Yuya, una vieja cojonúa y confundìa.

Mujer Fotografia de JD'strades.
En el barrio de Cayo Hueso, en pleno corazón de La Habana, son las 9 de la noche, Micaela toca a la puerta de la casa de Yuya, su vecina y amiga de los años, casi una hermana.

– Yuya vamos, en unos minutos empieza la reunión del comité. Hoy toca estudiar un material que bajaron de arriba.
– No Micaela, yo no voy
– ¿¡Que, qué!? Si tú eres siempre la primera en todas las reuniones, la primera en la guardia, la número uno en todas las marchas. Cuando le dieron el de pie a los cederistas destacados, ya hacia ratón y queso que tú habías desayunao. Como no vas a ir Yuya, déjate de jueguito, ponte un pañuelito pa’ taparte esas pasas que las tienes encendía y vámonos pa’ la reunión.
– Que no mi santa, que no voy, estoy muy confundía, mejor me quedo en casa tranquilita.
– ¡Confundía tú! Si siempre me has aclarado la mente cuando no entendía algo. Si siempre tenías la respuesta lista para cada pregunta.
– Es cierto. Cuando mi hermana se fue y me negaron la plaza de jefa de producción, por mantener correspondencia con familiares en el extranjero, me queda callá. Seguí haciendo mis guardias, mi trabajo voluntario y siendo la trabajadora más destacada de mi fábrica. Me dolía escuchar que mi hermana y los que eran como ella, eran unos gusanos, pero me aguantaba y seguía trabajando duro. Cuando tú me decías que los mandara a todos pal carajo, yo te explicaba que los enemigos del norte, los que nos tenían bloqueados, utilizaban cualquier vía para penetrarnos. Que aunque a mi no había quien me cambiara las ideas, el partido desconfiaba de los que mantenían relaciones con familiares en el extranjero.
– Si Yuya, pero cuando en el 79 empezó lo de la comunidad y yo andaba to’ confundía, tú fuiste quien me explico todo y me aclaro la mente.
– Poder volver a ver a mi hermana, abrazarla, ver a la vieja feliz, no necesitaba explicación para mi, era como un milagro Micaela. Pensé que se habían dado cuenta que estaban equivocados y lo agradecí, por eso le explicaba a todos que éramos hermanos y que eso era lo que importaba.
-Cada vez que anunciaban una nueva racionalización, tú la apoyabas. Que si una libra menos de azúcar, que si el café mezclado, que si la carne de res perdía, lo que fuera, siempre me explicabas que los sacrificios eran necesarios, que vendrían tiempos mejores. Que la culpa de to’ la tenia el maldito bloqueo.
– Es verdad, lo apoyé todo y lo volvería a apoyar, si el momento volviera y yo volviera a ser la misma Yuya de entonces. Creí en esto con el corazón, equivocá o no, esto era lo mío y lo defendía.
– ¿Y cuando el Mariel? Ni tú, ni yo estábamos de acuerdo con los actos de repudio y no fuimos a ninguno. Cuando Yusimì se apunto pa’ irse y le querían tirar huevos y hasta darle golpes, tú te paraste en medio de la calle y les dijiste que pa’ tirarle huevos a ella, tenían que tirártelos a ti. Todos se fueron, a ti siempre te han respetao, tú eres una vieja cojonúa, tú te mandas y te zumbas. Yo andaba confundía y tú me explicaste que si las bajas pasiones, que si la revolución no era la culpable de eso, que eran errores que se cometían, vaya que me convenciste y seguimos en la luchita.
– Así lo creí, aunque fue algo que me golpeo fuerte, pero mi fe en to’ esto era mas grande.
– Cuando tuviste que esconder La Caridad del Cobre en el cuarto, para que nadie la viera y no fueran a decir que tu hija tenia creencias religiosas y tuviera problemas pa’ lograr un buen trabajo al graduarse de la universidad, ¿Te acuerdas? Tú fuiste quien me explico lo del papel de la iglesia y que había que estar unidos, que el enemigo del norte era poderoso y nos querían vencer.
– Lo recuerdo muy bien y también cuando vino el Papa y tú viniste a decirme, ¡Qué es esto Yuya, una misa en la plaza de nosotros! Y yo te explique que la Revolución era mas fuerte ahora y podía permitir las religiones, que cristianos, santeros y revolucionarios, todos éramos hermanos. Que a pesar del bloqueo y los intentos de los enemigos del norte, avanzábamos.
– ¿Te acuerdas cuando el periodo especial?
– Como no voy a acordarme, si a veces ni se como sobrevivimos. Entre los apagones, la opción cero, la comida perdía, las guaguas desaparecías, quien me iba a decir que a mis años, iba a andar en bicicleta por La Habana. Gracias a mi hermana y a Yusimì, que nos mandaban lo que podían, pudimos escapar.
– Si, pero tú me explicabas que si el campo socialista ya no existía, que si los rusos se habían ido pal carajo, que si había que resistir. Recuerdo que una noche, en uno de esos apagones de 8 horas, me dijiste que el culpable era el imperialismo, que nos tenían bloqueaos, pero que resistiríamos.
– Lo recuerdo como si fuera hoy, abriste los ojos como platos y tuve que explicarte durante horas todo el rollo del bloqueo al detalle. Todo lo que perdíamos por tener que comprar lejos lo que podíamos comprar aquí cerquita, las maquinarias, alimentos, hasta las medicinas.
– Sabes, yo no te entendí muy bien, pero como siempre he confiado en ti, también termine diciéndole a to’ el mundo que la culpa era de los imperialistas, de los yanquis. Me pasaba como con las consignas, aunque no las entendiera muy bien, las repetía.
– Así hemos estado mucho tiempo Micaela, mucho, repitiendo consignas y echándole la culpa de todo al bloqueo. Siempre escuche y repetí, que los imperialistas, los enemigos del norte, querían acabar con nosotros, que su injusto y criminal bloqueo era el culpable de todo. Mi hermana me insistió muchas veces que fuera a visitarla, aunque fuera un mes, nunca quise ir, sabes por qué, tenia miedo Micaela. Miedo de que los enemigos del norte, no fueran tan malos como decían. Una necesita algo en que creer, en que apoyarse pa’ poder soportar todo esto.
– ¿Y ahora que te pasa Yuyita, por qué no quieres ir a la reunión? ¿Vas a dejar a esta negra confundía y sola? Creo que van a hablar del asunto ese de las relaciones con los americanos, deberías de ir conmigo.
– Eso es precisamente lo que me tiene mal, confundía. Yo creo que tengo guayabitos en la azotea. Me alegro porque ya es hora de que vivamos en paz. Llevamos años preparándonos para una guerra que no llegó nunca, mucha gente ha muerto en ese mar, tratando de irse. No es hacer borrón y cuenta nueva, es por lo menos ver un rayito de esperanza, una mejoría y por eso me alegro, allá esta mi hermana y los hermanos de mucha gente de acá, pero mi alegría no es completa, también estoy triste, muy triste, dolida y confundida. Si los del norte no son nuestros enemigos, si todos los males no vienen de allá, si de pronto es ¡Cuba si y Yanquis también! ¿Quien es entonces el culpable de todo? ¿Quién nos hizo pasar estos trabajos? ¿Quién paga por nuestros muertos, por nuestra hambre, por nuestra angustia? ¿A quien coño le echamos la culpa de todo ahora? ¿Quién responde por todo lo que hemos pasado? Por eso no voy a la reunión.
– Sabes qué, yo tampoco voy, me quedo contigo mi santa.

Fotgrafia de JD’strades

Cuca y Mimì, dos hermanas, una noticia y el mañana.

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Cuca, se despertó esa mañana antes de lo habitual. Presentía que algo iba a suceder, coló su café, lo bebió sorbo a sorbo, encendió el radio. La noticia la sorprendió, aunque llevaba tiempo esperándola, ansiándola, como empujándola a que sucediera. La reja que separaba las dos aceras seria derribada, las dos aceras ya no serían más enemigas. Sonrió, enjugo una lágrima y puso a colar más café, esa mañana necesitaba una taza de más.

Se sentó en el portal y empezó a recordar. Los recuerdos cuando se sienten convocados, son como torbellinos, vienen todos de golpe a sacudirnos la vida, a estremecernos el suelo que pisamos. Recordó cuando su hermana Mimí decidió irse en el éxodo masivo del 80. Los vecinos gritando en la puerta de la casa, ¡que se vaya, que se vaya! Los huevos golpeando las paredes del portal. A su madre que abrió la puerta de golpe con su vestido azul, blanco y rojo y los enfrento a todos, los reto en el gesto y la palabra.
– Todos somos uno, basta de gritos y de consignas absurdas. No tiren ni un huevo más, llegara un día que se arrepentirán de huevos rotos y golpes entre hermanos. No importa de qué lado se viva, lo que importa es lo que hay en el corazón, ¡atrévanse conmigo y dejen a mi hija tranquila!
Todos bajaron la cabeza y se fueron.

Recordó a su mamá en su lecho de muerte con la foto de Mimí entre sus manos. Su hermana, en la acera de enfrente no pudo asistir ni al velorio, le toco llorar por las 2, con lágrimas que pesaban como piedras.

Recordó a Luisito, un compañero de estudios de su hijo, un día lo cogieron, de madrugada, tratando de cruzar la cerca que separaba las dos aceras. Uno que vigilaba la cerca, lo mato de un disparo. Su madre perdió la razón y termino colgándose de una ceiba, no pudo con tanto dolor.

Se acordó de Sergio, uno de los primeros en irse a vivir a la acera de enfrente, no tuvo otra opción. Se enfrentó en una asamblea a los que mandaban en esta acera y lo condenaron a muerte. Desde la otra acera, no dejo nunca de pensar en su hogar y en su familia, nunca más volvió. Estaba viejo, pero sus ojos brillaban cuando hablaba de su acera y sus palmas, sus noches y su sol. Todos los días lloraba por volver a su acera, por derribar con sus manos a los que la dominaban y sometían; no quería morirse sin que todo cambiara del otro lado.

Cuca fue al jardín, corto dos girasoles y se los puso a la Virgen que tenía en la sala. Se sentó en el sillón que fue de su madre, sintió su olor, su presencia. Sintió la risa de los niños jugando, en la risa de los niños, destellan la esperanza y el mañana.

Recordó a todos los que se habían enriquecido a costa del dolor del pueblo en las dos aceras. A esos que especulaban con dolores y sufrimientos de familias. A los que gustaban de fama y renombre, levantados sobre familias separadas y muertes sin anuncios, ni despedidas. Se pasó las manos por su pelo canoso, apoyo los codos en sus piernas; suspiro, un suspiro de más de 5 décadas. Escucho el timbre del teléfono.
– Oigo.
– Mi hermana soy yo, ¿Oíste la noticia?
– Si Mimí, estoy digiriéndola, bajándola con un buche de café.
– Acá esto está de locos, hay gente aplaudiendo y gente gritando, ¡Traición, traición! ¿Qué te parece a ti?
– ¿A mí? Yo me alegro Mimí, aunque tumben la cerca, por el momento del lado de acá, todo seguirá igual, en apariencia. Sin la cerca en el medio de las dos aceras, los que mandan de este lado, irán perdiendo el control absoluto poco a poco. Yo, ya estoy vieja, pero sabes, antes que llamaras escuchaba a unos niños reír, ellos se merecen un mañana mejor. Un futuro sin consignas, ni carteles. Ya no podrán culpar de todo a los vecinos de enfrente y como diría Chencha, la culpa no puede caer en el suelo, vamos a ver a como tocamos ahora.
– Yo también me alegro mi hermana. Si la cerca no resolvió nada y ustedes siguen cada día mas jodios y nosotros sufriendo por ustedes, tumbémosla y apostemos por los cambios, sin olvidar a muertos, ni sufridos.
– Así es mi hermana, sin olvidar, pero sin que el odio o las heridas personales, pesen más que el interés de todos. Prohibido olvidar, pero también prohibido manipular e imponer criterios.
– Así es mi hermana. Estoy contenta, pero respeto a los que están tristes, a los que no han ganado ni un centavo a costa de este dolor de años y se sienten traicionados. Los comprendo, admiro y respeto. Sería incapaz de ponerme a festejar delante de ellos. Hay que saber respetar los años y las heridas de esos viejos que lo único que quieren es ver a nuestra acera libre.
– Sin dudas es un momento histórico, apostemos porque la historia cambie a partir de hoy. Mi hermana, le puse dos girasoles a la Virgen, uno por ti y otro por mí. Mi hermana un beso, te quiero mucho. Vamos a colgar que esta llamada te va a costar un dineral.
– Un beso mi hermana del alma. Eso hemos sido siempre dos hermanas, capaces de saltarse ¡Todas las cercas del mundo!
Cuca, volvió a su sillón en el portal, vio un cartel, descolorido por el sol, que de pronto se había vuelto obsoleto, absurdo. Entro a la casa, busco en el escaparate donde guardaba recuerdos de familias y cosas de sus padres. Allí, en el fondo de una gaveta encontró lo que buscaba, la plancho con cuidado, la perfumo con agua de colonia y subió al cuarto de arriba. Abrió el balcón, y como quien desempolva sus sueños y esperanzas, desplego una bandera prohibida al sol. Anunciando en su gesto la voluntad de un pueblo, decidido a construir su historia, con ladrillos de recuerdos y futuros, con amalgama de historias y sueños. Una historia “con todos y para el bien de todos”, sin exclusiones, ni voces dominantes. Cuca desde su balcón sonrió al mañana y aposto por los cambios, mientras bebía un sorbo del café de la esperanza.

Fotografia tomada de Google.