Luisa, una mujer cualquiera.

Nació en un barrio humilde de su ciudad. Vivía con su madre. Su padre, las abandonó, por correr detrás de una hermosa y joven  mujer, cuando ella tenía solo un año. Desde pequeña, supo de escaseces y limitaciones, de ahorrar hasta las lagrimas, para tener, aunque sea, algo guardado para mañana.

Su madre, trabajó sin descanso, combinaba su trabajo en una fábrica, con el lavado de ropa, en casa. Cada vez que Luisa, llegaba de  la escuela, el patio, estaba lleno de ropa recién lavada. Luisa, se cambiaba y corría a tratar de ayudar a su madre. La mamá, la miraba, sonreía.

-Usted, póngase a estudiar, con una lavandera en la familia basta!

Luisa se sentaba en el comedor, a regañadientes, rodeada de libros. Siempre había sido la mejor alumna del aula, captaba y aprendía rápido. Esta niña, llegará lejos, decían sus maestros. Su madre, soñaba con ver a Luisa, graduada de la Universidad, independiente y luchadora. Sin necesitar un hombre a su lado, para evitar trabajos y limitaciones. Luisa, sería una mujer plena, el hombre que llegara a su vida, seria solo a traerle amor, no necesitaría más.

Luisa, siguió estudiando, fue siempre la primera en su curso. Llego el momento de decidirse por una carrera universitaria. Su madre, soñaba verla con su bata blanca, doctora en el mejor hospital del país. Ella decidió, hacerse ingeniera industrial, trabajaría en una fábrica, como su madre, pero un día sería, la directora general.

Se gradúo con todos los honores. La dedicatoria de su tesis, fue breve; A mamá, que nunca me dejó cambiar los libros por la batea de lavar.

Al graduarse, la ubicaron en un complejo industrial, al norte de la ciudad. Su primera posición sería, jefa de producción. Luisa, llegará muy lejos, decían los directores de la empresa, hasta el ministro, se sorprendía de su capacidad e inteligencia.

Una terrible crisis económica, sumió al país en la mas extrema pobreza, muchas fábricas cerraron. La fábrica de Luisa, fue una de las pocas que permaneció abierta, aunque disminuyó personal y producción.

Un día, al llegar Luisa, del trabajo, su mama, no la esperaba en el portal, una vecina, sentada en su sillón, le dijo.

-Esta en el hospital, se la llevaron grave!

El grito de Luisa, mientras corría al hospital, se escuchó en las montañas más lejanas, cruzo el mar, estremeció a muchos que no conocían a Luisa, ni a su madre.

La mama de Luisa, se recuperó, pero no del todo, apenas podía balbucear algunas palabras, tendría que moverse en silla de ruedas y tener una alimentación reforzada. Luisa, se vio ante una disyuntiva; si seguía trabajando, todo el dinero se le iría, pagando a la persona que  cuidaría a su madre, si dejaba por un tiempo el trabajo y se dedicaba a cuidar a su madre, no tendrían dinero para comer y su madre, necesitaba una dieta especial. Pensó muchas veces, antes de decidirse.
Luisa, sacudió la cabeza, mientras esperaba que el Director general de la fabrica, la recibiera.

-Licencia sin sueldo por 6 meses! Es demasiado tiempo, rugió el Director general.

-Es mi madre, me necesita, esta enferma, o me da la licencia o renuncio.

El Director, lo pensó, sabia que el ministro en persona intervendría si Luisa renunciaba, firmo la licencia a regañadientes.

Luisa, llego a su casa, se quitó la ropa, salio al patio, fue directo al cuartito del fondo, donde su madre guardaba los trastos viejos que ya no usaban. Encontró la vieja batea que sirvió a su madre mientras ella estudiaba, la miro fijamente. Ahora es mi turno, dijo sonriendo extrañamente.

La hija de Luisa, la ingeniera, lavando ropa! Comentaban las vecinas. Luisa, cuidaba de su madre, ponía su sillón de ruedas a la sombra, mientras lavaba y tendía la ropa que aseguraba el dinero para la comida. Si su madre, la crío y le dio carrera lavando ropa, ella sería capaz ahora, de cuidarla y alimentarla, haciendo lo mismo. Luisa, tenía una gran clientela, algunos vecinos, rentaban habitaciones a extranjeros, comenzó lavándoles la ropa de cama y las toallas. Termino, lavando también ropas de los extranjeros, algunos, hasta se la llevaban
ellos mismos, disfrutar de la belleza de Luisa, mirarla y soltarle algún piropo, se fue haciendo costumbre entre sus clientes extranjeros. Ninguno se atrevió nunca a invitar a Luisa, a salir, su seriedad, imponía un límite, difícil de saltar.

De sus compañeros de trabajo, solo Pedro, venía a visitarla. Empezó a trabajar en la fábrica, un mes, después de Luisa, en el almacén cargando cajas y haciendo cuanto le dijeran, era servicial y cumplidor. La belleza de Luisa, lo deslumbró desde el primer día, pero no se atrevía a decirle ni un piropo a la jefa de producción. Cuando supo que dejaba la fabrica por un tiempo, averiguo su dirección, consiguió unas naranjas y unas malangas. Se le apareció a Luisa un día en su casa, tocó a la puerta, cuando Luisa, abrió, sonrío.

-Mira, para tu mamá.

-No tenias que molestarte, gracias.

Lo invito a tomar café, un café que a Pedro, le supo a gloria.

Todas las semanas, Pedro, pasaba a llevarle algo a Luisa, tomaba su café, hablaban un poco y se iba, feliz, con la ilusión de la próxima visita.

Una mañana, Luisa, llevo a su mamá al hospital, le tocaba el primer chequeo después del alta. El doctor, revisó todos lo análisis, miró a Luisa a los ojos y le dijo.

-Hay mejoría, pero si no refuerza su alimentación, no volverá a caminar nunca mas, ni siquiera podrá hablar. Tiene que comer carne de res, pollo, huevos, una dieta híper proteica es la única solución. Sus palabras golpearon a Luisa, la derrumbaron en la silla. De donde sacaría suficientes  dólares para comprarle esos alimentos a su madre? Lavar ropa, daba para comer, comprarle algunos huevos y un pollo de vez en cuando, pero, carne de res! Ni lavando ropa las 24 horas del día.

Luisa, llego destrozada a su casa, preparó algo de comer, le dio la comida a su mama. La llevo en su silla hasta el patio, le gustaba mirarla mientras lavaba la ropa. Su mamá, se quedo dormida. Luisa, dejo la ropa, se recostó a la batea y lloró, esa tarde, consumió las lagrimas ahorradas durante toda su vida. Lloraba por su madre enferma, por la miseria que la obligaba a lavar ropa, para poder cuidar a su vieja, por la vida, que a veces golpea con fuerza, sin piedad. Entre lagrimas, vio que una de sus vecinas, Pancha, le traía un bulto inmenso, lo dejo en el suelo, se le acerco, le miro a los ojos y le dijo.

-Luisa, no puedes seguir así, se que eres una muchacha decente y seria, pero si no haces algo, la vieja se te muere. Manuel, el gallego que viene casi todos los meses, esta loco por ti, insinúatele, solo un poquito y caerá a tus pies, tú y tu madre, vivirán como reinas, hazlo por ella.

Luisa, se puso de pie, seco sus lágrimas, negó con la cabeza.

-No puedo, no podría hacerlo.

Pasaron los días, anunciaron ciclón, llovía a cantaros en la ciudad, bajo el agua, Pedro, fue a ver a Luisa.

-Solo te pude traer unos  huevos, son los míos de la cuota. No es mucho, pero al menos le resuelves una comida o dos.

-Pedro, que bueno eres, tienes cara de ángel. Eres el único de la fábrica que viene a verme y hasta te quitas la comida, para dársela a mami.

Al despedirse, Luisa, le dio, por vez primera, un beso en la mejilla. Pedro, en su emoción, olvidó abrir el paraguas, se fue, bajo el agua, sintiendo que la mejilla le ardía. Para él, no existían lluvias, ni distancias, llego a pie a su casa, acariciándose la mejilla que guardaba el beso de Luisa.

El ciclón, no acababa de pasar, pero las lluvias intensas duraron días, tantos, que a Luisa, se le acabo todo lo que tenia guardado, solo le quedaba, lo justo para el almuerzo de su madre, para la noche, no tendría nada que darle. Se sentó a llorar en el sillón de su mamá, seco sus lagrimas, fue al cuarto, se vistió, se tiro una capa por encima y fue a visitar a Pancha, su vecina.

Pancha, se ofreció a quedarse con su mama dos o tres horas, para que ella, saliera con Miguel, el gallego.

Esa primera salida, fue solo un paseo, unos tragos y conversar. Miguel, era un hombre inteligente, sabía que a Luisa, tenia que ganársela poco a poco, le gustaba la muchacha, desde el primer día que la vio. La dejó una cuadra antes de su casa, Luisa, prefería mojarse a que los vecinos la vieran en un auto rentado por un extranjero. Antes de bajarse del auto, le puso un dinero en las manos.

-No estoy pagándote nada, es para que le compres algo a la vieja, se que lo necesitas.

Luisa, sintió que la vergüenza la mataba, pero necesitaba el dinero, por eso había aceptado salir con el gallego.

Cuando llegó a su casa, fue directo a bañarse, Miguel, no la había tocado apenas, pero sentía un asco enorme. Se bañó, restregándose con fuerza, descubrió una mancha en su muslo, una mancha pequeña de color amarillo. Mientras mas la restregaba, mas brillante aparecía, no le dio importancia; tal vez el vestido me manchó la piel, pensó.

Al día siguiente, Pedro, fue a visitarla, le había conseguido algunas viandas y un pedazo de pollo.

-Toma, para la vieja y esta rosa es para ti.

El beso en la mejilla, le había dado el valor que le faltaba, la lluvia, se había llevado su timidez.

-Luisa, se que eres una mujer que ha estudiado, que aunque ahora estas en tu casa, cuidando a tu mamá, eres la jefa de producción de la fabrica, donde yo solo cargo cajas y bultos, se que tienes 24 años y yo solo 22, pero se que te quiero y mucho. Aún guardo el calor de tu beso en mi mejilla, no duermo pensando en ti. Déjame intentar hacerte feliz, déjame luchar por ti! Dame una oportunidad, coño! Una sola y te prometo que serás la mujer más feliz del mundo.

Luisa, sintió su corazón desbocarse. Justo cuando estaba al borde del abismo, Pedro llegaba y su brazo la salvaba de caer, el amor, hacia el milagro! Se dejo caer en los fuertes brazos de Pedro y por vez primera, desde aquella tarde que no encontró a su madre esperándola, fue feliz. Sus labios se encontraron y un beso los unió, para siempre.

Pedro, la acaricio, la deja descansar sobre su pecho, casi al oído, le dijo.

-Vivo cerca de la fábrica, con mi madre, en la casa, tenemos un cuarto vacío, puedes mudarte para allá. Mientras trabajes, mami, puede cuidar de tu vieja, se que lo hará con gusto.

-Podemos irnos ahora mismo, recojo mis cosas, las de mami, buscamos un carro y nos vamos, dime que si, que puede ser ahora mismo.

-Por mi, encantado, pero con esta lluvia sacar a tu mamá, no me parece bien.

-Qué lluvia Pedro, si hasta salio el sol, mira, un arco iris!

Recogieron todo de prisa, Pedro, llamo a un amigo que los recogió en su auto. La mamá de Pedro, no hizo preguntas; conocía a Luisa, de tanto hablarle su hijo de ella, verlos juntos la hizo feliz, inmensamente feliz. Ayudó a bajar del auto a la madre de Luisa. Cuando estaban todos juntos en la sala, la tomó de la mano.

-Como se siente? Le gusta la casa? Le pregunto.

-Desde el día de la gravedad, no habla, aclaro Luisa.

Todos se sorprendieron, cuando una voz suave, desde su sillón de ruedas, dijo.

-Feliz, me siento a salvo! Mientras una lagrima corría por su mejilla.

Todos se abrazaron, la mamá de Luisa, no escapaba al milagro del amor.

Antes de acostarse, Luisa, quiso enseñarle la mancha amarilla a la madre de Pedro, pero no la encontró, había desaparecido, le hablo de la mancha y de su desaparición.

-No te preocupes, a las hijas de Oshún, cuando hacen algo que no deben, les sale esa mancha amarilla. Si desapareció, no hay por qué preocuparse.

Al día siguiente, Luisa, se presentó en la fabrica, fue directo a la oficina del Director general, le abrió la puerta el Vice director general de la empresa, se sorprendió al verla.

-Vienes a pedir otra licencia sin sueldo? Si supieras la falta que nos haces. Tuvimos que sustituir al Director general de la fábrica y al Subdirector, por robo e irregularidades. Yo, estoy al frente de la fábrica, hasta que encontremos a alguien idóneo para el puesto.

-No, vine a incorporarme, me mude a dos cuadras de aquí, con mi novio, su mamá, va a cuidar a mi viejita, mientras trabajo. El, también trabaja aquí, en el almacén.

-Luisa, podrías ayudarme en la dirección de la fábrica, eres joven, pero muy inteligente, si das la talla, el puesto de Directora general es tuyo, se que el Ministro, estará de acuerdo.

La mujer de nuestra historia, no podía creer lo que escuchaba, aceptó gustosa y antes del mes, ya estaba nombrada como Directora general de la fábrica. Implantó nuevos métodos, duplico la producción.

A los dos meses exactos de su regreso a la fábrica Luisa y Pedro, decidieron casarse. La madre de Luisa, aún no caminaba  del todo bien, pero podría asistir con un bastón, ellos la ayudarían. Fue una boda sencilla, el amor, no necesita de muchos adornos y lujos, se basta solo para hacer milagros.

Pasaron dos años, una tarde que Luisa, con su hijito de 6 meses en brazos, esperaba a que Pedro, terminara sus clases en la Universidad, se encontró con Pancha, la vecina que intento venderla a un extranjero. Pancha, la vio, siguió de largo, no se atrevió a mirarla a la cara, trató en vano que Luisa, no notara, la inmensa mancha amarilla que cubría su rostro.

Luisa, una mujer cualquiera, supo que la vida puede ser difícil, hasta tender trampas. Aprendió también que el amor, puede hacer milagros, algo que ustedes y yo, sabemos también.

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¡Olor a Cuba!

Hace días, leí en un periódico, un articulo sobre la memoria del olfato, como este sentido, nos hacia recordar, por ejemplo, el “olor a casa”. Ese olor peculiar que nos remonta a nuestra infancia de ropa recién lavada, sofritos, casa limpia. Esos olores que nos recuerdan tiempos pasados, nuestra casa o la casa de abuela, el barrio y la escuela. Recordando olores, de pronto, olí a Cuba, nuestra isla, fue como un viento desde el sur, trayéndome el aroma de nuestras vidas.

Ahora, que vivimos en Miami, y decimos que peste a comida! Y hacemos hasta muecas de desagrado, recuerdo cuando en casa, mami, hacia sus sofritos y todos le decíamos, que rico huele! Respirábamos fuerte, queriendo adelantar el almuerzo. Cada casa, tenía un olor diferente cada cuadra, cada cuarto, no conocíamos de ambientadores o velas de olor, igualando olores, eliminando particularidades y esencias propias. Nuestras casas de la infancia con las ventanas abiertas de par en par y la puerta dispuesta a quien quisiera entrar, olían a nosotros.

Siendo un niño, los amigos de mi padre cuando nos visitaban, al llegar, siempre decían; desde la esquina se siente el olor de la sazón de Concha! Sin dudas, ese olor a sofrito, nos recuerda a todos a nuestras madres, a Cuba, las comidas del domingo. Se mezcla con el olor a ropa lavada, a toallas y sabanas hervidas y tendidas al sol, conforma, entre otros, el olor de nuestra infancia, de nuestras vidas.

Hay un olor que caracteriza a La Habana, al andar por el Malecón; ese olor a mar rompiendo contra el muro de todos. Un olor único que a veces adivinamos en la distancia, en esas trampas que la nostalgia y La Habana, nos tienden día a día.

Diferentes olores se mezclan y conforman el olor de Cuba, los campos aportan su aroma, su olor a tierra, a monte, a cosechas, a tierra recién labrada. Las ciudades aportan el olor de cada cuadra cada barrio, tipificando y caracterizando cada ciudad, nuestra isla. Entre ciudades, café, campos de tabaco y caña, surge el olor de nuestra Isla.

Recuerdo, de niño, la primera vez que sentí el olor del guarapo. En un central, un vaso de guarapo fresco, frente a mi, que aún puedo oler en el tiempo y la distancia. Hay olores que se nos meten bajo la piel y nos acompañan para siempre. El olfato, hace su parte en nuestra teoría de la relatividad y nos mueve en el espacio y en el tiempo. Hay olores que me recuerdan etapas y momentos de mi vida. Cada vez que siento olor a leña ardiendo, recuerdo las escuelas al campo, sus cazuelas inmensas, las líneas para comer y el despertar con un; DE PIE! A pesar de malos recuerdos, ese olor, me hace feliz.

En cada casa cubana, se cuela café a cualquier hora del día, su aroma se une y mezcla a otros olores. Cada vez que sentimos ese olor a café recién colado, La Habana, Cuba, se hacen presentes, la nostalgia y los recuerdos nos guiñan un ojo, nos sonríen, los gorriones revolotean. El olor de un buen tabaco cubano, se mezcla con el aroma del café y crean una esencia única, capaz de hacer creer a cualquier cubano por el mundo, que camina por La Habana o por cualquier pueblo de la islita al sentirlo.

La Habana vieja tiene su olor peculiar, un olor a años e historias, a pasos de todos perdidos en el tiempo. Como me dijo un amigo; La Habana vieja huele a ladrillos viejos y humedad, tiene su olor propio. Nos pueden vendar los ojos y los olores nos guiarían por nuestra ciudad, por nuestra Isla. Cada pedazo de La Habana, aporta su esencia al olor general de la ciudad, al de Cuba. Estos olores, nos acompañan por siempre, están en nosotros.

Cuando llueve, La Habana adquiere un olor peculiar, durante la lluvia y al secarse el agua en el asfalto, dos olores diferentes que se unen y crean una magia irrepetible. A veces llueve en Miami y los olores me confunden, busco a mi ciudad entre expressways y anuncios lumínicos, no la encuentro, esta en mi corazón.

Cuba, se huele con la nariz y con el alma, en el recuerdo y en el presente. La llevamos en nuestra piel, orgullosos de oler a cubanos, dondequiera que estemos. De ser parte ayer y siempre, del olor de nuestra Isla.

También el amor, tiene su olor en Cuba, como lo tiene la esperanza, cada vez que sobrevuelo La Habana, cuando desciendo del avión, un viento con olor a esperanza, me golpea el rostro. Me anuncia un mañana que de un modo u otro, también nos traerá su olor, entre banderas al viento y sueños realizados, un olor nuevo que se sumara a otros y nos marcara para siempre, cambiandonos definitivamente.

Fotografias de Yohandry Leyva.