El 9/11 y nosotros.

El 9/11, ocurrió a un escaso año de mi llegada a este país. Recuerdo, como si fuera hoy, ese terrible día. No tenía que trabajar y dormí la mañana. En ese momento, compartía renta con dos amigos, me despertó el teléfono, no me molesté en responder, desde la cama escuché la voz de una señora mayor que decía; ¡Despiértense, enciendan el televisor, un avión se estrelló contra las torres gemelas! Pensé se había confundido con alguna película, por si las dudas, encendí el televisor. Allí estaba una de las torres gemelas ardiendo por el impacto de un avión, me dije, debe ser alguna película, cambie de canal. Recorrí todos los canales y vi, espantado y consternado la misma imagen, repetida en todos los canales.

Al mes justo de llegar a Miami, viaje a New York, era uno de los cubanitos que mas viajaba antes de asentarse definitivamente en Hialeah. Salí de La Habana, directo a Madrid, después Paris y ahora la Capital del mundo. Siempre agradezco esa invitación a pasarme una semana en La Gran Manzana, al amigo especial que gesto mí llegada a este país. Pude apreciar en toda su impresionante belleza, las torres gemelas. En aquel momento, no pude imaginar que no volvería a verlas, que un día serían un montón de escombros y polvo.

Recuerdo que esa mañana, llame al Mobil a uno de los amigos con que compartía renta, le dije; las torres gemelas están ardiendo, al segundo enmudecí, me decía, qué pasa, habla, solo pude balbucear un; ¡Se derrumbaron! los dos hicimos silencio. Un minuto de silencio de todo el país por todos los muertos, por todos los que asistieron al trabajo y encontraron la muerte, un minuto de silencio involuntario y unánime.

Cuando me recuperé, comencé a llamar a mi amigo en New York, imposible, no teníamos comunicación con la gran ciudad. A la angustia general por todos los muertos, sumaba la angustia por los amigos y conocidos. Después supe que todos estaban bien, no formaron parte de aquellas terribles escenas que nunca olvidaremos.

Despues, ya mas calmado, llame a mi madre. Desde La Habana, ella, angustiada, necesitaba oír mi voz. Recuerdo que casi lloraba desde el otro lado del teléfono, preguntaba por todos los amigos que conocía. Muchos en La Habana y Cuba, se sumaron al dolor general por nuestros muertos, por el golpe recibido. En este, su extenderse por el mundo, nuestra islita, también hizo suyo el dolor y el golpe recibido.

Trabajar en el aeropuerto, me hizo ser protagonista de los sucesos en cierta medida. Madrugadas en la pista, cuidando aviones, días largos, con miles de pasajeros esperando por un vuelo que los regresara a casa, acentuaban aún más la angustia de esos días. Por un tiempo deje de admirar a los aviones, los miraba con recelo, como si fueran misiles destructores.

Han pasado los años. Poco a poco, la vida volvió a la normalidad, al mes exacto de esa mañana, viajaba a La Habana a los brazos de mi madre. Nuestro primer abrazo, después de más de un año sin vernos. La vida sigue su curso, aunque para muchos, se detuvo para siempre. No he podido olvidar a un muchacho americano, miembro de las tripulaciones de American, uno de los primeros amigos que hice en este país. Nunca más volvimos a conversar, a abrazarnos a la salida de un avión. Guardo, para siempre, su sonrisa y su amistad, su alegria al verme.

Por todo el dolor y la angustia vividos ese día, no podremos olvidar jamás la terrible mañana del 11 de septiembre del 2001. Las heridas se cierran, pero quedan cicatrices, recuerdos. Sumamos a las heridas y cicatrices nuestras, las de este país, que nos recibió sin preguntas que es hoy, nuestro. Este es el lugar que escogimos para vivir, cuando lo golpean, también nos golpean a nosotros. En el torrente de lágrimas derramadas esa mañana, de las que aún se derraman al recordar, están las nuestras, las de los que vinieron hace más de 50 años y las de los que llegaron ayer. Entre todos los que están  decididos a no dejar avanzar el terrorismo, estamos nosotros.

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