Una tarde con Rosita.

                        

La conocí personalmente en Miami, en una de las tantas fiestas en su honor que sus amigos organizaban. Solo había intercambiado con ella algunas frases. En una ocasión le di las gracias por no abandonarnos; cuando las luces se apagaban, ella brillaba en nuestros corazones e iluminaba las noches habaneras. Nunca imaginé que el azar y un amigo se unieran para regalarme; una tarde con Rosita!

La llamé para decirle que le traía un regalo de un amigo muy querido, quedamos en vernos a las 5 de la tarde. No ibamos a tomar el té, sin saberlo, ibamos a tomar, junto a Rosa, una clase de historia de la cultura cubana, de su vida, su arte. Sin darme cuenta, de portador de un regalo, terminé recibiendo un regalo especial. Vivimos junto a ella, momentos inolvidables.

Nos recibió una señora de una belleza deslumbrante,de esas bellezas sin edad, ni tiempo, sin final. Aún convaleciente de una operación, en el cuarto de un hospital, su luz natural, su encanto, nos fue envolviendo poco a poco.

Nos habló de las más de 100 operetas y zarzuelas que centralizó. Nos contó como en los inicios de su carrera, cuando interpretaba zarzuelas y operetas, los teatros no tenían micrófonos, ¡había que cantar de verdad! Cuando le dije que nuestro amigo común, hizo una edición de fotos mías para mi cumpleanos y que el fondo musical fue ella cantando “Todavía”, de Manzanero, me regaló un fragmento de la canción. Se imaginan, ¡Rosita, cantando especialmente para mi! 

Dueña de un encanto especial, se fue transformando ante nosotros, dejó de ser una señora recién operada, convaleciente aún. Poco a poco fue restando años y sumando alegrías, ganas de vivir, de hacer. Se volvió a las productores de la película, inconclusa por su accidente y les sugirió montar el set de las escenas que faltaban en su casa. Sus manos se movían con agilidad y sus ojos destellaban fuego, el tiempo no ha podido, ni podrá jamas vencerla.

Le conté de mi escrito sobre ella y como nuestro amigo común me pidió que se lo leyera. Mientras leía mi escrito a Rosita, ella me interrumpía y hacía comentarios. Se asombraba que recordara tantos detalles sobre su vida. En ocasiones, me decía; si, asi mismo fue. Cuando terminé la lectura, tomó el papel en sus manos y lo guardó, me besó, me dio las gracias. Su aceptación es el mejor premio que pude recibir.

Me acompañaron en esta visita, mi madre, mi hermana, mi sobrino-hijo y su novia, nadie quiso perderse la oportunidad de conocer a Rosita. Llegamos pensando estar sólo unos minutos, fueron dos horas, dos horas extraordinarias. Dos horas donde la magia y el hechizo de Rosita se adueño de nosotros. Mami, la miraba admirada, mi sobrino-hijo, se dejaba seducir por esta mujer extraordinaria y yo, disfruté una tarde especial, inolvidable.

Rosa, se sabe admirada y querida por cuatro generaciones de cubanos. Sabe que es nuestro mito viviente, pero esto no la hace sentirse superior, no tiene aires de diva, no los necesita. Es una mujer sencilla y encantadora que regala sonrisas y cariño a todos. Esta hecha de esa materia especial de las grandes, de las que nacieron para hacer historia, ¡se sabe Rosita y eso le basta!

En el hospital, recibía constantes muestras de carino y admiración, todos querían tener un detalle, dejar constancia de su afecto. Los custodios de la entrada, cuando supieron que ibamos a ver a Rosita, nos hablaban de ella con orgullo. Ella, será siempre, nuestra Rosita.

Por vez primera no voy a terminar un escrito con palabras mías, quiero usar las de mi hijo. Las palabras de un joven que estrena sus 23 años, un típico joven habanero de estos tiempos. Un joven que maneja un carro viejo, boteando por las calles habaneras. Un joven que no tuvo oportunidad de ver a Rosita en teatros, que no disfrutó de sus programas en la televisión cubana. Un joven que sucumbío al encanto de Rosita y se enamoró, para siempre, de su mirada.

Al día siguiente cuando ibamos a visitar a unas amistades, mi hijo me dijo; ¡es una de las tardes más felices de mi vida, que mujer tan maravillosa!