Entre el norte y el sur de mis memorias.

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Al norte de recuerdos, infancias, ganas y futuros, preparo regresos, viajes, reencuentros. Ensayo alegrías, guardo besos, abrazos, almaceno caricias, halagos, miradas y ternuras. Miro al sur de nostalgias, ensancho el pecho, se agiganta mi corazón en el intento.

Desde el barrio, mi casa se ilumina. Mi brújula apunta a una sonrisa enorme, allá en el sur, en el comienzo de mi vida y de mi historia. Mi estrella polar es un barrio habanero, la mirada de mi madre, su suspiro, su decir; ya vuelve pronto, su eterna espera.

Subo al palo mayor de mis amores y un grito anuncia mi destino, mi llegada. Mis ojos gritan, ¡CUBA! Mis sentimientos aplauden, preparan desembarcos, la conquista de fantasmas, amaneceres.

Juego a convertir una semana en vida, a ganarle la batalla a la distancia, a vencer al tiempo. Cronos sonríe, me deja hacer, es tu era dorada, me susurra. Reino entre afectos y te quieros, retengo entre mis manos la esperanza. Acaricio la vida, mis recuerdos, desando los caminos, deshago maleficios y conjuros.

Siembro en el jardín, un montón de ilusiones, sueños, palabras nuevas. Alimento la alegría del mañana. Aro campos, aseguro cosechas de esperanzas, de hermanos abrazados, de arcoíris estallando en cada esquina.

Invento un modo de decir, vuelvo pronto, no me voy del todo, regreso en cada gota de roció, en cada aguacero de verano, me voy y me quedo, para siempre.

Regreso al norte, feliz, seguro de mi destino, de mis dos vidas, mis dos almas compartidas, entre el norte y el sur de mis afectos, mis memorias.

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Ivette, La Habana, recuerdos y un proximo concierto.

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Desde que la descubrì, desde el instante que su voz me atrapo en esa suerte de amor a primera escucha; la voz de Ivette, acostumbra a darme la bienvenida en mi ciudad. Es parte de ese reencuentro con mis raices y memorias, con ese paìs, mìo y nuestro. Tal vez porque aún esta fresco en mis oìdos y en mi alma su último concierto en Miami, tal vez porque jugar con bienvenidas y despedidas, es nuestra virtud o maldición, en esta ocasión, su voz es el hasta luego, el vuelve pronto, el te esperamos, que mi ciudad y mi madre eligen. Es un intento y acción de anclarme a mi pais, garantizando regresos, borrando ausencias.

Este concierto de Ivette, tiene un toque mágico, especial, algo que lo hace único e irrepetible para mi; mi madre accedio a acompañarme. Mientras escucho y disfruto a Ivette, aprieto su mano, la acaricio. Mi Corazon da gracias, una y otra vez por esta noche. Tambien me acompaña una amiga de mi primera juventud, nos conocimos a la sombra de mi primer y gran amor. Estar juntos esta noche, es como jugar a las escondidas con el tiempo, las distancias y los sueños.

He escuchado varias veces a Ivette, en Miami y en La Habana, cada concierto, cada cancion, cada entrega, supera al anterior y creanme no es una frase o un elogio. Pertenece a esa estirpe de cantantes que lo dan todo en cada interpretacion, sin importar escenarios, ni lo numeroso del publico. No guarda nada para la proxima vez, se da toda en cada cancion, como si fuera la ultima que interpretara. Canta a Sabina, Serrat, recrea canciones cubanas, jazzea, coquetea y juega con todos los géneros, como reafirmando en su voz que, nada musical, le es ajeno.

Termina su concierto, entre aplausos y reclamos del público. Elige para el cierre, “Tú eres la música que tengo que cantar”, mientras entre ovaciones y bravos, su publico reafirma que ella es la voz que tenemos que escuchar. Saluda a amigos y público, me pide una foto con mami. Aprovecho y le susurro al oìdo;
– Te extrañamos en la otra orilla.
– Tal vez regrese en enero.
– ¿Tal vez? Le pregunto.
– Voy en enero, me afirma sonriendo.

Al regresar a casa,a Miami, mis amigos me preguntan, ¿Viste a Ivette? ¿Cúal concierto estuvo mejor ese o el de Miami? Los escucho, pienso, respondo; su mejor concierto, será el próximo. Cada vez que la escucho, me deja la certeza que lo mejor de su arte y entrega, aún esta por llegar.

Hoy como ayer, iniciara el 2015 con la presentacion de Ivette cepeda, les aseguro, su próximo concierto,¡será el mejor!

Cubanos y ausencias.

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Mientras dedico tiempo a tareas propias de los días libres, escucho el disco de Ivette Cepeda, País. Una canción me atrapa, a su influjo comienzo a unir frases en mi mente. A pensar en las Ausencias que hemos vivido y sufrido en nuestras vidas, en este eterno partir y regresar de cubanos por el mundo.

Nosotros, los cubanos, cargamos con ausencias terribles desde temprana edad. Ausencias físicas, tangibles, ausencias que el alma no olvida y busca una y otra vez, con toda la fuerza de los recuerdos.

En cada barrio, cada cuadra, cada familia, se mezclan ausencias y presencias. Siempre falta alguien en días de celebraciones, de alegría o dolores. No hay familia cubana que pueda reunirse un domingo y la abuela decir feliz; estamos todos. Siempre falta alguien que ausente, envía fantasmas y recuerdos a ocupar su sitio, a paliar vacíos y angustias.

La primera gran ausencia en mi vida la sufrí siendo un niño. Desde Palma Soriano, llego una familia a vivir en la casa de al lado, un matrimonio con una hija. Estaban esperando la salida del país. Nunca entendí como mi padre, comunista y revolucionario 100%, acepto que las dos familias se hicieran una y mi vecinita fuera una hermana más, que pasaba más tiempo en mi casa que en la suya, son cosas del corazón. Tal vez un milagro del amor. Los años pasaban, los lazos entre las dos familias se estrechaban, nosotros crecíamos. Mis hermanas y yo pensábamos que esa salida del país nunca llegaría, cosas de muchachos. Un día armaron maletas y partieron dejando un vacío enorme, terrible. Mami perdió a su amiga y confidente, nosotros a una hermana que solo volveríamos a ver gracias a la magia de las redes sociales, muchos años después, cuando también fuimos ausencias.

Son muchos años de despertar entre ausencias. Amigos que se fueron, familiares que apuran un adiós. Llegar a lugares, hacer un pase de lista mentalmente, notar que los ausentes aumentan.

La Habana, nuestra Isla, sufre del mal de ausencias. De vivir entre adioses y regresos, entre abrazos que se apuran y brazos que quieren retener, sin fuerzas para más despedidas.

Nos fuimos, dejamos fantasmas ocupando nuestro espacio, cuidando recuerdos. Cuantas ausencias, cuanto dolor. Ese no estar en el momento preciso. Perdernos nacimientos y muertes, sonrisas y lágrimas. Un país, no puede con tanta ausencia, un futuro no se construye entre un adiós y un vuelvo pronto. Seguimos sumando ausencias, dejando espacios, cicatrices en el alma, nostalgias que no cesan. Conjugamos el verbo partir en todos sus tiempos, engañando el dolor con regresos, dejando en el aire un vuelvo pronto, espérame.

Escucho una y otra vez la canción de Ivette, “gente que extraño y quisiera abrazar, sin preguntar”. Se me revuelven las ausencias, jugando con la letra de la canción podría decir que nuestros corazones son un nido de ausencias. Por suerte las ausencias no se convierten en olvido, nos la arreglamos, “a lo cubano” para inventarnos puentes y vías. Pactamos con fantasmas, invocamos a Cachita, nos une el amor, que hace el milagro de mitigar ausencias. Nos volvemos brisa, olas y llegamos a casa, nos sentamos a la mesa, nadie nota nuestra presencia, tampoco nuestra ausencia, estamos sin estar. Le pasamos la mano por la cabeza a la vieja, la besamos, le soplamos un, te quiero mucho al oído y volvemos.

Así vivimos, de un modo u otro, entre ausencias, presencias, despedidas y regresos. Reparándonos el alma y los recuerdos con una foto o una llamada por teléfono, con la promesa de un regreso, inventándonos el mañana, seguros que un día será presente y borrara ausencias.

Sory, una niña pobre, muy pobre.

Sory, Yohandry Leyva
Solangel, Sory, como le decían los amiguitos del barrio, nació en un barrio pobre de La Habana. A pesar que en su entorno la pobreza era algo común, Sory era algo más que pobre. Sus amiguitos decían bromeando que cuando le dieron el de pie a los pobres, Sory ya había desayunado.

Mercedes, vivía a unas cuadras de Sory. Su papá tenía un buen trabajo que le permitía “resolver”. Sus padres la vestían bien y siempre le preparaban una buena merienda.

Sory y Mercy, se encontraron un día en el receso, en el patio de la escuela. Cuando Mercy saco su merienda, sintió una mirada fija, al levantar la vista se encontró con los ojos de asombro de Sory.
– ¿Quieres? Es mucho para mí, vamos a compartirlo y la Pepsi cola también. Ven, siéntate a mi lado.
Sory era tímida, le daba pena, pero el hambre pudo más. Se sentó al lado de Mercy y compartió su merienda. Desde ese día, cada vez que sonaba el timbre anunciando el receso, cuando Mercy salía al patio, buscaba con la vista a Sory. Le hacia una seña y corrían a sentarse juntas en un rincón. Al tercer día le dijo a su mamá.
– Mami, ponme algo más para la merienda, me estoy quedando con hambre.
Su madre se alegró, al fin Mercy estaba comiendo bien. Creyó que su inapetencia había desaparecido.

Cuando llego el viernes, Mercy le dijo a Sory.
– Mañana ve a jugar a mi casa, lleva tu muñeca. Te espero, no dejes de ir.
Sory se apareció con una jabita vieja y descolorida en la mano. Saco de la jaba una botella de cerveza vacía con un pedazo de soga deshilachada colgando de la boca de la botella. Miro a Mercy y le dijo mientras le daba un beso a su botella.
– Se llama Lily, hace tiempo que la tengo.
Mercy, le dio un besito a Lily, tragándose su asombro y tristeza. Salió corriendo al patio mientras gritaba.
– ¡Voy a buscar a Cuquita!
Busco una botella de cerveza vacía, le puso un trapito negro en la boca y entro muy oronda exclamando.
– Tuve que despertarla, todavía estaba durmiendo.
Así pasaron toda la mañana jugando hasta que la mamá de Mercy las llamo para almorzar. Sory se sorprendió con la fuente llena de bistecs, hacía tiempo, mucho que no veía un bistecsito. Almorzaron en silencio, se deleitaron con el helado de chocolate de postre. La mamá de Mercy, las miraba en silencio, una lágrima corrió por su mejilla mientras pensaba.
– Si Manuel no hubiera encontrado el trabajo en el hotel, Mercy fuera Sory y tal vez no encontrara una amiga como mi hija.
La amistad de Sory y Mercy duraba ya dos años, lo compartían todo, meriendas, ropas, alegrías y tristezas. Una mañana Mercy se despertó a las 9 de la mañana, miro el reloj y se sorprendió que su mamá no la despertara para la escuela. En ese momento su mamá entró al cuarto, con una muda de ropa, jeans, pull -over y tenis.
Toma, vístete pronto y ven a desayunar.
Mercy se vistió a la carrera y fue para el comedor.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué no voy a la escuela hoy?
– Nos vamos para Miami, tu padre tiene problemas en el trabajo, problemas serios y tenemos que irnos.
Mercy no tuvo tiempo de despedirse de Sory. Subió a la lancha llorando. Su madre trato de consolarla.
– Volveremos Mercy, en Miami tendrás de todo y harás nuevas amiguitas.
– Es por Sory mami, por Sory, ¿Qué será de ella?

El tiempo paso, Mercy y Sory se hicieron mujeres. Sus vidas fueron diferentes, tanto que espanta contarlo. En sus quince Mercy estreno muchos vestidos, la fiesta en el mejor Banquet Hall de Miami, fue un suceso en la ciudad. El viaje a Europa con sus padres, un regalo de lujo. Sory allá, en un solar habanero, picaba un cake con sus amiguitas más cercanas y estrenaba un vestidito de la shopping que con mucho sacrificio su madre logró comprarle. Ambas estudiaron, se graduaron con honores. Mercy recibió como regalo de graduación un auto del año. Sory un beso de su mamá y la ubicación en una fábrica lejana y destartalada.

Cuando los padres le dieron a Mercy las llaves del BMW por su graduación, su mamá le dijo.
– ¿Hay algo más que quieras? ¿Algo que quieras hacer en estas vacaciones antes de empezar a trabajar?
– Si mamá, quiero ir a Cuba, buscar a Sory, no he podido olvidarla.
– Está bien mi hijita, iras a verla, yo me encargo de todo.
Mercy salió del aeropuerto de La Habana, fue al hotel, se cambió de ropa y tomo el maletín con los regalos para Sory.

Al chofer del taxi le costó encontrar la dirección. Parqueo frente al solar. Mercy se bajó y le pregunto a una niña.
– ¿Conoces a Sory, sabes dónde vive?
La niña la guio hasta la puerta del cuarto apartamento donde vivían Sory y su mamá. Tocó a la puerta, Sory abrió la puerta. Se reconocieron al instante, se abrazaron entre besos y lágrimas.

Después de conversar un rato, Mercy abrió su maletín y empezó a sacar regalos.
– Mira, estos zapatos de colegial son los que hubiera querido mandarte cada año. Este vestido de quince, es el que quería que lucieras ese día. Este reloj hubiera querido dártelo el día de tu graduación.
Se abrazaron emocionadas, mientras la mamá de Sory colaba café mezclado, endulzado con lágrimas de felicidad.
Saco un paquete del fondo del maletín.
– Este dinero es para que montes un negocio. He leído sobre eso allá. Una buena cafetería o un restaurante, lo que quieras, yo te mandaría lo necesario.
Sory negaba con la cabeza y los ojos llenos de lágrimas.
– No me voy sin convencerte, míralo como un negocio que las dos hacemos. Hasta nombre tengo para el restaurante; Lily y Cuquita, ¿Qué te parece?
– Rieron como cuando eran niñas.
Mercy regreso a Miami. Sory abrió el restaurante que pronto se hizo muy popular y exitoso, todos los que llegaban a La Habana, querían probar la comida que servían en “Lily y Cuquita”, la mejor de la ciudad.

Sory se compró un apartamento modesto, lo amueblo y allá se mudaron ella y su madre. No acumulo riquezas, ni ostentaba ropas caras, solo usaba lo necesario para vivir cómodamente sin escaseces. El resto del dinero lo gastaba ayudando a niñas pobres, a esas Sorys que no encontraron una amiga como Mercy.

Fotografia de Yohandry Leyva.

¡Nos Fuimos!

nos fuimos, tomada de Cuba, fuera de Cuba.
Nos fuimos, mirando hacia adelante, cortando ataduras, desgarrándonos, muriéndonos un poco y renaciendo luego.
Fue duro. Nadie dijo que irse fuera fácil. Irse es una extraña alegría, mezcla de agonía, sollozos y de sustos.

Muchos se fueron en silencio, hay nudos que ahogan las palabras, que impiden pronunciarlas; el adiós, a veces, es mejor como un suspiro, involuntario y breve. Un día una llamada, entre llantos, recuerdos; llegue bien, ¡Te quiero mucho! Y el llanto incontenible a cada lado contando historias, acariciando sueños. Hay muchas formas de decir te extraño, estoy bien, no te preocupes vieja, todas las intentamos, las hicimos nuestras en usos y abusos. Desde aquel día que cargados de sueños y olores del futuro, nos fuimos, sin saber realmente a donde ni como, pero nos fuimos.

El punto fue dispararse a otra vida, inventarse unas alas enormes y volar, volar aunque sudáramos sangre y el frio nos helara. Algunas alas se rompieron, el volar ha sido duro, supimos entonces caminar. Inventamos caminos. Los andamos seguros, estrenando pisadas y andares de gigantes.

¡¡Porque nos fuimos, coño!! Y un lo logramos, enorme recorrió nuestras calles, el barrio, nuestra infancia. Desde la Isla, la espera, aliviada, apunto uno más en su lista. Partimos, sin regreso al pasado, un viaje definitivo, como un disparo a la luna, o un flechazo a la selva. Después de mil intentos, nos fuimos y el futuro sin maquillajes se nos paró delante, asusto a más de uno, pero no nos venció; nada puede vencernos ya, ni la muerte.

Nos fuimos y un vuelvo pronto en el aire, aseguraba regresos, apuntalaba vidas. Hacía, sin saberlo, menos duro el adiós, suavizaba angustias, aliviaba dolores.
Una esperanza ayuda a irse y también a quedarse. Allá detrás del muro enorme, las madres se consuelan, en un tejer y destejer sueños y vidas; volverá, se repiten día a día y ese volver les da fuerza, las encadena a la vida, las alimenta y sostiene.

Quedarse no fue fácil, dos verbos diferentes y ambos conjugados en tiempos y personas, una y otra vez, hasta el cansancio. Hasta que los sueños se rebelen y conquisten la ciudad y partidas y regresos, se conjuguen en pasado. Entonces, alegrías inmensas borraran ríos de lágrimas y angustias, levantaran la esperanza, más alta que las palmas. La madre que espera, detendrá su mecerse en el sillón del tiempo y abrazada a la vida, en un grito o alarido que le brotara del alma, estremecerá la historia con su, ¡Aquí estoy hijo mío!

Fotografia tomada de la pagina de Facebook, Cuba fuera de Cuba.

Regresar del regreso!

Regresar del regreso es, tal vez, el mas difícil de todos los regresos. Uno cuenta los días, las horas que faltan para que se nos acabe el tiempo del regreso. Queremos como la Massiel, un reloj de 30 horas o la semana de Manzanero, con más de 7 días. Mientras dura, disfrutamos los días al máximo, nuestro regreso, me recuerda aquel anuncio de mi infancia, “tiene vida limitada”. Me sorprendo siempre por todo lo que hago en tan pocos días; la intensidad, puede vencer al tiempo. Cuando regresamos, los días son nuestros aliados, se extienden y valen por meses y las semanas por años.

Una noche antes de regresar del regreso, me llamo la mamá de un amigo su pregunta fue; ¿estas triste? ¿Triste?  En un segundo repase los días vividos, me sitúe en tiempo y espacio, mi respuesta no tardo; triste, no ¡feliz! Inmensamente feliz por poder regresar dos veces al año a los brazos de mi madre, a recorrer las calles de mi Habana, a andarlas del brazo de mi madre. Feliz, por dibujar sonrisas en el rostro de mis seres queridos.

Cada vez que regreso a Cuba, a  mi madre, mi corazón se desborda de felicidad. Cuando el capitán dice; en unos minutos aterrizaremos en La Habana, miro por la ventana, me parece sentir el olor de las palmas dándome la bienvenida, el perfume de mi madre acariciarme. Cada regreso es un regalo de Dios, una bendición, un motivo mas para dar gracias mirando al cielo más azul y hermoso del mundo.

Los vecinos y amigos me dicen; Concha, sólo sale cuando tú vienes. A veces, cuando creo que he exagerado un poco en las salidas en un día, le pregunto; ¿estas cansada? Ella sonríe, me dice que no, sigue de mi brazo, incansable en salidas que duran más de 8 horas con almuerzo y cena incluidas.

No, cuando el regreso termina, no me invade la tristeza, siento esa extraña sensación que tenemos todos cuando algo que disfrutamos termina. Cuando consumo los últimos minutos del regreso, no estoy triste, llevo conmigo la alegría compartida y multiplicada de mi madre. Llevo  en mis zapatos el polvo de las calles habaneras, en mi cámara cientos de fotos y en el alma, una fiesta sin final.

Regresar del regreso, volver a Miami, es llegar a casa. Regresar a donde decidí vivir, a la ciudad donde hago realidad muchos de mis sueños, donde invento y recreo nuevos sueños. Regreso del regreso, sin angustias ni tristezas, feliz y agradecido. Miami me recibe, abriéndome los brazos. Mis amigos, la Caridad del Cobre, desde su ermita, San Lázaro desde su rincón, me dan la bienvenida.

Desciendo del avión con una sonrisa de felicidad, en mis oídos aún siento, las sentiré por siempre, las palabras de mi madre al darnos el breve beso de despedida, he sido muy feliz, muy, muy feliz estos días. No, no regreso del regreso triste, vuelvo feliz y renovado, ¡llegue a casa!

¡El Malecón!

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“Morire un día de lluvia, corriendo desnudo bajo el agua, me disolveré sin notarlo, no iré a parar a alcantarillas, ni siquiera a rios, iré directo al mar, me convertiré en ola, y con fuerza incontenible rompere día y noche , una y otra vez, en el malecón, soñando saltarlo e inundar mi Habana”.

La Habana, es como una mulata tendida al mar y al sol , para no mojar su pelo en el mar y dormir siestas y soñar, se invento una almohada y le llamo; Malecón. Son muchos años de trajines, años de ver hijos partir y sentir sus brazos cortos para sujetarlos, retenerlos y ella sigue ahi, reposando, pensativa y cansada en el malecón. A veces se apoya en él y trata de ver un poco mas allá, aún lejos sigue cuidando de sus hijos. Una madre, nunca abandona a sus hijos, no importa la distancia, ni el tiempo.

La Habana, es una ciudad que se desborda al mar, como si quisiera ser ola y recorrer el mundo, el malecón la contiene. Los habaneros, los cubanos en general, aprendimos a mirar al mar y ser parte de él desde que nacimos. El malecón es como un gigantesco sillón donde los habaneros se sientan, conversan, sueñan, aman y suspiran. Todos nos hemos mecido alguna vez en él. Mecido, amado, reído, llorado, no hay verbo que no hayamos conjugado en el malecón, en todos los tiempos y personas. Cuando se nos acabaron los verbos los inventamos, que para eso somos cubanos y en inventar, no nos gana nadie. El malecón nos ha acogido siempre. Cuando los cines casi cerraron y la funciones teatrales languidecian, él continuo con sus brazos abiertos en funciones interminables. El malecon ha sido bar, teatro, cabaret, carnaval, rumba, show de travestis, conga y reunion, fiesta y debate, todo lo imaginable. A veces se nos va la mano y creo que se estremece queriendo protestar, La Habana, le susurra, son mis niños, dejalos y él, amante y comprensivo, nos deja hacer, nos dejará hacer, por siempre.

De La Habana, nuestra Habana, me despedí una noche de domingo sentado en el muro del malecón, salpicado por las olas, batido por el viento, dije adios a mi ciudad, hable con las piedras, con las olas y el viento, las acaricie, les prometí volver. Cumplí mi promesa, hay muchos que no han podido volver. Hay quienes se fueron para siempre y La Habana los espera aún, segura de regresos y amaneceres. Tal vez un día, quienes vendrán seran sus hijos a cumplir la promesa de los padres. Se sentarán en ese gran sillón tendido al mar, mirarán al cielo y bañados de sol y agua dirán; gracias por hablarnos siempre del malecón, ¡Gracias por no permitir que dejaramos de ser cubanos!, disfrutaran en el lugar exacto de ese orgullo de ser cubanos. Se extasiarán en la belleza de una Habana que solo conocieron en historias, verán la puesta de sol, caminarán descalzos al encuentro de hermanos desconocidos y fundiendose con ellos en un abrazo sin final, mirarán al cielo y dirán; ¡gracias dios mío! Todos estaremos allì ese dìa.