Mi amigo, el indocumentado.

Debo confesar que tengo este escrito en mente hace tiempo, desde que mi amigo recibió  su tarjeta de residencia en su querida Honduras y viajó  de regreso a Miami,  estrenando derechos y futuro, quería regalárselo. Pensé hacer un cuento, lo inicié   varias veces, algo pasaba que no lograba expresar mis sentimientos tal y como lo deseaba. Guardé  titulo y sentimientos, recuerdos e intentos, sabía que en algún  momento ocurriría  algo que me haría  escribirlo  de un tirón . 

Mi amigo y yo, nos conocimos en las redes sociales. Me pidió como amigo y una mañana me sorprendió con un mensaje; me gustan tus escritos, algun día  quiero caminar por las calles de La Habana, sentirme como si hubiera nacido allá .  Dí por sentado que mi amigo era hijo de cubanos  y que había  nacido aquí . Después supe que era hondureño y que llevaba 10 años acá.  

Nuestra amistad  escapó  del mundo virtual y se hizo real. Me hablaba de su mamá allá  en Honduras, de sus hermanos y de su abuelita que adoraba, de las ganas enormes que tenia de verlos, de abrazarlos,  del temor que su abuela no pudiera esperar a volverlo a ver. Un día le dije.

-¿Por qué no vas a verlos? Tienes buenas posicion económica, ve a visitarlos, si quieres te acompaño.

Me miró con los ojos llorosos.

-No puedo, no tengo papeles, estoy ilegal.

Les confieso que pensé era mentira. Para nosotros los cubanos que alcanzamos la legalidad en cuanto pisamos esta tierra, esa palabra, ilegal, nos parece lejana, algo que existe, pero en otra dimensión, como en otro mundo.

Con el paso de los días, supe que mi amigo habia cruzado la frontera cuando tenía sólo 16 años. Desde entonces no veía  a su mamá, no la tenía  a su lado para que le diera calor, sostén y amor.  Se hizo hombre sin sus besos, sin estrecharla en sus brazos y decirle te quiero. Una  ausencia terrible que no sé como pudo soportar.  Ignoro donde encontró fuerzas para seguir adelante, luchar y a pesar de su status de ilegal, triunfar, hacer negocios, ayudar a su familia, garantizarle todo a ellos y no perder la sonrisa a pesar de tener que enfrentarse a los puños con la vida. 

Una noche me dijo que estaba haciendo gestiones para que le dieran la visa  a su mamá, que iba a hacer lo imposible por poder verla de nuevo. Hizo un sin fin de llamadas, transferencias bancarias, agotó  recursos . Nunca podré  olvidar cuando llegó  una noche a mi casa, le abrí la puerta.

-¡Jose, voy  a ver a mi mamá,  le dieron la visa¡

Nos abrazamos llorando. Compartir risas es fácil ,  pero cuando dos amigos comparten lágrimas, esa amistad es indestructible; como si ellas hicieran el milagro de la eternidad. En mi memoria ,  mientras nos abrazábamos, su voz repitiendo entre lagrimas, voy  a ver a mami, voy a ver a mami,  ocupa sitio junto a recuerdos imborrables.

Recuerdo el encuentro de ellos en el aeropuerto, a la salida de immigración. Todos se detuvieron a ver ese abrazo que vencía   10 largos años de ausencias. La gente detuvo saludos y acciones; un encuentro asi, se disfruta pocas veces en la vida.

La historia de mi amigo tuvo un final feliz,  casi un final de un cuento de hadas. El amor le regaló sueños y alas para volar sin freno, ya pronto sera ciudadano americano. Nuestra  amistad sigue, seguirá por siempre, las lágrimas compartidas la hicieron eterna.

Tal vez se pregunten qué  sucedió que al final pude sacarme esta historia del pecho y compartirla con ustedes. Ayer ví  un video en Facebook de un cubano hablándole a los ilegales, sentí verguenza ajena. Escucharlo repetir frases de consignas y discursos, casi me impiden terminar de verlo, repetía a gritos, “que se vayan, no los necesitamos, no los queremos en mi país”. La única  diferencia entre los ilegales y nosotros es la Ley de ajuste cubano, por lo demás,  somos igualmente inmigrantes como ellos,  todos vinimos buscando libertades y sueños. No pertenecemos a una élite migratoria, todos somos iguales. Yo lo escuchaba y lo sentía tan absurdo y lejano. Me gustaría  decirle que ellos no se van, que este país abre los brazos a todo el que viene a luchar y a conquistar sueños, que ellos se quedan, en éste,  nuestro país. Desde  su sitio, la estatua de la Libertad se niega a dejar de ser y nos convoca al futuro, abre sus brazos para todos.

Ya ven, casi que tengo que cambiarle el título  prometido a mi escrito y llamarlo; mis amigos, los indocumentados . 

¡Balseros!

 

Cuando apenas tenia unos días de estar en Miami, escuche  por vez primera la palabra “balsero” en tono despectivo. Modo de algunos de clasificar a un grupo de inmigrantes cubanos, en una categoría inferior,  sin razón,  ni análisis, sin amor al hermano. Pude contenerme, pero todo tiene un limite y el mío, a veces, la injusticia lo acorta aún mas. Cuando escuché como por 5ta o 6ta vez “es  un balsero”, en ese tono despectivo que hería mis oídos y principios, me volví y pregunte el por qué de tanto desprecio a los balseros. Por qué ese tono, ese énfasis, como si fueran inferiores, solo  por haber venido en balsa. La respuesta, absurda e irracional, fue como una bofetada a los principios: son gente que no tienen familiares o amigos aquí, jamás hubieran calificado para una visa, ni nadie pagaría por traerlos, tu viaje, por ejemplo,  costo casi diez mil dólares, es diferente.

Siempre he creído que  todos somos iguales, mas allá de posiciones económicas, nacimiento o talento. Lo único que puede diferenciar a un ser humano de otro, es el bien o el mal que haga durante su vida. Ser bueno  o malo, es la única clasificación que acepto. Aún en esta clasificación, hay matices. Nadie es del todo malo, tampoco nadie es del todo bueno.

Me molesta e indigna esa supuesta “aristocracia miamense“, capaz de despreciar a alguien sólo por la vía utilizada para llegar a este país. Conozco muchos que vinieron reclamados por familiares. Muchos que a los 3 días exhibían orgullosos su residencia. Eso no los hace mejores, más cultos o  talentosos. Me alegro por ellos, al final me alegro por todos los que han podido llegar a este país. Por todos los que se lanzaron a la conquista de un sueño. Cada vez que un hombre hace realidad un sueño, la humanidad entera, debería celebrarlo,  aplaudirlo, nos mejoramos como raza, la única que existe; la humana.

Me demoré muchos años, entre mi primer intento de salida del país y mi llegada a Miami. No tuve el suficiente coraje para lanzarme en una balsa a desafiar tormentas, tiburones, hambre y un sinfín más de peligros, me faltaron las bolas para hacerlo.

Recuerdo una vez en La Habana, un amigo me dijo que esa noche se tiraba en una balsa. A las doce de la noche apague todas las luces del cuarto, hasta el reloj digital, corrí las cortinas de las ventanas. En esa oscuridad absoluta, imagine a mi amigo en medio del mar, enfrentándose a lo desconocido. Sentí miedo y admiración por él.  Aquí he conversado con muchos que vinieron en balsa. Es cierto que son diferentes, tiene unas bolas gigantescas, son gente cojonuda. Mujeres y hombres que no se detuvieron ante el miedo, lo dominaron y vencieron en aras de la conquista de un sueño. Ahí esta su única diferencia, su valor y coraje. Todos tenemos el derecho de amar la libertad y luchar por ella con uñas y dientes.

Al final, ser mejor o peor, solo depende del corazón, de las ganas de hacer. Cuanta gente talentosa, universitarios, escritores, médicos, se lanzaron un día al mar en una balsa, persiguiendo un sueño. A muchos el mar, los guarda para siempre, testigo silencioso de aventuras y sueños rotos. Por todos ellos, estamos obligados a triunfar, a ser mejores, a unirnos. Desde el fondo del mar nuestros hermanos muertos nos convocan a abrir los brazos para recibir y ayudar a los nuevos balseros.

Cuba, nos dijo un día adiós, mientras susurraba  un vuelvan pronto. Agito una mano al viento, con la otra, se apretaba fuerte el corazón. Cuando nos perdimos en el mar o en el aire, seco sus lágrimas con un vuelo de su bata azul, blanca y roja, miro al cielo y madre al fin!  Dijo;¡Dios mío, protégelos todos son mis hijos!

Fotografia tomada de Google.