Teresita, entre violetas y niños.

teresita fernandez
Escribir sobre una mujer que es un poco o un mucho, una mezcla rara de tía, abuela, hermana mayor, hada madrina o bruja buena, buenísima diría yo, me resulta difícil, muy difícil. Un amigo me dio la noticia de su muerte en una nota breve y excelente que compartí en Facebook y mis amigos hicieron suya. Después de sus líneas, este escrito se me hace aún más difícil; sus palabras dan vueltas en mi mente y no quiero hacer un involuntario plagio. Mi amigo sabrá perdonarme si tomo, sin querer, algunas de sus palabras prestadas.

Hoy muchos empezamos el día con lágrimas en los ojos. La muerte, aunque cotidiana y esperada, conocida, siempre provoca sentimientos, conmueve y estruja almas a su antojo. Teresita Fernández ha muerto, retumbo en la mañana, nos estremeció la noticia, todos los eternos niños del mundo nos tomamos de la mano y en una ronda gigante corrimos a buscarla, a darle el último adiós. Vinagrito no falto en la ronda, se asomo asombrado y triste a verla, sus lágrimas competían con la lluvia que también la despedía con gotas multicolores. Imagino niños cantando sus canciones en su adiós, evocándola en cada uno de sus juegos, reviviéndola en travesuras, en la vida misma.

Teresita, fue y es, alguien muy cercano a todos nosotros. Con ella, al influjo de sus canciones logramos mantener vivo al niño que fuimos, su música hizo el milagro. Lloramos a una amiga cercana, al hada madrina especial que tenia una guitarra por varita y decía canciones por conjuros , a la bruja buenísima que lleno de música e imágenes nuestra niñez. A la tía que nos regalo un cartucho y al abrirlo apareció un gatico que parecía de papel y que nos acompañaría por siempre, imprescindible y presente en nuestro andar por el mundo.

Ocurrente, filosofa popular, dicharachera, cubana en cada aliento y suspiro, en cada nota de sus canciones. Vivió entre corralillos, palanganas viejas, gatos y perros que jugaban a acompañarla. Su mirada profunda supo descubrir la belleza en lo feo, poniéndole un poco de amor.

Estoy seguro que su velorio y su entierro fueron peculiares, como su vida misma. Nada de carros fúnebres con gente triste detrás. Niños con latas brillando en sus manos y un ala gigantesca de cucaracha o mariposa cubriéndola, mientras a su paso, la tristeza, va cambiando de color. Risas en vez de lagrimas, gatos y perros jugando con los niños, colibríes revoloteando sobre la multitud llevando palanganas viejas repletas de violetas y de agradecimiento, a quien nos enseño a amar las cosas sencillas de la vida. A quien nos enseño a no dejar nunca de ser niños. No estés triste Vinagrito, Teresita, seguirá viviendo en un montón de niños eternos, mataperreando con nosotros y con muchos niños más que la vida y su música, seguirán sumando.
teresita Fernandez, tomada de La Jiribilla.

Fotografias tomada de Google.

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