En guerra contra el olvido.

Entre el olvido y yo hay una guerra, sin cuartel ni treguas, sin armisticios.

Nos miramos, retandonos, desafiantes. Él a que gana la partida, a que logra borrarme de su mente, yo a que me afinco en el amor, a que me quedo para siempre; vencedor de desmemorias y de olvidos.

Esto de luchar contra el olvido, sin mas armas que el amor y algunos besos, puede parecer absurdo, tonto. Es una guerra declarada, intensa y dura. Cuando cree que venció que la hizo suya, llega mi voz y la rescata del olvido; la hace mia. Me acaricia entre recuerdos. El olvido se atrinchera en el silencio, en la maldita distancia y prepara su proxima batalla. Yo me invento discursos de amor, palabras nuevas, piropos no escuchados, deslumbrantes. Disparo mis palabras en ráfagas de amor y el olvido se bate en retirada; me mira con odio y retrocede.

Aprovecha mi ausencia decretada y se atrinchera en la rutina diaria, en esa en la que vivo entre neblinas, en un recuerdo; sabe que solo ahí puede vencerme. Intenta borrarme, invoca terribles desmemorias.

No le temo a guerras ni a batallas. Disparo mi mejor arma, la invencible; la tomo en brazos en el momento justo, basta un beso, sólo uno y sus ojos regresan del olvido, sus manos temblorosas me acarician, deshacen maleficios, telarañas. Grito un te quiero, inmenso y desafiante. Vuelve a ser mía, mia para siempre. No hay olvido que pueda derrotarme.

Fotografía de Yohandry Leyva.

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La Habana, una ciudad erótica.

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A la memoria y presencia de Jorge Borges que una noche me sugirió este título.

Una noche, a la salida de “Hoy como ayer”, uno de los más populares y prestigiosos sitios nocturnos de Miami, conversaba con un amigo. Ambos amantes confesos e incorregibles de la Habana, terminamos, como es de suponer, conversando sobre nuestra ciudad. Recuerdo que en un momento de la conversación me dijo; La Habana es una ciudad erótica. Lo mire y le dije; que buen título para un escrito. Le debía a Nuestra Habana y a mi amigo este escrito, sé que en esta ocasión no lo leerá desde su celular, también sé que de un modo u otro llegara a él y aunque no lo comente dirá; ya era hora, hace más de un año que me lo prometió.

La Habana es una ciudad ardiente, no solo por el sol que le calienta “hasta los principios”, es ardiente por su gente, su modo de ser, su andar, gestos y esencia. Los que estamos lejos de nuestra ciudad extrañamos su erotismo, su intercambio de miradas, su intención y provocación.

En esto del erotismo de la Habana, quiero aclarar que no me refiero a la venta de sexo, eso es otro asunto y lo he tratado, de un modo u otro, en diferentes escritos. El erotismo de La Habana está en el gesto, la mirada, la intención de los que la andan y habitan. Ese como estar siempre dispuesto y con ganas y demostrarlo sin prejuicios ni tabúes. Recuerdo la hija de un amigo que llego a New York y le decía a su padre; ¡Aquí no hay gente sexy! Y que me perdonen los neoyorquinos, no vayan a darme un acto de repudio cibernético. También recuerdo a gente deslumbrada con las bailarinas de Tropicana y sus comentarios por su sensualidad innata, más allá del baile y la coreografía.

La Habana es coqueta por excelencia, provocativa, erótica. Súbase a una guagua llena en la hora pico y compruebe que más allá de cansancios, frustraciones y limitaciones, siempre hay alguien dispuesto al erotismo y su encanto. Un roce, una mirada, dos manos que coinciden al aguantarse y se olvida el empuja-empuja, el calor y las escaseces, así somos y seremos siempre.

Visite lugares donde la “molotera” haga de las suyas y lo comprobara, no podrá escapar al erotismo de la ciudad. En una discoteca, a la salida de un cine, mientras avanzamos entre la gente el erotismo hace de las suyas levantando los ánimos y algo más.

El erotismo de nuestra ciudad no es la búsqueda de consumar el acto sexual, no me refiero a “ligar” o buscar a quien llevarse a la cama. El erotismo habanero está en la intención, el goce de provocar y ser provocado, de soltar piropos y recibirlos. Ese disfrute de saber que se gusta, que se provocan ganas, sin siquiera intentarlo de casi ir diciendo por la calle; “si me pides el pescao te lo doy”.

Tal vez la Habana vive un romance oculto con Eros y todos somos frutos de ese amor. Tal vez a Cachita se le fue la mano con la miel de abeja y la canela. Ignoro la causa exacta, si son las olas del Mar Caribe, la Giraldilla apuntando al deseo o el resultado de mezclas de razas y culturas, pero ahí está el resultado; un erotismo que estalla en cada barrio, en cada cuadra. Erotismo, intención, esencia y aliento, que a más de uno obliga a decir, ¡Si cocinas como caminas, me como hasta la raspa! ¡Y que nos quiten lo bailao!

¡Cumpleaños¡

¡Cumplir años! Para muchos, un día que prefieren obviar, ni recordar. El almanaque les recuerda que los años pasan, para ellos, la vida es como una flor, perdiendo pétalos, se angustian por cada pétalo perdido, dejan de disfrutar el olor y aroma de los que les quedan.

Tengo un amigo que cada vez que nos vemos me regala halagos y piropos, siempre me dice; estar a tu lado, es un privilegio, termina sonrojándome. Ambos compartimos un amor ilimitado por una flor, una Rosita, que vale un ramo. Mi amigo, cumpleaños hoy, lo llame para felicitarlo, estaba feliz, radiante. El, como yo, se burla del almanaque, se niega a envejecer. Recibe los años con una sonrisa gigantesca, los esquiva con la capa de la alegría y el optimismo. Torero de penas y angustias, sabe como desafiarlas, vencerlas.

Soy de los que les gusta celebrar cumpleaños con ganas y sonrisas, el mío, el de mi madre y el de amigos. Cada nuevo año, me alegra, miro y repaso lo vivido, me propongo nuevas metas, nuevos sueños son la mejor crema anti-envejecimiento conocida; elimina arrugas del rostro y del alma.

Hace años, una amiga, cumplía años, sufría una crisis depresiva, se sentía vieja, al final del camino. Fui a su casa, con un regalo y una postal, “Las obras de arte, aumentan su valor con el tiempo, los buenos vinos, mejoran con el tiempo, las estrellas, llevan millones de años en el cielo y siguen brillando, burlándose de años ¿y tu preocupada por unos pocos  años? Mi amiga río, saco una botella de vino, brindamos por la vida, por los años que nos traen experiencia y madurez. De los años, lo malo es no cumplirlos o cumplirlos con angustia y tristeza.

El próximo año, haré un viaje especial a La Habana, en febrero, mami cumplirá 85 años. Un día le dije, ¡Tenemos que ir pensando en la fiesta cuando cumplas 100! Me respondió con una sonrisa que la ilumino, que borro años, distancias y penas, que me convirtió de nuevo en niño, nos abrazamos riendo, seguros que el amor, hace milagros.

Cumplir años, es sin dudas una fiesta de la vida, de la alegría y los sueños. Cada cumpleaños, nos convertimos en la Ceiba legendaria y los amigos, los amores y los sueños, dan vueltas alrededor nuestro, nos conceden deseos. La vida es, una fiesta sin final, no importa si un día hay que soplar entre varios, para lograr apagar las velas, cada una, nos aporto algo, nos enriqueció.

Febrero y marzo, me traen un montón de cumpleaños; de mi madre, hermanas, amigos y también el mío. Desde La Habana y Miami, se cruzan besos y te quieros, fiestas sin final, abrazos. Sin dudas, cumplir años, nos da un brillo especial en la sonrisa, con la certeza que llegamos y seguimos, entre flores, sonrisas y luchas, en la batalla diaria de la vida.

Piropos en La Habana.

 

Creo que nadie como el habanero y el cubano en general, para decir un buen piropo. Es parte de nuestra idiosincrasia, nuestra desinhibición natural, nada nos da pena ni nos limita. Cubanos y cubanas, disfrutan piropear, sin más pretensión que halagar, expresar en voz alta la admiración que despertó alguien al pasar.

La creatividad del cubano se desborda en piropos, algunos muy conocidos y reestrenados día a día, como aquel, “si cocinas como caminas, me como hasta la raspa”. Piropos que se reinventan, con vida propia, se transmiten de generación en generación.

No crean que el arte de piropear es atributo exclusivo del hombre cubano, la mujer cubana, bella, sensual y segura de si misma, también se lanza a decir piropos sin sonrojarse. Mujer de estos tiempos, de todos los tiempos por venir, suma a su coquetería y seducción natural, más de un buen piropo lanzado en el momento justo. El último piropo que escuché en La Habana, dicho por una mujer fue, ” La Habana es la única ciudad del mundo, donde los mangos, caminan por la calle”

El piropo, no es agresivo, ni grosero. Un buen piropo, es un verso de amor y La Habana, dueña de los mejores piropos del mundo, asiste, sostiene y alienta a diario, sonriente y coqueta, al arte de piropear. Hay agencias de viaje que advierten a los turistas sobre los piropos en La Habana, le aclaran que no son ofensivos y que no se molesten por recibir alguno. No dudo que algún turista, sea capaz de hacer el viaje solo por el gusto de escuchar un buen piropo y guardarlo para siempre. Dentro de algunos años, tal vez alguna madrileña, cuente a sus nietos, el día que le dijeron en La Habana, “tu con tantas curvas y yo sin frenos”.

Seamos sinceros, a quien no le gusta que le digan un buen piropo?, a quien no le gustaría que al pasar alguien le dijera; “niña/o, estas como me lo receto le medico” o “que esta pasando en el cielo, los ángeles se están cayendo?”

Todos guardamos algún piropo que dijimos o que nos dijeron. El mejor piropo, aun esta por decir. Algunos, antológicos, se van modificando y enriqueciendo con los años, adaptándose al momento, otros, perfectos se transmiten intactos.

Hay piropos modernos, de estos tiempo de internet y tecnología, como, “me gustaría ser computadora, para que navegaras por mi en internet”. Los cubanos, inventan día a día el mejor piropo, el que llega para quedarse, el que provoca una sonrisa de agradecimiento o una mirada sensual.

Buscando información sobre los piropos, encontré uno perfecto para el final de este escrito, cuentan que un viejito, pasaba por el portal de una casa todas las tardes y decía un piropo a una señora mayor, que se mecía en un sillón disfrutando la puesta del sol. Una tarde el viejito le dijo a la señora, “hasta cuando van a brillar esos ojos”, la señora, sonriente, le respondió: “hasta que dure su galantería”.