Mi angel y yo.

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Un ángel duerme en mi memoria.
Arregla sueños, compone historias.
Sana dolores. Abriga inviernos y soledades.
Un ángel duerme en mi pecho, asegura latidos y alientos, vida
Un ángel duende que con un beso disuelve nubes y tempestades.
Un ángel habita en mis pensamientos, los acomoda, pule e impulsa.
Me obliga a hacer y a ser; me conforma.
Sabe cómo llevarme a andar caminos.
Guía mi vida, historias, pasos.
Ángel travieso, revolotea entre futuros, muestra el pasado, no quiere olvidos, vive en presente.
Me dice vamos y yo le sigo, le dejo hacer.
No tengo opciones
Un ángel vive en mi vida, la colorea, ilumina, la embellece.
Cuando una lagrima brota, la deja correr.
Un beso detiene su curso, la hace rocío. Con una basta, susurra a mi oído.
Dibuja sonrisas, inventa esperanzas.
Ángel exacto, cuida la ciudad y al hombre, sostiene columnas y hombros.
Me inventa suertes y alegrías.
Un ángel vive aquí en mi alma, no sabe de idas, ni de regresos; existe, esta.
Ángel insomne, amante, mío.
Un ángel vive entre mis brazos, habita en besos, duerme en palabras.
Me llama hijo.

El olor de mi madre.

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Mi madre huele a llantos, a pañales hervidos, a fiebres y angustias, a primeras palabras, a gateos y pasos. A risas de bebes, a sueños estallando.

Mi madre huele a infancia, a juegos, a carreras, a partiduras de cabeza y fiebres altas, a noches de desvelo. Ella huele a uniformes planchados, a libros bajo el brazo, a tareas y estudios, a becas y escuelas en el campo. A tesis y aplausos, a diplomas, a futuro.

Mi madre huele a almuerzo de domingo, a postres especiales, a meriendas de estudios. Levanta el brazo y flotan olores muy diversos, a Navidades juntos, a todos en la mesa, a vengan pronto que se enfría el potaje. Ella huele a familia reunida, a uniones y desvelos.

Mi madre huele también a sueños rotos, a actos de repudios, a lágrimas sin consuelo, a futuros perdidos. Sin saberlo mi madre huele a intentos de salida, a reinventarse vidas, a brazos que sostienen.

Mi madre huele a empeños, a esfuerzos, a ese no darse nunca por vencido. La abrazo y de su cuerpo breve, escapan olores especiales. Ella huele a pasado y también a futuro. Huele a adioses y a holas, a largas bienvenidas y cortas despedidas, a vuelvo pronto, no tardo, a espérame por siempre.

Mi madre huele a ciudades que ni siquiera conoce, huele a La Habana, a Madrid y también huele a Miami. Ella huele a lugares que solo existen en sueños y regala ese olor como prueba que existen. Entre mezclas de olores vive intensa y precisa, anunciando en el gesto, el olor a esperanza, a sonrisas, a ganas, a darlo todo siempre.

Mi madre huele a vida, a siglos, huele a mi Isla, a mares, a olas gigantescas, a alientos y alegrías. Sabe esconder muy bien olores de tristeza, los disfraza y oculta con mantos de ternura, no me deja notarlos, aunque sepa que existen.

Mi madre huele a llamadas los domingos, a cartas, a fotos estrujadas. La conforman y sostienen olores de regresos, olores de cariño, de amor de mucha gente. Mi madre huele a gloria, a patria, a promesa y en ese olor preciso se mantiene en el tiempo, perfumando mi vida, mis viajes, mis intentos.

Una madre y su espera.

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Allá donde el tiempo se detuvo y la esperanza aguarda,
Ella se mira al espejo,
Se examina el rostro y los detalles.
No usa maquillajes para ocultar sus años.
Los muestra orgullosa, complacida, son las medallas que le regalo la vida, sus trofeos.
Cada arruga fue una experiencia, una ganancia, una victoria de su fuerza y su constancia.
Recuerda días de llantos y de angustias, de beberse una a una lagrimas y penas,
De esconderlas donde nadie las miraba, siempre fue avara en su tristeza, fue lo único que nunca compartió,
Se basto para vencerlas, sostenida en ella misma, en su sonrisa, que nunca hubo llanto que borrara.

Amanece, el sol, reflejado en el espejo la embellece, siente que vuelve a ser joven, fuerte, vital.
Recuerda días de alegrías, de risas desbordadas, compartidas,
Fue generosa en la dicha, en la sonrisa, las compartió con todos, regalándolas esplendida y sonriente. Las sigue compartiendo día a día.
Revisa unos papeles, los relee, los estruja emocionada junto a su pecho.
Guarda como tesoros los escritos de su hijo, son la mejor medicina a sus achaques, el mejor maquillaje de sonrisas.

Mira el almanaque, los días que faltan ya son pocos,
Se mira de nuevo en el espejo y el milagro de la espera le da fuerza, brios, resta años, ausencias, lejanías.
Suena el teléfono, no se preocupa, sabe que no es día ni hora de llamadas que espera. Deja que otros respondan esta llamada, recuerda los últimos “te quieros”, cada timbre es una caricia en la memoria.

Se mira en el espejo, en el pasado, adivina el futuro y se sonríe.
Vienen a verla familiares y vecinos, le preguntan su secreto, su misterio, su bastarse para vencer la vida sonriendo y susurrando palabras dulces que acarician.
Se mira en los ojos que la admiran, descubre su misterio, estalla a voces su secreto.
– Saben, siempre lo espero, sé que vuelve, debo vivir para cada regreso, mientras él vuelva, debo esperarlo, ¡Sin importar el tiempo ni los años!
Es mi sitio, mi razón, mi gran tarea,
Tener mi abrazo listo, oportuno y necesario, pintando de arco iris nuestro encuentro, estrenando alegrías y sonrisas.