Siempre se me olvida algo!

Anoche, fui al teatro, el autor de la obra, el elenco y el director, prometían una buena función. Cuando faltan los recursos y sobra talento, pueden hacerse milagros. Sin apenas estenografía, apostando por el desempeño de los actores, en un teatro pequeño, todos pasamos un buen rato. Disfrutamos de buen teatro, salimos satisfechos, felices. De pie, aplaudíamos a los actores, que en despedida inusual, daban la mano y saludaban al público, se mezclaban con nosotros, nos daban las gracias por asistir. Sin proponernoslo, todos fuimos actores y cómplices, de una puesta en escena diferente.

Para los que desde nuestra primera juventud, descubrimos el teatro y hasta incursionamos en él, en festivales universitarios; disfrutar de una buena obra, de un buen hacer teatral, es como un exorcismo. Liberarnos de malos fantasmas que nos dicen al oído, una y otra vez; Miami, no tiene vida cultural, si quieres salir, ve al Mall o a comer fuera! Mientras reía y agradecía la puesta en escena, evoque los teatros de La Habana, los grandes, los pequeños, nuestras salas teatros, todos! Que nos enseñaron a mar y respetar al teatro, lo hicieron parte nuestra.

Tengo un proyecto de obra teatral a medio terminar, una noche un amigo me dijo, te atreves? Le respondí, me atrevo a todo! La escribí casi de un tirón, mi musa y un buen amigo poeta, me aconsejaron agregarle escenas y diálogos. Un día escribí una escena para un nuevo personaje, una mujer, que debía desgarrarse en escena. Aún no la he terminado. Anoche, mientras aplaudía, recordé mi obra abandonada, me prometí terminarla, se la debo al amigo que me la pidió, a mi musa y me la debo a mi mismo. Entre nosotros, anoche, mientras todos aplaudían, me imaginaba, rodeado de los actores, saludando al público y dando gracias; todos tenemos algo de vanidosos!

Se, que para terminar mi obra, tendré que convocar fantasmas, Eliseo, vendrá en mi auxilio y Virgilio también, aunque tenga que invitarlo a almorzar. Le haré un potaje de chicharos, que no podrá resistirse, allá, en La Habana, mis amigos, decían que me quedaba exquisito. Vendrá, sin miedos, tranquilo, tal vez me diga; esto no sirve, hay que rehacerlo completo, me dejare guiar, seré un buen alumno. Con un maestro así, cualquiera!

El teatro en Miami, se abre caminos, Akuara Teatro, Miami Studio, entre otros, abren nuevos horizontes, no se dan por vencidos, mantienen vivo y con buena salud, el quehacer teatral de la ciudad. Nuestros actores y directores, ponen todo su empeño en nuevas ofertas, a veces, olvidamos que, ellos, como nosotros, también tienen cuentas que pagar, familias que alimentar. Apoyar el buen teatro, es una obligación de todos los que lo amamos, de los que no queremos que muera.

Como decía un personaje en la obra, voy a tener que tomar fosfatos para la memoria y si tienen el efecto secundario que decían en la obra, de hacer crecer pelo, mejor todavía! Casi se me olvidaba decirles el nombre de la obra. Me puse a hablar del teatro en Miami, de mi obra inconclusa, hasta anduve por los teatros habaneros ven, Siempre se olvida algo!

ArtSpoken.

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¡El Malecón!

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“Morire un día de lluvia, corriendo desnudo bajo el agua, me disolveré sin notarlo, no iré a parar a alcantarillas, ni siquiera a rios, iré directo al mar, me convertiré en ola, y con fuerza incontenible rompere día y noche , una y otra vez, en el malecón, soñando saltarlo e inundar mi Habana”.

La Habana, es como una mulata tendida al mar y al sol , para no mojar su pelo en el mar y dormir siestas y soñar, se invento una almohada y le llamo; Malecón. Son muchos años de trajines, años de ver hijos partir y sentir sus brazos cortos para sujetarlos, retenerlos y ella sigue ahi, reposando, pensativa y cansada en el malecón. A veces se apoya en él y trata de ver un poco mas allá, aún lejos sigue cuidando de sus hijos. Una madre, nunca abandona a sus hijos, no importa la distancia, ni el tiempo.

La Habana, es una ciudad que se desborda al mar, como si quisiera ser ola y recorrer el mundo, el malecón la contiene. Los habaneros, los cubanos en general, aprendimos a mirar al mar y ser parte de él desde que nacimos. El malecón es como un gigantesco sillón donde los habaneros se sientan, conversan, sueñan, aman y suspiran. Todos nos hemos mecido alguna vez en él. Mecido, amado, reído, llorado, no hay verbo que no hayamos conjugado en el malecón, en todos los tiempos y personas. Cuando se nos acabaron los verbos los inventamos, que para eso somos cubanos y en inventar, no nos gana nadie. El malecón nos ha acogido siempre. Cuando los cines casi cerraron y la funciones teatrales languidecian, él continuo con sus brazos abiertos en funciones interminables. El malecon ha sido bar, teatro, cabaret, carnaval, rumba, show de travestis, conga y reunion, fiesta y debate, todo lo imaginable. A veces se nos va la mano y creo que se estremece queriendo protestar, La Habana, le susurra, son mis niños, dejalos y él, amante y comprensivo, nos deja hacer, nos dejará hacer, por siempre.

De La Habana, nuestra Habana, me despedí una noche de domingo sentado en el muro del malecón, salpicado por las olas, batido por el viento, dije adios a mi ciudad, hable con las piedras, con las olas y el viento, las acaricie, les prometí volver. Cumplí mi promesa, hay muchos que no han podido volver. Hay quienes se fueron para siempre y La Habana los espera aún, segura de regresos y amaneceres. Tal vez un día, quienes vendrán seran sus hijos a cumplir la promesa de los padres. Se sentarán en ese gran sillón tendido al mar, mirarán al cielo y bañados de sol y agua dirán; gracias por hablarnos siempre del malecón, ¡Gracias por no permitir que dejaramos de ser cubanos!, disfrutaran en el lugar exacto de ese orgullo de ser cubanos. Se extasiarán en la belleza de una Habana que solo conocieron en historias, verán la puesta de sol, caminarán descalzos al encuentro de hermanos desconocidos y fundiendose con ellos en un abrazo sin final, mirarán al cielo y dirán; ¡gracias dios mío! Todos estaremos allì ese dìa.