Ivette, la voz de La Habana.

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Finalmente, Ivette en concierto. No dude nunca de su éxito, sabia que su voz seria capaz de ganarse al público de Miami. Que contaba con buenas armas, muchas; en la primera canción, ya el publico estaba a sus pies, aclamándola, haciéndola suya.

Había visto sus videos en Youtube, escuchado, una y otra vez su disco, que me regalaron en un viaje a La Habana. Videos y discos, son solo un reflejo de lo que esta mujer, es capaz de hacer en un escenario. Ivette Cepeda, es de esas cantantes que hay que escuchar en vivo, no necesita tecnología, su voz, limpia y clara, potente, desborda cualquier estudio de grabación que no alcanza a atraparla.

Salio vestida de blanco, cubanísima y sencilla, como quien dice en el gesto; “yo vengo a ofrecer mi corazón”. Su ofrecimiento no es solo gestual, se abre el pecho en su voz, su corazón queda con nosotros. Nos lo entrega poco a poco en éxtasis, en cada nota, en cada canción, el publico, lo recibe y disfruta, lo hace suyo; latimos juntos al ritmo de su música y su encanto.

No se en que instante se logró la extraña y peculiar simbiosis entre ruidos y voz, olas rompiendo y notas musicales; Ivette, es sin dudas, la voz de La Habana. La escuchamos cantar y andamos con ella por esas calles conocidas, lejanas y presentes. Escuchamos pregones, gritos entre vecinos, llegamos a sentir el olor del café recién colado, nos subimos con ella a una guagua y andamos la ciudad, la Isla, en un recorrido sin final, guiados por su voz y su arte.

Disfrutaba de ella y pensaba en cuantas seudo estrellas, fabricadas en estudios de grabación, andan por el mundo, luciendo poses de divas y jugando a engañar y torturar nuestros oídos. Más de una de ellas, debió asistir al concierto de anoche. Que enorme placer hubiera sido llegar hasta ellas y decirles al oído; ves, ¡Esto es cantar!

Quedaron canciones por dar, su repertorio es amplio. Ivette, intentaba despedirse del publico, los gritos de ¡Bravo, otra, otra! La obligaban a regalar canciones. Nos acercamos al escenario, en un intento de retenerla para siempre, de no dejarla ir, de hacerla aún mas nuestra.

Estoy seguro que Ivette, confundió escenarios y públicos, entre aplausos y bravos. Como nosotros confundimos ciudades y recuerdos al influjo de su voz. Tal vez pensaría que cantaba en un teatro de La Habana, acostumbrada a hacer y seducir. Se que se lleva en su alma la certeza que los cubanos, no importa donde estemos, somos los mismos, los de siempre. Basta un detalle, una canción, un gesto y se olvidan exilios y tristezas, escaseces y penas; renace la alegría, la esperanza.

Podría intentar describirles el concierto, la voz de Ivette, su adueñarse del escenario y de nosotros, seria inútil; el milagro, la magia, no pueden describirse. A muchos, les queda pendiente un concierto de Ivette, por suerte, yo lo disfrute en cada instante, en cada nota. Mientras la escuchaba, escribí en mi mente, párrafos sobre ella, mucho mejores que estos que hoy escribo. La escucho cantar, intento repetir la magia del concierto, poder rehacer lo que anoche venia a mi mente. Me falta la presencia de Ivette, ese influjo mágico capaz de desatar emociones y palabras.

Cuando la escuché cantar, mientras disfrutaba de sus versiones de números antológicos, pensé en Elena y Moraima. Ivette, hacia el milagro de revivirlas, de llenar espacios y ausencias. Las imagine, emocionadas, abrazadas, con lagrimas en los ojos, escuchándola, seguras que el relevo estaba seguro y exacto, preciso y puntual.

Ivette, termino su concierto, regalándonos canciones extras, dejo para el final una, que el estribillo convoca a la unión, a hacer caminos, a andar, seguros que el mañana, se construye entre todos; “Juntar todos los sentimientos y hacer mas bello el camino” ¡Gracias Ivette!

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Escribir desde La Habana!

En la habitación que fue mi cuarto durante muchos años, que será siempre, “mi cuarto”,  con  las ventanas abiertas de par en par, disfruto del olor del patio mezclado con el del sofrito de mami. El sol, dibuja figuras sobre la sabana y las paredes del cuarto. Recostado en la que será siempre mi cama, pienso en la magia de escribir desde La Habana, podré ahora que he retomado el oficio de escribir, hacer escritos sobre mi ciudad, estando en ella? Sin necesidad de evocarla,  al alcance de la mano y de mis pasos, presente!

Escribir, desde la ciudad que ha inspirado la mayoría de mis escritos, escribir desde el sur, no desde el norte, desde el centro del amor y de mi historia, tiene un encanto que me obliga a hacerlo, a dejarme llevar por las musas. Es como una fiesta de mis palabras e ideas, una fiesta que La Habana, convoca, invita recuerdos y hechos por suceder. Hasta mi ciudad llega el aliento de mi musa transoceánica, de los amigos que no me dejarían abandonar el oficio de escribir.

La Habana, no es hoy un recuerdo, no tengo que evocarla. No tengo que adivinarla en la distancia; estoy en ella, material y emocionalmente. Mi ciudad, entra por las ventanas, se sienta en mi cama. Me dice; vamos para el portal, desde allí, te será más fácil, escuchando pregones y el ruido de la gente. Entre plantas, mirando la gente pasar, me guiña un ojo, se sienta en uno de los sillones de la terraza, me dice; es distinto desde acá, verdad?

Este será mi primer escrito desde La Habana, con una brisa con olor a mar, mitigando el calor de mayo. Mientras escribo, el sonido de la ciudad, se mezcla con ruidos de cazuelas. Mami, trajinando, preparándome el primer almuerzo de este viaje. La Habana, va hasta la cocina, abraza a mami, ambas se miran emocionadas. Mami quiere decir algo, mi ciudad, le pone un dedo en los labios, le dice; no digas nada, hoy lo tenemos con nosotros, hoy, no existe el pasado, ni el mañana, disfrutemos el presente. Ambas enjugan una lagrima, mami, destapa una cazuela, le da a probar un poco de su potaje. La Habana, sonríe; delicioso, le va a encantar.
Almorzamos todos juntos, saboreamos la comida. La acostumbrada sobremesa, se extiende al portal, donde saboreamos un café. La Habana, se despide luego del café; no me voy, quedan en mí, nos disfrutamos, solo los dejo unos minutos a solas, tienen que disfrutarse mutuamente. Tendrán que contarse historias que yo, ya se.
Mami, me mira, sonríe, me pregunta; que haces con el Black Berry? No vamos a conversar? Escribiendo mami, escribiendo, desde La Habana! Le respondo sin dejar de dar forma a este, mi primer escrito desde La Habana

En su rostro, se dibuja una sonrisa diferente, su mirada me envuelve. Sonríe, disfruta, después de muchos años, vuelve a verme escribir. Tiene algo de magia esto de escribir desde La Habana, con mami, sentada frente a mí, disfrutando ser testigo del acto de escribir, desde La Habana!