Una muchacha que soñaba viajar.

La muchacha de nuestra historia, recordaba que desde que tuvo uso de razón, soñaba con viajar. Siendo muy pequeña, escuchaba extasiada las historias que le contaba su abuela, una vieja que había viajado medio mundo, antes de enamorarse de su abuelo, una tarde que estaba visitando un pueblito perdido en la geografía y los recuerdos. La muchacha que soñaba con viajar, conocía de memoria, ciudades y lugares lejanos. Estaba segura de poder andar, con los ojos cerrados por sitios desconocidos. Vivir encerrada en un pueblito donde los medios de transporte eran escasos, tener que tener autorización firmada del jefe de la guardia del pueblo para poder salir y regresar, convertían su sueño de viajar por el mundo, en casi un imposible.

Ante la imposibilidad de viajar, la muchacha comenzó a escribir cartas a desconocidos, contando historias de su pueblo y su  vida. Muchos que solo la conocían por fotos leían sus cartas que se pasaban de mano en mano. En un pueblo lejano, hasta las reunieron todas y publicaron un libro. “Cartas desde un pueblo lejano”, lo llamaron, fue un éxito, su fama aumento. Sus cartas, lograban lo que ella nunca había podido hacer; viajar por todo el mundo, andar y desandar esos caminos que  aún guardaban los pasos de su abuela.

Desde que tenia uso de razón, había pasado su vida, suspirando por subirse a un camión, a un bote, a un barco o avión; viajar, conocer otros pueblos, se fue convirtiendo casi, casi en una obsesión. Una tarde la llamaron de la jefatura de policía, le entregaron su permiso para viajar, salio corriendo. No preguntó como, ni por qué. Solo tuvo tiempo de recoger su vieja máquina de escribir, con ella al hombro y una sonrisa de felicidad iluminándole el rostro, se subió al primer camión que encontró. No le importaba para donde iba, solo quería conocer otros pueblos, viajar, no importaba a donde.

Andar nuevos caminos, visitar lugares que se sabia de memoria, sin haberlos visitado fue, para la muchacha que soñaba con viajar, un regalo inesperado a pesar de años soñándolo y ansiándolo. Miraba al mundo con ojos enormes, unos ojos donde cabían todo el asombro y la sorpresa. Cuando pasaron los primeros días de estar fuera de su pueblo, la mirada de la muchacha, comenzó a perder brillo. Sus cartas, famosas por todo el mundo, se fueron haciendo cada vez mas escasas, una nostalgia enorme por su pueblito, apenas la dejaba escribir. Sus pasos al recorrer el mundo, se hicieron lentos, desganados. Su mente, antes obsesionada con viajar, solo recordaba su pueblito, sus calles sucias, sus casas a medio derrumbar o medio construir. Un día se levantó decidida; se miro en el espejo y se dijo a si misma; ¡Es hora de regresar!

La muchacha que soñaba con viajar, armó sus maletas, recogió los regalos que le habían hecho, hasta diplomas de reconocimiento. Volvió a echarse su vieja maquina de escribir al hombro. Sacó pasaje en la vieja diligencia que hacia el viaje a su pueblito natal. Llego una mañana de abril, abril es un mes especial para los regresos. Nadie la esperaba, casi todo el pueblo estaba seguro que no regresaría, que se perdería por esos caminos del mundo que su abuela un día recorrió, que olvidaría su pueblito.

Cuando regreso, fue directo a su vieja y humilde casita a un costado del pueblo, se sentó a su vieja maquina de escribir y envío a sus amigos la mas hermosa de todas las cartas que jamás se habían escrito. Mientras escribía, sinsontes y colibríes, se acercaban a su ventana, un girasol enorme, inclino sus pétalos en dirección a ella, olvidándose por un instante del sol. Cuando termino, salio al portal de su casa, el pueblo reunido, la esperaba, le preguntaron de sus viajes, sus escritos, de su regreso. Los miro y sonriendo les dijo:

– Viajar es bueno, uno aprende cosas, tiene puntos de comparación, se aprende que a pesar de sus calles viejas y rotas, de sus casas abandonadas, uno ama a su pueblo, de un modo especial, lo necesita, mas allá de romanticismos y nostalgias. Lejos de este pueblo, no puedo escribir, necesito de ustedes, de este viento y este sol para poder crear.

Una vieja, se le acerco, le dio una tacita de café recién colado. La muchacha que soñaba viajar, sintió que la esperanza renacía, su mirada adquirió un nuevo brillo, los miro a todos y les dijo:

-¿Que tal si hacemos de este pueblito un lugar mejor, que en vez de soñar con irnos y viajar, soñemos en reconstruirlo? Unamos nuestras fuerzas, logremos que un día muchos sueñen con visitar nuestro pueblito, que los que se han ido, regresen, juntos haremos el milagro!

Un aire fresco recorrió el pueblo, el jefe de la guardia del pueblo, sintió un fuerte dolor en el pecho y se inclino sobre su buró, así lo encontraron la mañana siguiente, cuando vinieron a limpiar su oficina. Empeñados en reconstruir el pueblo, nadie había notado su ausencia. La muchacha que soñaba viajar fue electa jefa de la guardia del pueblo, un nuevo cartel en la puerta de su oficina fue colocado; responsable de los sueños del pueblo.

La muchacha que un día soñara viajar, comprendió que no fue solo el amor por su abuelo, lo que decidió a su abuela, un buen día, a quedarse a vivir, para siempre, en un pueblito lejano.

Fotografia de una pintura de Fuentes Ferrin, pintor cubano, radicado en Houston, Texas.

De la seria Suitcases, Maria.

Partir!

Irnos, por vez primera, por segunda o tercera vez, irnos un montón de veces, es cortar ataduras, pretender romper lazos, desgarrarnos. Volver a ver, desde la ventanilla de un avión, como se aleja nuestra Habana, nuestra isla.

Todos recordamos la primera vez que nos fuimos es algo imborrable, por ansiada, soñada e intentada un montón de veces. Esa primera vez, fue, para todos, un suceso. En mi caso, tuve la suerte de partir junto a un amigo, un hermano. Recuerdo que empujaron el avión, de pronto lo regresaron, se oyó la voz del capitán; por problemas con la lista de inmigración, el avión tuvo que regresar. Nadie hablo, nadie respiro, un minuto mas de demora y todos hubiéramos muerto por asfixia, a los cinco minutos volábamos rumbo a Madrid.  Sentí, como un desgarramiento, un desprendimiento, algo de mí, quedo para siempre en esa Isla, junto a mis seres queridos. No tuve valor de mirar por la ventanilla del avión; no me atrevía a ver a Cuba alejarse en la distancia, sin saber cuando volvería a verla. Alli quedaba mi madre, esperando mi regreso.

He tenido la suerte, prohibida para muchos, de regresar varias veces a Cuba. He vuelto una  y otra vez a los brazos de mi madre, he vuelto a partir otras tantas. Recuerdo cuando la muerte de mi padre, pase 21 días con ella, dándole fuerzas y aliento. Mami, nunca me despide ni recibe en el aeropuerto, esa vez, cometí el error de mirar para atrás, cuando el auto se alejaba rumbo al aeropuerto. La imagen de mi madre, de pie, en el portal, tratando de retenerme con la mirada, me desgarro. No pude hablar durante todo el viaje, hice el chequeo, un dolor en el pecho me ahogaba, minutos antes de despedirme, sentí un alivio, solo pude decir; gracias Dios mío. Mi hermana, se sorprendió, le dije, creí que me moría de angustia, ya paso.

Cada regreso, es como si nunca hubiera partido, mi sitio exacto, permanece esperando por mí, en mi casa, en el corazón de los míos. Llegar a casa, es sentir los lazos que creía rotos, mas fuertes que nunca, por unos días, somos los de antes, los de siempre, los que nunca  nos fuimos. Cada partida, tiene el desgarramiento de la primera. Bastan solo unos días, unas horas, para borrar años de lejanías y ausencias. Tal vez, nunca nos fuimos del todo. Somos felices donde vivimos, adoptamos nuevas tierras como nuestras, no vivimos del recuerdo y añoranzas. Tener a Cuba, en el corazón, es vivir en el futuro, en la luz. Su presencia, no impide luchar y afincarse en otros países. Nuestra Isla, es, sin saberlo nosotros, el puente a un futuro mejor de todos sus hijos. La raíz y la flor, que nos afianza y adorna.

Cada vez, que el avión despega, los lazos intentan romperse, la uniones, parecen que se quiebran. El piloto, da toda la fuerza al motor, son muchos corazones, de un lado y del otro, que se resisten a  separarse. La Habana tiende sus brazos, pretendiendo retenernos, Cuba, nos envuelve en  un viento que frena las alas, mi madre, suspira, enjuga una lagrima, mira una foto mia y se dice; volverá pronto.

Nunca puedo ver la imagen de mi madre perderse en la distancia, ni mirar por la ventanilla del avión y ver mi ciudad, mi Isla desaparecer poco a poco. Cada partida, tiene un poco, o un mucho de la angustia de la primera vez. Cuando el avión aterriza en Miami, se que llegue a casa, donde vivo y trabajo, donde soy feliz y realizo sueños. Reviso mi mochila, mi alma, siempre se me queda algo allá en La Habana, junto a mi madre, siempre me traigo algo de ellos, conmigo.