultado de mezclas de razas y culturas, pero ahí está el resultado; un erotismo que estalla en cada barrio, en cada cuadra. Erotismo, intención, esencia y aliento, que a más de uno obliga a decir, ¡Si cocinas como caminas, me como hasta la raspa! ¡Y que nos quiten lo bailao!

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Luces y sombras.

 
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Habana, ciudad de contrastes, de luces y de sombras, de alegrías y tristezas. Ciudad de matices, de claroscuros. En la Habana, nada esta dado de una vez y para siempre, no hay verdades absolutas, todo es relativo. La Habana puede ser todo y nada a la vez, luz y sombra en si misma.

La Habana, se baña en las aguas claras, calidas, espumosas del mar, mientras por algunas de sus calles, corren aguas sucias y mal olientes. Tiene toda la luz del sol que la ilumina, tiene una luna hermosa y tropical en la noche.  Habana de apagones que oscurecen y silencian la ciudad. Una oscuridad silente y densa que casi podemos tocar con la mano, que agobia y deprime.

Ciudad de embrujos y fantasías, de católicos que van a misa y comulgan. De santeros consultando y prediciendo el futuro. Ciudad con plátanos y cintas en las esquinas y rosarios desgranados en el silencio de las tardes. Ciudad de padres nuestros y maldiciones, de la Caridad del Cobre y de Ochún.

Ciudad de blancos y negros. Habana mestiza, arco iris de colores que la conforman y enriquecen. Ciudad de rubios que se espantan cuando escuchan; y tu abuela, donde esta? Crisol de razas y culturas.

Ciudad de avenidas deslumbrantes, con jardines, ciudad de calles estrechas y sucias sin un pedacito de tierra, sin un árbol que de sombra. Habana del Paseo del Prado y 5ta avenida, de O’Reilly y Aguiar.

Habana de bellezas deslumbrantes de mujeres y hombres que quitan el aliento, personajes escapados de una pasarela o una película de Hollywood. Ciudad de viejas y viejos que cargan años y penas. Ciudad de espantos que asustan, de caras que impresionan y nos alejan.

Ciudad de Carnavales y fiestas, de rumba y ron. Habana de alegría desenfrenada, de borracheras y bailes en La Tropical. Lugar de tristezas y velorios, de no somos nada, polvo y cenizas. Hogar de madres que esperan el regreso de sus hijos, de madres que no verán más a sus hijos, que los perdieron para siempre. Habana de lágrimas desbordadas y contenidas, de llorar con todo y de llorar por dentro.

Habana de trabajos y vagancias, de esfuerzos y abandonos. Ciudad de amores y desamores, de sueños y pesadillas. Habana de escuelas al campo y movilizaciones, de desfiles en la plaza, de embajada del Perú y del Mariel. Ciudad de llegadas y partidas, de absurdos y razones.

Habana mía y tuya, nuestra, ajena, real e irreal. Amada y odiada, cuerda y loca, maldecida y bendecida. Habana de orgasmos desenfrenados y abstinencias absurdas. Si un día perdiera sus contrastes, sus luces y sus sombras, cambiaría su nombre, no sería La Habana.