Una cafetera especial.

cafetera cubana 2014 Michel Blazquez
Se fue de Cuba cuando el Mariel. Al salir de su casa, agarró fuerte de las manos a sus dos hijos, miro por última vez su casita con muebles viejos, reparados cientos de veces, las paredes sin pintar, los retratos de sus padres. Los recuerdos la golpearon duro, se secó una lágrima. Recordó que olvidaba algo.
-Voy a hacer café, mamá siempre colaba en los momentos difíciles, decía que ayudaba a suavizar tensiones, a avivar la esperanza. Tomaron el café, el último en su Isla. Al abrir la puerta, Pucha le dijo a su hijo.
-Manolito, ve a la cocina y tráeme la cafetera de mamá, la vamos a necesitar.
Su hijo de 7 años regreso con una cafetera vieja, sin asa, manchada por el tiempo y el uso.
-¿Mamá, vas a llevarte esta cafetera vieja?
Pucha, suspiro, tomo la cafetera vieja en sus manos.
-Si mi hijo, era de tu abuela, antes de morir me dijo; donde quieras que vayas, llévala contigo.

Mientras esperaban para subir al barquito en que harían el viaje, Pucha, apretaba fuerte a sus hijos y trataba de esconder la cafetera entre ellos. Sabía que si la veían, no se la dejarían llevar, las ordenes habían sido claras; solo pueden llevar con ustedes lo puesto.

Por esos milagros que suelen ocurrir, Pucha pudo llevarse la cafetera con ella. Los 4 formaban un grupo macizo, un todo, como si fueran una sola persona; Pucha, Manolito, Reglita su hija de 5 años y la vieja cafetera.

Al llegar, fueron directo a un campamento improvisado, no tenían familia y deberían esperar que los procesaran y ubicaran. Una mañana, Pucha escucho su nombre por las bocinas, tomo a sus hijos de las manos y se presentó en el punto señalado.

Los procesaron rápido. Un matrimonio cubano que pasaban los 60s, había decidido hacerse cargo de ellos y ayudarlos a encaminarse, vivirían en su casa, en un apartamento en el patio. A Pucha y a los niños, les cayeron bien estas personas dulces y cariñosas. Reglita los vio y corrió a abrazarlos, los niños tienen un don especial para reconocer a las buenas personas.

Cuando subieron al auto del matrimonio, Pucha grito.
– ¡La cafetera, olvide la cafetera!
– No te preocupes, le dijo María Luisa, pasamos por alguna tienda y te compramos la que quieras.
– Esa cafetera es especial, mi madre me dijo que nunca me separara de ella.
María Luisa, miro a su esposo.
-Eduardo, regresemos por la cafetera, quiero que todo esté bien en este comienzo de una nueva vida para ellos.

El oficial que estaba en la puerta fue tajante.
-No pueden volver a entrar, solo haré un anuncio por la bocinas por si acaso alguien la encontró.
Esperaron más de una hora, en vano. Nadie trajo la cafetera. María Luisa y Eduardo, le dijeron a Pucha.
-Vamos, no podemos esperar más, ten fe, tal vez un día la cafetera te busque a ti.
Pucha asintió, tomo a sus hijos y subió al auto.

A los niños y a Pucha, les gusto la nueva casa y el apartamento que les habían preparado.
-Aquí estarán independientes, pueden poco a poco arreglarlo a su gusto. Si un día deciden irse, no nos disgustaremos, aquí pueden estar mientras quieran. Ustedes serán la familia que nunca pudimos tener, les dijo María Luisa, mientras Eduardo, su esposo reafirmaba sus palabras.
-En una hora almorzaremos, báñense y pónganse las ropas que están en el closet, esperamos que les sirvan. Mañana, con más tiempo iremos a comprarles ropas más apropiadas.

Almorzaron, como si fueran una familia, reunida en la tarde del domingo, en una casa de La Habana. Los niños devoraron todo, cuando María Luisa, trajo la fuente de arroz con leche, casi aplauden de la alegría.
Cuando terminaron con el postre, María Luisa los invito a tomar el café en el portal. Trajo una bandeja con 5 tazas, 2 con solo un poco de café para los niños. Ya Pucha le había dicho que ellos también tomaban café.
-No, no podría tomar café. Hasta que no encuentre mi cafetera, no podré volver a tomarlo.
María Luisa, no insistió, la vida le había enseñado a respetar las decisiones y opiniones ajenas.

Los días pasaron, los niños comenzaron a ir a la escuela. Los lazos entre las dos familias, se estrechaban cada vez más. Pucha y María Luisa, más que amigas, parecían madre e hija, pasaban horas conversando y contándose historias. Una tarde, antes que los muchachos llegaran de la escuela, María Luisa, le dijo a Pucha.
-¿Por qué esa mirada triste? Si algo te disgusta, dímelo, no tengas pena.
-Es la cafetera, la necesito, no sé cómo explicarlo, pero me es necesaria.
María Luisa, se meció en el sillón del portal, suspiro.
-Mañana saldremos a buscarla. En Hialeah hay varios vendedores de cafeteras viejas. Conozco a un tal Miguel que las colecciona, él podría ayudarnos.

Pucha no durmió esa noche, pensando en que tal vez encontrarían su cafetera. Se levantó temprano, llevo a los niños para la escuela. Le toco a María Luisa en la puerta de la cocina.
-Ya estoy lista.
-Yo también, no te brindo café porque sé que solo tomaras el de tu cafetera, ojala hoy puedas saborearlo.

Recorrieron toda Hialeah buscando a Miguel, lo encontraron en el centro de un parque, rodeado por montones de cafeteras.
Pucha, le conto su historia. Miguel, comenzó a buscar entre los montones de cafeteras que lo rodeaban. Mientras murmuraba, una cafetera vieja, sin asa, encontrada en el campamento de refugiados del Mariel; ¡aquí esta! Exclamo Miguel.
-Le arreglé lo del asa rota, con lo que me pareció más apropiado, talle en madera la isla de Cuba. Esta cafetera es especial, por más que intente que colara café, siempre se negaba, como si estuviera esperando por alguien para colar.
-Es esta la reconozco, grito Pucha mientras la tomaba en sus manos.
Todos se sorprendieron cuando en las manos de Pucha, la cafetera comenzó a colar un aromático y abundante café. Muchos se acercaron al influjo de su olor, alguien trajo unos vasitos y Pucha comenzó a servirlo. Todos sonreían y disfrutaban el café.
María Luisa se sorprendió del brillo de los ojos de Pucha, probo el café, sintió que la esperanza y la alegría la invadían. Comprendió el porqué de la insistencia de Pucha en buscar su cafetera y porque su madre le dijo que la llevara siempre con ella.

Desde ese día, todas las mañana, Pucha, antes de irse a trabajar, colaba su café, lo compartía con todo el que pasaba. Como quien comparte la esperanza y la certeza de un futuro mejor.

Fotografia cafetera cubana2014, de Michel Blazquez Mijares, artista plastico cubano.

¡Caridad!

Virgen de la Caridad

Patrona de Cuba, madre amantísima de los cubanos. La Caridad del cobre, reina en Cuba y en nuestros corazones. Su día, es un poco o un mucho, un cumpleaños colectivo que celebramos con amor y devoción, no solo allá en nuestra islita. En este regarnos por el mundo, donde hay un cubano, en este, su dìa, hay fiestas y emociones, velas encendidas y esperanzas renovadas.

 Nunca he ido al Cobre, le debo esa visita a la virgen de la Caridad. Pienso hacerlo del brazo de mi madre. Ambas se miraran de frente, una dirá; gracias por cuidármelo, otra responderá; él también es mi hijo, no puedo abandonarlo. Mami, no sabrá que siempre que pido a la Caridad del Cobre, pienso en ella, la imagen de la virgen y de mi madre se me funden y confunden. No sé si es el exilio o los años, pero últimamente, se me mezclan ciudades, banderas y un montón de cosas mas. Mi madre y la virgen, no podían escapar a este sobreponerse símbolos y amores. 

Busque en Internet, el por qué la patrona de Cuba. Pienso que los veteranos mambises, pidiendo al papa Benedicto XV, su proclamación, fue como un mirar al futuro, una premonición de tareas por venir. Me resulta llamativo el hecho de tres hombres en un bote, entre olas, en el mar, junto a ella. ¿Presentirían acaso que tendría que cuidar de muchos cubanos cruzando el mar en botes improvisados? Pienso que sabían que su labor, no terminaría en tierra firme, que tendría que ir con nosotros a recorrer el mundo, a cuidarnos. Así lo ha hecho, no cede en su labor de velar por nosotros, el mar no la detiene, para ella no existen fronteras.

 La Caridad del Cobre, como Cuba, se multiplica. Sigue reinando desde montañas, pero tiene también su Ermita en Miami, uno de los primeros lugares que visitamos muchos al llegar a esta ciudad. Recorre el mundo en maletas, se afinca en Madrid, Paris, Lima. Tiene su rinconcito en cada negocio cubano, en cada hogar. Es parte de la familia.

 Ser patrona de Cuba, virgen, haber sido coronada por Juan Pablo II, no la distancia del pueblo. La hicimos nuestra. En momentos de apuro, nos volvemos a su imagen o miramos al cielo y decimos; ¡Ay cachita, ayúdame! No es exceso de confianza, así somos, si queremos a alguien lo tuteamos, la pasamos la mano por el hombro y andamos juntos. Ella nos conoce, nos da licencia para tutearla y contarle travesuras, ríe con nosotros. A pesar de preocupaciones y tristezas acumuladas, no ha perdido la sonrisa, no la perderá nunca.

Nos sostiene a todos en brazos, dispuesta a defendernos con uñas y dientes. Se sabe nuestra madre, nos protege y enseña a amar. Camina sobre el mar, recorre ciudades, continentes, no descuida a nadie. No nos pide actos de arrepentimiento. No necesita títulos, ni protocolos largos para escucharnos, basta un, ¡Madre, ayúdame! y acude puntual a enjugar llantos, a deshacer tristezas. Mi madre, ella, todas las madres cubanas, se saben necesarias, imprescindibles, basta un grito, una queja y sus manos acuden a curar heridas, a salvarnos del abismo. 

Se mezclo con su pueblo, que le ofrenda miel y girasoles, que se arrodilla ante ella y la llama, Cachita, Oshun, Caridad, ¡Madre! Se sabe símbolo y patrona, protección y guía.

Viste de amarillo y en dias de fiesta luce orgullosa una bata cubana blanca azul y roja y desde lo alto de la sierra, espera con su pueblo, en la certeza de ¡Un futuro de unión, luz y amor!

Fotografia tomada de google.