Una puesta de sol con Rosita.

Varias veces nos hemos encontrados, en diferentes lugares, en la Habana y en Miami. Durante años, disfrute de sus presentaciones en la televisión cubana, la aplaudi de pie en teatros habaneros. Cada uno de nuestros encuentros ha originado un nuevo escrito sobre ella, cada uno de ellos es diferente. Sin proponérnoslo, sin previa agenda, cada vez que estamos frente a frente, abordamos facetas diferentes, un nuevo ángulo del ser humano y de la artista se nos muestra. El domingo pasado, tuve otra, Cita con Rosita.

Apenas una semana antes, se había sometido a una operación. La llamé al mediodía, conversamos, le pregunte si podría visitarla por la tarde. No quería molestarla en su recuperación; seguro, te espero, respondió enseguida. Llegue con un amigo, esperamos unos minutos, mientras esperábamos, conversamos con Rosa María, su hija. De repente, se abrió la puerta, una sonrisa ilumino la tarde; Rosita, entro a la habitación, nos saludamos como viejos amigos. Ya no tengo que recordarle que soy un amigo de Robertico, gracias a él, que nos unió, para siempre, somos amigos. Una amistad, que me honra, que me permite guardar, entre mis recuerdos, encuentros con una figura que llena épocas, que deslumbra generaciones, con una mujer convertida en mito y leyenda, a pesar de su sencillez. Compartir con ella, es siempre, un Desfile de la alegría.

Rosita, converso de su infancia, de su paso por colegios de monjas, contó anécdotas de travesuras. Sin querer, sin intención, tocamos el tema de la religión. Ella, fue una de las pocas personas en Cuba, que en tiempos difíciles, nunca negó su religión, siempre tuvo en su casa, en un sitio de honor, la imagen de la patrona de Cuba, la Caridad del Cobre. Se confiesa católica, aunque su cercanía a Dios, es un poco mas directa, sin muchos intermediarios, un ser de luz, no los necesita.

Mirándola, uno olvida su edad. Cuando nos fuimos, le pregunte al amigo que me acompaño y que por vez primera la trataba personalmente; sentiste en algún momento la sensación de estar frente a una mujer mucho mas joven, fue capaz de lograr que la vieras como una muchacha joven? Sin vacilar me respondió; si, no se como lo logra, comienza a hablar a gesticular y  logra la magia de embrujarnos. Así es Rosita, así será siempre.

Conversamos, reímos, hasta nos canto fragmentos de canciones. Nos contó de las múltiples ofertas de trabajo que siempre tuvo. Mientras  trabajaba en España, le ofrecieron contratos en Francia e Italia que tuvo que rechazar; me hubiera gustado trabajar en esos países, nos dice. Rosita. Necesita otra vida para poder cumplir todas las demandas de trabajo que  le ofrecieron. Dice con modestia, que pudo triunfar, porque siempre tuvo trabajo, olvida que su talento, belleza y carisma, fueron los responsables de esas múltiples y constantes ofertas que recibía, que aún recibe.

Le lleve mis últimos escritos sobre ella, no vas a leérmelos? Me pregunto, uno solo, le dije. Le leí mi escrito, “Rosita, una habitación, recuerdos, fotos, historia!” se le humedecieron los ojos, cuando termine de leerlo, apretó los papeles contra su pecho y me decía;  gracias, me emocionaste! Me pidió que le leyera también “Mejilla con mejilla“, que escribí la noche que vi su película, accedí con gusto, quien podría negarse a un pedido suyo.

Mientras conversábamos, el sol se iba ocultando, sus últimos rayos la envolvían y daban un tono rojizo a la habitación. Pienso que tal vez el sol decidió ocultarse un poco antes, quiso dejarnos a solas con Rosita, iluminando la tarde.

Al irnos, como siempre, nos acompaño hasta la puerta, le di un gran beso, te quiero mucho, le dije, lo se, respondió mirándome a los ojos y me beso.

Creo que realmente Rosita, vino a traernos la primavera, su presencia en Miami, disolvió los últimos restos del invierno. Nuestra Rosita, se basta para cambiar estaciones, iluminar tardes y noches, convocar arco iris. Coincidir con ella en tiempo y espacio, una suerte, compartir con ella, escucharla hablar de su vida, de su paso triunfal por el arte, un privilegio, un regalo extra que mis escritos y mis amigos me han dado.

Mientras escribo, convocando la presencia e inspiración de Rosita, la escucho cantar, a veces, dejo de escribir, miro unos minutos sus videos, sus fotos, Rosa, se hace presente en mi habitación. Escucho una canción, “Voy a empezar de nuevo”, recuerdo cuando la estreno en el teatro inmenso de La Habana, sus palabras al publico; ustedes dirán, hasta cuando va a estar empezando de nuevo esta mujer! Mientras vivas Rosita, responden entre aplausos tres generaciones de cubanos!

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Atardecer en La Habana.

El sol, no dice adiós igual en todas partes, un atardecer en La habana, tiene un encanto especial, un toque mágico. Un atardecer en La Habana, es la despedida de dos amantes.

Mis amigos, saben que tengo un estrecho vínculo con el sol, tal vez por ser un signo de fuego, tal vez sólo porque amo la luz. Entre un amanecer y un atardecer, prefiero siempre ver la salida del sol. Aún así, no puedo dejar de amar las puestas del sol en La Habana.

Ver al sol marcharse, decir adiós a la ciudad, despedirse casi con un beso, es un espectáculo único. Los que lo hemos visto, no lo olvidaremos nunca y lo evocamos en la distancia. A veces, me ha parecido ver a La Habana, tender los brazos en un desesperado intento por retener a su amante, solo lo deja partir cuando le susurra al oído, vuelvo mañana. Desde el malecón, al horizonte estalla, en colores, un estruendoso beso de despedida.

Siempre digo que La Habana, es una ciudad donde el amor habita en cada esquina. Los habaneros, los cubanos en general, somos dados al amor. Amamos a plenitud, sin trabas ni racionalizaciones, tal vez porque el amor aún en los momentos más difíciles, nunca pudo ser medido, ni asignado en cuotas. Disfrutamos esta abundancia única y feliz, la disfrutaremos siempre. Aunque amamos a cualquier hora del día, bajo lluvias, ciclones, truenos, amenazas de guerra y movilizaciones, cada puesta de sol, nos trae siempre una invitación al amor. Nosotros, obedientes, nunca rechazamos la oferta.

En algunos lugares, el sol se pone de pronto, anuncia su partida y desaparece en segundos. En La Habana, una puesta de sol, es una fiesta de los sentidos, conlleva tintes rojizos por toda la ciudad, es un despedirse sin querer, un alargar intencionalmente la partida, un beso que se alarga y disfruta intensamente. El sol, se despide lentamente y las sombras y fantasmas, comienzan a salir, se adueñan de la ciudad.

Cada viaje a mi ciudad, a los brazos de mi madre es un amanecer a toda luz, cada despedida, un atardecer. Mi madre, no me retiene, sabe que me faltarían las fuerzas para desprenderme de sus brazos. No le digo vuelvo pronto, ella sabe, con certeza que lo haré. Nuestro atardecer, no tiene tintes rojizos, tiene el color y el sabor de lágrimas retenidas, de besos aplazados. Yo, seré siempre su sol, ella, mi ciudad que me espera. Entre amaneceres y atardeceres, transcurre nuestra vida, la de muchos.

 

A pesar que la partida del sol, durante muchos años, ha estado acompañada por la pregunta; tendremos apagón esta noche? Los habaneros se recrean con el atardecer, aprendimos a ver el lado bueno de todo, apostamos siempre por la alegría y el amor. Nos sentamos en el muro del malecón a deleitarnos con cada puesta de sol, olvidamos por unos minutos dificultades y sueños rotos. Dejamos que el embrujo de una puesta de sol en nuestra ciudad, nos posea. Cuando llegue la noche, nos haremos preguntas que tal vez quedaran sin respuesta, pero guardaremos en el corazón un poco de la maravilla repetida día a día, de la puesta de sol en La Habana.

 

El sol se pone, llega la noche, soñamos, suspiramos y amamos. Cada puesta del sol, trae la esperanza de un luminoso amanecer, de un nuevo y especial día que esperamos y que poco a poco, empieza a asomarse en el horizonte de la patria.

¡El Malecón!

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“Morire un día de lluvia, corriendo desnudo bajo el agua, me disolveré sin notarlo, no iré a parar a alcantarillas, ni siquiera a rios, iré directo al mar, me convertiré en ola, y con fuerza incontenible rompere día y noche , una y otra vez, en el malecón, soñando saltarlo e inundar mi Habana”.

La Habana, es como una mulata tendida al mar y al sol , para no mojar su pelo en el mar y dormir siestas y soñar, se invento una almohada y le llamo; Malecón. Son muchos años de trajines, años de ver hijos partir y sentir sus brazos cortos para sujetarlos, retenerlos y ella sigue ahi, reposando, pensativa y cansada en el malecón. A veces se apoya en él y trata de ver un poco mas allá, aún lejos sigue cuidando de sus hijos. Una madre, nunca abandona a sus hijos, no importa la distancia, ni el tiempo.

La Habana, es una ciudad que se desborda al mar, como si quisiera ser ola y recorrer el mundo, el malecón la contiene. Los habaneros, los cubanos en general, aprendimos a mirar al mar y ser parte de él desde que nacimos. El malecón es como un gigantesco sillón donde los habaneros se sientan, conversan, sueñan, aman y suspiran. Todos nos hemos mecido alguna vez en él. Mecido, amado, reído, llorado, no hay verbo que no hayamos conjugado en el malecón, en todos los tiempos y personas. Cuando se nos acabaron los verbos los inventamos, que para eso somos cubanos y en inventar, no nos gana nadie. El malecón nos ha acogido siempre. Cuando los cines casi cerraron y la funciones teatrales languidecian, él continuo con sus brazos abiertos en funciones interminables. El malecon ha sido bar, teatro, cabaret, carnaval, rumba, show de travestis, conga y reunion, fiesta y debate, todo lo imaginable. A veces se nos va la mano y creo que se estremece queriendo protestar, La Habana, le susurra, son mis niños, dejalos y él, amante y comprensivo, nos deja hacer, nos dejará hacer, por siempre.

De La Habana, nuestra Habana, me despedí una noche de domingo sentado en el muro del malecón, salpicado por las olas, batido por el viento, dije adios a mi ciudad, hable con las piedras, con las olas y el viento, las acaricie, les prometí volver. Cumplí mi promesa, hay muchos que no han podido volver. Hay quienes se fueron para siempre y La Habana los espera aún, segura de regresos y amaneceres. Tal vez un día, quienes vendrán seran sus hijos a cumplir la promesa de los padres. Se sentarán en ese gran sillón tendido al mar, mirarán al cielo y bañados de sol y agua dirán; gracias por hablarnos siempre del malecón, ¡Gracias por no permitir que dejaramos de ser cubanos!, disfrutaran en el lugar exacto de ese orgullo de ser cubanos. Se extasiarán en la belleza de una Habana que solo conocieron en historias, verán la puesta de sol, caminarán descalzos al encuentro de hermanos desconocidos y fundiendose con ellos en un abrazo sin final, mirarán al cielo y dirán; ¡gracias dios mío! Todos estaremos allì ese dìa.