¡Traeme La Habana y a mi madre!

Nadie sabia exactamente, como había salido de Cuba, ni siquiera el día de su llegada a Miami; apareció un buen día en la ciudad. A pesar del auto, regalo de un tío, gustaba de caminarla, en un intento de hacerla suya, de descubrir misterios. No, esta no era una ciudad para caminar, se dio cuenta muy pronto y decidió hacerla suya de otro modo; triunfando. Poco a poco fue conquistando el éxito, haciéndose parte imprescindible de  negocios e inversiones. Sin proponérselo, casi como un don, muchos lo miraban como ejemplo de emprendedor, de cubano luchador y tenaz en sus empeños. El éxito le sonreía o mejor aun; él sonreía al éxito, lo seducía y lo ganaba, se le entregaba como una amante, sin fuerzas para resistirse a sus mañas. Era popular, mas de lo que le gustaría, ser un tipo sencillo, de barrio, a veces no combina muy bien con tanta popularidad.

Nunca regreso a Cuba, no volvió a recorrer esas calles de la Habana. Cuando hablaba de su ciudad, sus ojos se humedecían y su voz adquiría un tono especial. En el fondo, a pesar del carro lujoso, de sus propiedades, de su triunfo, seguía siendo aquel muchachito que andaba las calles habaneras, persiguiendo el amor y sus sueños. El, como muchos, había cambiado solo en apariencia, por dentro era el mismo. Su tesoro mejor guardado eran sus recuerdos. A solas en su habitación, cerraba los ojos, viajaba en el tiempo y el espacio. Se veía entrando a su casita allá en su barrio y abrazando a su madre, sentándose junto a ella y hablando del día, como hacían siempre al llegar de la Universidad. Recordaba aquel día que se gradúo; recibió su diploma, fue hasta donde estaba su madre, se arrodillo ante ella y se lo entrego. Se besaron entre lagrimas, casi paralizan la ceremonia, todos olvidaron por un instante lo que sucedía para mirarlos solo a ellos. Por más que había intentado traer a su madre, siempre sus intentos se estrellaban contra prohibiciones y tramites, papeleos y absurdos.

Los que lo conocían y sabían cuanto añoraba a su ciudad  y a su madre, le preguntaban siempre por qué no regresaba.

– Vuelve a ella, aunque solo sea un par de días, le dijo un amigo.

– No puedo, quisiera, pero no puedo. Dios, sabe cuanto deseo poder volver, aunque fuera solo un instante. Una caminata, un abrazo y me regreso.

No explicaba las causas, muchos se imaginaban que se jugaba la vida en ese regreso y no insistían. Su respuesta, no dejaba margen a más preguntas.

No bastaban sus éxitos, estar rodeados de amigos. Su ciudad, la nostalgia por ella, eran un vacío que nada lograba llenar. Hasta comenzó a escribir sobre La Habana y su madre, en un intento de traérselas, de inventárselas en el recuerdo. No enseñaba a nadie sus escritos; eran solo para él, un desahogo de su alma y añoranzas. Inventaba historias de amantes que nunca tuvo, vivía aventuras en esas calles perdidas en el recuerdo y en la historia. Creaba y recreaba personajes y sitios, intentaba traer a su ciudad que como amante esquiva le hacia guiños antes de desaparecer ante él, cuando casi creía tenerla al alcance de la mano.

Un día, una amiga en su página de Facebook escribió; ¡Esta noche, me duele La Habana! Termino de leer la frase  y se llevo las manos al pecho, como si un infarto súbito fuera a terminar con su vida; su ciudad le dolía cada día, cada instante, con un dolor constante y cortante que le traspasaba el alma y los recuerdos. La Habana, dolía a muchos en la distancia, pero su dolor tenia una intensidad y un desgarramiento terrible para él. Sin ella, estaba incompleto, impar, perdido, se la inventaba en cada esquina, en cada recuerdo; constante fantasma que jugaba a los escondites, en esas calles perdidas en la memoria. Una ciudad en la distancia, puede ser como una amante, reclamando sus derechos, llamándonos. Si allì vive nuestra madre, la ciudad puede convertirse en el centro de la vida y los recuerdos.

En su intento de reinventarsela, busco entre conocidos pintores, uno que fuera capaz de pintarla, tal y como la soñaba, en las paredes de su casa. Creyó haber encontrado al mejor, lo contrato. El pintor, empezó su obra con entusiasmo. El hombre que extrañaba a La Habana, le hablaba de su ciudad, de sus recuerdos. El pintor iba creando lo que creía interpretar de sus historias. No conocía  esa ciudad de la que le hablaba. Cuando termino la primera pared, se la mostró orgulloso. Víctor la miro con tristeza y decepción.

– No esa no es mi Habana, exclamo triste y desilusionado.

Le pago al pintor y mando a pintar la pared de azul, así al menos le parecería mirar al cielo de su ciudad. Hay ciudades que no pueden atraparse en pinturas y escritos, por mas que se intente; pensó Víctor, mientras miraba la pared, recién pintada de azul.

Una vez estuvo muy enfermo con fiebre muy alta, tuvo alucinaciones; su ciudad alucinante, se aparecía una y otra vez en su habitación del hospital. Traía sus fantasmas que jugaban traviesos en su cuarto. Cuando se recupero, volvió a intentarlo todo por visitarla. Esas visiones que tuvo, se le aparecían noche tras noches, extendiéndole los brazos, invitándolo a amar. Hizo gestiones, compró pasaportes falsos, pensó en hacer el viaje desde Europa. Le contó sus planes a su mejor amiga, ella lo miro a los ojos.

– Estas loco, sabes que te juegas la vida, ni tu madre ni tu ciudad, quieren verte entre rejas o muerto.

Víctor, bajo los ojos y lloró en silencio, un llanto contenido por años, lagrimas con sabor a mar y rocío, sollozos con ruido de palmas al aire y olas golpeando contra el malecón. Un llanto por recuerdo y raíces, incontenible y necesario.

– Tienes razón, toda la razón del mundo, respondió.

Días después, Nora, su  mejor amiga fue a visitarlo, se sentaron juntos a conversar. Hablaron de mil cosas, hasta que ella se decidió y le dijo.

– Te tengo noticias, buenas noticias; hay un pájaro extraño, vive en las montanas de  África, si sabes entrenarlo bien, pronto tendrás la solución a tu problema.

– No pretenderás que el pájaro me lleve hasta La Habana, me atrevo a todo, pero eso es imposible.

-Tranquilo Víctor, el sabrá como ayudarte, depende de ti saber que hacer con él. No te preocupes por nada, aunque estamos en agosto, este pájaro será mi regalo por Navidad, mañana debes recibirlo. Es una mascota especial, ha ayudado a muchos como tú

Víctor, se despertó temprano, estaba ansioso. Paso la noche soñando con un pájaro enorme que lo cogía con el pico por el cuello y cuando estaba sobre La Habana, lo dejaba caer. Despertaba sudando y gritando, su miedo a las alturas, convertía este sueno, en una terrible pesadilla. Temprano tocaron a la puerta, en el portal, una caja enorme, firmo los papeles, entró la caja a la casa y llamo a su amiga.

– La caja es enorme ¿Qué clase de pájaro me has regalado, no será un cóndor?

Su  amiga río.

– Tranquilo, abre la caja y déjalo hacer, es muy inteligente.

Víctor, abrió la caja, un pájaro casi de su tamaño, con un pico enorme, lo miro fijo  a los ojos, como intentado adivinarle el alma y los recuerdos.

Los días pasaron, Víctor y el enorme pájaro, se hicieron amigos, muy buenos amigos. Cuando escribía, el pájaro con el pico apoyado en su hombro miraba detenidamente a la pantalla de la computadora, como si entendiera, tal parecía que podía leer. Si Víctor, se entretenía mirando fotos de La Habana, el pájaro se sentaba a su lado y las miraba, a veces una llamaba su atención y la apuntaba, con su pico.  Cuando Víctor se emocionaba y se le humedecían los ojos, creía adivinar lágrimas en los ojos del singular pájaro. Su nuevo amigo no hablaba, solo le faltaba eso para ser perfecto.

Una noche, Víctor, sintió un dolor terrible, se llevo las manos al pecho y cayo al suelo, parecía muerto. El pájaro fue a la cocina, casi trajo a rastras a la criada que llamo a amigos, ambulancias y doctores.

– Llévenlo a su cuarto, dijo su medico personal.

– No sobrevivirá si lo movemos de aquí, su estado es muy delicado.

Alguien pretendió impedir que el enorme pájaro entrara al cuarto. La mejor amiga de Víctor, la misma que se lo había regalado, fue tajante.

– Déjenlo entrar, tal vez de todos, a él es a quien mas necesita.

El pájaro, se quedo a su lado, junto a la cama donde yacía Víctor, debatiéndose entre la vida y la muerte, entre recuerdos y realidades. De pronto, Víctor abrió los ojos, miro fijo al pájaro y en un susurro que tenia la fuerza de un grito, la intensidad de un alarido, le dijo.

¡Tráeme La Habana y a mi madre, por favor!

Nora, su eterna y fiel amiga, abrió de un golpe el enorme ventanal del cuarto, el pájaro miro a Víctor y emprendió vuelo al sur.

Pasaron dos días, Víctor, seguía grave, debatiéndose entre la vida y la muerte, según los médicos, solo un milagro podría salvarlo. Por órdenes expresas de Nora, las ventanas del cuarto permanecían abiertas día y noche, en espera de algo que solo ella sabia. Una tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, se escucho un fuerte aleteo, el enorme pájaro irrumpió en el cuarto, trayendo en su pico algo extraño que no lograban saber que era. Víctor se incorporo, miro al pájaro que sacudió su pico con fuerza llenando el cuarto de olas rompiendo contra el muro de todos, lloviznas de mayo, girasoles, vendedores ambulantes, grillos y palmeras. Volvió a sacudir su pico y ante médicos y amigos asombrados pedazos de La Habana aparecieron en el cuarto, calles, muros, casas. El pájaro dio una última sacudida a su pico y apareció una viejita de pelo blanco, hermosa a pesar de los años, traída de la distancia y el recuerdo, sin permisos ni papeleos.

-¡Mama! Grito Víctor, estremeciendo las paredes y a los presentes. Se levanto de la cama arrancándose sueros y aparatos.

Se abrazaron salpicados por las olas que rompían contra las paredes del cuarto, se besaron entre mieles, girasoles y humo de tabaco. Su madre y su ciudad hacían el milagro de salvarlo.

Desde un rincón el pájaro y Nora los miraban con lágrimas en los ojos. Habían planeado juntos hasta el ultimo detalle desde hacia tiempo. Los milagros, llevan a veces el nombre de nuestros mejores amigos y afectos.

Fotografia de una pintura de Fuentes Ferrin, destacado pintor cubano que reside en Houston

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Balcones habaneros.

Muchas ciudades, tienen y exhiben balcones. Los balcones no son patrimonio exclusivo de La Habana, pero en ninguna otra ciudad del mundo, tienen la característica, el calor, el toque folklórico que los distingue en nuestra ciudad. Los balcones habaneros, son únicos, como nuestra ciudad, como nosotros.

En mi último viaje a La Habana, me detuve a observarlos y fotografiarlos. Los balcones habaneros, son como una vidriera de la ciudad. No se en que momento dejaron de ser  un lugar para tomar fresco y mirar el paisaje, se independizaron de casas y edificios, se decretaron libres, cambiaron funciones y diseños.

Tengo una amiga, hace años que no la veo, que en otra época, perteneció a la clase media alta, aún conserva una casa esplendida, de lujo, algunas joyas y recuerdos. En una ocasión, le pregunte por que no se había ido, su respuesta fue sencilla; no podría vivir en otra ciudad, yo tengo que salir a la calle  y ver sabanas blancas en los balcones, si no, me muero!

Los balcones habaneros, son emblemáticos, como postales de la ciudad. Si en La Habana, todo puede suceder, en sus balcones, todo cabe y todo puede hacerse, desde el amor, hasta criar gallinas o un puerco. No se en que momento exacto, conquistaron su libertad, dejaron de ser parte de apartamentos y casas. Un balcón habanero, es como un poeta loco, mezcla palabras de amor con ropa recién lavada, cultiva plantas, cría animales, acumula tarecos y flores. Son ventanas a un mundo alucinante, donde el imposible, no existe.

Quien no ha escuchado conversaciones de  balcón a balcón; vecina, te llaman por teléfono o llegaron los huevos, apúrate que dicen que hay un faltante! Aportaron a la arquitectura e ingeniería su inventiva, con sistemas de poleas para subir cubos de agua, panes, mandados y periódicos, hasta teléfono inalámbricos vi subir por uno de ellas.

Tener un buen balcón en La Habana, es como tener reservado, para siempre, un palco especial, en primera fila en el gran teatro de la ciudad. Desde un balcón habanero, visitando amigos, vi por vez primera a Juan Pablo II, en su histórica visita a Cuba, también vi los restos del maleconazo, que llegaron hasta al Hospital  de Centro Habana. Quien tiene un balcón, nunca se aburre, ante el desfilan personajes. Cada minuto, comedias o tragedias, ocurren ante él.

Cuando no hay nada que hacer o cuando la atmosfera se caldea dentro, asomarse al balcón, es como practicar yoga, relajar. No se como sobreviven los que tienen apartamentos sin balcones, se pierden su encanto, desconocen su magia.

Mientras caminaba por La Habana, miraba los balcones, sentía su magia, mezcla de museos y solares, de sopranos y rumberas de guapos y estilistas. Sitios sin abolengo ni limitaciones, sin clases sociales. Si la ropa sucia, se lava en casa, la ropa limpia, se muestra a la ciudad, desde medias, ropa interior, hasta sabanas blanquísimas, destellando al sol y meciéndose al viento, ignorantes de canciones  y poemas. Miraba las sabanas al viento, parecían saludarme, alentarme, competían entre si para llamar mi atención.

Me adentre en calles persiguiendo destellos de sabanas, me deje llevar por la sinfonía de la Habana, que como directora de orquesta, ordenaba destellos y vientos. Parecía decirles; ahí vienen, arréglense, muévanse con gracia, van a salir mal en las fotos.

Otras ciudades, tienen balcones, pero ninguna otra cuelga en ella sabanas blancas, amores, recuerdos y sueños. He visitado otras ciudades y no vi salir magia y fantasía de balcones, solo La Habana, lo logra. Así, de balcón en balcón, anduve por  nuestra ciudad, redescubriéndola, dejándome seducir, enamorándome de sabanas y sueños.

Las calles habaneras.

Volver a la Habana, caminar sus calles, es desatar la magia, convocar recuerdos y fantasmas. Todo puede suceder, en cada esquina, espera, lo inesperado. Ciudad de contrastes, se desata libre y diferente ante cada mirada. Sus calles, nos llevan a un mundo nuevo, no la andamos, nos dejamos llevar.

Cada calle habanera es una ciudad pequeña, un barrio en miniatura, un universo nuevo, un lugar, donde todo puede suceder. El sitio exacto donde se  hace todo o no se hace nada.

Nuestras calles, son todas diferentes. Aunque las andan las mismas personas, aunque todas forman parte de una ciudad alucinante, cada calle habanera, tiene su sello, su aire propio, su magia. Los habaneros, cambiamos de aire y expresion, nos transformamos, según la calle que andemos, no somos los mismo al andar por 23 en el vedado, por Reina en Centro Habana o por Obispo en la Habana Vieja. Sucumbimos al encanto de cada calle habanera que nos transforma, nos moldea a su antojo, en ese ir  y venir, una  y otra vez, en busca de lo desconocido.

Siempre lo he dicho, La Habana, es una ciudad para caminarla, si quieres conocerla, descubrir sus misterios, hurgar en sus interioridades, se impone dejar el auto. Andar sus calles es abrirse a un mundo nuevo, es estrenar emociones y visiones.

A veces, me preguntan si no siento miedo de andar por esas calles. La Habana y yo, nos conocemos muy bien, se que ella me cuida, me espera en cada esquina, me da la mano y me guia. Sabe que ando en busca de nuevos temas, de fotos para ilustralos, va delante de mi, arregla grupos, dispone carretillas, dibuja sonrisas. Asi seguro y confiando descubriendo mundos nuevos, camino las calles habaneras.

Solo sabe de la magia y misterio de las calles habaneras, quien las ha andado una y otra vez, quien se ha dejado llevar, sin imponer su ritmo, dejando que la ciudad lo guie. Reina, Belascoain, Obispo, Infanta, San Lazaro, 23, 5ta avenida, muchas mas. Cada una con su propia identidad, diferente, dispuesta a deslumbrarnos a dejarnos creer que nos muestra todo. Escondiendo algo para la próxima visita, preparando sorpresas, haciendo trampas, inconquistables. Las calles habaneras, son como esos jugadores de barajas, siempre esconden una carta, la mejor, en espera del momento oportuno.

En una ocasión, un amigo, me dijo que el cineasta español, Almodovar, habia dicho; si ponemos una camara en una esquina habanera y la dejamos un par de horas, tendremos una pelicula. Mientras caminaba por las calles de mi ciudad, me encontraba con personajes, situaciones y estampas, dignas de la mejor pelicula costumbrista, lamentaba no tener una buena camara de video. Mientras tomaba fotos y conversaba en silencio, grabe, en mi memoria, para siempre, detalles y recuerdos. Yo, tambien me robe a la Habana, me la lleve conmigo. Vuelvo a andar sus calles en el recuerdo, siento el olor de cada calle, me despeina la brisa del mar, me enamoro de balcones y tendederas.

Las calles habaneras, hacen el milagro de no dejarnos ir del todo, nos retienen. Yo, les hago trampa, les juego sucio, me las robo, las traigo conmigo. Estan aquí, en mi computadora, en mi memoria, en mi cuarto, juntos inventamos historias  y amores, recreamos la ciudad, soñamos!

Habana de mil rostros.

 

La Habana, tiene diferentes rostros, hay una Habana para cada hora del día, para cada ojo que la mira, para cada hombre o mujer que se pierde por sus calles.

 
Es una de las pocas mujeres, capaz de amanecer bella. No importa si paso la noche en vela rumbeando, en hospitales, velando por sus hijos o ayudándolos a lanzar una balsa al mar, La Habana, amanece siempre bella y radiante, hermosa.

Existen quienes la ven y se detienen en las huellas del tiempo y del abandono, se recrean en ellas, no ven más allá de montones de escombros o basura. Otros, entre los que me cuento, la vemos siempre hermosa, deslumbrante, conocemos sus manchas, pero disfrutamos su intensa luz. Eternamente bella y deslumbrante, se adorna con luz de sol y luz de luna, invoca los vientos que agitan su pelo al viento, cautiva a quien la mira, a quien camina por sus calles. Sabe como hacerlo, son años ensayando sonrisas y gestos, andares y destellos.

En ocasiones, La Habana, muestra un rostro de espanto, ella acostumbrada a todo, aún se asombra de violencias. Se remanga su bata cubana y corre en auxilio de sus hijos. A veces, viste de blanco, es como una nube de esperanza andando por las calles. Ensaya su mejor sonrisa y saluda a todos, entre mariposas multicolores, entre flores, muestra un rostro de esperanza, que seduce y gana adeptos.

Mujer de rostros diferentes, ciudad donde cada calle cuenta una historia distinta. La Habana, se reinventa a cada instante a cada paso de quien la anda y explora, se estrena para cada mirada. Hay mil Habanas en una. Vive en el recuerdo de cada hijo que partió, cada uno la recuerda a su manera, como la vio y vivió. Se sabe amada, recordada, andada y un montón de cosas más. Se maquilla de esperanzas y sueños, dibuja sonrisas y guiños, en cada nuevo rostro que nos muestra.

Cada vez que la visito, descubro algo nuevo, algo que quedo por ver o disfrutar. Se muestra diferente. Al andar mi ciudad, del brazo de mi madre, siento risas en cada esquina, un viento especial nos refresca y saluda. Mi Habana, viste sus mejores galas, se hermosea. Con mi madre de un brazo y mi ciudad prendida en el corazón y en el andar, descubro rostros, luces, recuerdos, historias. Regreso deslumbrado y feliz de cada paseo.

Ciudad, mujer, dispuesta a todo, estrena un nuevo rostro ante cada adversidad o alegría. Arregla vestidos viejos, se adorna con arco iris, se perfuma con agua del Caribe. Entre colibríes y mariposas camina por la historia, segura de sus pasos y su andar. Sabe adonde va, sin prisa, tiende sus brazos al futuro que la espera y sueña.

Por que siempre La Habana?

Muchos amigos, sobre todo de otros países, me preguntan; por que siempre La Habana? Es un pie forzado? Es algo voluntario o involuntario?

No tengo deudas con La Habana, soy de los que en cada momento ha dado a sus seres queridos el cariño y atención que el momento demanda. Si La Habana, desapareciera hoy, no me quedaría un te quiero sin decir o un pensamiento sin expresar. Tampoco creo, como dice un amigo especial, que mi ciudad, este en deuda conmigo, por cada escrito que le dedico, La Habana me inspira y motiva. Todos debemos mucho a esa ciudad tendida al mar y al amor, de ahí vinimos, allí regresamos una y otra vez en viaje real y en sueños. Allá volveremos al final, cuando nuestro espíritu decida abandonar esta materia donde habita.

El acto de escribir, no es una acción voluntaria, mis amigos recuerdan cuando escribí “Besos”, en víspera de mi viaje a La Habana. No quería escribir, la cercanía del viaje, del encuentro con mi madre y mi ciudad, llenaban mi mente. Carecía de la paz mental necesaria para poder hacerlo, las ideas daban vueltas en mi mente, me resistía a escribir. Una noche, fue casi una orden; o escribía o las ideas estallaban en mi cabeza. Cuando publique, “Ciudad alucinante”, pretendí comentar sobre los parques de La Habana. Empecé a recorrer mi ciudad, recorriendo los parques que conocía, de ese andar, nació ese escrito, uno de mis favoritos.

Muchos saben que retomé el oficio de escribir, casi de un modo casual, del brazo de una amiga virtual. Una amiga, que desde el otro lado del mar, soplo con todas sus fuerzas y le quito el polvo a mis alas. El polvo se fue para siempre y mis alas ya no quieren quedarse quietas ni un momento. Otro amigo virtual, dese Paris, me alentaba a escribir en un blog, me lo repetía una y otra vez. Una noche me decidí y así nació Habanero2000, mi yo virtual, donde he sumado amigos y gano experiencia cada día.

Así, entre amigos que me alientan y apoyan y hasta me suben a escenarios, mis escritos, mi ciudad y yo, andamos caminos nuevos cada día. Sumamos amigos y afectos.

He escrito comentando sucesos en Miami, pero La Habana se me cuela, sin querer. La traje conmigo en mi corazón y desde allí, recrea ruinas, malecón y playas. Viste su bata cubana por las noches y sale a pasear bajo las estrellas a buscarme ideas nuevas. Me sopla al oído, me sugiere temas Me hace guiños, me provoca, sabe como hacerlo.

Si, la Habana, me toma de la mano y me lleva a donde quiere. No me resisto, no puedo, ni quiero. Seguiré este andar con ella, sin ofrecer resistencia, con el disfrute enorme de ser siempre un hijo fiel. Cada nuevo escrito, cada nuevo sueño alcanzado, será siempre un tributo a mi ciudad, mi madre y mis amigos.

Luces y sombras.

 
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Habana, ciudad de contrastes, de luces y de sombras, de alegrías y tristezas. Ciudad de matices, de claroscuros. En la Habana, nada esta dado de una vez y para siempre, no hay verdades absolutas, todo es relativo. La Habana puede ser todo y nada a la vez, luz y sombra en si misma.

La Habana, se baña en las aguas claras, calidas, espumosas del mar, mientras por algunas de sus calles, corren aguas sucias y mal olientes. Tiene toda la luz del sol que la ilumina, tiene una luna hermosa y tropical en la noche.  Habana de apagones que oscurecen y silencian la ciudad. Una oscuridad silente y densa que casi podemos tocar con la mano, que agobia y deprime.

Ciudad de embrujos y fantasías, de católicos que van a misa y comulgan. De santeros consultando y prediciendo el futuro. Ciudad con plátanos y cintas en las esquinas y rosarios desgranados en el silencio de las tardes. Ciudad de padres nuestros y maldiciones, de la Caridad del Cobre y de Ochún.

Ciudad de blancos y negros. Habana mestiza, arco iris de colores que la conforman y enriquecen. Ciudad de rubios que se espantan cuando escuchan; y tu abuela, donde esta? Crisol de razas y culturas.

Ciudad de avenidas deslumbrantes, con jardines, ciudad de calles estrechas y sucias sin un pedacito de tierra, sin un árbol que de sombra. Habana del Paseo del Prado y 5ta avenida, de O’Reilly y Aguiar.

Habana de bellezas deslumbrantes de mujeres y hombres que quitan el aliento, personajes escapados de una pasarela o una película de Hollywood. Ciudad de viejas y viejos que cargan años y penas. Ciudad de espantos que asustan, de caras que impresionan y nos alejan.

Ciudad de Carnavales y fiestas, de rumba y ron. Habana de alegría desenfrenada, de borracheras y bailes en La Tropical. Lugar de tristezas y velorios, de no somos nada, polvo y cenizas. Hogar de madres que esperan el regreso de sus hijos, de madres que no verán más a sus hijos, que los perdieron para siempre. Habana de lágrimas desbordadas y contenidas, de llorar con todo y de llorar por dentro.

Habana de trabajos y vagancias, de esfuerzos y abandonos. Ciudad de amores y desamores, de sueños y pesadillas. Habana de escuelas al campo y movilizaciones, de desfiles en la plaza, de embajada del Perú y del Mariel. Ciudad de llegadas y partidas, de absurdos y razones.

Habana mía y tuya, nuestra, ajena, real e irreal. Amada y odiada, cuerda y loca, maldecida y bendecida. Habana de orgasmos desenfrenados y abstinencias absurdas. Si un día perdiera sus contrastes, sus luces y sus sombras, cambiaría su nombre, no sería La Habana.

 

Ciudad alucinante!

Hace años, cuando aun no había conjugado en presente ni pasado el verbo partir, viajando en una de las famosas máquinas de 10 pesos de Playa a CentroHabana, compartí espacio con un grupo de españoles jóvenes entre 20 y 25 años, miraban asombrados y extasiados la ciuda. Se decían unos a otros, es una ciudad alucinante, y pretendían llevarse para siempre en sus ojos el recuerdo de una ciudad que los deslumbraba y seducía. Confieso que no entendía del todo su deslumbramiento. Yo, veía edificios sin pintura, en mal estado y montones de basuras acumulados, tan acostumbrado estaba a mi Habana y a su magia que casi la ignoraba y me perdía en detalles.

La mayoría de nosotros, no teníamos punto de comparación, nunca habíamos viajado, no conocíamos otras ciudades. Un día, mis ansias rotas por emigrar y las alas de mis amigos, me llevaron a Madrid, busque en sus calles el recuerdo de mi ciudad, lloré frente al mapa de Cuba en el Parque del Retiro. Me inundé en lágrimas una noche, cuando al saber que acabábamos de salir de Cuba, un hombre, con su acordeón, nos cantó, Cuando salí de La Habana. En la distancia, comprendí la magia de mi ciudad y entendí entonces en toda su magnitud la frase que un día escuché en el taxi, es una ciudad alucinante, ciudad mágica que se baña en el mar y en el amor, La Habana de nuestros sueños.

La Habana, es una señora que aún conserva su belleza y encanto, como escuché decir una vez, es una mulata de esplendorosa belleza, no es blanca, ni negra, resultado de mezclas mejoradas exhibe con orgullo su belleza criolla acumulada por años. Lava a escondidas sus vestidos viejos, refresca su rostro en el mar, se maquilla un poco y espera. Esperar es el oficio de muchas madres que de una forma u otra esperan por sus hijos. Nuestra Habana espera con la certeza del que lleva años esperando y no pierde la fe, sabe que todo llega.

La Habana , vive multiplicada y engrandecida en la memoria de sus hijos, desatada y libre, bella y perfecta. No le falta nada, solo sus hijos y en ellos viaja por el mundo, los sostiene y alienta, los cuida. Se sabe fuerte para todos y acude puntual en la memoria a la cita diaria con nosotros.

Un día despertará de su largo sueño,se arrancara con desdén consignas y carteles, se sacudirá el pelo al viento y con ese andar seguro de mujer que se sabe hermosa, marchará al encuentro de los siglos y de nosotros. No hará preguntas, se sabe dueña de todas las respuestas. Alguien curioso, le dirá, es cierto que hubo un tiempo que anduviste sucia, mal vestida, casi viviendo de limosnas? Sonreirá con picardía y dirá, sabes, no me acuerdo. Refrescará sus pies en la espuma de las olas que rompen junto a ella y seguirá indetenible, conquistando sueños guardados. Ciudad alucinante, mi ciudad, nuestra!