Un destierro, una isla y pertenencias.

IMG_0010 (5)

Si una mañana, una voz tronante me dijera; recoge lo imprescindible, vas para una isla lejana, solo.
Si amaneciera convertido, sin saberlo o merecerlo en un Robinson del siglo 21.

Si solo tuviera unos minutos para recoger y llevar recuerdos necesarios, objetos y presencias que hicieran soportable mi destierro, ¿Que llevar conmigo a la carrera, qué tomar y apretar contra mi pecho en noches frías, solitarias?

Una foto inmensa de mi madre, sus te quieros, sus palabras de aliento, su alegría. Su certeza de que todo estará bien, mientras el amor exista.

Algún que otro de mis escritos para repasarlos y mejorarlos en soledades duras y desiertas. Llevaría plumas y hojas en blanco. Acumularía historias y experiencias, en frenesí de letras y de musas. Los guardaría en un sobre inmenso, sobre él escribiría, Desde el destierro.

Pediría, de ser posible, plantaran en la isla un par de palmas, una ceiba, girasoles. Me gustaría llevaran colibríes, tocororos, un perro. Una cotorra, para escuchar palabras, aunque sean las mías repetidas.

Llevaría conmigo un par de olas rompiendo contra el muro de la Habana, su fuerza, su olor, su espuma blanca. Un rayo de sol de un amanecer en mi Habana, una brisa de verano, dos lunas llenas.

Guardaría fotos y palabras de amigos, sus abrazos, sus promesas de verme pronto, sin importar destierros, lejanías. Mis amigos no soportarían estar sin verme, romperían las reglas del destierro.

Para protegerme de fríos y tormentas, una inmensa bandera tricolor. Su estrella alumbraría las noches más oscuras, asegurando amaneceres y retornos.

No llevaría ropas ni relojes, andaría desnudo por la isla. Vestido de recuerdos y de sueños, soportaría fríos e inclemencias.

Unos libros de Martí, Loynaz, Arenas. Unos discos de Elena, Pablo, Ivette. Un fouetté de Charìn, una Rosa en su esplendor y su belleza.

Un beso de amor, un buen orgasmo, para noches de ganas y abstinencias.

Hasta una balsa, por si una noche me crecen las bolas que no tuve en los 90s y me hago balsero y me libero.

Un saco enorme de café, que me alcanzara para colar cada mañana la esperanza. Poder tomarme mi café, sorbo a sorbito, mientras me digo; esto termina pronto. Mi madre, mis amigos, hasta La Habana, vendrán muy pronto a rescatarme. No temen a poderes absolutos, a voces tronantes o decretos; el amor los alienta y los sostiene, se bastan para rescatarme o venir a quedarse conmigo para siempre.

Advertisements

El hombre desterrado.

Había una vez, un pueblo, aislado del mundo. Recibía muy pocas visitas de los habitantes de los pueblos cercanos. Los que vivían en él, tampoco visitaban a otros pueblos; rígidas leyes, establecidas por el Alcalde del pueblo, lo impedían. El Alcalde, dueño de toda la tierra del pueblo, de la única fabrica que existía y de la única estación de radio, gobernaba al pueblo con mano de hierro, su voluntad, era ley.

El pueblo, se empobrecía cada vez más. Algunos burlaban leyes y se decidían a buscar trabajo en pueblos cercanos, no podían regresar, pero al menos, ayudaban a sus familias.

Un día, un hombre del pueblo, quiso cambiar las cosas. Se enfrentó al Alcalde, quería seguir viviendo en su pueblo, pero que la situación mejorara, cambiar el estado del pueblo. Entre otras cosas, quería abrir otra emisora de radio y un pequeño taller, que diera empleo a unos cuantos. El Alcalde, se enfureció, lo expulsó del pueblo. El hombre de nuestra historia, se convirtió en un desterrado.

Pasaron los años, muchos. El hombre desterrado trabajo duro, muy duro, triunfo, pero seguía extrañando su pueblito y a su familia, en especial a su madre. Los ayudaba, siempre se las arreglaba para mandarles algo, saberlos bien, lo compensaba, en cierta forma, de lejanías y ausencias.

Después de insistir mucho, un día, el hombre desterrado, recibió permiso para visitar por tres días a su familia. Estaba feliz, inmensamente feliz. Compró regalos para toda la familia y para gran parte del pueblo. Reservo pasaje en el viejo camión que hacia el viaje a su pueblo. Muchos, le aconsejaron que no fuera; es una locura, le decían. Los silencio a todos, cuando mirándolos a los ojos les dijo; ustedes, tienen a toda su familia aquí, pero la mía esta allá, tengo que ir a verlos, abrazar a mi madre, aunque sea lo último que haga en la vida!

Llego el tan esperado día, subió sus dos maletas enormes al camión, se subió, se sentó sobre ellas. Con los ojos llenos de lágrimas y esperanzas, hizo el viaje de regreso a su pueblo.

El camión, se detuvo en el centro del pueblo. Cuando el hombre desterrado, se bajo del camión, se acercó un guardia. Con voz tajante y ruda, le pregunto; a que vienes? A ver a mi familia, a abrazar a mi vieja, respondió el desterrado, mirándolo a los ojos. Deja ver tus papeles, tienes permiso? Le pregunto, el desterrado, le mostró los papeles, firmados por el mismísimo Alcalde; esta bien respondió el guardia. Que traes en esas maletas? Regalos para mi familia y mis amigos. Ábrelas, dijo el guardia. El desterrado, abrió sus maletas, el guardia reviso todo. Saco algunas cosas, esto no lo puedes traer, ordenes del Alcalde. El hombre desterrado, se aguanto las ganas que tenia de partirle la cara al guardia prepotente. Ver a su familia, era su mayor objetivo, llevaba años esperándolo.

Llego a su casa, en el portal, envejecida, inclinada por los años, pero  feliz de volverlo a ver, estaba su madre, esperándolo, con los brazos abiertos. Se abrazaron por horas, todos vinieron a ver, con lágrimas en los ojos, el abrazo mas largo, en toda la historia del pueblo. El desterrado y su madre, se abrazaban y besaban entre lágrimas y caricias que llevaban años acumulando.

Los tres días, pasaron volaron, siempre sucede así, cuando somos felices. El hombre desterrado, disfruto ese tiempo con los suyos. Ese regreso a sus raíces, le servia para volver al pueblo donde vivía, renovado y feliz, seguro que su familia y amigos, no eran sólo, voces y recuerdos. La despedida, fue breve; un vuelvo pronto! Quedo flotando en el aire, mientras subía al camión.

A su regreso al pueblo donde vivía, sus nuevos amigos, lo esperaban, al bajarse del viejo y destartalado camión. Lo abrazaron, le dijeron; no volverás mas, nos enteramos como te trato el guardia! El hombre desterrado, sonrío, se enteraron también del abrazo de mi madre, de su sonrisa de felicidad? Volveré, siempre que pueda, mi madre, mi pueblo y yo, lo necesitamos!