Una Rosita, entre zarzuelas, operetas y recuerdos.

Visitarla en cada uno de mis viajes, se ha hecho costumbre, desde la primera vez que fui a verla, en el hospital, recién operada. Siempre recuerdo su emoción y el brillo de sus ojos, cuando le leí mi primer escrito sobre ella. Pasar unas horas disfrutando de su compañía, escucharla hablar de su vida y su arte, es un punto obligado en la geografía de mis viajes a La Habana.

Conversamos, siempre nos cuenta algo nuevo. Su larga y exitosa carrera, necesitaría muchas visitas para agotarse, para poder contarla toda. Visitarla, tiene siempre una magia especial para mi; la mujer que tantas veces admire desde la sala de mi casa o la platea de un teatro, se viste y maquilla, especialmente para mi. Nunca sabré, si entré yo, a su mundo o ella decidió ser parte material del mío.

Nos habló de cuando en Méjico, durante un intermedio, en el teatro, le dijeron que dos personas muy importantes la esperaban en el camerino; no quisimos que esperaran afuera, le dijeron. Abrió la puerta, ante ella, el músico y el libretista de Luisa Fernanda, la zarzuela en la cual ella hacia una creación del personaje de la Duquesa Carolina; vinimos a ver a la mejor Duquesa Carolina!  Le dijeron al verla, Rosita, con esa sencillez que la caracteriza, trato de restar meritos a su actuación en ese personaje; ustedes, no me han visto, como pueden decir eso! Dijo, mientras se sonrojaba, no la dejaron  hablar más. En Méjico, en España y en La Habana, todos los que la han visto, coinciden que usted es la mejor Duquesa Carolina! Afirmaron, mientras sus ojos se abrían de asombro, ante tanta belleza. Estoy seguro que no esperaban a una Duquesa Carolina, vestida de bataclana, mostrando unas piernas dignas no de una Duquesa, de una Reina!

Nos contó, como construía los personajes; no me limitaba solo a la parte vocal, si como en el caso de Luisa Fernanda, interpretaba a una Duquesa, pues asumía porte y gestos que caracterizaran al personaje. Mueve los brazos, gesticula, la Duquesa Carolina, se hace presente, por unos segundos.

Nos contó de La Viuda Alegre, de como la hacían repetir cada noche, la salida, la Ninfa y otras partes de la opereta, hasta 3 veces. El público no se cansaba de escucharla. En esta ocasión, nos recibió, vestida de negro, mientras hablaba, en mi imaginación, la cubrí de plumas y lentejuelas y la imagine, haciendo solo para mí, la salida de La Viuda alegre.

De la mano de Antonio Palacios debuto en zarzuelas. Una noche, finalizando la temporada, Ernesto Lecuona, fue a verla al teatro, se rindió a su arte y su belleza. Nos contó de la emoción que sintió cuando fue a felicitarla. A partir de esa noche, Rosita seria parte de la compañía de Lecuona, alternaría actuaciones con figuras consagradas. Cuenta, entre risas, como alternaba con otras cantantes; algunas, con más voz que yo, nos dice. Baja los ojos en su acostumbrado gesto de modestia y nos dice; sin embargo, el teatro se llenaba, cuando yo interpretaba el personaje. Es que el público, siempre me ha querido, dice Rosita. Me siguen queriendo, agrega, mientras una luz ilumina sus hermosos ojos; a veces, pienso que no he estado bien del todo, pero vienen, me felicitan, es el cariño que me tienen.

Nos habló, de como sigue vigente en el amor del pueblo, cuando va de compras o al teatro, siempre la reconocen, la saludan, le piden una foto. Será siempre, nuestra Rosita. Una rosa, que a punto de cumplir sus 90 años, aún se sube a un escenario, entre aplausos y ovaciones.

No vive anclada en el pasado, es parte del presente, se asombra y fascina con el avance de la tecnología. Su voz y su risa, no tienen edad, a veces, parece una niña traviesa, contando historias y riendo. Estoy seguro, que cada mañana, la vieja de mis historias, le da una taza de su café mágico; la esperanza, vive en ella, alienta en esta mujer, que juega con los años y los recuerdos, haciendo magia con su arte y su belleza.

Le pregunto; Rosita, algún deseo insatisfecho? Algo que quisieras ver, su voz adquiere un tono serio; Paz, José, que exista paz en el mundo, que se acaben las guerras, que nos dediquemos a cuidar la Tierra, a construir y no a destruir.

Antes de irnos, le leí mi escrito, “Una puesta de sol con Rosita“,  me pregunto si lo había publicado. Le expliqué que estaba en mi blog, en Internet; no todos tienen Internet, dice mientras busca el apoyo de mami; verdad que debe publicarlo? Le prometo que estará en mi libro, que le traeré un ejemplar dedicado, insiste de nuevo; debes publicarlo, lo espero. Rosita, se une a mis amigos, a mami, a mi musa transoceánica y a La Habana, reclamándome mi libro, saben que no podré negarme.

Nos vamos, con el goce interior de haber tenido, no una cita con Rosita, una cita con el arte, con la historia. Cada instante junto a ella, es un recuerdo de lujo, lo sabemos. En mi casa, en La Habana, comienzo a darle forma a este escrito. Mami, a mi lado, me mira y sonríe; escribiendo sobre Rosita, verdad? Hoy recién, convocado por una foto que un amigo me envío, recordé mi escrito sin terminar, solo corregí algunas palabras. Con mami a mi lado, desde La Habana y con el calor del beso de Rosita en mi mejilla, las musas bien pudieron tomarse un descanso. Gracias Rosita, por abrirme las puertas de tu casa y de tu alma!

Una tarde con Rosita.

                        

La conocí personalmente en Miami, en una de las tantas fiestas en su honor que sus amigos organizaban. Solo había intercambiado con ella algunas frases. En una ocasión le di las gracias por no abandonarnos; cuando las luces se apagaban, ella brillaba en nuestros corazones e iluminaba las noches habaneras. Nunca imaginé que el azar y un amigo se unieran para regalarme; una tarde con Rosita!

La llamé para decirle que le traía un regalo de un amigo muy querido, quedamos en vernos a las 5 de la tarde. No ibamos a tomar el té, sin saberlo, ibamos a tomar, junto a Rosa, una clase de historia de la cultura cubana, de su vida, su arte. Sin darme cuenta, de portador de un regalo, terminé recibiendo un regalo especial. Vivimos junto a ella, momentos inolvidables.

Nos recibió una señora de una belleza deslumbrante,de esas bellezas sin edad, ni tiempo, sin final. Aún convaleciente de una operación, en el cuarto de un hospital, su luz natural, su encanto, nos fue envolviendo poco a poco.

Nos habló de las más de 100 operetas y zarzuelas que centralizó. Nos contó como en los inicios de su carrera, cuando interpretaba zarzuelas y operetas, los teatros no tenían micrófonos, ¡había que cantar de verdad! Cuando le dije que nuestro amigo común, hizo una edición de fotos mías para mi cumpleanos y que el fondo musical fue ella cantando “Todavía”, de Manzanero, me regaló un fragmento de la canción. Se imaginan, ¡Rosita, cantando especialmente para mi! 

Dueña de un encanto especial, se fue transformando ante nosotros, dejó de ser una señora recién operada, convaleciente aún. Poco a poco fue restando años y sumando alegrías, ganas de vivir, de hacer. Se volvió a las productores de la película, inconclusa por su accidente y les sugirió montar el set de las escenas que faltaban en su casa. Sus manos se movían con agilidad y sus ojos destellaban fuego, el tiempo no ha podido, ni podrá jamas vencerla.

Le conté de mi escrito sobre ella y como nuestro amigo común me pidió que se lo leyera. Mientras leía mi escrito a Rosita, ella me interrumpía y hacía comentarios. Se asombraba que recordara tantos detalles sobre su vida. En ocasiones, me decía; si, asi mismo fue. Cuando terminé la lectura, tomó el papel en sus manos y lo guardó, me besó, me dio las gracias. Su aceptación es el mejor premio que pude recibir.

Me acompañaron en esta visita, mi madre, mi hermana, mi sobrino-hijo y su novia, nadie quiso perderse la oportunidad de conocer a Rosita. Llegamos pensando estar sólo unos minutos, fueron dos horas, dos horas extraordinarias. Dos horas donde la magia y el hechizo de Rosita se adueño de nosotros. Mami, la miraba admirada, mi sobrino-hijo, se dejaba seducir por esta mujer extraordinaria y yo, disfruté una tarde especial, inolvidable.

Rosa, se sabe admirada y querida por cuatro generaciones de cubanos. Sabe que es nuestro mito viviente, pero esto no la hace sentirse superior, no tiene aires de diva, no los necesita. Es una mujer sencilla y encantadora que regala sonrisas y cariño a todos. Esta hecha de esa materia especial de las grandes, de las que nacieron para hacer historia, ¡se sabe Rosita y eso le basta!

En el hospital, recibía constantes muestras de carino y admiración, todos querían tener un detalle, dejar constancia de su afecto. Los custodios de la entrada, cuando supieron que ibamos a ver a Rosita, nos hablaban de ella con orgullo. Ella, será siempre, nuestra Rosita.

Por vez primera no voy a terminar un escrito con palabras mías, quiero usar las de mi hijo. Las palabras de un joven que estrena sus 23 años, un típico joven habanero de estos tiempos. Un joven que maneja un carro viejo, boteando por las calles habaneras. Un joven que no tuvo oportunidad de ver a Rosita en teatros, que no disfrutó de sus programas en la televisión cubana. Un joven que sucumbío al encanto de Rosita y se enamoró, para siempre, de su mirada.

Al día siguiente cuando ibamos a visitar a unas amistades, mi hijo me dijo; ¡es una de las tardes más felices de mi vida, que mujer tan maravillosa!