Viaje a La Habana, reencuentros y emociones.

Marta preparó su viaje cuidadosamente, 10 largos años sin visitar su país, su Cuba, sin abrazar a su hermano, familiares y amigos, sin andar esas calles que tanto amaba. No quería dejar nada a la casualidad, preparó todo minuciosamente, llevó hasta el material necesario para impartir sus clases online, en caso de un retraso del regreso o de un imprevisto, no quería poner en riesgo su trabajo; eso de que mujer precavida vale por dos, se cumplía con ella, a lo mejor hasta le cobraban dos pasajes al abordar el avion. Preparó su maleta, antes de acostarse fue al chat de sus amigos de años, su grupo del preuniversitario, estaré ausente unos días por mi viaje, les dijo. Algunos de ellos que aún vivían en Cuba le dijeron: Marta, vamos a preparar un reencuentro contigo, vamos a reunirnos, ya te diremos cómo y cuándo, cuando estés aquí, nosotros nos ocuparemos de todos, ya verás, le dijeron al despedirse.

Se durmió soñando con su viaje. Volver a andar las calles de La Habana la hacía feliz, ese reencuentro con recuerdos, familiares y amigos se le antojaba un viaje en el tiempo, era como mirar frente a frente a su otro yo, ese que decidió quedarse y se aferró con uñas y dientes a la tierra y a recuerdos

Ya en el avión dio rienda suelta a la imaginación, se soltó el pelo y los sueños, se acarició la frente y los recuerdos, Cuba de nuevo, allá me espera mi infancia, mi adolescencia, ¡mi vida entera! Allá estoy yo esperándome otra vez. Recostó su cabeza, cerró los ojos, la voz del capitán la hizo dejar sueños y fantasmas: ya estamos sobrevolando La Habana, en unos minutos aterrizaremos. Miró por la ventana, su corazón se desbocó como queriendo llegar antes que ella a su tierra, sintió, a pesar de años y ausencias, las mariposas en el estomago de sus primeros amores, como si su mejor amante la fuera a esperar al pie del avión. Quiso retocarse el maquillaje y se miró al espejo, le pareció haber rejuvenecido 10 años, debo estar medio mareada por el viaje, me veo diferente, se dijo.

Cuando pisó tierra cubana sintió que una extraña energía la poseía, una fuerza especial la animaba, corrió al encuentro de su hermano y se unieron en uno de esos abrazos que solo los que vivimos fuera de Cuba hemos sentido. Su hermano la miraba admirado: Marta que joven te veo, luces super bien, ella se rio, este hermano mío siempre exagerando, pensó.

Recorrió la ciudad con sus familiares y así de alegría en alegría, de sorpresa en sorpresa llegó el día del encuentro con sus amigos del pre. Cesar la recogió en su auto y llegaron al jardín donde la esperaban sus amigos, los reconoció uno a uno, fue mencionando sus nombres, los recordaba a todos, Andino, Liana, Nancy, Desiderio, Maria Elena, Humberto, Irmita. Cuando se dieron un abrazo grupal ocurrió el milagro; las canas desaparecieron junto con las libras de más y las barrigas, las pieles se volvieron tersas, las ropas se cambiaron y volvieron a vestir el uniforme del pre, aparecieron libros y libretas, por unos instantes volvieron a ser los adolescentes que soñaban ser profesionales un día, con un montón de sueños por antorcha. ¿Que pasó? Se preguntaron mirándose asombrados, Liana que no había participado en el abrazo, temblando de la emoción les mostró la foto que había tomado; allí estaban todos con sus uniformes del pre, sus sonrisas iluminando el futuro, con 17 o 18 años dispuestos a comerse el mundo. Miraron la foto asombrados, ante sus miradas la foto se iba desvaneciendo y el teléfono quedó en blanco. ¿Qué fue eso? Se preguntaron emocionados, no pudieron responder. Hay milagros que escapan a nuestra compresión que van más allá de cálculos y realidades, hay magias y regalos que sólo La Habana puede darnos; ese es su encanto. La tarde transcurrió entre recuerdos y video llamadas a amigos ausentes, muchos fueron partícipes de ese encuentro, más allá de distancias y años sin verse.

Llegó el día del regreso, el más difícil para todos los que vivimos fuera de Cuba y nos toca volver a hacer maletas y decir adiós. Marta fue el aeropuerto y al llegar al mostrador de la aerolínea le dijeron: su vuelo ha sido cancelado, la tripulación tiene covid y es imposible ponerlos en el próximo vuelo, estarán unos días más en Cuba, hasta que la aerolinea los pueda reubicar en otros vuelos. Se sintió en una pesadilla, era sábado y el martes debía reiniciar sus clases online, no podía fallarle a sus alumnos y se estaba jugando su futuro laboral. Recordó que había traído lo necesario para dar sus clases online y que su sobrino tenía Internet en su casa y eso la tranquilizó un poco.

Llegó a casa de su hermano, dejó la maleta en la sala y fue al cuarto, quería estar sola, estaba en shock. A los segundos de estar sola en el cuarto sintió un ruido como de olas rompiendo contra el muro de todos, girasoles florecian en el cuarto y sinsontes revoloteaban, estoy delirando, pensó. De pronto se apareció una hermosa mulata vistiendo una bata cubana azul, blanca y roja.

– Perdóname Marta, pero fueron muchos años sin tenerte, todos ustedes lejos, inventándose otras vidas, me son necesarios, son mis hijos. Te hice trampas, quise retenerte unos días mas, después te dejaré marchar, pero prométeme volver.

Marta quiso protestar, decirle que pudo haber perdido su trabajo. La mulata hizo un gesto y le dijo:

– Yo también tengo derecho a ser un poco egoísta. No sabes como me duelen estas ausencias y cuanta falta me hacen ustedes para armar sueños y futuros. No me reproches nada, mira estas fotos, sólo yo podía hacerte lucir tan bella. Todo saldrá bien, ya verás. Ahora me voy, cuéntale al Habanero de este encuentro, hará una de sus historias seguro.

Marta la miró y le dijo.

– Prometo volver.

Se marchó como vino, entre olas rompiendo contra el muro de todos y cantos de sinsontes, le regaló un girasol antes de irse.

– Guárdalo, como prueba que todo no fue un sueño.

Desapareció ante ella dejándola atónita y feliz, no podía creer lo sucedido, miró el girasol en su mano, se miró al espejo y le pareció que una luz iluminaba su rostro.

Al final con la ayuda de amigos, tal y como prometió La Habana, todo se resolvió y Marta regresó a Costa Rica, su segunda patria. El día del regreso su hermano y todos sus amigos fueron a despedirla, los abrazó a todos y antes de pasar al área reservada a los que viajaban les dijo a todos

– Volveré, es una promesa que debo cumplir.

Cuentan que todos se asombraron cuando varios sinsontes revolotearon entre los pasajeros y girasoles florecieron en el suelo del aeropuerto.

Fotografía tomada de la página de una amiga de Facebook.

Lourdes en plena Libertad

El sábado pasado asistí a la presentación de Lourdes Libertad en “El Divino”. Especie de pre-Nochebuena entre amigos y canciones.

En los últimos días Lourdes se vio, sin proponerselo, en el ojo del huracán. Declaraciones contradictorias, opiniones y asumir lo pensado por lo hecho, provocaron inquietudes entre amistades y seguidores. A su regreso de un corto viaje a La Habana, sin sacudirse el polvo, hizo unas breves y contundentes declaraciones. Demostró que, como el cisne, puede rozar el fango sin ensuciarse sus plumas. Cuando vi su video le envié un breve mensaje; muy bueno, no esperaba menos de ti. Es que en este andar por la vida uno aprende a mirarle a la gente al corazón, terminamos adivinando virtudes y defectos.

Lourdes Libertad ha sabido, poco a poco, hacerse de un público que la sigue y quiere, que la siente suya; algo que sólo verdaderos artistas logran. Al nacer heredó arte y empeños, maduró y creció en el tiempo, son muchos años en escena, dando lo mejor de sí; entregándose.

Su presentación incluyó algunos números de su repertorio habitual. Supo eludir hacer mención a problemas, un artista pleno sabe como usar el escenario y el arte. Algunos de sus números respondieron por ella, “No bajare la cabeza, para que mi corona no se caiga al suelo” y su público la aplaude en reafirmacion de apoyo, “que hablen, no me importa que hablen…”, una ovación cierra su actuación.

Agradece a amigos su apoyo y asistencia, se lamenta por los muchos que no pudieron asistir, por la capacidad del local. Anuncia su próxima presentacion el 6 de enero, en celebración de cumpleaños y regalo de reyes magos.

Lourdes Libertad continuará brindando lo mejor de sí, segura y confiada, le sobra talento y fuerza para no detenerse, para no bajar la cabeza y no preocuparse por esa gente que habla. Continuaremos encontrándonos, lo sé . Éxitos y adelante Lourdita, desde la gloria te guían y protegen.

Hasta siempre Lourdes.

Debería estar durmiendo, el viernes madrugo y sólo tengo mañana para terminar de armar maletas y alistar abrazos; el viernes viajo a Cuba a ver a mi madre.

Aunque lo intento, no puedo dormir, el dolor de la noticia me muerde en el pecho, me invita al desvelo; hoy perdimos a una figura importante de nuestra cultura, voz, temperamento y talento que adornó nuestra escena durante años; Lourdes Torres murió en La Habana. Otra de las grandes que se nos va, que deja espacios vacíos para siempre.

Les confieso que lloré con la noticia, no lloré sólo por el adiós a una artista querida, lloré por una madre que se nos fue, por su hija huérfana. Porque no importan edades, ni carreras, siempre que una madre se va, nos deja irremediablemente huérfanos. Vi el video de Lourdes Libertad y no pude llegar al final, su dolor podía ser el mio, de cierto modo lo compartíamos.

Mis amigos y los que siguen mis escritos, saben que he pasado dias difíciles con mi mamá. Yo , como Lourdes Libertad, pertenezco a esa legion de hijos que al partir, dejaron detrás madre y afectos anclados a la isla y al amor. Yo, como Lourdita, he llorado en la distancia de impotencia, ambos, de un modo u otro nos apoyamos y alentamos en esta desigual batalla contra el final. Uno lucha con todo contra el destino, sin mas armas que un amor inmenso, unos besos y un montón de te quieros.

Por esas coincidencias extrañas de la vida, estaré en La Habana en el último adios de su pueblo a Lourdes Torres. Robaré unos minutos a mi madre e iré a compartir lágrimas con Lourdita, a ofrecerle mi hombro, uno más entre los muchos que las quieren y admiran. No existen las palabras de consuelo, no se inventaran nunca, pero los abrazos se bastan para sostener amigos.

Allí en el adios a Lourdes estarán muchos, desde el olimpo de nuestra cultura vendrá Lecuona a escoltarla, la tomará de la mano y con la misma confianza que la lanzó a la gloria, le dirá; vamos cominito, todo estará bien, muchos esperan por ti.

Lourdes no se nos va del todo, nos deja su arte, sus canciones, su voz. Habitará por siempre en la eternidad reservada a quien supo ceñirse glorias y humildades; en el amor de muchos, en ese sitio exacto reservado a quienes logran ganarse el corazón de pueblos. ¡Hasta siempre Lourdes!

El fufú de platano de mamá 

La memoria guarda palabras, imágenes,  momentos especiales, también almacena olores y sabores capaces de transportarnos en el tiempo. Hay recuerdos que nos estremecen, por lo que significan en el ayer y en el momento actual; recordar es volver a vivir,  valorar esos momentos con la experiencia y lo vivido de hoy. Eso somos al final, un montón  de recuerdos. 

Hace días una amiga, casi recién estrenada, me llevó  al trabajo fufú de platano. Nos saludamos y me dijo, te traje un poco de fufú de platano.  Llegó la hora del almuerzo, nos sentamos juntos a almorzar, tengo la suerte de tener buenos amigos que se encargan de mi alimentación durante la semana laboral. Comencé  a saborear la comida, cuando probé el fufú, mis ojos se aguaron y me detuve unos segundos a disfrutar el momento. Mis amigos me preguntaron, ¿Qué pasa Jose? Nada, respondí,  el fufú sabia exactamente igual al que hacía  mi mamá,  el último que recuerdo fue en el almuerzo que preparó para llevarnos para Varadero, en uno de mis viajes.

Ese sabor, ese gusto a comida de mamá me transportó a la mesa del comedor de mi casa en La Habana.  Mis hermanas sentadas junto a mi, despreocupados y felices, mientras mami servía y preguntaba, ¿Cómo me quedó?  Y yo, como siempre, le respondía,  exquisito, ella sonriendo feliz.  Si en aquel momento hubiera tenido noción que mamá no siempre podría cocinarnos, que un día una caída y dolores lucharian por llevarse su memoria y su sonrisa, tal vez exquisito no fuera mi respuesta, no sé qué palabra y qué gesto  hubiera inventado para hacerla aún más feliz,  todo lo feliz que una madre merece.

El recuerdo guardado por años del fufú de mamá me hizo niño y joven.  Mamá vistio de juventud, se me hizo eterna y presente. Hoy,  cuando hablamos, no le dije nada del fufú , no le conté que  lloré en el recuerdo. Le volví a pedir que luchara por esperarme de pie en la sala, que quería abrazarla sin tener que inclinarme, como hacíamos antes; voy a tratar, fue su respuesta. Mamá no volverá a preparme su fufú,  ni ningun otro de sus platos, pero se que luchará junto a nosotros para volver a andar.  La desmemoria tendrá que enfrentarse con el amor de sus hijos y será derrotada.

Tal vez un día,  mi amiga, en una de sus visitas a La Habana, pase por mi casa y le lleve a mami un poco de fufú y ella al probarlo sonría  y diga; si Joseito lo prueba se creerá que lo hice yo.

 Asi entre olores y sabores van nuestras vidas, perfumadas siempre, por el olor de mamá y un montón de recuerdos.

¡Mi santa, el negro se la comio!

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La Habana estrena primavera la mañana del 22 de marzo. En un barrio habanero cualquiera, Cayo Hueso, Buenavista, Pogolotti, Luyano o el Cerro, dos mujeres conversan después de escuchar el discurso del presidente Obama en el Gran teatro García Lorca.
Yamile toca a la puerta de la casa de Caridad.
-Mi santa ábreme la puerta que a mí me va a dar Yemaya en puya y Shango en chancleta e palo. Esto es mucho para un cartucho
-A ti mismita te estaba esperando. ¿Viste al negro hablando?
– Se la comió mi santa. Tremendo jonrón que metió. Pa comer y pa llevar. Ay Caruca si todavía estoy con palpitaciones, el corazón se me quiere salir por la boca.
– Tanta gente que se preguntaba, ¿Mami que será lo que quiere el negro? El negro quiere lo mejor pa nosotros y hablo clarito, clarito, en letra de molde pa aclararle la mente a todos, a los de aquí y los de allá.
– El negro vino suave, fresco y bajito e sal. Viste como se viro pal tipo y le dijo; no le tenga miedo a escuchar las voces del pueblo cubano. Yo pensé que ahí mismito se acababa todo como la fiesta del Guatao.
-El negro se mandó y zumbo. Es como si le hubiera dicho; coge lo tuyo, que ahora es cuando es y no cuando tú querías. Obama siguió hablando, el tipo es durísimo. Eso sí es un hombre y no lo que yo tengo en la casa.
– Oye el negro, a los que estaban en contra de su visita, los dejo en eso y con ganas de aquello. Les tapó la boca a toditos, uno a uno. Ese hombre no se quiere hablando, dijo lo que tenía que decir, sin alterarse.
– Vaya chica, como diciendo, calma que tengo para todos.
– A mí que no me vengan ahora con mesas redondas, ni materiales de estudios, ni con aplanadoras ridículas, ni editoriales que nadie lee. El tipo acabo con las mesas redondas y las mentes cuadradas. Hizo historia y de la buena, no de esa que está en libritos y que cada uno la escribe como le da la gana.
– Me emocioné cuando dijo que los jóvenes eran los que iban a construir algo nuevo. ¡Candela mi son!
– Si mi amiga porque ni los papas, porque muchos papas y poca papa en la mesa, ni maduros ni podridos que han venido han hecho na por nosotros. Ni Rolling Stones, ni estrellas de pop caminando por la Habana. Esto es lo más grande que nos ha pasado. Mamá lo escucho acostada, no se siente bien. Cuando entre a su cuarto estaba llorando, solo me dijo; creo que ya empezó a salir el sol. Me puse a llorar como una guanaja. Nos abrazamos y la vieja me dijo al oído; el negro es un salao.
-El negro es el que es, hay que joderse con él.
– Así mismo mi santa, que hablo de todo, como quien reparte esperanzas y sueños. Alabao el negro me convirtió en poeta, Santa Bárbara bendita Que es esto?
-Tengo que buscar ese discurso y leérmelo con calma, fue mucho con demasiado, el acabose mi santa. Dijo lo que hace años no oíamos o decíamos muy bajito pa no buscarnos problemas.
Yamile y Caridad se abrazan y sin ponerse de acuerdo gritan felices y esperanzadas.

Pésele a quien le pese y duélale a quien le duela; ¡El Eleggua abrió los caminos y ya nada, ni nadie podrá cerrarlos!

Manolo, un temba cubano.

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Manolo se levantó con dolor de cabeza. Debo tener la presión alta, se dijo. Fue al baño a orinar, se miró en el espejo, casi que se asustó; lo que vio, no le gustó mucho. Estaba ojeroso, demacrado. Se miró las entradas, vio esas canas que como recordatorio del tiempo, hacían nido en su escaso pelo. Se estiro la piel de la cara, casi que conto sus arrugas. Regreso deprimido al cuarto y volvió a acostarse.

Manolo recordó años atrás, cuando en La Habana, casi que paraba el tráfico, como decían sus amigos. Se sintió viejo, muy viejo, como de mil años. En su memoria, sus caminatas por las calles de La Habana, ese andar el erotismo de una ciudad, donde ligar o recibir y decir piropos y algo más, era parte del día a día, le recordaban su juventud perdida.

En su memoria, desfilaban las veces que de camino a visitar a un amigo, llegaba guardando 3 y 4 teléfonos en el bolsillo, promesas de próximos encuentros y hasta un beso apurado en los labios o un roce capaz de hacer jurar a cualquiera que ardía en fiebre. Galiano, Monte, Obispo, las recorrió en su memoria, fue joven, seductor y atractivo en el recuerdo. Se veía Rampa arriba y Rampa abajo, cruzando miradas, en ese andar del habanero que nunca deja de estar a la conquista, abierto al deseo, al erotismo.

Manolo, estaba deprimido, hasta se vio sentado en el Malecón, sin que nadie notara su presencia, como si no existiera. Recordó una vez que regreso a La Habana y una mujer exclamó a su paso; “La Habana es la única ciudad del mundo donde los mangos caminan por la calle”, si voy ahora, diran que soy un tamarindo o una ciruela pasa. Ya no soy el de antes, pensó, me estoy poniendo viejo y unas lágrimas amargas se le escaparon. Ni ganas de café tenía esa mañana, lo que quería era un sanax o un diazepam que lo hicieran volver a dormirse, que lo ayudaran a olvidar el paso de los años y sus huellas.

Recordó cuando llego a Miami, al principio no tenía carro y tuvo que coger la guagua, los buses, como le decían aquí. Se daba el lujo de escoger entre los carros que le paraban para ir al College al curso de inglés. Ahora ni una chivichana me va a querer parar se dijo. Conquistador emperdenido, entendió que su hora de retiro había llegado. Le era duro aceptarlo, estaba viejo, acabado. Recordó una frase que escucho decir cuando era joven; ayer maravilla fuì y hoy sombra de mí no soy. Se pasó las manos por el pelo, en un intento de arrancarse pensamientos y tormentos. Sonrió al recordar una frase de Enrique Arredondo en su personaje de Bernabé; lo que fue y no es, es como si nunca hubiese “fuesesido”.

Miro la hora, tenía que empezar a prepararse para el trabajo. Se levantó sin ganas, como un zombie, preparó la cafetera y decidió revisar Facebook, mientras esperaba su café. Un mensaje le hizo soltar una carcajada, su rostro se iluminó. Fue joven de nuevo, mientras lo leía. Miro el reloj, aún tengo tiempo para ir al gimnasio y hacer media hora de cardio. Se vistió de prisa, apuro el café. Antes de salir quiso volver a leer el mensaje que una persona desconocida, 20 años más joven, le había enviado y ante el que habían huido, espantadas, sus visiones y miedos; “Ay papá Dios si no es mucho pedir Mándame un hombre como el que está leyendo esto”.

La risa, el humor, nuestra mejor arma.

bodega cubana
En mi último viaje a La Habana, me reencontré con una amiga de hace muchos años, de esos amigos que cuando recordamos tiempos juntos decimos; éramos tan jóvenes.

Mi amiga me conto que una vez fue a la playa con una amiga española que visitaba Cuba y un grupo de amigos. Mientras acomodaban tiendas de campaña y se preparaban para pasar el día, recordaron los terribles días del periodo especial.
– ¿Te acuerdas del bistec de cascara de toronja? Exclamo uno en medio de risas y carcajadas.
– ¿Y que me dicen de la masa cárnica? Mira que la vieja trataba de disfrazarla, hasta en frituras, pero no había quien se la comiera. Exclamo un amigo.
– Seguro que ninguno se acuerda del picadillo de cascara de plátano verde. En algunos restaurantes de provincia, lo llegaron a incluir en el menú. Aquello daba ganas de llorar. Como dirían ahora, ¡A llorar que se perdió el teté!
– Y los apagones de 8 por 8. Si te acostabas con luz, te la quitaban a las 4 de la mañana. Nadie podía dormir una noche entera.
– ¿Qué me dicen del jabón angolano? Mucha agua y con las manos.
– Caballero ¿Se acuerdan del fricandel y el perro sin tripa?
El grupo de amigos reía recordando aquellos terribles años 90s. La española los miraba muy seria, hasta que les dijo.
– Yo no entiendo porque se ríen. Eso que están contando dan ganas de llorar y ustedes lo cuentan como algo muy gracioso. ¿De qué se ríen?
El grupo de amigos se miraron unos a los otros, sin dejar de reírse. Uno se decidió a hablar por todos.
– Mira, los cubanos somos así, nos reímos hasta de María santísima y de la madre de los tomates. La risa es nuestra mejor medicina. Creo que si hoy estamos aquí, contando esas historias que a ti te humedecen los ojos y a nosotros nos provocan carcajadas es precisamente por eso. Hemos aprendido a no perder la sonrisa que es, en cierto modo, no perder la esperanza. La risa es como un resguardo, un talismán que nos ha servido para asegurar los sueños, para no perder la ternura, ni la razón. Fueron años muy duros, los más duros que recordamos muchos. Aquí estamos recordándolos, sobrevivimos a ellos, entre otras cosas, por la risa, por nuestro no perder el sentido del humor.

Mi amiga me contaba lo sucedido y coincidía con ellos. Nuestro no renunciar a la sonrisa, a reírnos hasta de nosotros mismos. Decir en el peor de los momentos; esto lo bueno que tiene es lo malo que se está poniendo y cambiar de palo pa’ rumba y reírnos de todo y de todos. Muchas veces la risa, el humor, han sido las únicas armas que hemos tenido para enfrentarnos a dificultades y sobrevivir. Un buen cubano, sin risas, sin humor, se marchita, esta incompleto.

No dudo que en más de una calle habanera al saber las nuevas medidas del gobierno de Obama, una vecina gritara, ¡Vamos a ver si quitan el bloqueo a quien carajo le van a echar la culpa de todo! Y entre risas y hasta carcajadas más de uno dijera, ¿Cambios? Cuando los vea, los creo.

No dudo que La Giraldilla, escuchando comentarios y dicharachos, decidiera sonreír y apuntando al futuro exclamara, ¡Que gente caballero, pero que gente!

Fotofrafia tomada de la pagina de Facebook, Curiosidades cubanas.

Helen y Yeniley, dos niñas, dos banderas.

dos banderas

Ellas, no sabían nada de prohibiciones, ni de odios. Tenían la inocencia de la niñez, esa que solo se tiene una vez en la vida y que cuando se pierde, cambian los colores de la vida. Amaban a sus abuelos, los respetaban, acariciaban sus arrugas y recuerdos. También amaban al mañana, donde sabían que ellas y sus hijos vivirían un día.

Helen vivía en Miami, sus padres emigraron cuando ella tenía 4 años, Yeniley vivía en La Habana, en Centro Habana, en el barrio de Cayo Hueso. Luisa, la mamá de Yeniley, decidió quedarse, cuando su hermana Elena le dijo que se iba. Aquella mañana que se despidieron entre lágrimas y abrazos que amenazaban impedir el viaje, Luisa le dijo a Elena.
– Yo me quedo a cuidar a mamá, todos no podemos irnos. Eso de que el último que apague el Morro, es solo una broma, siempre habrá alguien que se quede y mantenga su farola encendida. Alguna luz tiene que guiarlos a ustedes para el regreso. Vete tranquila, yo cuidare de mamá y de la casa.

A pesar de los años separadas, Helen y Yeny eran, casi hermanas. Cada verano los padres de Helen viajaban a La Habana a llevarla a pasar las vacaciones junto con su prima. La abuela, desde su sillón, sonreía feliz de verlas jugar, como si la risa y la inocencia, hicieran el milagro de borrar lejanías y ausencias. A los dos días, ya Helen perdía su acento y el sol la bronceaba. Las primas hermanas, intercambiaban ropas, modales, dichos y costumbres. Entre las dos armaban un “arroz con mango” que daba gusto escuchar y contemplar.

En el verano del 2014 justo unos días antes del viaje, Helen ingreso en el hospital, tenían que operarla de urgencia. Su vida peligraba, los médicos decían que las posibilidades de salvarla eran pocas. Antes de acceder a la operación, su mamá llamó a La Habana y habló con su hermana.
– La niña está muy malita, dice el médico que solo un milagro podría salvarla. No le digas nada a la vieja, no quiero que sufra, pero necesito desahogarme contigo, estoy desesperada mi hermana.
– Todo saldrá bien, cuando cuelgue contigo voy Para El Rincón a hacerle una promesa al viejo. Este 17 de diciembre, Helen, Yeny, tú y yo iremos a darle gracias, te lo prometo.
– Gracias mi hermana, yo sabía que tú me darías fuerzas y aliento, un beso, te llamo más tarde. Pide por mi hijita con mucha fe.
– Un beso mi hermana, mientras la operen, estaré en el Rincón orando por ella y el 17 de diciembre se la llevó al Rincón a San Lázaro.

La operación fue un éxito, casi un milagro. Helen se recuperaba día a día y aunque no pudo empezar la escuela en septiembre, ya casi estaba bien. Su mamá les pidió permiso a los médicos para que viajara a La Habana. Los médicos le dijeron que si, solo que nada de correr ni hacer disparates. Debía guardar cierto reposo y alimentarse bien. El 14 de diciembre viajo con su hija a La Habana.

El 17 de diciembre las niñas se despertaron nerviosas, nunca antes habían ido al Rincón. Ese cuento del viejo milagroso que les contaba la abuela, se les antojaba como una historia fantástica que las seducía.

Luisa y Elena acordaron salir para el Rincón después de almuerzo. En auto el viaje seria rápido y cómodo, llevarían alguna merienda por si las niñas sentían hambre y se antojaban de algo.

A las 12 del día, Elena encendió el televisor quería ver las noticias de Miami. Gracias a un vecino que les pasaba un cable, podían coger 2 ó 3 canales de allá. La fuerza y sorpresa de la noticia solo le permitió gritar.
– ¡Luisa corre, no vas a creer esta noticia!
Luisa llego, justo a tiempo para escuchar al presidente de los Estados Unidos anunciar el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba. Desde la casa de al lado Chencha gritaba.
-Luisa pon el televisor que Raúl está anunciando las relaciones con los americanos. Si quitan el bloqueo voy a ver a quien carajo le van a echar ahora la culpa de todo.
– Habla bajito Chencha por tu madre que nos vas a buscar a todos una salación.

Desde el cuarto, jugando con sus muñecas, Yeny y Helen, oyeron las noticias. Empezaron a hablar bajito y a buscar en maletas y gavetas, parecían dos hormiguitas revolviéndolo todo y tramando alguna travesura. Guardaron algo en sus mochilas y siguieron jugando. Almorzaron y partieron hacia el Rincón. Hasta la abuela la acompañaba, ella también quería dar gracias por la salud de su nietecita, por tenerla a su lado sana y salva, por la vida.

Llegaron al Rincón, a pesar del gentío lograron llegar al altar y colocar flores. Las 5 abrazadas daban gracias. Las niñas no entendían las lágrimas de sus mamás y de la abuela, pero estaban felices de estar juntas. Un señor le ofreció un asiento a la abuela en un banco frente al altar mayor. Las niñas se miraron con picardía. Ante la mirada atónita de todos, sacaron dos banderas tricolores y las desplegaron al viento. Ellas, desconocían de odios y de heridas, respetaban el pasado, pero se preparaban, ansiosas, para vivir el futuro. Helen levanto orgullosa la bandera cubana y Yeniley desplego de un golpe la bandera americana. Fueron hasta la fuente de agua bendita y rociaron con agua sus banderas, como bautizándolas de una nueva vida, ratificando el milagro y reafirmando el futuro. Desde el otro lado de la iglesia, La Caridad del Cobre las bendecía e iluminaba, mientras el viejo Lázaro, hacedor de milagros, sonreía.

Fotografia tomada de la página de Barbara Casanova, una amiga que ama dos banderas.

Ivette, La Habana, recuerdos y un proximo concierto.

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Desde que la descubrì, desde el instante que su voz me atrapo en esa suerte de amor a primera escucha; la voz de Ivette, acostumbra a darme la bienvenida en mi ciudad. Es parte de ese reencuentro con mis raices y memorias, con ese paìs, mìo y nuestro. Tal vez porque aún esta fresco en mis oìdos y en mi alma su último concierto en Miami, tal vez porque jugar con bienvenidas y despedidas, es nuestra virtud o maldición, en esta ocasión, su voz es el hasta luego, el vuelve pronto, el te esperamos, que mi ciudad y mi madre eligen. Es un intento y acción de anclarme a mi pais, garantizando regresos, borrando ausencias.

Este concierto de Ivette, tiene un toque mágico, especial, algo que lo hace único e irrepetible para mi; mi madre accedio a acompañarme. Mientras escucho y disfruto a Ivette, aprieto su mano, la acaricio. Mi Corazon da gracias, una y otra vez por esta noche. Tambien me acompaña una amiga de mi primera juventud, nos conocimos a la sombra de mi primer y gran amor. Estar juntos esta noche, es como jugar a las escondidas con el tiempo, las distancias y los sueños.

He escuchado varias veces a Ivette, en Miami y en La Habana, cada concierto, cada cancion, cada entrega, supera al anterior y creanme no es una frase o un elogio. Pertenece a esa estirpe de cantantes que lo dan todo en cada interpretacion, sin importar escenarios, ni lo numeroso del publico. No guarda nada para la proxima vez, se da toda en cada cancion, como si fuera la ultima que interpretara. Canta a Sabina, Serrat, recrea canciones cubanas, jazzea, coquetea y juega con todos los géneros, como reafirmando en su voz que, nada musical, le es ajeno.

Termina su concierto, entre aplausos y reclamos del público. Elige para el cierre, “Tú eres la música que tengo que cantar”, mientras entre ovaciones y bravos, su publico reafirma que ella es la voz que tenemos que escuchar. Saluda a amigos y público, me pide una foto con mami. Aprovecho y le susurro al oìdo;
– Te extrañamos en la otra orilla.
– Tal vez regrese en enero.
– ¿Tal vez? Le pregunto.
– Voy en enero, me afirma sonriendo.

Al regresar a casa,a Miami, mis amigos me preguntan, ¿Viste a Ivette? ¿Cúal concierto estuvo mejor ese o el de Miami? Los escucho, pienso, respondo; su mejor concierto, será el próximo. Cada vez que la escucho, me deja la certeza que lo mejor de su arte y entrega, aún esta por llegar.

Hoy como ayer, iniciara el 2015 con la presentacion de Ivette cepeda, les aseguro, su próximo concierto,¡será el mejor!

Ivette, entre canciones y amigos.

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Se va haciendo habitual que la voz de Ivette me dé la bienvenida al llegar a mi ciudad, como si ella, le pidiera; dile todo lo que quiero y no puedo. Al final, Ivette es ¡La voz de La Habana!

Al rato de llegar a mi casa, mi hermana me dice que tenemos reservación para ver a Ivette en el bar del Telégrafo. No tendré que volver a usar mi “título” de bloguero para lograr una mesa y conformarme con verla de lejos. En esta ocasión, somos de los primeros en entrar al bar del Telégrafo. Escojo una mesa cerca del escenario, no quiero perderme un detalle del concierto. Los músicos toman sus puestos. Ivette ilumina el escenario, como si el malecón le prestara sus farolas nuevas, para estallar en luces en el escenario.

Su voz le basta, para hacer magia, para seducirnos y encantarnos en un viaje musical que promete deslumbres, aplausos y emociones. Recrea, “Y tal vez” de Formel y en el decir de los versos; “te tendría, aquí a mi lado y sería feliz”, siento, adivino un sentimiento diferente. Un extra que en grabaciones escuchadas no note, una emoción especial que da un nuevo matiz a la canción, que la convierte casi en un estreno. Canta “Te doy una canción” y cumple su promesa, repitiendo incansable su regalo y su dar, toda la noche. Las canciones, en su voz, son regalos interminables que estallan como arcoíris en la noche habanera. El amanecer se adelanta en su voz y el sol sale a su influjo.

No falta Martha Valdés, que aunque ausente físicamente, su voz la trae entre nosotros. Así, poco a poco, entre canciones, buena música y amigos que la disfrutan, va terminando su concierto. Cierra con “Hoy mi Habana” y se me antoja, escuchándola, ser el señor con el clavel en la solapa que mi ciudad espera. Ivette, podría cantar para mí, toda la semana, sería el fondo musical perfecto para andar La Habana, con mi madre del brazo, redescubriendo la ciudad a cada paso, en cada esquina habanera.

La saludo al terminar su concierto, le digo, ¿me recuerdas? Claro mi habanero, responde sonriendo. Conversamos, le reprocho entre risas que me falto su concierto en marzo como regalo de cumpleaños.
-Lo tendrás en septiembre, lo prometo, me dice en un abrazo.
Antes de hacernos las fotos, conversamos sobre su concierto en Miami, en septiembre. Imagino lo que pasara en el teatro en Miami, cuando cantes “País”, será una apoteosis de emociones, le digo.
– ¿Tú crees?
– ¡Lo sé!
Le respondo con la certeza que da saber que los cubanos de ambas orillas, no olvidamos raíces, ni recuerdos. Seguimos amando a nuestro país, con esa fuerza especial que nos da su ausencia física y su presencia aquí en el pecho y la memoria. Por un instante, la imagino cantado la canción entre luces blancas, azules y rojas, desgranando la letra; “pero ya sabes País, País mío, mi raíz es el sueño de los que aquí están, de los que han partido, ya sabes País que no logro vivir sin tus luces, desde el vuelo que me dicen que soy de aquí, ¡¡De este suelo!!” y el público de pie, aplaudiendo con el alma y los recuerdos, mientras el teatro estalla en cubania, en ese ser cubano que se disfruta con orgullo y sentimientos.

Antes de despedirnos, le digo que cada mañana escucho sus canciones, su voz me ayuda a comenzar el día. Cada vez que amanezca, recordare que un habanero me escucha, me susurra al oído en un hasta pronto, que se me antoja; un, ¡Nos vemos en septiembre, en la otra orilla!
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