Por si me pierdo.

Por si me pierdo, quiero una bandera cubana, enorme, aqui en mi pecho. Que al quitarme la camisa, se disipen dudas y alguien grite ¡Cubano! Mientras sinsontes y colibríes me guían al sur, seguro de regresos y bienvenidas.

Quiero en mis ojos, siempre, la imagen de mi madre. Si me pierdo, si no encuentro caminos, que al mirarme al espejo su imagen grite, ¡Al sur, mi hijo, aqui, en mis brazos!

Quiero en mi mente la historia de mi patria, sus logros y virtudes, fracasos y defectos. Si vagando por el mundo me perdiera, me baste recordar historias y se me multipliquen ganas de verla florecer, libre y segura.

Por si mi pierdo, uno nunca sabe que podría pasar en esos caminos de la vida, llevaré siempre, un poco de tierra colorá en mis bolsillos, junto a la foto de mi madre y mi bandera. Es el conjuro perfecto del recuerdo, el boleto seguro del regreso; la dirección donde enviarme si me pierdo, donde me espero y tejo, futuros y mis sueños.

¿Qué es Cuba?


Una pregunta pequeña y una respuesta enorme. No pretendo tener la respuesta exacta, es imposible. Cuba es más que palabras y definiciones. Como dijo la escritora cubana Uva de Aragón, podría escribirse un libro tratando de responder y aún así no bastaría.

Cuba es usted, es él, soy yo, somos nosotros, dondequiera que estemos. Son ellos, los que decidieron quedarse y nosotros los que un día nos fuimos. Puede ser una palmera, una montaña o una bandera al viento, pero Cuba es más que palmas, montañas o banderas al viento. Es nuestra infancia, nuestra adolescencia, es la vejez y la vida, es también la muerte. Es un himno y un nudo en la garganta, es un grito y una lagrima, es pasado y también es futuro.

Cuba no es un gobierno, no es una ideología. Es un pueblo, una historia, es tradición y amor, es tierra y viento, fuego y lucha. Es un vuelvo pronto en el aire y un te llamo el domingo en el éter.

La patria, no es un recuerdo que puede borrarse. Cuba existe más allá de desmemorias voluntarias y negaciones absurdas. Más fuerte que insultos y repudios, más alta que las palmas que la adornan.

Cuba es sangre derramada, es sudor y esfuerzo, es orgullo infinito. Es crisol de razas y religiones, es lágrimas y risas, desespero y esperanza, ganas y sueños.

Cuba es tierra y mar, es vida y muerte. Es un arado, una balsa,  es pasado y futuro. Verguenza del que vive de ella y altar de quien la honra

Cuba es madres esperando, es golpes y empujes. Es un ansia de unión y unas ganas inmensas de hacer juntos esa “patria con todos y para el bien de todos”.

Es alegría y tristeza, es un tocororo, un colibrí, una mariposa. Un sueño que entre todos, poco a poco, conformamos, pintándolo de azul, blanco y rojo.

No será nunca olvido, amargura, resentimiento, es convocatoria. Vergüenza del que la olvida y orgullo del que lucha, vive por ella y la sueña. Dolor en el pecho y sonrisa en los labios. Orgullo de gritar; ¡soy cubano, carajo!

Cuba es la certeza que una patria no se salva olvidándola o negándola. No es una definición, no puede buscarse en diccionarios, habita en nosotros, segura de su eternidad y su triunfo. Es un grito inmenso de sus hijos, ¡Viva cuba libre! Y un mar de brazos, en la tierra y en las olas, levantándose en el intento.

Fotografia  de la obra de Feliz Gonzales Sanchez, “Esperando el 8 de septiembre”

Un gringo en Yoyito.

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Tengo un amigo gringo, no cubanoamericano o gringo de 2da generación; gringo ciento por ciento. Algunos domingos me invita a almorzar, aparte del almuerzo y su agradable compañía, las horas que pasamos juntos son las pocas en que puedo practicar el inglés que pase años estudiando en Cuba. En este Miami cubanizado y latino, el inglés casi que pierde la batalla con el español y que nos perdone Shakespeare. Cuando mi amigo me llamo para almorzar juntos le dije; hoy vamos a un restaurante cubano, te va a gustar, nada de Cheesecake Factory ni Longhorn steak house, comida cubana y de la buena.

A las 2:30 de la tarde llegábamos a Yoyito, esperamos unos minutos por la mesa. En la Hialeah del café cubano en cada esquina y los “ecume”, después que te dieron tremendo empujón, no se ve todos los días un gringo pidiendo moros, puré de malanga y tostones. Mientras comíamos, me reía y tomaba algunas notas para un posible escrito.

Mi amigo es un circunspecto profesor universitario que se niega a vivir al norte y a fuerza de amigos cubanos, lo hemos ido cubanizando poco a poco. Se sorprendió por el trato familiar y cariñoso de las camareras y en especial por el de Eduardo. Nos sentíamos como si un amigo nos hubiera invitado a almorzar a su casa. Al final así nos sentimos todos en Yoyito, en nuestra casa. El ambiente, la calidad de la comida nos hacen olvidar que estamos en un restaurante, tan en confianza estábamos, que casi se nos olvida pagar la cuenta, je, je, je.

Siempre que voy a Yoyito descubro algo nuevo y no me refiero solo al menú que dan ganas de ser rumiantes y tener dos o tres estómagos para poder disfrutar más de la comida. En esta ocasión repare en un San Lázaro que se encuentra en una esquina del local, cerca de la cocina. En todo negocio cubano que se respete, no falta el viejo Lázaro o Cachita, sin importar creencias y Fe. Más allá de religiones, su presencia nos trae a Cuba al exilio, es nuestro modo de gritar; ¡Soy cubano! De apuntalarnos.

Todos cuando emigramos nos trajimos a Cuba en el alma, decididos a triunfar y a no olvidarla. En Yoyito, Cuba se hace presente, se siente. No solo por la ambientación del local o su ubicación en la Hialeah de los exilios y añoranzas o por el local repleto de cubanos hablando a grito limpio mientras comen. En este, nuestro reinventarnos la teoría de la relatividad y burlarnos de curvaturas del espacio y formulas complejas, Yoyito es un pedacito de La Habana, de Cuba que nos inventamos para paliar nostalgias y ausencias. Un lugar recurrente y necesario en nuestra reafirmación de cubanìa.

Mi amigo el gringo, disfruto su almuerzo, nos despedimos con un abrazo de Eduardo, no sin antes tomarnos nuestra tacita de café y lamentarnos por no dejar espacio para las torrejas. A la salida, en el auto, me dijo, me gusto, quiero volver. Volver, le dije, ese es nuestro verbo preferido. Volveremos a Yoyito y a esa Cuba que se anuncia en la esperanza de ¡Una patria con todos y para el bien de todos!

¿Donde esta La Habana?

Hay ciudades que no conocen de límites, ni fronteras, se burlan a diario de la geografía. Ciudades que no pueden ubicarse en un lugar específico, no entienden de mapas y localizaciones. Son capaces de hacer suspender un examen de geografía a cualquiera que estudie por libros, a quien no conozca de sueños y fantasías. Así es La Habana, ciudad viajera, ciudad capaz de aparecer en Europa, América o África, Australia o hasta en el polo norte.

Si nos guiamos por libros y atlas, La Habana es la capital de la República de Cuba, con un sitio exacto en el mapa y población censada, contada. La Habana, no es una ciudad común, no tiene medida exacta, su población no puede contarse, se burla de ubicaciones y censos. Ciudad que se desborda, con climas diferentes y área inabarcable, población invasiva que se dispersa y asienta por el mundo.

Nuestra Habana, capital gigantesca, conoce diferentes climas y continentes. Comparte helados inviernos con Copenhagen y Montreal. Vive veranos ardientes junto a Uganda y Angola. Disfruta primaveras y otoños con Parìs y Madrid

Los cubanos en esta diáspora de más de medio siglo, hemos traído con nosotros, nuestras costumbres, religiones y sueños. Hemos cargado con la Habana, no a cuestas o en brazos; en nuestros corazones. Ciudad magnificada y soñada, que en nosotros invade y conquista al mundo. Nombrando restaurantes, tiendas, andando con nosotros, en este hacer nuestro al mundo; cubanizarlo.

En cualquier lugar del mapa mundial, La Habana comparte espacio y trata de tú, a ciudades que antes parecían lejanas, míticas. En Paris, New York, Madrid, viven y sueñan cubanos, en ellos late y respira nuestra ciudad. En cada uno de nosotros, habaneros de nacimiento o por adopción y magia, La Habana, ensancha su geografía y población.

En este, su andar y conquistar el planeta, La Habana, no se limito a ciudades famosas, en cualquier ciudad de Latinoamérica, viven cubanos. Hasta África, hemos llegado, tal vez a saludar a antepasados y decirle entre risas y nostalgias que ahora el viaje es al revés. Conozco amigos que viven en ciudades que ni el nombre sabía, perdidas en esos mapas del mundo. En todos esos sitios donde llegamos, La Habana, esta con nosotros, viajo de polizonte en la maleta de recuerdos, no necesito boleto, ni visa, se auto exportó.

En Miami, pusimos a comer arroz y frijoles negros a serios y circunspectos americanos. Los veo a diario, pilotos experimentados, que antes de viajar a Madrid o Buenos aires, pasan por La Carreta y piden su ración para llevar. Tengo amigos de todo el mundo que ya no son capaces de comenzar el día, sin un buen café cubano.

A diario, converso con pasajeros de todo el mundo, cuando saben que soy cubano, siempre me dicen; me muero por conocer la Habana. Muchos me piden consejo de la mejor forma de viajar a La Habana y conocerla. Nuestra ciudad, inunda el mundo, no se si algún igloo, exhiba orgulloso un cartel que diga; ¡Café cubano, calientito!

Donde quiera que lleguemos, vamos cambiando el entorno, dando espacio a La Habana, no pudimos traerla del todo con nosotros y la inventamos a diario, la recreamos. Ciudad sin medida exacta, dejando huellas por el mundo, creciendo en nuestros pechos y memorias. A veces, quiero recordar a mi ciudad, termino hablando de Madrid, New York. La Habana, comienza allá, junto al Almendares y no termina nunca, se multiplica y ensancha, se internacionaliza. Crece en el recuerdo y la geografía. Nuestra ciudad, existe donde quiera que vive un cubano que la recuerde y ame con orgullo. Me toco el pecho y la siento.

Fotografia de inicio tomada de Google, 2da fotografia, La paladar del son.