Una mujer se enfrenta con su vida.

Lucy nació en el barrio habanero de Cayo Hueso, en el corazón de CentroHabana. Entre escaseces, consignas y contrariedades, sus padres se las arreglaron para que fuera feliz. Única hija, creció con el amor y dedicación de sus padres. El tiempo que su padre estuvo en la cárcel por problenas políticos, no logró que ese amor y esa dedicacion por Lucy, disminuyera.

Lucy cumplió 18 años en febrero de 1980 y los celebró presentando a sus padres su novio Adrian, compañero de estudios de la Universidad. Adrian y Lucy se amaban y complementaban y sus padres aceptaron con gusto esa relación de su hija con un buen muchacho.

A mediados de Abril, La Habana y toda la Isla se estremecieron con los sucesos de la embajada del Perú y la apertura del puerto del Mariel para un éxodo masivo de cubanos en busca de una nueva vida y libertades.

Una tarde Lucy, al llegar a casa, encontró a sus padres con cara de preocupación , hablaban bajito entre ellos. Su madre la llamó y le pidio se sentaran, tenían que hablar.

-Lucy, mi hermana, tu tía Elena, viene a buscarnos en un camaronero, nos vamos todos para Miami.

Lucy, casi quedó sin palabras, sólo alcanzó a balbucear entre lágrimas.

-Yo no mamá, yo no.

Lucy respiró hondo y contuvo el llanto.

-Mamá, papá, yo los amo entrañablemente, tambien amo mi carrera, siempre soñé graduarme, ser un médico de prestigio, ayudar a todos, amo tambien este país, este barrio, no podría vivir en otro sitio. Tambian amo a Adrian y queremos casarnos pronto; hacer nuestro futuro. Yo sé que papi siempre ha querido irse, desde que salió de la prisión hace años, sólo habla de eso, pero siempre pensé ese momento nunca llegaría. No puedo pedirles que se queden conmigo, pero no me pidan me vaya con ustedes; respetemos nuestras decisiones, aunque el dolor nos destroce. Yo creo en la Revolución, es imperfecta, lo sé, pero tengo fe en ella, a pesar de lo que le pasó a papi, creo en la Revolución y quiero que mis hijos nazcan y crezcan en este país.

Los padres de Lucy se miraron atónitos y desarmados. Cuando su padre quiso hablar, su madre hizo un gesto y comenzó a hablar.

-Mi hija, tú eres lo que mas amamos en este mundo y sin ti, nunca seríamos plenamente felices, pero nosotros también tenemos derecho a otra vida. Tu padre es abogado y desde que salió de la cárcel, trabaja en una fábrica como sereno; él no se merece esta vida, ni yo tampoco que sufro su situación y tener a mi madre y hermanos del otro lado del mar. Tienes derecho a decidir quedarte, nosotros a irnos.

Se volteo a su esposo y le dijo.

-Nos vamos Manuel, nos vamos.

Los días siguientes fueron de caras largas, ojeras profundas y ojos rojos; el llanto fue intenso y abundante en la casita de Cayo Hueso.

Vinieron a buscarlos de madrugada, eso evitó gritos, actos de repudio, golpes y ofensas. Manuel y Elena se iban sin saber cuando volverían a ver a su hija, pero decididos a todo, por recuperarla en el futuro.

Lucy quedo desolada, la fuerza del primer momento se derrumbo ante la certeza de la ausencia, el no volver a verlos hasta Dios sabe cuando. Adrian estuvo todo el tiempo junto a ella, apoyándola y tratando de llenar espacios. Al mes, dedidieron casarse, una boda sencilla, simple formalidad para que Adrian se mudara definitivamente a su casa.

Lucy se graduó de medicina, hizo la especialidad en Pediatría y la ubicaron en el Hospital infantil Pedro Borras, un lugar que llegó a amar y hacer suyo. Tuvo un hijo varón al que llamó Manuel, como su padre. Era feliz, aunque la ausencia de sus padres hacía incompleta esa felicidad; hay ausencias eternas.

Lucy mantenía constante comunicacion con sus padres y asi llamadas, cartas y fotos, ayudaban a paliar ausencias.

En el 94, cuando los Marielitos recibieron permiso para visitar la Isla, los padres de Lucy fueron los primeros en llegar; hicieron el viaje como en un sueño, mirando las fotos de Lucy y su hijo.

El reencuentro detuvo el tiempo en la casita de Cayo Hueso. Lágrimas de felicidad, risas, abrazos interminables y besos fueron abundantes; siempre son así los reencuentros felices.

Durante la visita Elena habló a solas con su hija.

-No voy a insistir, sólo quiero dejarte saber que tu padre y yo, en el momento que lo decidas, haremos todo por sacarlos a ustedes del país. Somos ciudadanos y tenemos buena posición económica, no nos sería difícil, creeme.

-Mamá volverlos a tener se compara sólo a la felicidad del día que parí a Manolito, los amo intensamente, pero sabes que amo mi profesion, mi hospital es como mi segundo hogar, este barrio que me vio nacer, es mío, este es mi lugar mamá. No te lo había dicho pero soy militante del partido, fue algo que no busqué, pero por mi dedicación al trabajo me propusieron y lo acepte; este es mi lugar y lo será siempre. Estamos viviendo un momento difícil, este período especial ha sido duro, pero seguiremos adelante, una vez mas; yo me quedo mamá.

No se volvió a hablar del tema. El adiós fue breve y desgarrador, como son siempre las despedidas, entre las gentes que se aman intensamente .

La vida seguía su curso, entre dificultades, guardias, trabajo y ausencias, Lucy trataba de no desmayar, de criar a su hijo con todo el amor del mundo, mientras se entregaba a su trabajo y a su hospital que tanto amaba.

Manolito crecía y se hacía un hombre, se graduó de inginiero industrial y lo ubicaron en una fabrica ruinosa, en las afueras de la ciudad. Allí se le fueron quemando sueños e ilusiones. Allí conoció a Luisito y el amor y los misterios de lo oculto. Lucy, entregada a su trabajo, entre guardias y reuniones no se dio cuenta de la especial “amistad”entre su hijo y Luisito.

Una noche de agosto Adrian no fue a dormir, Lucy pensó que seguro había tenido un accidente, recorrió hospitales y estaciones de policía buscándolo. Adrian se apareció en la casa a las 12 del día, le dijo a Lucy.

– Ven, siéntate, tenemos que hablar. No quiero engañarte, tengo otra mujer y quiero vivir junto a ella, es enfermera y las guardias juntos y el roce diario terminaron por juntarnos. Tú, no te mereces que te engañe, me voy con ella Lucy, te amé, pero el amor se acabó, tanto amor a tu trabajo, no te dejo ver que me perdías. Entre reuniones del partido, guardias y llamadas a todas horas del hospital se perdió nuestro amor. Eres una gran mujer, pero amo a Yeny y me voy con ella.

Lucy contuvo el llanto y apreto los puños para contener rabias y despechos.

-Vete cuando quieras, llevate todo lo tuyo, hasta el polvo.

Cuando Adrian se fue, Lucy lloró, lloraba por el amor perdido, por ausencias y decisiones, lloró hasta la noche que regresó Manolito del trabajo y se controló para no preocuparlo.

Una mañana, Lucy asistio espantada al derrumbe del hospital que tanto amaba, en esas ruinas, estaba también, parte de su vida. La reubicaron en el pediátrico de CentroHabana, pero nada fue como antes. Ese no era su hospital, nunca lo sería. Solo su profesionalismo impidió que nadie notara su desamor al lugar.

Una noche, al llegar Manolito del trabajo, le dijo a Lucy las palabras malditas; ven siéntate, tenemos que hablar.

-Mami, tú eres todo para mí, pero tengo 26 años y no hay futuro para mi en este país. He decidido irme del país, ya hablé con mis abuelos y van a mover cielo y tierra para sacarme. Cuando esté allá me casaré con Luisito, lo sacaré y viviremos en Miami, en una vida nueva.

-Tú y Luisito son amantes y yo en el limbo. Te vas mi hijo, no puedo pedirte que te quedes conmigo, no sería justo, sólo quiero lo mejor para ti y respeto tu decisión, aunque mi corazón se me rompa hasta casi detenerse, ¡Te amo hijo mío! .

Madre e hijo se abrazaron, se fundieron en uno; separarse fue un nuevo parto para Lucy.

Por primera vez, Lucy llamó al hospital para decir que estaba enferma y no podía ir a trabajar.

Pasó el dia sola en la casa, por la tarde salió a caminar y llegó hasta el Malecón, se sentó en el muro inmenso y repasó su vida. Decisiones frustaciones, ausencias, pasaron por su mente, volteo el rostro y vio su barrio que amenazaba derrumbarse, miró al mar y pidió consejos; no podía con tanta pena en el alma. Comprendió, de golpe, lo que antes se negaba a ver, buscó en su cartera un carnet rojo que le pesaba como plomo y sin pensarlo, lo arrojó al mar. Se desnudó de promesas y consignas, de mentiras y discursos; se parió a si misma en acto supremo de entrega a una nueva vida.

Cuando llegó a la casa, ya Manolito estaba atareado en la cocina, lo llamó.

-Ven hijo, sientate, tenemos que hablar. ¡Llama ahora a tu abuela, ahora mismo, dile que yo también me voy, que ya no aguanto una ausencia más!

Fotografía de Alberto Maceo.

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Cuba en nuestras almas, ¿Huella, cicatriz o herida?

Identidad-Arian-García-

Sergio, con sus 80 años a cuestas, parquea su auto, se baja, camina hacia la cafetería. Tomarse todas las tardes su café cubano en esa esquina, es todo un ritual. Guayabera impecable, la bandera cubana, pequeñita, reluciente, imprescindible, prendida en el bolsillo de la izquierda. El olor del café, las muchachas que lo preparan, las fotos de Cuba en las paredes, lo transportan a esa Habana de los 50s, donde transcurrió su juventud, donde quedaron sus sueños, sus recuerdos y sus ansias. Se acerca al mostrador, pide su café. Junto a él, Yohandry, un joven cubano de 29 años saborea su café mientras mira con deseo el cuerpo de Yeni, la muchacha que esta limpiando el mostrador. Se voltea, ve a Sergio, nota la bandera cubana en su guayabera blanca y sonríe.

– Cubano, ¿verdad? ¿Qué tiempo llevas en Miami?
– Si, cubano. Llevo aquí toda una vida, desde finales del 59. Aquí me casé, vì nacer a mi hijo, aquí he vivido y soñado con mi patria.
– ¡Tanto tiempo! Ya ni debes acordarte de Cuba, eres más gringo que cubano.
– Cuba no se olvida. Cuba no es una banderita en el auto o en la guayabera; Cuba es una gran bandera, prendida en el alma, para siempre. Es como una cicatriz en el alma, una herida abierta o una huella imborrable.

Yohandry lo miro, sonrío, se abrió la camisa. Ahí sobre su pecho, justo en el lado izquierdo, una banderita cubana ondeaba al ritmo de los latidos de su corazón.

– Me quisieron joder los recuerdos y el alma. Cuando estaba a punto de graduarme de periodismo, escribí un ensayo crítico sobre la necesidad de la libertad de prensa en Cuba. Al día siguiente me notificaron que había sido expulsado de la Universidad. De aquel discurso largo del rector, solo recuerdo que la gente como yo, no era digna de ejercer la profesión de periodista. Quise hablar, argumentar, no me dejaron. Creí volverme loco, sentí que mi vida se derrumbaba. Cuando llevaba una semana tirado en la cama, sin ganas, ni fuerzas para nada, la vieja entró una tarde a mi cuarto, se sentó en mi cama. Mirándome a los ojos me dijo.
“Mira mi hijo, la vida es dura, es hermosa, pero dura. Uno, sin querer, sin proponérselo, a veces tiene que vivir muchas vidas. En cada una de ellas debe imponerse triunfar, no dejar que lo destruyan, que lo amarguen. No pierdas la sonrisa, ni las ganas mi hijo, no dejes de luchar. Que este golpe de ahora, deje en ti una huella, unas ganas enormes de hacer y de triunfar. Que no te quemen el resentimiento, ni el odio. No puedes estudiar periodismo en la Universidad de La Habana, pues lo estudias en otra. Tu padre ya puso tu reclamación, yo lo autorice, quiero que triunfes mi hijo, que seas feliz, aunque para lograrlo tengamos que estar un tiempo separados. Mañana mismo empiezas a estudiar ingles y cambia esa cara, la vida es siempre un mañana. Demuéstrales a esos que te condenaron que tú tienes razón, que la libertad de prensa existe y que tú la vas a practicar“.
Así estudie ingles mientras esperaba la salida. Ya llevo aquí 3 años, en un mes me gradúo de periodista y empezare a trabajar en un periódico local. He colaborado con varios periódicos importantes. Estoy viviendo otra vida diferente de la que pensé vivir, pero la disfruto. Este tatuaje me lo hice al año de estar aquí, no para que me recordara a Cuba, fue como un intento de visualizar la huella de Cuba en mi alma, si te fijas al lado de la banderita dice Luisa, es el nombre de mi madre.
– Cuba no se olvida, es como la madre mayor, esta siempre ahí, en nosotros, una huella tremenda, una cicatriz que duele.

Mientras hablaban, Tony llego a la cafetería, pidió su café y una empanada de pollo. Alcanzo a escuchar el final de la conversación.

– Perdonen que me meta, pero me gusto esa frase de que Cuba era como la madre mayor. Yo también soy cubano. Vine cuando el Mariel, no vine, me mandaron. Vivía con mi abuelita, ella me crío y yo cuidaba entonces de ella, estaba ya viejita. Una noche que fui a Coppelia a ver a unos amigos, la policía nos agarro y nos mandaron para el Mariel, por escorias. Mi abuelita murió con mis cartas y una foto mía entre sus manos, yo hubiera dado todo lo que tengo, la peluquería, mi casa, los autos, el apartamento en la playa, ¡Todo! Por estar con ella en ese instante, pero no me dejaban entrar a Cuba. Ahora me dejan, pero soy yo quien no quiero ir. Cuba es como una herida que no se cierra del todo, que se queda a mitad de camino entre ser cicatriz o huella. Amo a Cuba, solo yo sé cuanto.

Enseño su cadena, de la que colgaba una banderita cubana montada en oro, la beso.
– Era de mi abuelita, una vecina me la trajo cuando mi abuela murió. Para mi Cuba y mi abuela son lo mismo, por eso lloro por las dos. Mis lagrimas mantienen húmeda la huella de Cuba y alivian la herida que tengo en el alma por ella.

Manolo, llevaba tiempo escuchándolos. Tomaba su café y movía la cabeza en gestos de negación. De pronto se volteo y les dijo.
– ¿Cuba? ¿Qué es Cuba? Yo prefiero olvidarla, sacarla de mi cabeza. Mi patria es la casa que tengo en Kendal, mi auto, esta es mi patria, desde hace 20 años. Mi madre esta allá, no quiere venir, le he dicho que yo no pienso ir, ni por un día y que no mandare un centavo porque después se lo embolsilla el gobierno, así de clarito.

Sergio se le encaro indignado, el rostro rojo y las manos agitándose en el aire.

– Yo vine mucho antes que tú, no tengo casa propia, ¿Sabes por que? Porque siempre estuve dispuesto a regresar, a hacer libre mi patria, siempre me sentí como ave de paso. La única herencia que le dejo a mi hijo, es su carrera. Me pase la vida dando dinero para la libertad de Cuba y ayudando a todos los que llegaban. Para hablar de la patria hay que tener la boca y el alma muy limpias. La patria no es el lugar donde uno se llena la barriga o vive bien, la patria son tus raíces, tu vida, tu futuro, es la primera vez de un montón de cosas y eso no se olvida nunca, aunque recordar, a veces duela. Tú eres un aprovechado, uno de esos que si hubiera podido vivir bien en Cuba, le importaría un carajo lo que pasara allá. Yo me fui de Cuba, para salvar mi vida, no para llenarme la panza y vivir bien como tú.

Yeni, interrumpió su labor, el trapo en su mano dejo de limpiar el mostrador y casi choca con la cara de Manolo.

– Cálmese Sergito que le va a dar algo. Manolo da pena oírte hablar. Así que tu vieja pasando mas trabajo que un forro e’ catre en Cuba y tú dándotelas de van van aquí. Ponte pa’ tu numero, que cuando la vieja se muera no quiero que vengas aquí llorando. A mi madre no le falta nada, que mucho trabajo que paso de chiquitita. Mi abuelo era preso político, de los plantaos. Mi abuela le llevaba la jaba cada vez que había visita y mucha hambre que pasamos y mucha miseria que había en mi casa. Cuando mi abuelo salio, quiso venir pa’ Miami. Mi abuela le dijo, vete si quieres, aquí terminamos, yo no voy a dejar a mi viejita. Mi abuelito se le abrazo llorando, le dijo que no la abandonaría nunca. ¿Te imaginas la vida de mi madre? No, eso es mucho pa’ ti. Cada vez que cobro, separo su dinerito y se lo mando, cuando tenga la residencia, voy a verla. Ahora es ella quien no quiere dejar a mi abuelita sola y yo lo veo bien. Cuba es mi madre, es mi abuelita, es mi abuelo muerto, mi infancia y las lagrimas de una pila e’ gente que no voy a olvidar nunca. Manolo compadre, tú lo que eres es tremendo vive bien y tremendo comemierda.

Manolo paga, se va en su auto. No quiere seguir escuchando a esa gente. Desde el auto les grita.
– Si tanto les gusta Cuba, se hubieran quedado allá, partía e’ comemierdas.

Sergio hace un gesto bien cubano y alcanza a gritarle.
-¡Viva Cuba libre!

Yohandry mira a Yeni, sonríe, la acaricia con la mirada.

– Saben, el problema es que nosotros, los cubanos, somos del carajo y Cuba, Cuba es como la madre, algo muy nuestro, muy profundo. Por la madre somos capaces de todo.

Sergio lo mira orgulloso, le pone la mano en el hombro.

– Mi hijo es que la patria, no es un gobierno, ni un partido, no podemos cargarla con culpas ajenas. Yo he sufrido a Cuba y por Cuba, durante muchos años. Allá deje mi juventud, mi primer amor. Me traje a mi madre, a mis amigos, a mi hermano, pero los recuerdos se quedaron. Sabes, no quiero morirme sin reencontrarme con ellos y rendirles cuenta, sin volver a andar por mi Habana, aunque sea solo por un día. No soy un viejo amargado, doy gracias por mi vida, por la mujer que conocí aquí y que hace 40 años me acompaña y que junto a mí, aprendió a amar a Cuba, tanto como yo. Cuba puede ser como una huella enorme, imborrable, puede ser una cicatriz o una herida abierta, pero uno tiene que imponerse vivir y luchar por esa Cuba, no olvidarla. Recordarla con amor, sin resentimiento, con una sonrisa, ella nos espera. Solo amándola podremos un día convertirla en esa “patria con todos y para el bien de todos”.

Sergio, Yohandry, Yeni y Tony, se fundieron en un abrazo. Cuatro cubanos diferentes, muy unidos en el amor por Cuba, como cuatro banderas al viento o cuatro palmas esperando el mañana.

Fotografia de la obra Identidad de Arìan Garcìa.