Perdido entre recuerdos.

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A veces, me pierdo en los recuerdos,
Me busco y desespero al no encontrarme,
Ignoro donde oculto de mi mismo, me escondo del presente y del futuro.

Perdido entre días pasados, caricias y besos que negué,
Me busco sin hallarme, me grito enloquecido, buscándome, escondido en recuerdos muy pequeños, pero míos.
Mientras, me oculto en una carta que no escribí, por miedo a la respuesta, al desconsuelo.

Me miro sin verme, me llamo sin respuesta,
Salgo a la calle y al mundo, llamándome en cada esquina del recuerdo.
Me hago el sordo, me engaño, no respondo a mis gritos.
Sigo perdido de mi mismo, es difícil esconderse de uno mismo,
Perderse en los recuerdos.

Tomo el color de fotos viejas, me busco en ellas, no me encuentro,
Reviso mis escritos, uno a uno, entre palabras, sería el sitio perfecto, para perderme un día. Ellas me ocultarían de miradas, de búsquedas y luces. Protegerían mis ganas de esconderme en los recuerdos, perderme entre ellos para siempre.

Cansado de buscarme sin hallarme, me iría hasta La Habana, escucharía voces y ruidos familiares. Sin saber como, mis pasos me llevarían hasta mi madre, todos mis caminos conducen hasta ella.
Allí, entre sus brazos, protegido de vientos y tormentas, me encontraría a mi mismo y sonriendo, diría al oído de los siglos, que ganas de quedarme en este sitio, para siempre.

Sin ganas de escribir.

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Muchos amigos me preguntan por mi próximo escrito, ¿Escribiste algo en La Habana? ¿Tomaste alguna nota? Esperan ansiosos mi próxima entrega, les confieso algo; no tengo ganas de escribir. No es que las musas anden de vacaciones como dice Serrat; mi musa trabaja 24/7, no me abandona. Este viaje a mi ciudad, a los brazos de mamá, fue rico en emociones, intenso, casi podría decir; un viaje a mi infancia, a mis raíces. Tengo aún frescos en la piel, los besos de mi madre y las gotas del mar salpicándome al golpear contra el malecón. Mis pies aún sienten su andar por las calles de mi ciudad. Cierro los ojos y revivo cada instante, cada detalle y palabra, caricia o pedazo de mi ciudad recorrido.

No, no tengo ganas de escribir, tengo ganas de cerrar los ojos y evocar la semana vivida, de mirar una y otra vez las fotos, revivir cada instante, materializar los recuerdos de algún modo. Si me sentara a escribir, no podría. No es ausencia de palabras, es abundancia. La Habana y mi madre, me regalaron montones, multiplicaron las mías, les dieron fuerzas y aliento. En vez de escribir, quisiera conversar. Reunir a mis amigos y decirle que feliz fui y soy. Solo quien vive esa alegría del regreso, quien escucha en el oído, en el momento del primer abrazo; ¡cuanto tiempo sin verte, que ganas que llegara este momento! Sabe lo que siento, por que no tengo ganas, ni puedo sentarme a escribir, con tantos recuerdos y emociones en torbellino por mi alma y mi mente.

Si amigos, la vida puede resumirse en un beso, en un abrazo. Un instante vale por años, por siglos, por vidas pasadas y por venir.

Podría decirles un montón de cosas, vestirme de poeta y escribir que La Habana, se invito a mi casa, que temprano en la mañana, un martes 19, luciendo su bata blanca con cintas y lazos rojos y azules, despertó a mi madre con un beso, se sentó junto a ella y le dijo.

-Recuerdo hace 85 años, el día que naciste, siempre supe que ibas a ser feliz y a vivir mucho, pero nunca imagine que íbamos a compartir el amor de tu hijo, que ese amor nos ayudaría a ambas a vivir, que nos haría hermosas, eternas.

Que mami, emocionada y llorosa le dijo.

– ¡Soy tan feliz! Inmensamente feliz, esta alegría de hoy, compensa de cualquier pena. Siempre estamos unidas, pero cuando el viene, es como una fiesta que nos inventamos entre los tres.

Que entre al cuarto con tres tazas de café. Mami, mientras tomaba su café hizo un gesto a la Habana, que se volvió a mi sonriendo.

-Y ese libro Jose, ¿Cuando acabas de publicarlo? Tu madre y yo queremos apretarlo contra el pecho, hojearlo, releerlo. Tu mamá tiene 85 anos y yo casi 500, a nosotras eso de la Internet nos confunde, queremos un libro, no lo pospongas más. Concha, no te preocupes que yo tengo en Miami varias amigas que le caerán arriba con la pituìta del libro; este año tendremos el libro con nosotras, ¡Ya veras!

Reímos juntos con esa risa clara y fresca que nace de la felicidad pura. Terminamos abrazándonos los tres. La Habana, era una ciudad hermosa, iluminada, sin ruinas ni escombros, mi madre volvió a tener 30 años y yo fui un niño, de la mano de ambas, recorriéndolas y dando mis primeros pasos. La risa, tiene propiedades mágicas, desconocidas por muchos. Mientras reíamos juntos, los recuerdos tristes se olvidaron, las penas se alejaron. Cuando reímos así, nos renovamos, nos quitamos el polvo de los años, deberíamos reír así más a menudo. Reír, debería ser obligatorio.

Si tuviera ganas de escribir, les describiría la felicidad. Ser feliz, es un don que a veces depende de nosotros, cualquier sacrificio por lograrlo vale la pena. Hacer feliz a quienes amamos, verlos reír, iluminarse de dicha y amor, no tiene precio. La felicidad es volver a ser niños con la experiencia de hoy, recostarnos en las piernas de mama y dejar que sus manos hagan el milagro de desenredar penas y años. La felicidad tiene un espacio y tiempo exacto, solo hay que saber encontrarla, desandar caminos, ir tras ella, lucharla, como decimos los cubanos. Una taza de café compartida, un almuerzo especial, despertar a mamá, con un beso, volver a nuestros orígenes, a ser los de siempre, abrazar junto al mar a quienes amamos, dejar que el mismo mar que nos separe, nos bautice de alegría y dichas, son instantes que conforman la felicidad de muchos, la mía, la nuestra.

No amigos, no tengo ganas de escribir, en otra ocasión les contare de este viaje a La Habana, de la sonrisa de mi madre, de reencuentros y alegrías. Hoy, realmente no podría, les debo ese escrito. Ahora voy a dormir, quiero soñar con mis recuerdos.

Orgullo de ser cubano.

Cuba, tomada de la pagina de Jorge D'strades.
Salio de Cuba, muy joven, casi un niño; apenas 12 años. Al principio extraño a sus amigos y a la novia que había dejado sin siquiera despedirse. Poco a poco se fue incorporando al mundo que le rodeaba. Aprendió ingles muy rápido, a pesar de los regaños y las peleas, se negaba a hablar español en la casa. De nada valieron las conversaciones sobre Cuba, las fotos que le enseñaba su abuela; Enrique, se sentía americano. Su pasado había sido borrado, como si alguien hubiera olvidado ponerlo en su equipaje; quedo allá, en La Habana, en algún paquete que alguien olvido recoger a ultima hora, abandonado en una gaveta.

Cada vez que su familia viajaba a Cuba, inventaba algún pretexto, que si exámenes, que los estudios, la novia; el punto era que no le interesaba volver. Su isla, suya a pesar del desamor, parecía borrada de sus memorias y su amor.

Cuando se hizo ciudadano americano cambio su nombre por Henry, hasta pensó en cambiarse el apellido, ese Pérez, no sonaba muy bien entre sus amigos americanos. No lo hizo por temor a un disgusto familiar, su padre no se lo hubiera perdonado nunca.

Cuando cumplió los 19 años, decidió mudarse solo. Su madre le dijo
-Enriquito, aquí tienes tu cuarto independiente y no tienes que pagar renta, yo te atiendo y puedes ahorrar, tienes más tiempo para tus estudios.
-Mon, vivir aquí es como seguir en esa Cuba de la que tanto hablan ustedes y yo soy americano. No quiero encontrarme una banderita cubana en cada esquina y adornos con palmeras y cocodrilos dondequiera, es hora de vivir a mi manera.
-Ven hijo, siéntate, hablemos dos minutos. Sabes que si nos fuimos de Cuba, fue por ti, si hoy estudias en una buena Universidad, manejas un buen carro y tienes un buen futuro, fue por el sacrificio de estos tres viejos que lo dejaron todo para poder darte una mejor vida. Muchas cosas no nos gustaban allá, pero teníamos nuestra casa, nuestra vida, nuestra Patria, solo por ti, fuimos capaces de dejarla. Me duele el alma cada vez que desprecias tu origen, que reniegas de ser cubano, somos lo que somos por ser cubanos, eres como eres, porque eres cubano, mi hijo, aunque te duela.

El padre, que escuchaba la conversación, solo dijo.
-Déjalo vieja, ya un día Cuba, vendrá a él, a recordarle su origen, morirá siendo cubano y amando nuestra bandera, ya veras, déjalo ahora. Hazme un poquito de café, un buen café cubano.

El día de la mudada, su abuelita, una viejita que se crío entre palmas y cañaverales, entro a su cuarto, silenciosa, arrastrando los pies.
– Se que no la amas o que crees no amarla, pero para mi, es como un talismán que me protege de todo lo malo, me la regalo mi padre antes de morir, me dijo que tenia muchos años, que era mambisa. No te pido que la pongas en un lugar visible, guárdala en una gaveta si quieres, déjala cuidarte, por favor, no me la desprecies, me matarías.

Saco una vieja bandera cubana y la doblo cuidadosamente en la maleta de Enrique, que asombrado, fue incapaz de oponerse, la dejo hacer sin pronunciar palabra.

Enrique visitaba poco a su familia, aunque hablaba a menudo por teléfono con ellos. Su intento de americanizarse del todo, no le permitía mucho contacto con esa casa, donde se respiraba Cuba, en cada esquina. Su vida transcurría más al norte, entre gringos y coffees, whiskys y hamburgues.

Un día, mientras disfrutaba su coffee en un Starbucks, recibió una llamada, un número desconocido, pensó ignorarla, pero algo le hizo responder.
– Hello, who is calling?
– Enriquito, soy yo, Jorge, el negro, no me digas que no te acuerdas de mí. Tu abuelita me dio tu número cuando estuvo en Cuba, me dijo que cuando llegara, te llamara enseguida, que necesitabas hablar conmigo.

Enrique, se sentó; Jorge el negro, en Miami. Recordó de pronto toda su infancia olvidada, cuando corrían descalzos por la cuadra y compraba durofrios y pirulíes en la casa de la esquina. Enrique, comenzó a sudar, sus manos temblaban.

– Dime negro, ¿Como estas? ¿Cuando llegaste? ¿Donde estas?
– Acabo de llegar, estoy saliendo del aeropuerto, el puro tuyo vino a recogerme, dice que mientras encuentre trabajo y levante presión, puedo quedarme con ellos, en tu cuarto, que ahora esta vacío. Tu viejo es de oro.

Sin saber como ni por que, Enrique comenzó a llorar, los primeros años de su vida, su infancia, se aparecía de golpe ante él. La voz del negro, de su hermano de niñez, hacia el milagro de revivir recuerdos.

– Voy para allá, te recojo y esta noche te quedas conmigo, creo que abuela tiene razon; necesito conversar contigo.

Los 40 minutos de viaje al sur, le parecieron horas. Llego a su casa, se asombro de no mirar de reojo la bandera cubana de la sala, hasta el olor a café recién colado, por vez primera, no le molestaba. Abrazo a todos, el último y más especial de todos los abrazos fue para Jorge.

– Coño negro, tienes un olor raro, extraño, pero me gusta.
– Es olor a Cuba, mi hermano, a la tierra.

Su mama, le susurro al oído al viejo; yo oí mal o ¿dijo coño?

Comieron juntos. Todos intercambiaron miradas y sonrisas cómplices; Enriquito, por vez primera saboreaba los frijoles negros y la yuca hervida con mojo y hasta repetía. Cuando terminaron, la abuela sirvió el postre.
– Se que no te gusta, pero lo trajo Jorge, no le hagas el desaire.

Le puso enfrente un plato con mermelada de guayaba y queso blanco. Enrique lo devoro, hasta limpio el plato.

Al final la abuela sirvió el café, todos se sorprendieron cuando Enrique, reclamo su taza de café cubano. Se hicieron señas y la mama fue corriendo a la cocina a traerle su taza.

Después de la sobremesa, Enrique le dijo a todos.
– Nos vamos, les robo al negro por una noche, tenemos mucho de que hablar.

Llegaron al apartamento de Enrique, pusieron sus cosas en la sala. La cara de Jorge, se contrajo.
– Perdóname mi hermano, pero aquí hay algo raro, voy a quitarme la camisa y tratar de encontrarlo.
Se volteo de espaldas y se quito la camisa. Enrique tembló cuando vio el tatuaje en su espalda, lo toco.
– Es Cuba, dijo en un susurro.
– Si mi hermano es Cuba, no quería que me pasara como a ti, que la olvidaste y me la tatué en la piel y en el alma.

Jorge , sin camisa, comenzó a buscar, sabia que algo había en ese apartamento fuera de lugar, algo que no estaba en el sitio adecuado y exigido. Se detuvo frente al gavetero del cuarto, de pronto la ultima gaveta se abrió de golpe, sin que nadie hiciera el mas mínimo gesto; la bandera cubana que había doblado su abuela, se desbordo de la gaveta, reclamando derechos y espacio. Jorge, la saco, la colgó en la pared, la miro. Jorge y Enrique se abrazaron llorando.
– Déjala ahí mi hermano, mírala todos los días. Cuba es tu raíz, tu origen, sin ella, nunca estarás completo.

Enrique se quedo mirando a su amigo, de espaldas, con Cuba en su piel, frente a la bandera, su bandera. Comprendió del todo que no importan los años lejos, aprender ingles o francés, uno sigue siendo cubano, llevando a Cuba en la piel y en el alma, dondequiera que este. Ser cubano, por suerte, nos marca para siempre, acuña nuestra vida y aliento, nos identifica y tipifica, nos da alas. Por vez primera, desde que se fue de Cuba y dejo olvidados sus raíces y recuerdos, sintió necesidad de gritar; ¡Soy cubano! Abrazo a su amigo, agradeciéndole traerle de vuelta sus recuerdos, por rescatarlo del olvido, por devolverle ¡El orgullo de ser cubano!

Fotografia cortesia de Rey D’strades, administrador de la pagina de Facebook, Yo extraño a Cuba y tu?

Importando productos y recuerdos.

Duralgina, novatropin y vitanuova
Desprendernos del todo de nuestra Isla, es difícil; imposible. Se nos metió tan adentro que esta con nosotros, donde quiera que vayamos. Siempre en el alma y el recuerdo, la hacemos presente a veces de un modo especial, a nuestra manera. Cambiamos nombres, nos negamos a renunciar del todo a recuerdos, los materializamos y traemos al exilio de una forma u otra.

En días pasados, estuve indispuesto, con nauseas, cuando me incorporé al trabajo, una compañera me pregunto; ¿Que tomaste? Gravinol, le respondí, alguien me pregunto ¿Qué es eso? Un medicamento para los vómitos, aquí lo llaman Dramamine, pero yo lo sigo llamando; Gravinol. Era como si cambiarle el nombre, cubanizarlo, hiciera el milagro de hacer presente las manos de mi madre llevándomelo a la cama. Un nombre, lograba cambiarle el efecto, mejorarlo, hacerlo capaz de curar el cuerpo y el alma.

Cuando me recuperé y conversé con uno de mis grandes amigos, sobre el malestar que había tenido me dijo; ¿Cómo no me avisaste? Yo tenía Novatropin que mande a pedir de Cuba, eso te lo hubiera quitado todo. Cuando vivíamos en Cuba, el Peptobismol, el Tylenol y otros medicamentos nos parecían la panacea universal, el non plus ultra de la medicina moderna. Ahora que estamos del lado de acá, cuando nos llega un medicamento de nuestra islita, nos parece estar a salvo; no hay enfermedad o malestar capaz de resistírsele.

Conozco un medico, especialista de 2do grado, que mando a pedir Duralgina a su mamá. Recientemente tuvo una gripe terrible y asegura que lo único capaz de bajarle la fiebre, fue la Duralgina salvadora. ¿No seria el amor con que su madre se la envío lo que hizo el milagro de mejorarlo?

Se de una persona, que manda a pedir frijoles negros, cosechados en Pinar del Río, me la imagino recibiéndolos y cocinándolos como un manjar especial; ¡Ambrosía directo desde Pinar! Hay quienes mandan a pedir la mermelada de abuela, ninguna otra, puede comparársele, solo esa tiene el sabor exacto, para convocar memorias, familiares, ciudad e Isla. Que Conchita, ni Goya, la de abuela, es la que es.

La lista de los productos de Cuba, que pedimos desde acá, es larga. Una vez un amigo me pidió, casi me suplico le trajera unas latas de Vitanuova, según me dijo; ninguna salsa para pastas podía compararse con la fabricada en nuestra Isla. Más de una vez me han pedido frazadas de piso. Les explico que siempre le llevo a mi mamá las de aquí, y que las amigas de mi hermana cuando las ven, siempre suplican les regalen una y se van felices con su frazada amarilla, que vino directo de la Yuma. De nada valen mis explicaciones; frazadas como las de Cuba, no hay, son las mejores.

De pronto, por decreto nuestro, acuñado por la nostalgia y las ganas inmensas de traernos a nuestra islita y a nuestros seres queridos hasta acá; Cuba se ha convertido en exportadora de medicinas y artículos para el hogar. Me han contado de algunos que, ahora que pueden comprar los mejores perfumes, mandan a buscar aquellos que venden en la Isla. Es solo un intento de traerse olores familiares, evocar lugares momentos, burlar la distancia y el tiempo.

Así somos, nada podrá cambiarnos. Yo, cada vez que puedo, mando a pedir las croquetas de pollo que hace mami, como esas no hay otras. Ni siquiera las que vendían en Cheesecake factory, podían parecérsele. Las ultimas, las disfrutamos un amigo y yo, seguros que ni el mejor restaurante de Miami, podría ofrecer un manjar así.

Nosotros los cubanos, si nos dejan, cubanizamos al mundo. Me imagino a Publix, vendiendo la mermelada de la abuela de mi amiga y las croquetas de mami. A Walgreens, anunciando la venta de Duralgina, Novatropin, Gravinol y otros medicamentos nuestros. En televisión, en las cadenas ABC o FOX, un anuncio de un ama de casa trapeando con una frazada cubana y diciendo feliz; la mejor del mundo. Si nos dejan, nos inventamos una Cuba en cada esquina, en cada rincón de la ciudad, porque al final y con tremendo orgullo; nuestra Isla, esta y estará presente siempre, donde exista un cubano que la ame.

Fotografía cortesia de mi hermano, Higinio Castro.( Lo descubrí)

¡Traeme La Habana y a mi madre!

Nadie sabia exactamente, como había salido de Cuba, ni siquiera el día de su llegada a Miami; apareció un buen día en la ciudad. A pesar del auto, regalo de un tío, gustaba de caminarla, en un intento de hacerla suya, de descubrir misterios. No, esta no era una ciudad para caminar, se dio cuenta muy pronto y decidió hacerla suya de otro modo; triunfando. Poco a poco fue conquistando el éxito, haciéndose parte imprescindible de  negocios e inversiones. Sin proponérselo, casi como un don, muchos lo miraban como ejemplo de emprendedor, de cubano luchador y tenaz en sus empeños. El éxito le sonreía o mejor aun; él sonreía al éxito, lo seducía y lo ganaba, se le entregaba como una amante, sin fuerzas para resistirse a sus mañas. Era popular, mas de lo que le gustaría, ser un tipo sencillo, de barrio, a veces no combina muy bien con tanta popularidad.

Nunca regreso a Cuba, no volvió a recorrer esas calles de la Habana. Cuando hablaba de su ciudad, sus ojos se humedecían y su voz adquiría un tono especial. En el fondo, a pesar del carro lujoso, de sus propiedades, de su triunfo, seguía siendo aquel muchachito que andaba las calles habaneras, persiguiendo el amor y sus sueños. El, como muchos, había cambiado solo en apariencia, por dentro era el mismo. Su tesoro mejor guardado eran sus recuerdos. A solas en su habitación, cerraba los ojos, viajaba en el tiempo y el espacio. Se veía entrando a su casita allá en su barrio y abrazando a su madre, sentándose junto a ella y hablando del día, como hacían siempre al llegar de la Universidad. Recordaba aquel día que se gradúo; recibió su diploma, fue hasta donde estaba su madre, se arrodillo ante ella y se lo entrego. Se besaron entre lagrimas, casi paralizan la ceremonia, todos olvidaron por un instante lo que sucedía para mirarlos solo a ellos. Por más que había intentado traer a su madre, siempre sus intentos se estrellaban contra prohibiciones y tramites, papeleos y absurdos.

Los que lo conocían y sabían cuanto añoraba a su ciudad  y a su madre, le preguntaban siempre por qué no regresaba.

– Vuelve a ella, aunque solo sea un par de días, le dijo un amigo.

– No puedo, quisiera, pero no puedo. Dios, sabe cuanto deseo poder volver, aunque fuera solo un instante. Una caminata, un abrazo y me regreso.

No explicaba las causas, muchos se imaginaban que se jugaba la vida en ese regreso y no insistían. Su respuesta, no dejaba margen a más preguntas.

No bastaban sus éxitos, estar rodeados de amigos. Su ciudad, la nostalgia por ella, eran un vacío que nada lograba llenar. Hasta comenzó a escribir sobre La Habana y su madre, en un intento de traérselas, de inventárselas en el recuerdo. No enseñaba a nadie sus escritos; eran solo para él, un desahogo de su alma y añoranzas. Inventaba historias de amantes que nunca tuvo, vivía aventuras en esas calles perdidas en el recuerdo y en la historia. Creaba y recreaba personajes y sitios, intentaba traer a su ciudad que como amante esquiva le hacia guiños antes de desaparecer ante él, cuando casi creía tenerla al alcance de la mano.

Un día, una amiga en su página de Facebook escribió; ¡Esta noche, me duele La Habana! Termino de leer la frase  y se llevo las manos al pecho, como si un infarto súbito fuera a terminar con su vida; su ciudad le dolía cada día, cada instante, con un dolor constante y cortante que le traspasaba el alma y los recuerdos. La Habana, dolía a muchos en la distancia, pero su dolor tenia una intensidad y un desgarramiento terrible para él. Sin ella, estaba incompleto, impar, perdido, se la inventaba en cada esquina, en cada recuerdo; constante fantasma que jugaba a los escondites, en esas calles perdidas en la memoria. Una ciudad en la distancia, puede ser como una amante, reclamando sus derechos, llamándonos. Si allì vive nuestra madre, la ciudad puede convertirse en el centro de la vida y los recuerdos.

En su intento de reinventarsela, busco entre conocidos pintores, uno que fuera capaz de pintarla, tal y como la soñaba, en las paredes de su casa. Creyó haber encontrado al mejor, lo contrato. El pintor, empezó su obra con entusiasmo. El hombre que extrañaba a La Habana, le hablaba de su ciudad, de sus recuerdos. El pintor iba creando lo que creía interpretar de sus historias. No conocía  esa ciudad de la que le hablaba. Cuando termino la primera pared, se la mostró orgulloso. Víctor la miro con tristeza y decepción.

– No esa no es mi Habana, exclamo triste y desilusionado.

Le pago al pintor y mando a pintar la pared de azul, así al menos le parecería mirar al cielo de su ciudad. Hay ciudades que no pueden atraparse en pinturas y escritos, por mas que se intente; pensó Víctor, mientras miraba la pared, recién pintada de azul.

Una vez estuvo muy enfermo con fiebre muy alta, tuvo alucinaciones; su ciudad alucinante, se aparecía una y otra vez en su habitación del hospital. Traía sus fantasmas que jugaban traviesos en su cuarto. Cuando se recupero, volvió a intentarlo todo por visitarla. Esas visiones que tuvo, se le aparecían noche tras noches, extendiéndole los brazos, invitándolo a amar. Hizo gestiones, compró pasaportes falsos, pensó en hacer el viaje desde Europa. Le contó sus planes a su mejor amiga, ella lo miro a los ojos.

– Estas loco, sabes que te juegas la vida, ni tu madre ni tu ciudad, quieren verte entre rejas o muerto.

Víctor, bajo los ojos y lloró en silencio, un llanto contenido por años, lagrimas con sabor a mar y rocío, sollozos con ruido de palmas al aire y olas golpeando contra el malecón. Un llanto por recuerdo y raíces, incontenible y necesario.

– Tienes razón, toda la razón del mundo, respondió.

Días después, Nora, su  mejor amiga fue a visitarlo, se sentaron juntos a conversar. Hablaron de mil cosas, hasta que ella se decidió y le dijo.

– Te tengo noticias, buenas noticias; hay un pájaro extraño, vive en las montanas de  África, si sabes entrenarlo bien, pronto tendrás la solución a tu problema.

– No pretenderás que el pájaro me lleve hasta La Habana, me atrevo a todo, pero eso es imposible.

-Tranquilo Víctor, el sabrá como ayudarte, depende de ti saber que hacer con él. No te preocupes por nada, aunque estamos en agosto, este pájaro será mi regalo por Navidad, mañana debes recibirlo. Es una mascota especial, ha ayudado a muchos como tú

Víctor, se despertó temprano, estaba ansioso. Paso la noche soñando con un pájaro enorme que lo cogía con el pico por el cuello y cuando estaba sobre La Habana, lo dejaba caer. Despertaba sudando y gritando, su miedo a las alturas, convertía este sueno, en una terrible pesadilla. Temprano tocaron a la puerta, en el portal, una caja enorme, firmo los papeles, entró la caja a la casa y llamo a su amiga.

– La caja es enorme ¿Qué clase de pájaro me has regalado, no será un cóndor?

Su  amiga río.

– Tranquilo, abre la caja y déjalo hacer, es muy inteligente.

Víctor, abrió la caja, un pájaro casi de su tamaño, con un pico enorme, lo miro fijo  a los ojos, como intentado adivinarle el alma y los recuerdos.

Los días pasaron, Víctor y el enorme pájaro, se hicieron amigos, muy buenos amigos. Cuando escribía, el pájaro con el pico apoyado en su hombro miraba detenidamente a la pantalla de la computadora, como si entendiera, tal parecía que podía leer. Si Víctor, se entretenía mirando fotos de La Habana, el pájaro se sentaba a su lado y las miraba, a veces una llamaba su atención y la apuntaba, con su pico.  Cuando Víctor se emocionaba y se le humedecían los ojos, creía adivinar lágrimas en los ojos del singular pájaro. Su nuevo amigo no hablaba, solo le faltaba eso para ser perfecto.

Una noche, Víctor, sintió un dolor terrible, se llevo las manos al pecho y cayo al suelo, parecía muerto. El pájaro fue a la cocina, casi trajo a rastras a la criada que llamo a amigos, ambulancias y doctores.

– Llévenlo a su cuarto, dijo su medico personal.

– No sobrevivirá si lo movemos de aquí, su estado es muy delicado.

Alguien pretendió impedir que el enorme pájaro entrara al cuarto. La mejor amiga de Víctor, la misma que se lo había regalado, fue tajante.

– Déjenlo entrar, tal vez de todos, a él es a quien mas necesita.

El pájaro, se quedo a su lado, junto a la cama donde yacía Víctor, debatiéndose entre la vida y la muerte, entre recuerdos y realidades. De pronto, Víctor abrió los ojos, miro fijo al pájaro y en un susurro que tenia la fuerza de un grito, la intensidad de un alarido, le dijo.

¡Tráeme La Habana y a mi madre, por favor!

Nora, su eterna y fiel amiga, abrió de un golpe el enorme ventanal del cuarto, el pájaro miro a Víctor y emprendió vuelo al sur.

Pasaron dos días, Víctor, seguía grave, debatiéndose entre la vida y la muerte, según los médicos, solo un milagro podría salvarlo. Por órdenes expresas de Nora, las ventanas del cuarto permanecían abiertas día y noche, en espera de algo que solo ella sabia. Una tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, se escucho un fuerte aleteo, el enorme pájaro irrumpió en el cuarto, trayendo en su pico algo extraño que no lograban saber que era. Víctor se incorporo, miro al pájaro que sacudió su pico con fuerza llenando el cuarto de olas rompiendo contra el muro de todos, lloviznas de mayo, girasoles, vendedores ambulantes, grillos y palmeras. Volvió a sacudir su pico y ante médicos y amigos asombrados pedazos de La Habana aparecieron en el cuarto, calles, muros, casas. El pájaro dio una última sacudida a su pico y apareció una viejita de pelo blanco, hermosa a pesar de los años, traída de la distancia y el recuerdo, sin permisos ni papeleos.

-¡Mama! Grito Víctor, estremeciendo las paredes y a los presentes. Se levanto de la cama arrancándose sueros y aparatos.

Se abrazaron salpicados por las olas que rompían contra las paredes del cuarto, se besaron entre mieles, girasoles y humo de tabaco. Su madre y su ciudad hacían el milagro de salvarlo.

Desde un rincón el pájaro y Nora los miraban con lágrimas en los ojos. Habían planeado juntos hasta el ultimo detalle desde hacia tiempo. Los milagros, llevan a veces el nombre de nuestros mejores amigos y afectos.

Fotografia de una pintura de Fuentes Ferrin, destacado pintor cubano que reside en Houston

La Habana en un sombrero.

“Si me obligan, me robaré La Habana.

La romperé, verás, con un martillo.

Traeré de contrabando, en el bolsillo,

la noche, nuestro mar y tu ventana.”

Eliseo Alberto Diego.

Salio de Cuba siendo una niña, apenas 7 años. No quería irse, dejar atrás sus amiguitas, su escuela. Por su edad, no tuvo otra opción que obedecer. Cuentan que al alejarse el bote de la costa, sus ojos intentaban retener su ciudad. Sus ojos inmensos miraban la ciudad, queriendo atraparla, llevársela en ellos y evocarla luego en la distancia.

María Luisa, estuvo solo unos días en Miami, viajo con su familia a New York.

– Amaras la gran ciudad, le dijeron sus primas que apenas conocía

Cerró sus ojos, evoco las calles de La Habana, su camino a la escuela, sus amigos, abrió de pronto los ojos.

-No podré, susurro. Tengo a La Habana aquí, dijo mientras se tocaba el pecho.

El tiempo pasó, la niña se hizo mujer. Creció sin olvidar el lugar donde nació. Aprendió que se puede amar a más de una ciudad, New York, era también su espacio, su lugar. En ella se había hecho mujer, estudiado, parido sus hijos, demasiados recuerdos para no hacerla suya. En su corazón, convivían sus dos ciudades, en espacios diferentes, conformando recuerdos, sueños y ansias.

Una tarde de marzo, alguien le comentó que estaban organizando un viaje de turismo a La Habana, serian solo 5 días, recorrerían la ciudad y estarían hospedados en un hotel al centro de la ciudad. María Luisa, comenzó a soñar con volver a andar La Habana, después de 23 años.

-¡Regresar a La Habana! ¡Volver a andar sus calles!

María Luisa, se llevo las manos al pecho, tratando de contener su corazón desbocado, que amenazaba salírsele del pecho.

-Cuenten conmigo, arreglare todo en mi trabajo, ¿Cuándo partimos?

-El próximo abril, abril es un mes perfecto, por eso lo escogimos.

María Luisa, se quedo pensando en su regreso a La  Habana, recordó su infancia, su partida, su dolor. Todos estos años sin volver, sin fuerzas para un regreso, la habían preparado para el encuentro aplazado e inevitable. Volvería a su ciudad a andar sus calle, buscaría en ellas su infancia, su otro yo, el que tuvo fuerzas para quedarse, a pesar de insistencias y escaseces. Antes no se hubiera atrevido, ahora sabía que su corazón estaba a mitad de camino entre La Habana y New York, ya era hora de enfrentarse a sus fantasmas. Ese reencuentro aplazado por años, seria una especie de exorcismo, lo necesitaba para estar en paz con ella misma y ser del todo feliz.

Llego el día del viaje, María Luisa, apenas durmió. Antes de salir,  recogió su maleta con sus pertenencias, tomo su cartera, beso a sus dos hijos.

-Son solo 5 días, pronto estaré de vuelta, dijo mientras sonreía.

Se subió al auto, donde la esperaba su esposo, antes de cerrar la puerta, la voz de su hijo Manuel, el mayor, la hizo volverse.

-Mama, el sombrero de abuela, siempre dijiste que si volvías a Cuba, lo llevarías. Abuela te lo pidió antes de morir, siempre dijo que lo necesitarías en tu viaje de regreso.

-Con tantas emociones, casi lo olvido, dijo María Luisa sonriendo.

Tomo el sombrero, miro la foto de su abuela en la sala, con una expresión seria y triste. Subió al auto, cerro la puerta. Recordó a su abuela, una vieja encantadora, que le gustaba tirar las cartas y que siempre decía que sabía algo de magia y conjuros.

El avión aterrizo a la hora prevista, fue la primera en descender. No escucho las preguntas del inspector que la interrogaba mientras revisaba sus documentos, un sonido extraño, la saco de su éxtasis, abrió la puerta ante ella. Espero una hora por su maleta, mientras ella miraba más el paisaje que entraba por la puerta que al carrousell que giraba y giraba, enloqueciendo a más de uno. Tomo su pequeña maleta, hizo los tramites necesarios y salio corriendo, como una niña de 7 años a quien esperan sus amiguitas para jugar.

Todo el trayecto al hotel, lo hizo con lágrimas en los ojos, lagrimas de felicidad, de alegría. Su ciudad la recibía con la mejor de sus sonrisas, un arco iris enorme se dibujaba en el cielo.

Llego al hotel, se cambio de ropa, iba a salir del cuarto,  descubrió sobre la cama, el sombrero de su abuelo, lo miró. Recordó que su abuela siempre le decía; si un día regresas a La Habana, llévalo a todas partes, no salgas sin él. Cogió el sombrero, que a pesar de los años, lucia nuevo y hasta a la moda. En el Lobby del hotel, estaban dos o tres del grupo.

-No vas a esperar al guía? Sin él, podrías perderte.

María Luisa, sonrío.

-Es mi ciudad, no podría perderme jamás.

Salio a la calle, se puso el sombrero, en ese mismo instante, empezó una historia increíble. Desapareció una de las columnas del portal de hotel. Nadie noto su ausencia, las demás columnas, se corrieron un poco, disimulando su ausencia.

Andando por la ciudad, María Luisa, reía, mientras caminaba por calles estrechas y miraba las sabanas blancas al viento, desde los balcones. Algunas de las calles, perdieron una acera o un pedazo. Un viejo, mientras fumaba un tabaco, decía

-Yo hubiera jurado que ese edificio tenia 6 balcones y no 5.

Así, poco a poco al paso de María Luisa, algo de la ciudad desaparecía sin que ella se diera cuenta, sin proponérselo.

Los cinco días pasaron rápido, siempre sucede así, cuando se es feliz. María Luisa, había sido inmensamente feliz, recorrió el barrio donde nació, anduvo por sus calles. Este viaje le sirvió para conocer sitios de la ciudad que desconocía, para hacerla mas suya. Cada segundo vivido en su ciudad, era atesorado. En este mundo, donde escasea la felicidad, un desbordamiento de alegrias y sueños, siempre sorprende, aunque sea abril y estemos en La Habana. La parte de su corazón que pertenecía a New York, no le dio mucha importancia a tanta felicidad, sabia que al final regresaría, que todo volvería a la normalidad, que seguiría siendo neoyorkina, aunque fuera solo a medias.

Cuando fue a chequear con los inspectores, hizo un gesto para quitarse el sombrero.

-No déjeselo, debe estar como en la foto del pasaporte.

¿La foto del pasaporte con sombrero? María Luisa sonrío, debe estar bromeando, pensó para si. Cuando el inspector le devolvió el pasaporte, ahí estaba ella, en la foto, con el sombrero de su abuela puesto, que locura, pensó. Fue directo al avión, miraba por la ventana la ciudad que se empequeñecía hasta desaparecer.

Al llegar, también le dijeron que no se quitara el sombrero, que debería estar como en la foto. Otra vez con lo mismo, pensó. Cuando el inspector de inmigración le dijo; welcome back, mientras le devolvía el pasaporte, vio asombrada, como en la foto, tenía puesto el sombrero de su abuela. Son muchas emociones, por eso estoy confundida pensó, sacudió la cabeza. Busco a su esposo y sus hijos que la estaban esperando. Los beso y abrazo entre lágrimas.

– ¡Mom que linda estas, pareces un hada! Exclamo su hijo más pequeño al verla.

María Luisa, llego a su casa, abrió la puerta, miro al retrato de su abuela. Desde la pared, su abuela le daba la bienvenida con una enorme sonrisa. Se sorprendió, volvió a sacudir la cabeza, tengo que descansar, pensó, han sido días muy intensos. Entro a su cuarto, se quito el sombrero que le pareció más pesado que lo usual, lo arrojo sobre la cama. En ese instante su habitación se lleno de sinsontes y colibríes, un tocororo salio volando de entre las sabanas. Olas rompiendo contra las paredes de su cuarto le salpicaron de salitre el rostro. Allí, frente a ella, en miniatura, estaba su ciudad, decidida a no perderla, a acompañarla por siempre.

Fotografia de la pintura, Habanera de Fuentes Ferrin, pintor cubano radicado en Houston

¡Apagones!

Anoche un inesperado apagón, sorprendió a un grupo de vecinos en Miami entre ellos a mí. Llegue del trabajo, con la idea fija de conectar el nuevo MODEM para la Internet que recién ese día había recibido. Llegue, vi las casas a oscuras, pregunte a un vecino desconsolado; qué paso? Una rotura, ¡No hay luz desde las 5 de la tarde! ¡Tremendo apagón!

Nosotros nos acostumbramos a decir siempre; se fue la luz, aunque sean las 12 del día. Si falla la electricidad, no importa el sol radiante, se fue la luz o hay apagón, a la hora que sea. Para los cubanos la electricidad, es como sinónimo de luz, su ausencia, es un apagón. Los apagones y nosotros somos viejos conocidos. Nunca llegamos a ser amigos, pero terminamos acostumbrándonos a ellos, a tolerarlos. Hasta se convirtieron en algo racionado o esperado; hoy toca apagón, era una frase que obligaba a prepararse, para el previsto y nunca bienvenido apagón.

Anoche, en mi primer e inesperado apagón Miamense, unos cuantos vecinos, nos reunimos en el portal, todos cubanos, claro, se me olvido decirles que vivo en Hialeah, el barrio, mas cubano, de todo Miami! Todo el mundo sabe que si hay dos cubanos juntos, lo primero que decimos es; ¡Que calor! Y eso que estamos en julio, deja que llegue agosto. Que dirán mis amigos que viven en Suecia, Dinamarca o  Canada? Que frío!! Hace años no se veía un frío como este! Después que hablamos del calor, lo segundo, es hablar mal del gobierno, es una costumbre nuestra, todos somos especialistas en política y cuando nos reunimos, criticamos a cuantos gobiernos se nos pongan delante! No hay presidente, alcalde, ni político, que se salve de ser criticado si cae en lenguas de cubanos.

Después de hablar del clima y criticar gobiernos, nosotros, los cubanos, tenemos que tomar algo. Anoche, mientras conversábamos a la luz de la luna, unos tomamos refrescos, otros vodka con jugo de naranja, otros cerveza. Mientras hablamos, tenemos que darnos un traguito de algo, es como ayudando a salir las palabras, remojándolas, para que fluyan sin trabas, vaya  lubricarnos las cuerdas vocales y la lengua.

En este inesperado apagón Miamense, evocamos apagones anteriores, de aquellos que podían durar 4, 5 y hasta 8 horas. Yo, que viví los años 90s en su totalidad en Cuba, recordé aquellos terribles apagones. En esa época, los apagones, eran lo único que no escaseaba. Desaparecían gatos, barrigas, libras de mas, casi hasta la esperanza, pero los apagones, ahí, puntuales y multiplicados, casi omnipresentes. Mi familia, se reunía en el portal o en la terraza, hasta que el sueño nos vencía. Recordábamos infancias, adolescencias, historias. Cada apagón, nos traía historias y recuerdos diferentes. Cuando la ciudad se oscurecía del todo y el silencio se hacia denso, casi corpóreo, reunirnos en familia, recordar los buenos momentos, revivir sonrisas y carcajadas, nos ayudaba a vencer la oscuridad. Era nuestra manera, de no darnos por vencidos, de no dejarnos oscurecer el alma y la alegría.

Este grupo de vecinos reunidos, en un portal, en Miami, termino, que raro! Hablando de Cuba. Hasta de la Crisis de octubre conversamos, de aquellos terribles 13 días en que el mundo casi canta el manisero y nosotros, en la primera fila, dando las primeras notas de despedida, sin tener siquiera, un triste cucurucho en la mano.

Los cubanos, los mismos que vivíamos allá y dormíamos con las ventanas abiertas, para que la brisa nos refrescara. Los que nos bañábamos con un cubo de agua y un jarrito. Los que nos íbamos para el trabajo, con la barriga vacía, con solo un buchito de café claro entre pecho y espalda, ahora no podemos quedarnos dormidos sin el aire acondicionado. Bañarnos con el agua fría! Ni soñarlo. Aunque en el fondo seguimos siendo los mismos, las comodidades, nos han malcriado un poco, si ya se, que uno, se acostumbra fácil a lo bueno.

Anoche, este grupo de cubanos reunidos en un portal, en Miami, casi llama a las Naciones unidas y pide la protección del Comité para refugiados. Casi, casi, que demandamos a la FPL, por daños sicológicos. Cuando a la Una de la madrugada, se hizo la luz! Todos respiramos tranquilos y felices. Yo, regrese a mi casa, dispuesto a acostarme, mire de reojo el MODEM nuevo, para la Internet, tentador y provocativo, mirándome desde la mesa, fui al baño, volví a mirarlo, lo tome en mis manos y les juro que hasta que no termine su instalación, no pude dormir, feliz y relajado, olvidándome del apagón, pero, como siempre, con el alma y la mente, plenas de recuerdos y esperanzas. Mientras me dormía, pensaba, los apagones, buen tema para un escrito.

Una Rosita, entre zarzuelas, operetas y recuerdos.

Visitarla en cada uno de mis viajes, se ha hecho costumbre, desde la primera vez que fui a verla, en el hospital, recién operada. Siempre recuerdo su emoción y el brillo de sus ojos, cuando le leí mi primer escrito sobre ella. Pasar unas horas disfrutando de su compañía, escucharla hablar de su vida y su arte, es un punto obligado en la geografía de mis viajes a La Habana.

Conversamos, siempre nos cuenta algo nuevo. Su larga y exitosa carrera, necesitaría muchas visitas para agotarse, para poder contarla toda. Visitarla, tiene siempre una magia especial para mi; la mujer que tantas veces admire desde la sala de mi casa o la platea de un teatro, se viste y maquilla, especialmente para mi. Nunca sabré, si entré yo, a su mundo o ella decidió ser parte material del mío.

Nos habló de cuando en Méjico, durante un intermedio, en el teatro, le dijeron que dos personas muy importantes la esperaban en el camerino; no quisimos que esperaran afuera, le dijeron. Abrió la puerta, ante ella, el músico y el libretista de Luisa Fernanda, la zarzuela en la cual ella hacia una creación del personaje de la Duquesa Carolina; vinimos a ver a la mejor Duquesa Carolina!  Le dijeron al verla, Rosita, con esa sencillez que la caracteriza, trato de restar meritos a su actuación en ese personaje; ustedes, no me han visto, como pueden decir eso! Dijo, mientras se sonrojaba, no la dejaron  hablar más. En Méjico, en España y en La Habana, todos los que la han visto, coinciden que usted es la mejor Duquesa Carolina! Afirmaron, mientras sus ojos se abrían de asombro, ante tanta belleza. Estoy seguro que no esperaban a una Duquesa Carolina, vestida de bataclana, mostrando unas piernas dignas no de una Duquesa, de una Reina!

Nos contó, como construía los personajes; no me limitaba solo a la parte vocal, si como en el caso de Luisa Fernanda, interpretaba a una Duquesa, pues asumía porte y gestos que caracterizaran al personaje. Mueve los brazos, gesticula, la Duquesa Carolina, se hace presente, por unos segundos.

Nos contó de La Viuda Alegre, de como la hacían repetir cada noche, la salida, la Ninfa y otras partes de la opereta, hasta 3 veces. El público no se cansaba de escucharla. En esta ocasión, nos recibió, vestida de negro, mientras hablaba, en mi imaginación, la cubrí de plumas y lentejuelas y la imagine, haciendo solo para mí, la salida de La Viuda alegre.

De la mano de Antonio Palacios debuto en zarzuelas. Una noche, finalizando la temporada, Ernesto Lecuona, fue a verla al teatro, se rindió a su arte y su belleza. Nos contó de la emoción que sintió cuando fue a felicitarla. A partir de esa noche, Rosita seria parte de la compañía de Lecuona, alternaría actuaciones con figuras consagradas. Cuenta, entre risas, como alternaba con otras cantantes; algunas, con más voz que yo, nos dice. Baja los ojos en su acostumbrado gesto de modestia y nos dice; sin embargo, el teatro se llenaba, cuando yo interpretaba el personaje. Es que el público, siempre me ha querido, dice Rosita. Me siguen queriendo, agrega, mientras una luz ilumina sus hermosos ojos; a veces, pienso que no he estado bien del todo, pero vienen, me felicitan, es el cariño que me tienen.

Nos habló, de como sigue vigente en el amor del pueblo, cuando va de compras o al teatro, siempre la reconocen, la saludan, le piden una foto. Será siempre, nuestra Rosita. Una rosa, que a punto de cumplir sus 90 años, aún se sube a un escenario, entre aplausos y ovaciones.

No vive anclada en el pasado, es parte del presente, se asombra y fascina con el avance de la tecnología. Su voz y su risa, no tienen edad, a veces, parece una niña traviesa, contando historias y riendo. Estoy seguro, que cada mañana, la vieja de mis historias, le da una taza de su café mágico; la esperanza, vive en ella, alienta en esta mujer, que juega con los años y los recuerdos, haciendo magia con su arte y su belleza.

Le pregunto; Rosita, algún deseo insatisfecho? Algo que quisieras ver, su voz adquiere un tono serio; Paz, José, que exista paz en el mundo, que se acaben las guerras, que nos dediquemos a cuidar la Tierra, a construir y no a destruir.

Antes de irnos, le leí mi escrito, “Una puesta de sol con Rosita“,  me pregunto si lo había publicado. Le expliqué que estaba en mi blog, en Internet; no todos tienen Internet, dice mientras busca el apoyo de mami; verdad que debe publicarlo? Le prometo que estará en mi libro, que le traeré un ejemplar dedicado, insiste de nuevo; debes publicarlo, lo espero. Rosita, se une a mis amigos, a mami, a mi musa transoceánica y a La Habana, reclamándome mi libro, saben que no podré negarme.

Nos vamos, con el goce interior de haber tenido, no una cita con Rosita, una cita con el arte, con la historia. Cada instante junto a ella, es un recuerdo de lujo, lo sabemos. En mi casa, en La Habana, comienzo a darle forma a este escrito. Mami, a mi lado, me mira y sonríe; escribiendo sobre Rosita, verdad? Hoy recién, convocado por una foto que un amigo me envío, recordé mi escrito sin terminar, solo corregí algunas palabras. Con mami a mi lado, desde La Habana y con el calor del beso de Rosita en mi mejilla, las musas bien pudieron tomarse un descanso. Gracias Rosita, por abrirme las puertas de tu casa y de tu alma!

Un segundo extra.

Por un necesario ajuste de relojes atómicos, el día de hoy, tendrá un segundo mas. Desde que supe la noticia pensé, qué hacer con ese segundo? En que invertirlo? Como hacerlo memorable. Hubiera preferido un par de horas, sobretodo siendo sábado hoy, pero algo es algo. Todos los regalos son valiosos y aunque sea solo un segundo extra, hay que hacer algo que magnifique el regalo, lo haga inolvidable.

Si estuviera en La Habana, caminando sus calles, con mami de mi brazo, ese segundo nos hubiéramos detenido y un beso especial, lo haría eterno. Estoy en Miami, solo en mi apartamento, casi a punto de salir para el gimnasio y aún no se qué hacer con ese segundo extra.

Se, que muchos amigos, pensaran; un segundo extra, sexo! No tengo un amante especial, uno de esos amantes que, “nos mueven el piso”, como dice un amigo, por tanto, no vale la pena gastar ese minuto extra haciendo el amor. Quiero invertirlo en algo que sea capaz de recordar con felicidad dentro de 10 años. Tengo un nuevo amigo, hábil en negocios, que seguro invierte ese segundo en hacer mas dinero, no con intenciones de hacerse millonario, solo quiere tener mas, para compartir con su familia, que aunque lejos, siempre la tiene presente y vela por ellos.

Algunos decidirán tener un segundo extra para irse de compras o un segundo mas en la playa, hoy el día promete sol y brisa. Otros, comelones, irán a un buen restaurante y se hartaran, hasta casi no poder levantarse de la mesa. No dudo que mitómanos incorregibles e intrigantes, lo aprovechen para soltar una mentirita corta, breve y dañina, como todas.

Muchos harán con su segundo extra algo especial, otros, lo dejaran pasar inadvertidamente. Terminara el día y no tendrán conciencia que dejaron pasar, sin hacerlo especial, un segundo extra.

No dudo que dictadores y malos políticos lo inviertan en dictar nuevas leyes, represivas y malignas, como ellos mismos. Leyes que nos hagan apretarnos mas el cinturón, en algunos países el de la cintura, en otros el de la mente o ambos inclusive.

No quiero guardar mi segundo extra con malos recuerdos, quiero evocarlo y que me haga feliz. No desperdiciarlo, malgastarlo, insisto, quiero hacerlo especial. Son casi las 12 del día y aún no he ido al gimnasio, ni decidido que hacer con mi segundo extra, con este regalo que relojes atómicos nos hacen.

Escucho, una y otra vez un video de un ama de casa cubana, que sentada en la sala de su casa, hace una versión de, Qué te pedí? Que haría aplaudir hasta a La Lupe. Escucharla, es como abrir las ventanas a un barrio habanero, para que entre libre y preciso y me acompañe, esta mañana de sábado. Miro fotos de mis viajes a Cuba, de abrazos y besos con mami, vuelvo a sentir y revivir la felicidad de esos segundos, siento el olor a Cuba, en mi casa. Trato de terminar este escrito y decidir qué hacer con mi segundo extra.

Que tonto! Mi segundo extra ya paso, lo consumí de la mejor manera posible, entre arte, recuerdos, evocaciones y escribiendo, así lo recordare, por siempre!

Mami, !mi novia!

Ayer, una amiga, me hablo de una canción; Mi novia, se me esta poniendo vieja, de Ricardo Arjona, me dijo, no dejes de oírla, te va a gustar. Hoy, en la mañana, la lluvia, me impidió ir al gimnasio, recordé la recomendación de mi amiga, busque la canción. Mis amigos, saben que la emoción me hizo llorar, me parecía escrita por mi y dedicada a mi mamá. Hay canciones así, que nos revuelven sentimientos y recuerdos, el alma y las lágrimas.

Es cierto que mi novia, se me esta poniendo vieja, el próximo febrero iré a celebrarle su cumpleaños 85. Cada febrero 19 doy gracias a Dios, por el regalo de tenerla a mi lado, disfruto su voz en el teléfono,  aún en la distancia, se que me piensa y me envía su energía. Los días que pasamos juntos, son todos de fiesta, una fiesta especial, diferente, nos separamos solo para dormir y a la hora del baño. No hay amigos, fiestas, ni aventuras, capaces de robarle un minuto a su tiempo, son días solo para compartirlos juntos, cada uno vale por 100 o mas. Repletamos nuestra provisión de besos y abrazos, para enfrentar el tiempo ausente. En solo 7 u 8 días, le ganamos la batalla a la distancia y las ausencias.

Recuerdo una vez que una amiga, miraba las fotos de uno de mis viajes a La Habana, de pronto me dijo; tu mama nunca anduvo de novia con tu papa, estoy segura que su noviazgo fue corto. Es como si fuera tu novia, va de tu brazo, con tanto amor y orgullo que impresiona. Es como si se desquitara de un noviazgo que no tuvo; ¡Parece tu novia, de tu brazo!

Entre ella y yo, siempre ha existido una relación especial, diría yo, que hasta extrasensorial. Hasta las enfermedades le adivinaba, cuando vivíamos juntos y la única vez que su vida estuvo en peligro, lo presentí y corrí a arrebatarla de los brazos de la muerte. Me interpuse entre ellas, retando a la muerte, diciéndole; ahora vas a tener que vértelas conmigo, bajo la cabeza y se fue con las manos vacías, mientras yo cargaba a mami hacia la vida.

Si, mi novia, se me esta poniendo vieja, lo se, como también se que basta una llamada, un beso, para que vuelva a ser eternamente joven. Mi novia, se ríe de los años, ambos sabemos que el amor hace el milagro y el amor nos sobra. Suma años, experiencias, sabiduría y afectos. Ella y yo, sumamos nuestro cariño y amor, seguros que basta su amor para sostenerme  y mis brazos, para mantenerla en la vida.

Muchos de mis amigos, sin conocerla, le envían regalos, besos, saludos. En mi último viaje me dijo; dale las gracias a todos los que preguntan por mi, a los que me mandan un beso o un cariño. Le propuse hacerle un video y que ella le diera las gracias, uno por uno, lo pondría en mi página de FaceBook, se negó. No, se nos olvidaría algún nombre y quiero que todos, sin excepción, reciban mi agradecimiento, hazlo tú, por mí, de un modo general.

Mi novia, se apoya en mi brazo al andar las calles de mi ciudad, a veces, me detengo, la beso, le pregunto; cansada? No mi hijito, sigamos caminando. A mi lado, no hay achaques, ni fatigas, recorremos la ciudad en salidas maratónicas, mientras su risa, va adornando la ciudad y mi corazón.

Si, mi novia, se me esta poniendo vieja, pero ambos sabemos que también se me esta haciendo eterna y presente cada día. El milagro del amor la sostiene y la guarda. Dios, desde las alturas, me envía señales, La Habana, me hace un guiño, ambos coinciden en su mensaje; si se esta poniendo vieja, pero tranquilo, ¡hay vieja  y novia, para rato!