Un café vencedor de la Coca Cola del olvido.

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Manolo salio de Cuba una mañana de abril. Su vuelo era para Ecuador, les dijo a todos que iba a buscar algunas cosas para hacer un negocio. Les mintió, su destino real era Miami. Los días previos a su viaje, anduvo por la ciudad, visito las casas de amigos y familiares, hasta fue a las escuelas donde había estudiado; fue como un recorrido por sus recuerdos, su historia. No faltó la visita a casa de abuela. Acumulo pedazos de su vida, de su ciudad, su Isla, como si quisiera llevarse todo lo necesario para hacer los cimientos de su nueva vida. Es difícil eso de irse con mas de 25 años a cuestas, a iniciar una nueva vida.

Antes de salir de casa rumbo al aeropuerto, se despidió de su mamá.
– Vuelvo pronto, le dijo con la certeza que da el amor y la voluntad.
– Yo estaré esperándote siempre, le susurro al oído. Mi hijo y esa mochila tan pesada, ¿Qué llevas ahí?
– De todo mamá, mi vida entera, la voy a necesitar. Me voy, pero mi vida entera va conmigo. Costo trabajo reunir todos los recuerdos, pero lo logre. Dijo mientras acariciaba su pesada mochila.

El recorrido desde Ecuador hasta la frontera de México con Estados Unidos, fue duro y lleno de dificultades inesperadas. Al pasar la frontera entre Panamá y Colombia en Playa de Miel, tuvieron que subir una montaña. La pesada mochila de Manolo le hacia casi imposible avanzar.
– Vas a tener que botar algunas cosas de la mochila o tendremos que separarnos y dejarte atrás, no podemos seguir demorando nuestro avance, tampoco queremos dejarte solo.
Le gritó uno del grupo. A pesar que no se conocían, los trabajos pasados, el objetivo común, los había hermanados y se trataban como si se conocieran de años.

Manolo abrió su mochila, miro sus recuerdos, los acaricio. No sabia cual de ellos sacar para aligerar su marcha; tomo la mejor decisión. Dejo la mochila con sus recuerdos en la montaña, juntos se bastarían para cuidarse; ellos sabrían el camino de regreso a casa. Los miró por última vez y siguió con el grupo. Los dejo como quien abandona la vida en una esquina; sin valor para mirar para atrás, con miedo de quedarse con ellos.

Sin el peso de su mochila, Manolo avanzo rápido, era de los que iban al frente del grupo. Tenían prisa, el miedo a que quitaran la ley de ajuste cubano o que cualquier país de los que atravesaban tomara medidas para impedir su paso, les daba fuerza y aceleraba su paso. A última hora decidieron cambiar el punto en que cruzarían la frontera de Estados Unidos. Por donde pensaban hacerlo habían recibido cientos de cubanos y demoraría mas de una semana procesarlos. El sitio escogido fue perfecto; en solo horas ya estaban del otro lado, se despidieron entre si con promesas de mantener el contacto. Cada uno del grupo tomo un rumbo distinto, tal vez nunca más volverían a verse.

Manolo llego a Miami, su tía lo recibió feliz. Siempre lo considero el hijo que la vida no le dio, tenerlo junto a ella la hacia feliz y mucho. Lo ayudo en sus tramites, Children and Family, Social security, licencia para manejar, el permiso de empleo. Nada se le escapo a Juana que averiguo bien todo, cuando supo que su sobrino estaba en camino.

El permiso de empleo le llego pronto. Ya su tía le había hablado a varias amistades que tenían negocios que su sobrino era “un bárbaro” con la computadora, que se las sabía todas, que se había graduado con honores de la Universidad de Ciencias Informáticas. Su primer empleo supero todas sus expectativas, comenzaría ganando 50 mil al año, con muchas posibilidades de promoción y mejora de salario.

Tía Juana estaba feliz y orgullosa de su sobrino, pero había algo en la mirada de Manolito que le preocupaba; como una tristeza sin consuelo.
– ¿Qué te pasa Manolito? Deberías estar muy feliz, esta es tu casa, tú eres para mí como el hijo que Dios no me dio, tienes un trabajo muy bueno. Hay mucha gente que lleva años aquí que no gana lo que vas a ganar tú. ¿Qué te angustia mi hijo? Háblame claro.
– Los recuerdos tía, los recuerdos que dejé. Yo no quiero tomarme la Coca Cola del olvido, yo necesito tomarme el café de los recuerdos; sin él no podría comenzar mi nueva vida. No quiero ser como esos muchachos que he conocido que niegan que son cubanos y se creen gringos y hasta el nombre se cambian; prefieren ser Joe que José o Alfred que Alfredo. No quieren ni hablar español, toman whisky y coffee americano. Yo quiero seguir siendo cubano ciento por ciento. Cuba esta aquí en mi corazón y lo que soy y seré, es por mi patria, mi infancia, mi vida, mi madre y mis recuerdos. Necesito los recuerdos que deje allá en Loma de Miel.
– Ahora mismito llamamos a tu mamá, ella sabrá como hacer para reunirte tus recuerdos y mandártelos.

La conversación telefónica fue mas corta de lo que Juana y Manolo pensaban. Juana puso el teléfono en altavoz (speaker), quería que Manolito escuchara toda la conversación.
– Pancha mi hermana, soy yo Juana. Aquí tengo a Manolito angustiado porque perdió sus recuerdos y no sabe si tú podrás reunírselos y enviárselos. ¿Te será muy difícil mi santa?
– El único problema es tener con quien mandárselos. Todos sus recuerdos están aquí en su cuarto. Aparecieron una mañana y se acomodaron solitos en su cuarto, se sabían muy bien el camino de regreso.
Manolito lloraba de la alegría, sin poder hablar. Juana siguió con la conversación.
– Pues de eso me encargo yo, si no encuentro quien vaya a Cuba, voy yo misma a buscarlos, déjame eso a mí. Te quiero mi hermana, después te llama Manolito, ahora esta emocionado, un beso y cuídate.

A la semana exacta Juana le entregaba a Manolo su mochila repleta de recuerdos. Los tomó, mientras acariciaba la mochila y se encerraba en su cuarto. Paso allí 4 largas horas. Salio con una cajita con un polvo verde oscuro, fue directo a la cocina. Le pidió a su tía la manga de colar café que guardaba de recuerdo, mientras ponía agua a hervir. Cuando todo estuvo listo, a punto de colar su café especial, llamo a sus amigos, los que se habían cambiado el nombre y no querían ni oír el nombre de Cuba.
– ¡Vengan pronto es urgente!

Mientras sus amigos llegaban, Manolo colaba su café especial. La cocina, la casa se inundaba de un olor extraño y agradable. Juana grito desde la sala.
-¡Ese arroz con pollo huele como el de mima! ¿Qué le pusiste? ¿Y ese olor que siento a la colonia bebito que te poníamos cuando eras niño? Ay Santa Bárbara bendita, si siento el olor de mima, a su perfume, también el olor a tabaco de mi difunto esposo ¿Qué es esto Manolito, que estas haciendo en la cocina? Eso es brujería, pero coño, es una brujería bendita que me ha recordado toda mi vida. Gracias Caridad del Cobre.
– Toma un buchito tía, toma.
Juana saboreo ese néctar que sabía a vida, a recuerdos, que despertaba rincones dormidos de su memoria, que la volvía niña, joven y mujer de nuevo, que le traía a su Cuba de vuelta.

Tocaron a la puerta, Alfred y Henry entraron a la casa, abrazaron a Manolito, besaron a Juana.
– ¿Qué pasa en esta casa acere? ¡Que olor más rico carajo!
– Manolito tendrás un poquito de Habana club por ahí, tengo ganas de sonarme un buen trago.
Manolito reía, mientras les servia el café. A su influjo las olas del mar golpeaban contra las paredes de la casa, el agua les salpicaba el alma. Los cuadros de las paredes se convirtieron en balcones habaneros y los pasillos de las casa en esas calles habaneras llenas de historia y recuerdos. Hasta pregones se escucharon desde el patio. Los vecinos venian corriendo. Convocados por el olor del café especial que como el flautista del cuento, los reunía y llevaba a lo mejor de sus vidas. Alguien saco un cajón y empezó una rumba, la casa se convirtió en solar y los recuerdos en vida.

Alfred y Henry se abrazaron mientras gritaban a coro.
¡Esto si es vida mi hermano! ¡Que viva cuba libre! Y un viva enorme retumbo en todas las calles de Miami.

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Fotogarias de obras del pintor cubano Ladron de Guevara.

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Una promesa.

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Preparó su viaje a Cuba, sin avisar a nadie, lo mantuvo en secreto, hasta el último momento. No quería escuchar otra vez la historia; para qué vas a ir, si solo tienes allá primas y tías. También quería sorprender a sus primas, ver sus caras cuando la tuvieran frente a frente, sorprenderse a si misma, en ese encuentro con su infancia y afectos. Les dijo adiós una mañana de abril hacia años, mas de 30, sin saber como, ni por qué. Mientras estaba en el avión, en el viaje mas corto y mas largo de su vida, revivió aquellos días en que, como muchos, se fue del país llevada por sus padres.

Su mamá, una semana antes le dijo; ya no vas mas a la escuela, nos vamos del país en pocos días. Se alegro por eso de no tener escuela, pero no entendía muy bien que era irse del país, hasta pensó que era un juego que sus padres se inventaban. A los 6 años de edad, todo parece un juego, a veces. Solo se puso triste cuando su papá le dijo que sus primas no iban. Una historia larga de la que solo entendió que ella se iba y sus primas se quedaban.

Esa mañana, sus padres la despertaron temprano. Su mamá la ayudo a ponerse su mejor bata, le peinó su pelo y lo recogió en un rabo de mula; es mejor así para el viaje, le dijo. La miro y le dio un beso enorme, prolongado, el último beso en Cuba. Como si su patria, en los labios de su madre, le diera su adiós, un beso intenso, largo e inolvidable.

Recordaba los rostros de sus primas al despedirse, sus caras tristes. Ana, dejo para el final a Elenita, su prima preferida, eran como hermanas, se adoraban. Le dio un abrazo, mientras le decía al oído; no llores, volveré, ¡lo prometo! Elena, la miro a los ojos y le dijo.
– ¿Lo juras?
Ana, asintió.
– ¡Lo juro!

Más de 30 años, no sabía si su prima la reconocería. Se sentía culpable por tanta demora en cumplir su promesa. No era su culpa, todo tiene un tiempo exacto en la vida y este era el momento de su regreso, de cumplir promesas de saldar deudas, de sacarse angustias y nostalgias del pecho.

Salio del aeropuerto, tomó un taxi. Llevaba la dirección bien apuntada.

– Lléveme hasta aquí, parquee frente a la casa, por favor.

Esos 20 minutos hasta su barrio de la niñez y sus recuerdos, le parecieron horas. Como si el tiempo se vengara de ella por su demora en cumplir la promesa. Se bajo del auto, pago al taxista, puso su maleta en el suelo, miro a su calle, los árboles, el sol. Se soltó el rabo de mula, dejo su pelo libre, se sintió así. Suspiro, tomó su maleta. De pronto sintió que la abrazaban fuerte, unos brazos se aferraban a ella, hasta casi no dejarla respirar.

– Ana, Anita, estas aquí, mas de 30 años esperándote, no puedo creerlo, sabia que vendrías, te reconocí enseguida.

Rompieron a llorar, lloraban de tristeza, lloraban por todos estos años sin verse, por los juegos perdidos, por las sonrisas y penas que no pudieron compartir. Lloraban de dicha por estar juntas, las lágrimas borraban el tiempo sin verse, desaparecían la distancia, a pesar de tener casi 40 años, eran dos niñas en medio de la calle abrazándose y mezclando sus lagrimas. Tocándose, gritándose en el gesto; estas aquí, ¡¡Existes!!

Entraron a la casa abrazadas. Elena gritaba.

– Mamá, mamá, mira a quien encontré frente a la casa.

Un Ave María Purísima, Santa Bárbara bendita, retumbaron en la casa, mientras la mamá de Elena dejaba caer la cazuela con el potaje al suelo y corría a abrazar a Ana. Se abrazaron las tres riendo y llorando. Ana, comprendió que la familia, no se rompe con separaciones ni mar por medio. No importan años ni distancias. Siempre temió que su prima no la reconociera, temía la hubieran olvidado, que no recordara su promesa. A su lado Elena, sonreía y entre lágrimas le decía.

– Sabia que vendrías cualquier día, lo sabía. Cada vez que un taxi pasaba por la cuadra, salía a mirar si eres tu, regresando, me parece mentira tenerte aquí.

Volvieron a abrazarse, lloraron juntas por la separación, por la alegría del encuentro, por no olvidarse nunca.

Llego el día de la partida de Ana, Elena, la acompaño hasta el aeropuerto. Se abrazaron fuerte, como intentando retenerse.

– Vuelvo pronto, traeré a mi hijo quiero que conozca a sus primos que juegue con ellos, que al juntarse, ganen el tiempo que tú y yo perdimos.
– ¿Lo juras?
– ¡Lo juro!