Un hombre poca cosa o ahogarse en un vaso de agua.

Desde que nació, fue de esos que gustan de pasar inadvertidos, de los que llamamos, poca cosa. La clase de gente capaz de ahogarse en un vaso de agua.

Contaba su mama, que cuando nació, al darle la primera nalgada, su llanto fue inaudible, casi, casi le dan una segunda, pensando que no había reaccionado. Nunca le gusto destacarse, se quedaba siempre rezagado en todo; jamás conjugó en primera persona el verbo sobresalir. Creció, estudio, se gradúo de la universidad y comenzó a trabajar. Cumplía su trabajo, pero sin destacarse, pertenecía a esa clase de personas que nadie notaba su presencia o su ausencia, un tipo gris, poquita cosa, insignificante.

Cuando celebraban alguna asamblea, se sentaba en la última fila, jamás pedía la palabra. Esas discusiones y esos tipos hablando a gritos, solo le infundían temor, se hundía en su asiento, tratando que nadie lo viera. Sabia de historias de vidas cambiadas por intervenir en una asamblea, se ponía nervioso, sudaba frío, de solo pensar que un día lo obligaran a hablar en una asamblea. Su mayor preocupación, fue siempre, levantar la mano cuando el presidente de la asamblea preguntaba, ¿quienes están de acuerdo? Estar en el grupo de los que estaban en contra, ser cuestionado en público, tener que dar explicaciones, era más de lo que podía soportar. Imaginarse parado en frente de la asamblea, explicando su desacuerdo con algo, lo hacia estremecerse, temblaba de miedo de solo pensarlo.

Una tarde una de las pocas amigas que tenia, le pidió que le  acompañara a ver a una cartomántica; es muy buena, pero me no me gusta ir sola, le dijo. El débil, incapaz de negarse, como siempre, accedió a acompañarla. Se sentó en la sala, mientras en el cuarto contiguo. Juana, la de las barajas, le predecía el futuro a su amiga. Salieron del cuarto sonrientes, Juana, lo miro.

-Y él, no va a tirarse las cartas?

– No, no, solo atino a balbucear, me da miedo eso de saber el futuro.

– No insistiré, dijo Juana

Mientras los acompañaba a la puerta, al abrirla, una carta cayo al suelo, la mujer de las barajas la recogió y mirándole a los ojos, le dijo:

-Mantente alejado de los vasos de agua, un día puedes ahogarte en uno.

Esa noche, el hombre de los miedos, el asustadizo y poca cosa, no durmió. Antes de acostarse, botó todos los vasos a la basura. De ahora en adelante solo tomaría jugos y en botellas, seria precavido. Morir ahogado en un vaso de agua, no le hacia mucha gracia.

Desde el día que acompañó a su amiga a ver a Juana, la de las barajas, comenzó a dormir mal, se despertaba sobresaltado, enormes vasos de agua lo perseguían en sueños. A veces se quedaba dormido en la guagua, viendo televisión, hasta conversando.

Una tarde en una asamblea, se quedo dormido. Cuando el presidente de la asamblea pregunto muy serio.

-¿Quienes están de acuerdo en donar una hora de trabajo semanal para la recuperación de las mascotas abandonadas?

Todos levantaron las manos, todos, menos el hombre poca cosa, que se había quedado dormido. El presidente de la asamblea, frunció el ceño, abandono el estrado y se le paró enfrente, lo miró amenazadoramente.

-¿Usted puede explicarnos por que se niega, por que desafía la unanimidad de la asamblea?

El pobre hombre poca cosa, que recién acababa de despertarse, no atinaba a responder, no sabia que estaba pasando. Como era posible que él, el primero en apoyar las unanimidades, se hubiera demorado en levantar la mano. No pudo responder, rompió a llorar en silencio, sin valor para discutir, abandono la asamblea.

Camino a su casa, entró en una cafetería a sentarse un rato, a intentar recuperarse, a poner en orden sus ideas. Una camarera se acercó a su mesa.

-Desea algo, preguntó, mientras le ponía enfrente un vaso de agua.

El hombre, se quedo mirando fijamente el vaso de agua, sin poder articular palabra, paralizado. Recordó la profecía de Juana, la de las barajas. La camarera, fue a otra mesa a llevarles agua a otros clientes. Cuando regreso, la mesa estaba vacía, solo el vaso sobre la mesa, intacto. Lo recogió, le pareció ver algo extraño en el fondo, pero no le dio importancia, fue hasta el fregadero y arrojo el agua. Perdiéndose por tuberías desconocidas, mezclado con aguas sucias y jabonosas, desapareció, para siempre, el hombre poca cosa, que nunca tuvo valor para vivir.

Mi amigo, Libertad de expresion.

No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.

Voltaire

Nació, en una asamblea, una de esas terribles asambleas de unanimidad, donde discrepar, era un acto suicida. Su mamá, una mujer sencilla, de voz dulce, algo tímida, ese día, decidió hacerse escuchar, se despojo de miedos y trabas. El clima de la asamblea, se había ido caldeando, en su punto mas fuerte, su mamá, la que nunca había hablado en una asamblea, la que siempre era señalada como ejemplo de persona cumplidora y obediente, pidió la palabra. Mientras con una mano se acariciaba la barriga inmensa, con la otra, sostenía el micrófono. No estoy de acuerdo, eso es una injusticia, déjenlo hablar! Su voz naturalmente dulce y baja, adquirió matices heroicos, el eco de sus palabras, retumbo en el salón de reuniones, estremeció a todos los presentes. El presidente de la asamblea, la fulmino con la mirada, lamentó haberle dado el micrófono, casi se levanta a arrebatárselo él mismo. El y otros más de la presidencia, arremetieron contra la mujer. No pretendían razonar con ella, dialogar; la insultaban, hasta un, comemierda! Mal agradecida, se escuchó decir. Ella, sin soltar el micrófono, repetía una y otra vez; es una injusticia, tiene derecho a que le escuchen, aunque ustedes no estén de acuerdo con lo que dice, hay que dejarlo hablar y escucharlo con respeto.

En plena discusión, comenzaron los dolores de parto, se aguanto el vientre con las dos manos, el micrófono cayo al suelo, acompañado del líquido que corría por sus piernas, amenazando inundar el local. Todos se paralizaron, se escucho una voz; ayuden a esa mujer, va a desmayarse! Apareció una sabana, un poco de agua caliente y una vieja dispuesta a ayudarla. Fue un parto doloroso, pero el niño nació sano, sin problemas. Su nacimiento, puso fin a la absurda  asamblea.

El día de inscribirlo, se armó un revuelo inusual en el registro civil. Abogados y notarios, fueron llamados. Era la primera vez que se escuchaba ese nombre, un hombre muy serio, llevaba años inscribiendo niños, la miro fijo; usted tiene el derecho de ponerle el nombre que quiera a su hijo, ha pensado en las consecuencias que tendrá para él, andar por la vida con ese nombre? Se que será un nombre difícil, pero mi hijo, sabrá llevarlo, lo se. Quedo asentado en el registro civil; Libertad de expresión Pérez Gómez.

Tal vez impulsado por su nombre, o concebido por un espíritu santo de nuevo tipo, su vida quedo marcada, para siempre, por un afán de lucha incansable por la justicia, por la libre expresión. Gustaba de conversar con los que tenían opiniones contrarias a él. Dialogar, discutir sin agresiones, intercambiar opiniones, consumían la mayor parte de su tiempo. Siempre estaba rodeado de personas, de cierta manera, se hizo popular.

Muchos falsos amigos se le acercaron, ese tipo de personas que solo quiere escuchar a los que coinciden con él. Para ellos, la libertad de los demás terminaba, donde empezaban las diferencias con su opinión. Ese tipo de persona que cree que el mundo es sólo un eco de su opinión; los que discrepen, están equivocados y deben ser eliminados y  convencidos por cualquier medio, ese es su lema en la vida y en la muerte. Cuanto te queremos y necesitamos, le decían. Cuando aparecía una opinión contraria, esos falsos amigos, le recordaban a quienes presidieron aquella asamblea donde nació inesperadamente. Su madre, se lo había contado mil veces, preparándolo para que cuando creciera, su nombre no fuera una carga pesada sin sentido.

Una mañana, se fue a vivir a otro  país, ahí si estarás bien, le dijeron sus “amigos”. Muchos hasta decidieron acompañarlo, otros eran sus intereses. En la constitución, hay leyes que llevan tu nombre, vas a estar feliz viviendo allá, le decían dándole palmadas en el hombro.

Un día el Sr. Pérez Gómez, mas conocido por su nombre, Libertad de expresión, sufrió una terrible decepción, un duro golpe; vio manifestaciones, mujeres maltratadas, sólo por tener opiniones contrarias. Supo hasta de aplanadoras rompiendo discos, de insultos, gritos. De repente, aquella asamblea donde nació, tomaba la ciudad por asalto y él a diferencia de su madre, no tenia una barriga que aguantarse y un hijo para parir en el momento justo. Se pregunto, ¿Donde estoy? ¿Qué he hecho? Quiso ir a cambiarse el nombre, no quería llevar por más tiempo un nombre que no existía, que se convertía en una utopia. Sus verdaderos amigos, aquellos que no siempre estaban de acuerdo con él, pero sabían como discutir y defender sus ideas, no lo dejaron. ¿Qué diría tu madre si viviera? No entiendes que mientras lleves ese nombre, se mantiene viva la esperanza de que un día exista realmente la libertad de expresión. No será lo mismo decir; soy amigo de Juan Pérez Gómez, que decir, Libertad de expresión, es mi amigo. Comprendió que sus amigos tenían razón. Costaría trabajo, habría que reeducar a muchos, hasta rehacer mapas genéticos. Un día, su nombre, no seria solo letras en una partida de nacimiento o en una ley de leyes.

Una tarde, sin imaginarlo él mismo, sin saber como, Libertad de expresión, parió miles de hijos, muchos, se las arreglo para criarlos a todos. Cuando crecieron, salieron a recorrer el mundo, a cambiarlo!

Fotografia de Yohandry Leyva.