Amanecer.

Me despierto, salgo al patio, una vez mas los olores me tienden trampas, me hacen confundir tiempo y espacio; mi patio, acá en Miami, huele exactamente como el de mi casa en La Habana, allá en Playa. Un olor a tierra y sol inunda mis sentidos. Cierro los ojos, me transporto, olvido donde estoy, los olores, pueden ser también, un medio de transporte. Me parece que voy a escuchar a mi madre llamarme; Joseito, el café!

El sol, me acaricia, el mismo sol que entra por la ventana allá en La Habana y despierta a mi madre, nos da los buenos días a ambos. Borra distancias, nos acerca. Entro a la casa, preparo mi café de la mañana. Recuerdo amigos que vienen a menudo a compartirlo, un olor, también puede hacer presente a personas. Evoco el café que me llevan a la cama, allá en mi ciudad, es el mismo olor, pero algo falta a este café para ser perfecto; las manos de mami, dándome la tacita. Este primer café del día, tiene un encanto especial. Algo mágico lo endulza, ¿Será la esperanza de un nuevo y maravilloso día? ¿La certeza que basta proponérmelo, para materializar sueños y anhelos?

Comienzo el día entre olores que revuelven esperanzas y sueños. Olores que borran distancias y disminuyen ausencias. Preparo mi nuevo desayuno, con claras de huevos, frutas y avena, quaker, como decimos nosotros, allá en la Isla y acá. Créanme cada yema de huevo que echo a la basura, me recuerda escaseces. Pienso cuantos serian feliz allá, al sur de la abundancia, con un plato lleno de yemas de huevo. No puedo evitarlo, se incorporó a mis genes la necesidad de ahorrar. Aprendimos, para siempre, a ahorrar y guardarlo todo. Este desperdicio alimentario duele en los recuerdos cada mañana.

Intercambio mensajes de texto con un nuevo y especial amigo, reímos juntos. Reír temprano en la mañana, es como asegurar todas las risas del día, sonreírle a la alegría, invocarla  y asegurarla para el resto del día. Despertar sonriendo, es como sonreírle a la vida, a los sueños, una sonrisa, puede hacer el milagro de hacernos felices.

Vuelvo al patio, tomo otro poco de café, miro al cielo, las nubes dibujan figuras que se me antojan regalos, hechos especialmente para mí. Disfruto este despertar, este comienzo del día. Un amanecer, siempre tiene un encanto especial, no importa donde estemos. Cada salida del sol, es un canto a la vida, a la esperanza.

Me pregunto si la libertad, tiene algún olor característico, si puede sentirse, olerse, mas allá de sentirse y disfrutarse. Recuerdo otros amaneceres, otras mañanas. Todos tenemos despertares especiales, que estarán siempre con nosotros, evocados y presentes, en cada salida del sol. En este regarnos por el mundo, cargamos con ellos, serán parte de un amanecer gigante, que entre todos, vamos amasando y soñando, seguros que tendrá un olor característico, nuestro y libre!

Fotografia tomada de Google.

¡El Yara!

Cine privilegiado, vecino de figuras cimeras en el panorama habanero. Intercambia a diario saludos con Coppelia y el Habana Libre. A solo cuadras del malecon habanero, rodeado siempre de jovenes y público en general, situado  justo en uno de las esquinas mas estrategicas y concurridas de La Habana, 23 y L. El Yara, lleva años sobreviviendo en una Habana, que le sigue fiel y no le abandona, cambio de nombre, cuando alguien penso que Radiocentro, como tantos otros, deberia eliminarse y buscar uno mas “patriótico”. A veces, critico a quienes cambian de nombres al hacerse ciudadanos americanos, tal vez ese cambia-cambia de nombres que vivimos, los dejaron traumatizados  para siempre.

El Yara, pudiera contar la historia de la vida de muchos de nosotros. La primera vez que lo visite, siendo muy niño, ponian una pelicula mezcla de ciencia-ficcion y terror que me dejo aterrado por dias, despues fui cientos, multiples veces. Fue testigo de citas, besos, frustraciones, discusiones y sueños. Recuerdo cuando fui vaporizado por intentar abandonar el pais y una tarde, casualidades de la vida, marco en la cola del cine, exactamente detras de mi antiguo jefe, investigador de renombre en la Habana Se puso nerviosos, miraba a todos lados. Corria el riesgo que alguien pensara que aún eramos amigos y lo vaporizaran a él tambien. Tomó a su esposa del brazo y desaparecio de la cola, mientras yo reìa con ganas y algunos pensabas que habia perdido la razon repentinamente.

Un dia el Yara, asistio asombrado a un publico diferente, algo pasaba, largas colas para ver la pelicula que era mirada en absoluto silencio. Cuando parecia que el cine iba a venirse abajo de la risa colectiva, solo se escuchaba alguna carcajada incontrolable, seguida de la orden tajente de hacer silencio. Asistimos mudos y casi atados de manos a la proyeccion de “Alicia en el pueblo de Maravillas” solo 4 dias duro en cartelera. Los mismos encargados de hacernos permanecer en silencio, se cansaron y la pelicula desaparecio de escena, casi a punto de batir records de espectadores en tan poco tiempo.

El Yara, ha servido de cine, lugar de citas, portal inmenso para reunir jovenes y soñadores, cine multioficio, de perfil ancho, como dijeran allá. A veces comprábamos el helado en Coppelia e ibamos a saborearlo “allá en la barranca de todos”. El Yara, asiste dia a dia a su propia funcion, invitado de lujo en la vida de una ciudad, que apoyada en su malecon, suspira  y sueña.

No he comentado mi última visita al Yara o al Radiocentro, aún no ha sucedido, siempre habrá una próxima. No se si iré a ver una pelicula o solo a sentarme en uno de sus muros, si iré enamorado o solitario, dormido o despierto. No se si será un dia de lluvia o de sol. Será, por seguro, un dia de sueños realizados. Solo quiero que me acompañen muchos y si queremos reir a carcajadas o gritar que nadie nos mande a callar, al contrario, que la risa sea colectiva, unidos todos en una carcajada sin final.