La Habana, entre sueños y memorias.

La Habana se me pierde en los recuerdos, se acomoda en memorias, descansa en mi pecho y en mi mente, segura de regresos y futuros.

Dos años sin mirarnos cara a cara, sin renovar energías y recuerdos, sin esperarme del brazo de mi madre.

Mi Habana viene a buscarme en madrugadas, aprovecha mientras duermo, no viene sola; trae a mi madre, segura de victorias y regresos. Revive mi infancia, mis sueños más brillantes; me abraza en noches solitarias.

Sabe que con mi madre como aliada, me tiene atado a palmeras, girasoles. En mis habaneras madrugadas, sinsontes me despiertan, tocororos colorean memorias y futuros, una voz dulce acaricia oídos y recuerdos. Ella revive en cada uno de mis sueños, una mano necesaria me acaricia, un inconfundible: ¡hijo mío! Ensancha mi pecho, vuelvo a ser niño, adolescente, joven, amaso mis sueño con polvo de memorias; tejo un futuro luminoso.

Ellas me esperan, vencedoras de adioses, de finales, seguras de mi fuerzas, alentando mis sueños, mis intentos. A ellas me debo.

Cubanos y ausencias.

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Mientras dedico tiempo a tareas propias de los días libres, escucho el disco de Ivette Cepeda, País. Una canción me atrapa, a su influjo comienzo a unir frases en mi mente. A pensar en las Ausencias que hemos vivido y sufrido en nuestras vidas, en este eterno partir y regresar de cubanos por el mundo.

Nosotros, los cubanos, cargamos con ausencias terribles desde temprana edad. Ausencias físicas, tangibles, ausencias que el alma no olvida y busca una y otra vez, con toda la fuerza de los recuerdos.

En cada barrio, cada cuadra, cada familia, se mezclan ausencias y presencias. Siempre falta alguien en días de celebraciones, de alegría o dolores. No hay familia cubana que pueda reunirse un domingo y la abuela decir feliz; estamos todos. Siempre falta alguien que ausente, envía fantasmas y recuerdos a ocupar su sitio, a paliar vacíos y angustias.

La primera gran ausencia en mi vida la sufrí siendo un niño. Desde Palma Soriano, llego una familia a vivir en la casa de al lado, un matrimonio con una hija. Estaban esperando la salida del país. Nunca entendí como mi padre, comunista y revolucionario 100%, acepto que las dos familias se hicieran una y mi vecinita fuera una hermana más, que pasaba más tiempo en mi casa que en la suya, son cosas del corazón. Tal vez un milagro del amor. Los años pasaban, los lazos entre las dos familias se estrechaban, nosotros crecíamos. Mis hermanas y yo pensábamos que esa salida del país nunca llegaría, cosas de muchachos. Un día armaron maletas y partieron dejando un vacío enorme, terrible. Mami perdió a su amiga y confidente, nosotros a una hermana que solo volveríamos a ver gracias a la magia de las redes sociales, muchos años después, cuando también fuimos ausencias.

Son muchos años de despertar entre ausencias. Amigos que se fueron, familiares que apuran un adiós. Llegar a lugares, hacer un pase de lista mentalmente, notar que los ausentes aumentan.

La Habana, nuestra Isla, sufre del mal de ausencias. De vivir entre adioses y regresos, entre abrazos que se apuran y brazos que quieren retener, sin fuerzas para más despedidas.

Nos fuimos, dejamos fantasmas ocupando nuestro espacio, cuidando recuerdos. Cuantas ausencias, cuanto dolor. Ese no estar en el momento preciso. Perdernos nacimientos y muertes, sonrisas y lágrimas. Un país, no puede con tanta ausencia, un futuro no se construye entre un adiós y un vuelvo pronto. Seguimos sumando ausencias, dejando espacios, cicatrices en el alma, nostalgias que no cesan. Conjugamos el verbo partir en todos sus tiempos, engañando el dolor con regresos, dejando en el aire un vuelvo pronto, espérame.

Escucho una y otra vez la canción de Ivette, “gente que extraño y quisiera abrazar, sin preguntar”. Se me revuelven las ausencias, jugando con la letra de la canción podría decir que nuestros corazones son un nido de ausencias. Por suerte las ausencias no se convierten en olvido, nos la arreglamos, “a lo cubano” para inventarnos puentes y vías. Pactamos con fantasmas, invocamos a Cachita, nos une el amor, que hace el milagro de mitigar ausencias. Nos volvemos brisa, olas y llegamos a casa, nos sentamos a la mesa, nadie nota nuestra presencia, tampoco nuestra ausencia, estamos sin estar. Le pasamos la mano por la cabeza a la vieja, la besamos, le soplamos un, te quiero mucho al oído y volvemos.

Así vivimos, de un modo u otro, entre ausencias, presencias, despedidas y regresos. Reparándonos el alma y los recuerdos con una foto o una llamada por teléfono, con la promesa de un regreso, inventándonos el mañana, seguros que un día será presente y borrara ausencias.