¡Yo tengo dos papás!

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Diana fue violada antes de cumplir los quince, su padrastro abuso de ella. El miedo y el asco que sintió le impidieron decirle nada a su madre. Cuando su madre descubrió el embarazo, ya era tarde para un aborto, aunque la golpiza que le dio a Diana, casi lo logra. Entre su madre y su padrastro, acordaron botarla de la casa. Yo no te críe para que fueras una puta, le gritó su madre, mientras le arrojaba sus trapos a la calle.

Cuando se vio sola en medio de la calle, con 5 meses de embarazo y un bulto de ropa, pensó en tirarse delante de una maquina o una guagua y ponerle fin a su pesadilla. Mientras caminaba sin rumbo, se encontró con Manuel, su profesor de Educación Física. Todas las muchachas en la secundaria, estaban enamoradas de él, alto, lindo, fuerte, siempre sonriendo, con una mirada que las volvía locas a todas.
– ¿Qué haces con ese bulto y llorando en medio de la calle Diana?
Diana, no pudo articular palabra, se abrazo a él llorando y le contó su historia. Solo omitió el nombre del violador.
– Vamos para mi casa. Es un apartamento pequeño, vivo con mi pareja, pero podemos acomodarnos.
– ¿Su mujer no se pondrá brava? Usted es muy bueno, pero no quiero traerle problemas.
– Mi pareja no es una mujer, es un hombre, llevamos 3 años juntos y con un dinero que le mando su mamá de Miami, pudimos comprar el apartamento, hace un año. Es mi pareja y mi amigo y apoyara mi decisión. Vamos para la casa y seca esas lágrimas. Nosotros nos ocuparemos de todo.

Diana no estaba en condiciones de escoger y mucho menos de hacer preguntas indiscretas. No entendía mucho eso de que su pareja era un hombre y de que también eran amigos. Pensó, no me importa si son maricones o no, son los únicos que me han ofrecido ayuda, me voy con ellos.

Llegaron al apartamento, Yamil los recibió sonriendo, mientras Manolito le explicaba todo.
– Dormirás aquí en la sala en el sofá cama. No te damos la cama de nosotros, porque los dos no cabemos en el sofá, solo por eso. Ven guarda tus cosas en el closet, tenemos que ir pensando donde poner las cosas del bebé.
– No te dije que Yamil apoyaría mi decisión, es de oro puro, mejor que yo. Dijo mientras jugaba con su pelo y se aguantaba las ganas de besarlo.
– Esto parece un cuento de hadas.
Diana, no pudo contener las lágrimas, se abrazo a los muchachos llorando, mientras miraba al cielo y decía; gracias virgencita.

Una mañana, mientras Manuel y Yamil trabajaban, su padrastro se apareció en el apartamento. Tocó fuerte a la puerta. Diana abrió asustada, sin saber quien era. Se abalanzo sobre ella, intentando violarla otra vez. De repente se abrió la puerta y entro Manuel que regresaba a buscar unos papeles que le pidieron en la escuela.
– ¿Que pinga esta pasando aquí?
Manuel se volvió una fiera, solo atino a cogerlo por los hombros, tirarlo contra la pared y darle un piñazo que le hizo escupir el diente de oro que siempre lucia con orgullo. En el suelo le decía a Manuel, no me pegues más, no me pegues más, por tu madre que me vas a desbaratar la cara.
– Si vuelves por aquí te mato, si me entero que te le acercas a Dianita, te reviento a patadas, ¿entendiste bien?
Mientras se levantaba, intento recoger su diente de oro del piso. Manuel le puso un pie encima.
– No, ese va para la basura, como irán tú y los tipos como tú, algún día.

Manuel y Yamil, siempre acompañaban a Diana al medico. Hablaron con una ginecóloga amiga de ellos y ella accedió a atenderla. Una mañana la doctora los cito a los dos a la consulta.
– Nos estamos enfrentando a un embarazo de alto riesgo, por su edad y por el estado de su corazón. Hemos decidió hacerle cesárea. Ustedes deben estar preparados para tomar una decisión en caso de que tengamos que elegir entre la vida de Diana y de su hijo.
Manuel y Yamil se tomaron las manos mirándose con los ojos húmedos, buscando el apoyo que ambos necesitaban.
– Dianita no puede morir, es tan joven y ha sufrido tanto, si tienes que decidir, sálvala a ella, dijo Manuel hablando por los dos.

Los muchachos cuidaban de Dianita, como de una hermana menor, la obligaban a hacer reposo. La alimentaban bien y estaban pendientes de cualquier cosa que necesitara. Una noche, mientras conversaban después de comer, Dianita les dijo.
– Ya elegí el nombre del niño, se llamara Manuel Yamil, como sus papás.
Se abrazaron los tres sin hablar, las palabras necesarias, aún no se habían inventado. Diana les dijo.
– Si ustedes no quieren, le pongo mi apellido al niño, pero si uno de ustedes quiere darle su apellido, yo seria muy feliz que mi hijito llevara el apellido de uno de ustedes.
– Decidido, entonces llevara el apellido de Manuel, aunque los dos seremos los papás del niño. No te estés creyendo cosas porque nuestro hijo tenga tus apellidos.
Rieron olvidando temores; la risa tiene ese don, esa magia.

El equipo medico, decidió ingresar a Diana, varios días antes de la cesárea, temían cualquier posible complicación. El día señalado, Yamil y Manuel no fueron a trabajar, estuvieron con Diana hasta que se la llevaron para el salón, sosteniendo su mano, alentándola, inventando mil cuentos para no demostrarle lo asustados que estaban. Quedaron afuera esperando, pidiéndoles a todos los santos y haciendo mil promesas si todo salía bien.

El tiempo de espera se le hacia interminable a Manuel y Yamil. Siglos les pareció ese tiempo. Salio la doctora.
– Pueden pasar a ver el niño, Diana esta muy grave, no ha pasado el peligro, pueden verla también a ella, solo unos minutos, esta muy delicada.

Entraron tomados de la mano, dándose fuerza y aliento.
– Mira macho si hasta creo que se parece a ti, dijo Yamil.
– Ay Manuel Yamil, cuidaremos siempre de ti. De verdad que está lindo el bebé.

Fueron a ver a Diana a terapia intensiva, tomaron su mano, en supremo intento de transmitirle sus fuerzas y sus vidas. Dianita abrió los ojos.
– Cuídenme a Manuel Yamil, háblenle de mí, cuídenmelo siempre.
Cerró sus ojos, un aparato empezó a sonar fuerte, vinieron los médicos corriendo, tratando de arrebatarle a la muerte su presa, era tarde. Yamil y Manuel, llorando besaron a Diana, se abrazaron sobre ella, maldiciendo la fuerza que se las arrebataba, dejándolos solos con Manuel Yamil.

Yamil y Manuel cuidaban del bebé con devoción y amor, hasta cambiaron sus horarios de trabajo para que siempre uno de ellos estuviera cuidándolo.
– Chico yo creo que voy a tener que pedir una licencia de paternidad.
– Si no fuera por mami que nos ha mandado de todo para el niño, no se que nos hubiéramos hecho. Eso de estar hirviendo pañales no me hacia mucha gracia.
– Está lindo el muchachito, me paso el día pensando en él.
Manuel se acerco a Yamil y lo beso. Yamil lo rechazo.
– No, que el niño puede vernos.
– Solo tiene 2 meses de nacido. Aparte, aunque pudiera vernos y entender, es un beso de amor y tendrá que acostumbrarse. Vamos a criar un hombre de estos tiempos, que no se espante ante el amor, que no conozca de tabúes, miedos, ni discriminaciones. Un hombre como nosotros, que un día encontrara una buena mujer o un buen hombre y creara una familia, un hombre en todo el sentido de la palabra.
– Tienes razón Manuel, perdóname, es que quiero que todo sea perfecto para nuestro hijo y cumplir con lo que Dianita nos pidió antes de morir.
– Te entiendo nene y sabremos cumplir con nuestra promesa.

Una tarde, al regresar del trabajo, Manuel se encontró a Yamil con los ojos llorosos.
-¿Le paso algo al niño? Coño no me asustes.
– No Manolito esta bien. Esta mañana estuvo aquí la mamá de Diana, me dijo que iba a quitarnos el niño, que lo prefería muerto antes que viviendo con dos maricones y que al morir Diana, ella era el familiar más cercano y se haría cargo del niño.
– Tranquilo nene, ella no sabe que legalmente aparezco como el padre de Manuel Yamil y ella tampoco sabe quien es el verdadero padre, tendré que hacerle una visita mañana a ese tipo.

Manuel espero al padrastro de Diana en la esquina de su casa. Cuando el tipo lo vio trato de esquivarlo, pero Manuel le corto el paso.
– No me vayas a pegar aquí en mi cuadra, por tu madre.
– Tranquilito que no vine a pegarte, aunque ganas no me faltan, cada vez que pienso que eres el culpable de todo. Ayer estuvo tu mujer en mi casa, reclamando el niño. Primero el niño lleva mi apellido y legalmente soy su padre, lo único que podría quitármelo es una prueba de ADN y entonces yo le diría a todo el mundo quien es el verdadero padre. Si quieren guerra, van a tener guerra, yo no tengo miedo.
– Yo me encargo de todo, mi mujer no los molestara mas, quédense con el niño.

Manuel y Yamil, siempre le leían historias al niño antes de dormir. Le hablaban de su mamá, una muchacha muy linda y muy buena, que lo amaba aún antes de nacer. En la sala, una foto enorme de Diana embarazada junto a Manuel y Yamil, parecía sonreír feliz.

Cuando Manolito cumplió cinco años le hicieron una fiesta con los niños del barrio, no falto ni uno. Que conste que no fueron por el cake o los bocaditos y los refrescos de la Shopping o los regalos que les habían preparado Manuel y Yamil. Todos los niños del barrio fueron a celebrar el cumpleaños de Manolito porque todos admiraban y querían a sus padres, dos hombres que hacían derroche de amor con su hijo. Dos hombres capaces de ganarse y llenar plenamente, el sentido exacto de la palabra padre.

Cuando Manolito empezó en la escuela, fue de la mano de sus dos padres orgullosos, ellos hablaron con la maestra, le dieron sus teléfonos.
– Cualquier cosa, nos llama y uno de los dos estará aquí enseguida.
– ¿Y la mamá, no va a venir?
– Manolito no tiene mamá, murió al nacer él, pero nos tiene a nosotros, sus papás,

Cuando estaba en segundo grado, un día al regresar a casa, Manolito les dijo.
– Papás miren mi regalo por el día de los padres.
Manuel tomó en sus manos la hoja de papel con el dibujo de un niño de la mano de dos hombres y se la enseñó a Yamil que leyó las palabras escritas debajo del dibujo.
– Hoy, mientras dibujaba, una niña me pregunto que como era eso de tener dos papás y ninguna mamá. Le dije yo si tengo mamá y se llama Diana y esta en el cielo y tener dos papás, es una suerte enorme. Son mis papás y mis amigos, me quieren tanto y yo los amo tanto, que a veces pienso, como se las arreglan los niños que tienen un solo papá. Sabes, uno de mis papás me dijo un día que Dios y La Caridad del Cobre los eligieron a ellos como mis padres, que ellos sabían que mi mamá moriría y querían asegurarse de dejarme en buenas manos y créeme, ¡no pudieron elegir mejor!

Fotografia tomada de Google.

Un destierro, una isla y pertenencias.

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Si una mañana, una voz tronante me dijera; recoge lo imprescindible, vas para una isla lejana, solo.
Si amaneciera convertido, sin saberlo o merecerlo en un Robinson del siglo 21.

Si solo tuviera unos minutos para recoger y llevar recuerdos necesarios, objetos y presencias que hicieran soportable mi destierro, ¿Que llevar conmigo a la carrera, qué tomar y apretar contra mi pecho en noches frías, solitarias?

Una foto inmensa de mi madre, sus te quieros, sus palabras de aliento, su alegría. Su certeza de que todo estará bien, mientras el amor exista.

Algún que otro de mis escritos para repasarlos y mejorarlos en soledades duras y desiertas. Llevaría plumas y hojas en blanco. Acumularía historias y experiencias, en frenesí de letras y de musas. Los guardaría en un sobre inmenso, sobre él escribiría, Desde el destierro.

Pediría, de ser posible, plantaran en la isla un par de palmas, una ceiba, girasoles. Me gustaría llevaran colibríes, tocororos, un perro. Una cotorra, para escuchar palabras, aunque sean las mías repetidas.

Llevaría conmigo un par de olas rompiendo contra el muro de la Habana, su fuerza, su olor, su espuma blanca. Un rayo de sol de un amanecer en mi Habana, una brisa de verano, dos lunas llenas.

Guardaría fotos y palabras de amigos, sus abrazos, sus promesas de verme pronto, sin importar destierros, lejanías. Mis amigos no soportarían estar sin verme, romperían las reglas del destierro.

Para protegerme de fríos y tormentas, una inmensa bandera tricolor. Su estrella alumbraría las noches más oscuras, asegurando amaneceres y retornos.

No llevaría ropas ni relojes, andaría desnudo por la isla. Vestido de recuerdos y de sueños, soportaría fríos e inclemencias.

Unos libros de Martí, Loynaz, Arenas. Unos discos de Elena, Pablo, Ivette. Un fouetté de Charìn, una Rosa en su esplendor y su belleza.

Un beso de amor, un buen orgasmo, para noches de ganas y abstinencias.

Hasta una balsa, por si una noche me crecen las bolas que no tuve en los 90s y me hago balsero y me libero.

Un saco enorme de café, que me alcanzara para colar cada mañana la esperanza. Poder tomarme mi café, sorbo a sorbito, mientras me digo; esto termina pronto. Mi madre, mis amigos, hasta La Habana, vendrán muy pronto a rescatarme. No temen a poderes absolutos, a voces tronantes o decretos; el amor los alienta y los sostiene, se bastan para rescatarme o venir a quedarse conmigo para siempre.