El olvido es, a veces, un refugio necesario.

Dicen que el pasado no se acuerda de mi y el futuro no tiene idea de que existo. Estoy aqui, en medio del presente, revolviendo recuerdos, cocinando esperanzas.

Allá, donde comienza mi historia y la de muchos, alguien se refugia en el olvido, llama a hijos ausentes, cada día, a cada hora. Su casa y su mente estan llenas de recuerdos, los sueños, son solo reflejos del pasado. Su esperanza, su futuro inmediato, es el regreso de sus hijos.

Los imagina junto a ella, los llama, uno a uno, en la memoria. Se inventa un mundo sin ausencias; donde el adios no existe y el vuelvo pronto es una frase sin sentido. Los imagina regresando del trabajo o la escuela, pregunta si llegaron, si comieron. Escucha voces y risas, es feliz entre fantasmas que la rescatan del dolor y de las penas, que inventan risas entre lágrimas, que juegan a inventarle un mundo que no existe.

A veces, con permiso de fantasmas, regresa de recuerdos. Una llamada y su rostro se ilumina, juega a ser la de antes, la de siempre. Después del adios y de los besos, basta un gesto para convocar al regreso sus fantasmas; retorna a su mundo sin ausencias.

El pasado es su mundo y a él se aferra, a no dejar que la olvide. En él se inventa un mundo necesario que la salva de sufrir, del desconsuelo.

Un día le preguntaron por personas, le recordaron ausencias, adiós y penas, entre lagrimas sonrió. No olvido nada, solo que a veces el dolor es tan intenso que me refugio en fantasmas, desmemorias. Juego a inventarme un mundo en que están todos, sin despedidas, ausencias, sin angustias. Cuando el dolor no cabe en mi pecho, invento risas, me imagino a mis hijos en el patio. Vuelvo a servir la mesa para todos, mis fantasmas acuden puntuales a mi llamada.

Fotografia de “El caballero de París ” del pintor cubano radicado en Miami, Felix Gonzalez Sanchez