Cubanos y ausencias.

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Mientras dedico tiempo a tareas propias de los días libres, escucho el disco de Ivette Cepeda, País. Una canción me atrapa, a su influjo comienzo a unir frases en mi mente. A pensar en las Ausencias que hemos vivido y sufrido en nuestras vidas, en este eterno partir y regresar de cubanos por el mundo.

Nosotros, los cubanos, cargamos con ausencias terribles desde temprana edad. Ausencias físicas, tangibles, ausencias que el alma no olvida y busca una y otra vez, con toda la fuerza de los recuerdos.

En cada barrio, cada cuadra, cada familia, se mezclan ausencias y presencias. Siempre falta alguien en días de celebraciones, de alegría o dolores. No hay familia cubana que pueda reunirse un domingo y la abuela decir feliz; estamos todos. Siempre falta alguien que ausente, envía fantasmas y recuerdos a ocupar su sitio, a paliar vacíos y angustias.

La primera gran ausencia en mi vida la sufrí siendo un niño. Desde Palma Soriano, llego una familia a vivir en la casa de al lado, un matrimonio con una hija. Estaban esperando la salida del país. Nunca entendí como mi padre, comunista y revolucionario 100%, acepto que las dos familias se hicieran una y mi vecinita fuera una hermana más, que pasaba más tiempo en mi casa que en la suya, son cosas del corazón. Tal vez un milagro del amor. Los años pasaban, los lazos entre las dos familias se estrechaban, nosotros crecíamos. Mis hermanas y yo pensábamos que esa salida del país nunca llegaría, cosas de muchachos. Un día armaron maletas y partieron dejando un vacío enorme, terrible. Mami perdió a su amiga y confidente, nosotros a una hermana que solo volveríamos a ver gracias a la magia de las redes sociales, muchos años después, cuando también fuimos ausencias.

Son muchos años de despertar entre ausencias. Amigos que se fueron, familiares que apuran un adiós. Llegar a lugares, hacer un pase de lista mentalmente, notar que los ausentes aumentan.

La Habana, nuestra Isla, sufre del mal de ausencias. De vivir entre adioses y regresos, entre abrazos que se apuran y brazos que quieren retener, sin fuerzas para más despedidas.

Nos fuimos, dejamos fantasmas ocupando nuestro espacio, cuidando recuerdos. Cuantas ausencias, cuanto dolor. Ese no estar en el momento preciso. Perdernos nacimientos y muertes, sonrisas y lágrimas. Un país, no puede con tanta ausencia, un futuro no se construye entre un adiós y un vuelvo pronto. Seguimos sumando ausencias, dejando espacios, cicatrices en el alma, nostalgias que no cesan. Conjugamos el verbo partir en todos sus tiempos, engañando el dolor con regresos, dejando en el aire un vuelvo pronto, espérame.

Escucho una y otra vez la canción de Ivette, “gente que extraño y quisiera abrazar, sin preguntar”. Se me revuelven las ausencias, jugando con la letra de la canción podría decir que nuestros corazones son un nido de ausencias. Por suerte las ausencias no se convierten en olvido, nos la arreglamos, “a lo cubano” para inventarnos puentes y vías. Pactamos con fantasmas, invocamos a Cachita, nos une el amor, que hace el milagro de mitigar ausencias. Nos volvemos brisa, olas y llegamos a casa, nos sentamos a la mesa, nadie nota nuestra presencia, tampoco nuestra ausencia, estamos sin estar. Le pasamos la mano por la cabeza a la vieja, la besamos, le soplamos un, te quiero mucho al oído y volvemos.

Así vivimos, de un modo u otro, entre ausencias, presencias, despedidas y regresos. Reparándonos el alma y los recuerdos con una foto o una llamada por teléfono, con la promesa de un regreso, inventándonos el mañana, seguros que un día será presente y borrara ausencias.

Ivette, entre canciones y amigos.

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Se va haciendo habitual que la voz de Ivette me dé la bienvenida al llegar a mi ciudad, como si ella, le pidiera; dile todo lo que quiero y no puedo. Al final, Ivette es ¡La voz de La Habana!

Al rato de llegar a mi casa, mi hermana me dice que tenemos reservación para ver a Ivette en el bar del Telégrafo. No tendré que volver a usar mi “título” de bloguero para lograr una mesa y conformarme con verla de lejos. En esta ocasión, somos de los primeros en entrar al bar del Telégrafo. Escojo una mesa cerca del escenario, no quiero perderme un detalle del concierto. Los músicos toman sus puestos. Ivette ilumina el escenario, como si el malecón le prestara sus farolas nuevas, para estallar en luces en el escenario.

Su voz le basta, para hacer magia, para seducirnos y encantarnos en un viaje musical que promete deslumbres, aplausos y emociones. Recrea, “Y tal vez” de Formel y en el decir de los versos; “te tendría, aquí a mi lado y sería feliz”, siento, adivino un sentimiento diferente. Un extra que en grabaciones escuchadas no note, una emoción especial que da un nuevo matiz a la canción, que la convierte casi en un estreno. Canta “Te doy una canción” y cumple su promesa, repitiendo incansable su regalo y su dar, toda la noche. Las canciones, en su voz, son regalos interminables que estallan como arcoíris en la noche habanera. El amanecer se adelanta en su voz y el sol sale a su influjo.

No falta Martha Valdés, que aunque ausente físicamente, su voz la trae entre nosotros. Así, poco a poco, entre canciones, buena música y amigos que la disfrutan, va terminando su concierto. Cierra con “Hoy mi Habana” y se me antoja, escuchándola, ser el señor con el clavel en la solapa que mi ciudad espera. Ivette, podría cantar para mí, toda la semana, sería el fondo musical perfecto para andar La Habana, con mi madre del brazo, redescubriendo la ciudad a cada paso, en cada esquina habanera.

La saludo al terminar su concierto, le digo, ¿me recuerdas? Claro mi habanero, responde sonriendo. Conversamos, le reprocho entre risas que me falto su concierto en marzo como regalo de cumpleaños.
-Lo tendrás en septiembre, lo prometo, me dice en un abrazo.
Antes de hacernos las fotos, conversamos sobre su concierto en Miami, en septiembre. Imagino lo que pasara en el teatro en Miami, cuando cantes “País”, será una apoteosis de emociones, le digo.
– ¿Tú crees?
– ¡Lo sé!
Le respondo con la certeza que da saber que los cubanos de ambas orillas, no olvidamos raíces, ni recuerdos. Seguimos amando a nuestro país, con esa fuerza especial que nos da su ausencia física y su presencia aquí en el pecho y la memoria. Por un instante, la imagino cantado la canción entre luces blancas, azules y rojas, desgranando la letra; “pero ya sabes País, País mío, mi raíz es el sueño de los que aquí están, de los que han partido, ya sabes País que no logro vivir sin tus luces, desde el vuelo que me dicen que soy de aquí, ¡¡De este suelo!!” y el público de pie, aplaudiendo con el alma y los recuerdos, mientras el teatro estalla en cubania, en ese ser cubano que se disfruta con orgullo y sentimientos.

Antes de despedirnos, le digo que cada mañana escucho sus canciones, su voz me ayuda a comenzar el día. Cada vez que amanezca, recordare que un habanero me escucha, me susurra al oído en un hasta pronto, que se me antoja; un, ¡Nos vemos en septiembre, en la otra orilla!
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