Un sueño, un niño y la guerra.

Guerra, fotografia tomada de Google.
Los niños entraron corriendo, se sentaron. En el aula el escudo nacional de Cuba y en un rincón el busto de Martì con la bandera cubana. La maestra escribió la fecha en la pizarra, 8 de septiembre de 2095. Les hablo de la Caridad del Cobre, les contó como hace años, muchos cubanos se lanzaron al mar. Como la Virgen viajo con ellos, muchos fueron los Juanes por el mundo implorándole, inventándose vidas y conservando a Cuba en el corazón. Robertico levanto la mano.
– Maestra, mi abuelo vivía en Miami, me ha hablado de la Ermita de La Caridad. Cuando regresaron, sus padres trajeron con ellos la imagen de la Virgen que tenían en su casa en Hialeah.
– Muchos cubanos regresaron. En La Plaza de la Reunificación familiar, hay un museo dedicado a esos años, hay muchos testimonios. La semana próxima prometo llevarlos a visitarlos.

Rosita levanto la mano.
– Maestra mi abuela vivía en Madrid, era una niña cuando sus padres regresaron. Siempre me habla emocionada del regreso de los cubanos a su patria, llora mucho, pero dice que es de felicidad.

Muchos levantaron la mano, todos conocían a alguien que vivió el regreso y querían contar su historia. La clase transcurrió así, entre historias contadas, risas y alguna lagrima de emoción.

Al terminar la mañana la maestra le dijo a sus alumnos.
– Para la semana que vienen quiero que me traigan una composición sobre la guerra. Se que ustedes no saben lo que es eso, pueden buscar en los libros de la biblioteca y preguntarle a personas mayores, aún viven muchos que sufrieron la ultima gran guerra.

Robertico llegó a su casa, dejo los libros en su cuarto y fue directo a la cocina.
– Mami, tú sabes ¿Que es la guerra?
– Si mi hijito, claro que lo se, he leído sobre ella. Mejor pregúntale a tu abuelo Pedro, el vivió la ultima guerra. Ten cuidado, se emociona mucho con esos recuerdos.

Robertico, salio al patio, allí estaba su abuelo Pedro, sentado en su sillón, acariciando al perro, con los ojos cerrados, perdido en los recuerdos. Se sentó en el suelo, recostó su cabeza en las piernas de su abuelo.
– Abue, ¿Qué cosa es la guerra? La maestra nos pidió que escribiéramos sobre ella y no sé qué es. Mami me dijo que tú sabias, ¿es verdad?
El abuelo abrió sus ojos, dejo de acariciar al perro.
– Ven siéntate en mis piernas, solo así podría soportar el dolor de recordarla.

Pedro, con su nieto sentado en sus piernas y estrechándolo en sus brazos, comenzó a contar una historia, a revivir recuerdos. A veces recordar es terrible, tal vez por eso algunos optan por perder la memoria cuando envejecen.

– Las guerras son algo terrible, por suerte ya no existen, son grupos de personas, países, luchando unos contra otros, matándose entre si. Mueren muchos inocentes y los que quedan vivos, como yo, no pueden olvidar nunca tanto horror. Hace años, yo tenia 9, en un país que desapareció durante la ultima guerra, estalló una guerra entre el gobierno y los que estaban en contra de él. El gobierno en su afán de conservar el poder utilizo hasta armas químicas, murieron niños y personas inocentes. Muchos países decidieron unirse y castigarlo, Estados Unidos, lidéreo los aliados. Después de muchas reuniones, conversaciones y promesas, bombardearon el país. El gobierno del paìs respondío lanzando misiles contra Israel. Las tropas de Israel se lanzaron con todo contra él. Estalló la guerra mas terrible que la historia recuerda. Rusia y China, intervinieron apoyando al gobierno de ese paìs, los aliados con Estados unidos al frente, apoyaron Israel. Fue una guerra larga y dura, desgarradora. Hubo muchos muertos, más de 300 millones, unos por las armas, otros por hambre. En esa guerra murió mi hermano, era 12 años mayor que yo, recién se había alistado en el Army. No tienes idea de cómo nos queríamos, han pasado ya 80 años y lo recuerdo todos los días. Mamá, perdió la razón, no pudo sobreponerse al golpe, papá nunca la interno. La trajo con él de Miami, cuando todo cambio. Siempre pensó que el aire de Cuba le haría bien, cuido de ella hasta el último instante, cerró sus ojos con un beso.

Las guerras son terribles Robertico. Después de 5 años guerreando, la humanidad estaba agotada, sin fuerzas. Todos comprendieron que no habría vencedores, todos serian vencidos. Los jefes de estado se reunieron y firmaron la paz incondicional. Todas las armas fueron destruidas, se prohibió fabricarlas. El mundo se levanto de sus ruinas, todos los países se ayudaban unos a otros. Ni las ideas, ni las religiones, dividieron mas a los hombres, todos se hicieron hermanos. Así hemos vivido desde entonces, la guerra es cosa del pasado de la historia, aunque el dolor que me provocó siga vivo en mi, como el primer día.

Robertico abrazo a su abuelo, las lágrimas de ambos se mezclaron. Quedaron así durante más de una hora, abrazados, llorando juntos. Casi un siglo después, aún los hombres lloraban por la última guerra.

Sonó la alarma del reloj, Pedrito despierta de su sueño, se despierta aturdido y confundido, con la almohada húmeda por sus lagrimas. Su mama entra al cuarto.
– Pedrito, vamos levántate se te hace tarde para la escuela, ¿Qué te pasa?
-No se mamá, anoche me quede dormido viendo las noticias sobre la guerra que se avecina y tuve un sueño hermoso, pero también fue una terrible pesadilla, no sé. ¿Dónde esta mi hermano?
– En el trabajo, ¿Que pasa mi hijito? Estas llorando.

Pedrito tomó el teléfono.
– Mi herma soy yo, Pedrito, quiero pedirte algo muy importante, no vayas a ir a la guerra. No puedes ir, me entiendes, no puedes. No me preguntes por qué, pero si vas, te van a matar y mami perderá la razón, lo sé.

Del otro lado del teléfono su hermano no entendía lo que pasaba, pero dejo que el amor entre ellos decidiera, tomo la planilla de inscripción en el Army y la rompió.
– Tranquilo mi hermanito, no iré a la guerra.

Su madre se volvió a la imagen de la Caridad del Cobre.
– Protégenos Cachita, ¡Cuídamelos siempre!

Pedrito, sentado en la cama, miraba a su mama, sus ojos inundados de lagrimas.
– ¿Qué te pasa mi hijito?
– Ay mami, si pudiera hablar con el presidente y contarle mi sueño.

Fotografia tomada de Google.

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El hombre que amanecio una mañana sin memoria.

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Se despertó temprano en la mañana, se sorprendió con el sol que iluminaba su cuarto. Fue al baño, se miro en el espejo, pensó haber abierto una ventana; no reconoció al tipo del otro lado del espejo. Cerró los ojos, debo seguir dormido, pensó el hombre sin memoria. Volvió a mirarse en el espejo, abrió los ojos, ese era él, sin dudas. ¿Como es posible que no se reconociera, que olvidara su rostro en una noche?

Reviso su teléfono celular, vio los mensajes de texto enviados por amigos. El último decía; estoy llegando. Envío un mensaje a su amigo; ¿Que paso? ¿Me visitaste? Si, tomamos café y conversamos, ¿no recuerdas? No recuerdo nada, ¡He perdido la memoria! Si te sientes mal, ve para el hospital, le grito su amigo en un texto, tranquilo, esto se me pasara pronto, respondió el hombre sin memoria.

Se tomo la presión, estaba bien, volvió a mirarse al espejo, todo parecía bien, todo menos su memoria. En algún rincón de la noche se habían perdido sus recuerdos, desaparecido. Un gran amigo, lo llamó, ¿Como amaneciste? Un no se, fue su respuesta. Su amigo asustado preguntó, ¿Como que no sabes? Sin memoria, no puedo saber como estoy, si bien o mal. Se despidió de su amigo, volvió a mirarse en el espejo, se miro extrañado y confundido. Sus recuerdos eran como una niebla, lejanos incapturables. Volvió a acostarse, tal vez durmiendo se me pase, a lo mejor todo es un sueño.

Despertó recordaba lo sucedido horas antes, su intento de dormir, de despertar del mal sueño, de tener su memoria intacta. No podía recordar, tal vez estoy muerto y no lo se, pensó asustado. Texteo a un amigo, ¿Cómo estas Jose? Los muertos no reciben mensajes de texto pensó. Su amigo le respondió, muy bien, ¿tú? Sin memoria respondió, he olvidado todo, sino fuera por este celular con mensajes y números, no hubiera podido recordarte. Espérame voy para allá enseguida, creo que podré ayudarte, fue el mensaje que recibió de su amigo. 5 minutos después, recibió otro mensaje de texto, si recuerdas como hacer café, ve preparándolo. ¿Hacer café? Claro que lo recuerdo, no he perdido habilidades, solo mi memoria, mis recuerdos.

El hombre sin memoria, abrió la puerta a su amigo.
– ¿Me recuerdas?
– Si y también tu nombre, tengo la sensación de que nos queremos mucho, que nos somos imprescindibles, necesarios.
Si, vamos bien, respondió su amigo, sirve ese café y conversemos.

El hombre sin recuerdos, sirvió el café, ese olor y ese gusto lo estremecieron.
– Hemos compartido muchas veces una taza de café, ¿Verdad?
– Muchas, siempre que vengo te pido que prepares la cafetera, me gusta como la haces y compartirlo, se ha convertido en todo un ritual.
Nuestro hombre sacudió la cabeza, allá dentro algo se revolvía, sentía como una conmoción muy extraña. Terminaron de tomar el café, Jose, le dijo.
– ¿Me dejas revisar tu computadora, registrar tus gavetas?
– Por supuesto, ni siquiera recuerdo lo que tengo guardado.
– Poco a poco, déjame hacer, ya veras, se como convocar recuerdos.

Jose, encendió la computadora, abrió sus albums de fotos.
– ¿Recuerdas? Es tu ciudad, siempre la has amado.
– Si recuerdo esas calles, las he andado muchas veces. Ese es el Parque Central, el Lorca, si los recuerdo.
Le enseño una foto de una señora,
– ¿La recuerdas?
El hombre sin memoria rompió a llorar.
– ¡Cómo olvidarla, esa es mi mamá!
El hombre y su amigo, se abrazaron. Jose le dijo, falta algo mas que debes recordar.
Saco de su mochila, cuidadosamente doblada, una bandera, la abrió de golpe, en un último y supremo intento de convocar recuerdos y memorias.

El hombre que creía haber perdido, para siempre, su memoria, miro la bandera, la acaricio. ¡Es la bandera cubana, nuestra bandera! La tomo en sus manos, la echo sobre sus hombros, protegiéndose de olvidos y desmemorias. Se miro al espejo.
– Gracias mi hermano, creí enloquecer sin mis recuerdos.
– Falta algo mas, marco un número en el teléfono, toma, habla con ella.
– ¡Mami!
– Dos semanas sin llamarme, creí que te habías olvidado de mi, dijo entre risas, en un desborde de alegría y felicidad.
– Imposible olvidarte, lo sabes, mas allá de la memoria y de la vida te recuerdo siempre, un beso mami, te quiero mucho, grito al teléfono, el hombre que amaneció sin memoria una mañana.
– Llévame al mar, necesito sentir el olor del mar, el ruido de olas rompiendo, vamos al mar, allí recuperare totalmente mi memoria, le dijo a su amigo.

Llegaron a la orilla del mar, el hombre que había perdido la memoria, se bajo del auto corriendo, se quito la ropa, envuelto en la bandera, se sumergió en el mar. Estuvo más de una hora, rompiendo olas y convocando recuerdos. Salio, se seco le dijo a su amigo.
– Vamos, tengo que escribir.
– ¿Escribir? Nunca has escrito.
– Tengo que escribir, salvar mis recuerdos de otro olvido, no siempre podrás venir corriendo a ayudarme a encontrar mis recuerdos, mi memoria.

Llego a su casa, sin quitarse la sal del cuerpo, aún envuelto en la bandera y mirando las fotos de La Habana y de su madre, empezó a contar la historia de su vida, sin prisas, sin lagunas, reuniendo sus recuerdos uno a uno. Se volvió a su amigo que lo miraba escribir.
– Sabes perder la memoria es como morir, no haber vivido. Ahora que recuerdo hasta el día y la hora exacta en que nací, las calles y lugares de mi ciudad, los besos y caricias de mi madre, ahora, se que estoy vivo. Llegue a pensar que había muerto, perder los recuerdos es morir un poco o un mucho. Gracias amigo, me quedo con la bandera, mirarla en las mañanas, me hará bien. Mi bandera, la foto de mi madre, y mi ciudad, mis amigos, me servirán de ancla y almacén de los recuerdos.

Se abrazaron fuerte, muy fuerte, en un abrazo que ni una mañana sin memoria, podría borrar de los recuerdos.

Orgullo de ser cubano.

Cuba, tomada de la pagina de Jorge D'strades.
Salio de Cuba, muy joven, casi un niño; apenas 12 años. Al principio extraño a sus amigos y a la novia que había dejado sin siquiera despedirse. Poco a poco se fue incorporando al mundo que le rodeaba. Aprendió ingles muy rápido, a pesar de los regaños y las peleas, se negaba a hablar español en la casa. De nada valieron las conversaciones sobre Cuba, las fotos que le enseñaba su abuela; Enrique, se sentía americano. Su pasado había sido borrado, como si alguien hubiera olvidado ponerlo en su equipaje; quedo allá, en La Habana, en algún paquete que alguien olvido recoger a ultima hora, abandonado en una gaveta.

Cada vez que su familia viajaba a Cuba, inventaba algún pretexto, que si exámenes, que los estudios, la novia; el punto era que no le interesaba volver. Su isla, suya a pesar del desamor, parecía borrada de sus memorias y su amor.

Cuando se hizo ciudadano americano cambio su nombre por Henry, hasta pensó en cambiarse el apellido, ese Pérez, no sonaba muy bien entre sus amigos americanos. No lo hizo por temor a un disgusto familiar, su padre no se lo hubiera perdonado nunca.

Cuando cumplió los 19 años, decidió mudarse solo. Su madre le dijo
-Enriquito, aquí tienes tu cuarto independiente y no tienes que pagar renta, yo te atiendo y puedes ahorrar, tienes más tiempo para tus estudios.
-Mon, vivir aquí es como seguir en esa Cuba de la que tanto hablan ustedes y yo soy americano. No quiero encontrarme una banderita cubana en cada esquina y adornos con palmeras y cocodrilos dondequiera, es hora de vivir a mi manera.
-Ven hijo, siéntate, hablemos dos minutos. Sabes que si nos fuimos de Cuba, fue por ti, si hoy estudias en una buena Universidad, manejas un buen carro y tienes un buen futuro, fue por el sacrificio de estos tres viejos que lo dejaron todo para poder darte una mejor vida. Muchas cosas no nos gustaban allá, pero teníamos nuestra casa, nuestra vida, nuestra Patria, solo por ti, fuimos capaces de dejarla. Me duele el alma cada vez que desprecias tu origen, que reniegas de ser cubano, somos lo que somos por ser cubanos, eres como eres, porque eres cubano, mi hijo, aunque te duela.

El padre, que escuchaba la conversación, solo dijo.
-Déjalo vieja, ya un día Cuba, vendrá a él, a recordarle su origen, morirá siendo cubano y amando nuestra bandera, ya veras, déjalo ahora. Hazme un poquito de café, un buen café cubano.

El día de la mudada, su abuelita, una viejita que se crío entre palmas y cañaverales, entro a su cuarto, silenciosa, arrastrando los pies.
– Se que no la amas o que crees no amarla, pero para mi, es como un talismán que me protege de todo lo malo, me la regalo mi padre antes de morir, me dijo que tenia muchos años, que era mambisa. No te pido que la pongas en un lugar visible, guárdala en una gaveta si quieres, déjala cuidarte, por favor, no me la desprecies, me matarías.

Saco una vieja bandera cubana y la doblo cuidadosamente en la maleta de Enrique, que asombrado, fue incapaz de oponerse, la dejo hacer sin pronunciar palabra.

Enrique visitaba poco a su familia, aunque hablaba a menudo por teléfono con ellos. Su intento de americanizarse del todo, no le permitía mucho contacto con esa casa, donde se respiraba Cuba, en cada esquina. Su vida transcurría más al norte, entre gringos y coffees, whiskys y hamburgues.

Un día, mientras disfrutaba su coffee en un Starbucks, recibió una llamada, un número desconocido, pensó ignorarla, pero algo le hizo responder.
– Hello, who is calling?
– Enriquito, soy yo, Jorge, el negro, no me digas que no te acuerdas de mí. Tu abuelita me dio tu número cuando estuvo en Cuba, me dijo que cuando llegara, te llamara enseguida, que necesitabas hablar conmigo.

Enrique, se sentó; Jorge el negro, en Miami. Recordó de pronto toda su infancia olvidada, cuando corrían descalzos por la cuadra y compraba durofrios y pirulíes en la casa de la esquina. Enrique, comenzó a sudar, sus manos temblaban.

– Dime negro, ¿Como estas? ¿Cuando llegaste? ¿Donde estas?
– Acabo de llegar, estoy saliendo del aeropuerto, el puro tuyo vino a recogerme, dice que mientras encuentre trabajo y levante presión, puedo quedarme con ellos, en tu cuarto, que ahora esta vacío. Tu viejo es de oro.

Sin saber como ni por que, Enrique comenzó a llorar, los primeros años de su vida, su infancia, se aparecía de golpe ante él. La voz del negro, de su hermano de niñez, hacia el milagro de revivir recuerdos.

– Voy para allá, te recojo y esta noche te quedas conmigo, creo que abuela tiene razon; necesito conversar contigo.

Los 40 minutos de viaje al sur, le parecieron horas. Llego a su casa, se asombro de no mirar de reojo la bandera cubana de la sala, hasta el olor a café recién colado, por vez primera, no le molestaba. Abrazo a todos, el último y más especial de todos los abrazos fue para Jorge.

– Coño negro, tienes un olor raro, extraño, pero me gusta.
– Es olor a Cuba, mi hermano, a la tierra.

Su mama, le susurro al oído al viejo; yo oí mal o ¿dijo coño?

Comieron juntos. Todos intercambiaron miradas y sonrisas cómplices; Enriquito, por vez primera saboreaba los frijoles negros y la yuca hervida con mojo y hasta repetía. Cuando terminaron, la abuela sirvió el postre.
– Se que no te gusta, pero lo trajo Jorge, no le hagas el desaire.

Le puso enfrente un plato con mermelada de guayaba y queso blanco. Enrique lo devoro, hasta limpio el plato.

Al final la abuela sirvió el café, todos se sorprendieron cuando Enrique, reclamo su taza de café cubano. Se hicieron señas y la mama fue corriendo a la cocina a traerle su taza.

Después de la sobremesa, Enrique le dijo a todos.
– Nos vamos, les robo al negro por una noche, tenemos mucho de que hablar.

Llegaron al apartamento de Enrique, pusieron sus cosas en la sala. La cara de Jorge, se contrajo.
– Perdóname mi hermano, pero aquí hay algo raro, voy a quitarme la camisa y tratar de encontrarlo.
Se volteo de espaldas y se quito la camisa. Enrique tembló cuando vio el tatuaje en su espalda, lo toco.
– Es Cuba, dijo en un susurro.
– Si mi hermano es Cuba, no quería que me pasara como a ti, que la olvidaste y me la tatué en la piel y en el alma.

Jorge , sin camisa, comenzó a buscar, sabia que algo había en ese apartamento fuera de lugar, algo que no estaba en el sitio adecuado y exigido. Se detuvo frente al gavetero del cuarto, de pronto la ultima gaveta se abrió de golpe, sin que nadie hiciera el mas mínimo gesto; la bandera cubana que había doblado su abuela, se desbordo de la gaveta, reclamando derechos y espacio. Jorge, la saco, la colgó en la pared, la miro. Jorge y Enrique se abrazaron llorando.
– Déjala ahí mi hermano, mírala todos los días. Cuba es tu raíz, tu origen, sin ella, nunca estarás completo.

Enrique se quedo mirando a su amigo, de espaldas, con Cuba en su piel, frente a la bandera, su bandera. Comprendió del todo que no importan los años lejos, aprender ingles o francés, uno sigue siendo cubano, llevando a Cuba en la piel y en el alma, dondequiera que este. Ser cubano, por suerte, nos marca para siempre, acuña nuestra vida y aliento, nos identifica y tipifica, nos da alas. Por vez primera, desde que se fue de Cuba y dejo olvidados sus raíces y recuerdos, sintió necesidad de gritar; ¡Soy cubano! Abrazo a su amigo, agradeciéndole traerle de vuelta sus recuerdos, por rescatarlo del olvido, por devolverle ¡El orgullo de ser cubano!

Fotografia cortesia de Rey D’strades, administrador de la pagina de Facebook, Yo extraño a Cuba y tu?

¡TALISMAN!

Arrancó un vuelo tricolor de su bata, lo lanzó al aire y una inmensa bandera cubana, cubrió la casa, protegiéndola de lluvias y vientos.

Habanero2000.

Andamos dispersos por el mundo. Nos hemos inventados nuevas casas, nuevas tierras, nuevos mundos. Otros cielos y nubes, adornan nuestros amaneceres y noches. Nosotros, los que nos fuimos, los que un día decidimos partir, cargando solo con recuerdos, sin mirar para atrás, por miedo a no poder irnos. Nosotros, los cubanos, más allá de religiones y creencias, llevamos siempre, en el alma, visible en la piel, tatuado en la frente y en los ojos! Un talismán o resguardo que nos protege de penas, tormentas y angustias. No es un resguardo del folklore, tampoco una estampita, oración o escapulario que tomamos en la mano en momentos difíciles, es algo más fuerte, más importante. Nos acompaña en las buenas y en las malas. Cuando faltan las fuerzas, cuando el cielo oscurece, lo desplegamos, nos cubrimos con él, seguros y confiados que nos basta para capear temporales y relámpagos. Bajo su protección, nada nos asusta, nada nos vence ni intimida; nuestro talismán es; nuestra bandera!

Basta mirarla ondear al viento y sabemos que todo va bien, no hay dolor que se le resista. No importa donde estemos, si muy al norte o muy al sur, entre hielos y nieves o sudando a mares, entre rayos de sol y sequías extremas. Nuestra bandera, cambia de forma, se adapta a climas, esta siempre con nosotros, no nos abandona. Es el brazo poderoso de la patria, que nos sostiene, nos levanta en alto, cuando el vacío se abre a nuestros pies. Lo dejamos hacer, seguros que a su sombra, todo esta bien. Talismán único e inigualable que no distingue entre cubanos, protege a todos por igual.

Sus poderes, le permiten ser puente, transporte, cielo y tierra, mar y viento. Alfombra mágica que nos lleva a recuerdos y nostalgias, mezcla inigualable de color y sabor cubano. En este, nuestro andar por el mundo, hemos aprendido a amar y respetar otras banderas, pero el lugar de la nuestra, permanece intacto, intocable, seguro.

No hay cubano, que no ame a su bandera, especialmente entre los que un día, decidimos o tuvimos que partir a luchar por nuevas vidas. La trajimos con nosotros, allí, donde decidimos quedarnos, la clavamos bien hondo. Ella, como nosotros, echo raíces en otras tierras, se rodeo de palmeras, girasoles, se ungió de miel, guarapo y ron. A su alrededor, revolotean colibríes y tocororos. Junto a ella, armamos vidas, familias y sueños, a su influjo nos trajimos nuestros barrios y ciudades, nuestros campos, nos inventamos una Cuba, en el exilio.

Muchos, la llevan en el auto, otros, la ponen en la casa, en el jardín, o la llevan en la camisa y la blusa. Cualquier pretexto u ocasión es bueno, para lucir una bandera cubana. En esta forma nuestra de gritar; cubano ciento por ciento!

Nuestra bandera, se despliega por el mundo, como nosotros. Va a nuestro lado, abre caminos. No nos deja olvidar nuestro origen, asegura el camino de regreso, se lo inventa en cada franja, lo ilumina con su estrella. Nos recuerda la sangre derramada, nos compromete y alienta, a regar la tierra con la nuestra, si fuera necesario.

Talismán gigantesco, que es a veces un nudo en el pecho, unas ganas inmensas de hacer algo. No son tiempos de esperar a verla deshecha en pedazos, para que muertos y vivos, se levanten a defenderla. Son tiempos de hacer algo por ella, antes que se nos rompa de tanto extenderse en esa ansia de cuidarnos, de tanta pena acumulada, de tantas lágrimas secadas. Pongamos la bandera en nuestro pecho y a su fuerza e influjo, seamos, entre todos, el asta que la levante a lo más alto, segura del futuro y la esperanza.

Fotografia de Yohandry Leyva.

Una reunion singular.

Se reunieron un día, temprano en la mañana, sin ponerse de acuerdo. En una casa en las afueras de un pueblo, perdido en la geografía y los mapas. La primera en llegar, fue la Vieja con su cafetera. Fue directo a la cocina, preparó su cafetera, la puso al fuego, se sentó en el sillón del portal, aguardando por los otros, llevaba años esperando por esta reunión.

El Hombre libre, fue el segundo en llegar, vivía sin ataduras, libre. Llego, le dio un beso a la Vieja. Se sentó en un taburete, miro a la Vieja a los ojos y le pregunto.

– Ya pusiste el café? Sin él, nuestra reunión, no tendría sentido, lo necesitamos.

La Vieja sonrío, pensó cuantas veces le habían pedido su café necesario y oportuno.

– Por supuesto, cuando lleguen todos, lo sirvo, mi cafetera, sabe el momento justo de colar.

Sin dejar de mecerse, sonrío, sus ojos que ya lo habían visto todo, se iluminaron con un rayo de sol.

Libertad de expresión, llego hablando alto, gesticulando, conversando con el Hombre de las lágrimas, que recién estrenaba su sonrisa. Después de besar a la Vieja y abrazar al Hombre libre, se sentaron en el suelo.

-Aquí estaremos mas cómodos, ambos estamos acostumbrados a estar cerca de la tierra.

La Vieja, se levanto y fue a servir el café, su aroma inundaba la casa, salía al portal y seguía mas allá, se perdía en el horizonte. Trajo la cafetera y más de 4 tazas. Libertad de expresión, se sorprendió.

-Mas de 4 tazas! Acaso  no estamos todos ya o falta alguien?

-He aprendido que siempre puede llegar alguien inesperado y una vez que comencemos, no quiero tener que levantarme una y otra vez.

La Vieja sirvió el café, puso la bandeja con las tazas, sobre la mesa, la cafetera, quedo en sus manos, como siempre, inseparable. Justo cuando empezaban a saborear el café, cuando a su influjo sus rostros se iluminaban y sonreían, una mulata clara de exuberante belleza, luciendo una bata cubana, blanca, azul y roja, apareció, sin previo aviso, como salida de la nada, en el centro del portal. La Vieja, se levanto emocionada.

-Sabia que vendrías, tú, no necesitas mi café, pero, no por eso vas a despreciármelo.

Le sirvió una taza, que la mulata hermosa, agradeció con una sonrisa y comenzó a beber lentamente. Mientras tanto, Libertad de expresión, el Hombre de las lágrimas y el Hombre libre, miraban asombrados y extasiados a la belleza, que sin ser invitada, se había adueñado del portal, con sus curvas y vuelos multicolores. Tardaron en reconocerla, tan hermosa, no la habían visto nunca!

La Vieja, fue la primera en hablar, sus años y la magia de su café, le concedían ese privilegio.

-Todos sabemos por que estamos aquí. Cada uno de nosotros, es pieza de un rompecabezas, andando cada uno por su lado, no lograremos nada. No basta hablar bonito y cantarle las verdades a cualquiera, tampoco querer hacer algo, pero no saber qué o sentirse libre y serlo, sin lograr enseñar a los demás como lograrlo, un café, no basta para mantener viva la esperanza de todo un pueblo.

La mulata hermosa, no pudo contener las lágrimas, gotas azules, blancas y rojas caían de sus ojos. El Hombre de  las lágrimas, la miro sorprendido.

-Yo pensaba que del grupo, el único llorón era yo!

Libertad de expresión, lo miro y sin pensarlo dos veces, le soltó.

– Serás bruto hombre, ella llora por otras causas, por gente como tú y como yo, como nosotros, que andamos tratando de hacer algo, sin unir fuerzas. Llora porque no perderá nunca la esperanza.

El Hombre libre, se levanto, entro a la casa, salio con un vaso de agua que ofreció a la hermosa mulata. Ella, tomo un sorbo, dejo caer el resto en el suelo. Un arroyo, surgió en el centro del portal. Todos, hasta la Vieja, a pesar de sus años, se quitaron los zapatos y metieron los pies en esa agua cristalina que les refrescaba la piel, el alma y la memoria. Estuvieron unos minutos en silencio, el Hombre libre, fue el primero en romper el silencio.

-Creo, que sin decir mucho, ya dijimos todo, Ella, y señalo a la mulata mas bella, que ojos humanos han visto, nos necesita, pero no aislados o presumiendo cada uno de sus virtudes, nos quiere uniendo fuerzas y virtudes. No es hora de destacarse uno más que otros. Es hora de formar un todo, con el poco de cada uno de nosotros.

De pronto se desató una terrible tormenta, el arroyuelo del portal, casi se convierte en río caudaloso.

-Vamos para adentro, Hare mas café, dijo la Vieja.

La mulata, sonrío con picardía.

-No hace falta, aquí estaremos seguros.

Arranco un vuelo tricolor de su bata, lo lanzo al aire y una inmensa bandera cubana, cubrió la casa, protegiéndola de lluvias y vientos.

La vieja, sirvió otra vez su café, renovando esperanzas y sueños. El hombre de las lágrimas comentó.

-Ahora entiendo bien el mensaje de la santera, cuando me dijo que era hora de hacer y no de llorar.

-Todos entendemos mejor ahora el mensaje y la intención de nuestras vidas, dijo la Vieja.

La mulata, los envolvió en su mirada, se levanto de su silla, beso a cada uno, el último beso, fue para la Vieja, antes de irse, apoyada en la baranda del portal, les dijo

-El rompecabezas, comienza a armarse, cada pieza busca su lugar, cada uno, haga su parte, juntos, armaremos amaneceres!

Se fue, como llegó, desapareciendo, sin perderse en el camino, dejando a todos, el sabor de la esperanza en el alma y la certeza de un nuevo amanecer en el corazón.

¡Lagrimas!

Un día le preguntaron; cuando empezaste a llorar? No recuerdo, solo sé que hace mucho tiempo, prefiero no dar fechas exactas, no quiero meterme en problemas, agrego, es mejor así.

Todos los que lo conocían, lo recordaban siempre con lágrimas, no sonreía nunca. Asistía a teatros, comidas, fiestas, conversaba, mientras de sus ojos brotaban lagrimas, inagotables e incontenibles. No  importaba el lugar, ni la celebración, su llanto no cesaba. Ya se había acostumbrado a él y podía conversar, leer y hasta dormir, mientras lloraba.

Un grupo de amigos, reunió dinero, decidieron que viera a un oftalmólogo. El doctor, luego de guardar el cheque, lo reviso, le hizo algunas pruebas, fue breve; no tiene ningún problema orgánico, sus ojos están bien, en mi opinión, debería ver a un siquiatra. Ah y que tome mucho liquido, podría deshidratarse un día de verano intenso.

Sus amigos, decidieron reunir más dinero. Estaban decididos a llegar a la raíz del problema, esas lágrimas incontenibles, tenían que tener una explicación. Tardaron un poco en reunir el dinero, los siquiatras, no resuelven mucho, pero si cobran caro y sus amigos, querían pagarle el mejor. Cuando completaron la cantidad, hicieron una cita. El siquiatra, estuvo una hora conversando con él, salio con lagrimas en los ojos, devolvió el dinero que le habían dado; no tiene nada que yo pueda curar, dijo, mientras se enjugaba una lagrima.

Sus amigos, se desesperaron; qué le habrá contado al siquiatra, qué historia terrible logro conmoverlo, se preguntaban, sin encontrar  respuestas. Decidieron hablar con un cura, tal vez una confesión lo ayudaría a liberar su alma y detener su llanto. Buscaron al más humano de todos los curas, al más sencillo. El día de la confesión, sus amigos, lo llevaron casi a la fuerza; ustedes saben que no soy religioso, vamos, hazlo por nosotros, tal vez eso te ayude. A veces los amigos, de tanto que insisten, nos hacen acceder a sus pedidos. La confesión duro 3 horas. El cura salio secándose las lagrimas con la sotana, no dijo una palabra, fue directo al altar y de rodillas, paso horas orando.

Una santera, eso es lo que necesita, dijeron sus amigos, recorrieron la ciudad buscando la mejor, la mas famosa, cobraba caro, pero ellos, estaban decididos a todo por ayudar a su amigo, querían verlo sonreír.  Esta vez si que no, dijo con fuerza, mientras se aferraba a su sillón; no voy a ir a ver a la santera! Sus amigos intercambiaron miradas cómplices, se fueron. Una hora más tarde, acompañados de la santera, entraron en la sala de su casa, venia cargada de bultos. Quiso protestar, la santera hizo un gesto que lo hizo callar. Sus amigos, dijeron; nos vamos, es mejor dejarlos a solas; no hace falta, aquí no habrán misterios ni hechizos, dijo la santera.

La santera, agitando sus collares y los vuelos de su bata cubana, abrió de golpe uno de su bultos, saco una bandera cubana inmensa, que cubrió toda la sala. De otro bulto, saco girasoles, tocororos y colibríes, de un saco inmenso salio el sol de Cuba, un olor a mar y un ruido de olas rompiendo contra el malecón  los salpicó a todos,  los estremeció. De un bulto inmenso, saco palmeras, tierra recién arada, olor a campo. Miro a los ojos al hombre de las lagrimas y fue exacta y precisa en su palabras; si no puedes ir a Cuba, que Cuba, venga a ti, pero basta de llorar por tu tierra, las lagrimas, no arreglan nada. Es hora de hacer y no de llorar.

Sus amigos, se sorprendieron, poco a poco se secaron las lagrimas de sus ojos y una tímida sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro, mientras acariciaba su bandera y hundía sus manos en su tierra, salpicado por las olas, respirando profundo el olor de su origen. Miro a la santera a los ojos y le pregunto; y  que hago? Eso lo decides tú, todos tenemos que hacer algo, llorar, no arregla nada!

Fotografia de Yohandry Leyva.

Los cubanos y el gorrión.

Nuestra ave nacional es el Tocororo, ave que exhibe tres colores que amamos de modo especial, al volar, es como una bandera cubana al viento, libre! Hay otra ave pequeñita, que no luce bellos colores, no tiene un canto hermoso, pero a muchos de nosotros, nos acompaña, para siempre. Construyo nido en nuestros hombros, desde aquel dia que armamos maletas, planificamos viajes y de un modo u otro, decidimos probar suerte en otras tierras; el gorrión!

Lo conocíamos desde Cuba,  más de una vez dijimos; “hoy tengo tremendo gorrión”, ese  “tremendo” era un gorrioncito pequeño, fácil de espantar de nosotros, de alejarlo. El gorrión de ahora, se aparece de improviso, se acostumbro a nuestro hombro, basta una palma, un cielo azul, un recuerdo de Cuba y se hace presente.  A veces, basta una canción, escuchar al Benny o a Celia y el gorrión viene, se sienta junto a nosotros a escucharlos, se sabe todas sus canciones de memoria, aunque no pueda cantarlas como el sinsonte. Acostumbra a auto invitarse a celebraciones; cumpleaños, nochebuena, fin de año, son sus  preferidas. No se queda todo el tiempo, llega, brinda con nosotros, remueve recuerdos y sentimientos y se va. Sabe que si esta mas tiempo, todo seria mas difícil.

No es nuestro enemigo, no aparece para reprocharnos abandonos, ni como castigo a ausencias, no nos juzga. El gorrión, al final, termina siendo nuestro amigo, un compañero más, en esta, nuestra  diáspora de cubanos por el mundo. Su presencia, sirve para mantener vivo el recuerdo de los que dejamos atrás, de nuestra Isla, para que no olvidemos nunca nuestras raíces. Cuando un hombre, olvida de donde viene, su origen, se convierte en un fantasma de si mismo, pierde raíces y esencias, termina marchitándose, dando tumbos.

El gorrión, a veces, regresa a La Habana, recorre sus calles, se posa en balcones, visita la Giraldilla, el aire de sus alas, a veces la hace cambiar de dirección, apuntar fijo al norte. Su vuelo, no se detiene en nuestra ciudad, sobrevuela toda la Isla, va hasta El Cobre, lleva hasta la imagen de la patrona de Cuba, nuestras oraciones. Antes de irse, mira a Cachita a los ojos y casi en un susurro, le dice; aunque me cueste desaparecer, aunque no los vea mas, acaba de hacer el milagro, de reunirlos de nuevo!

Nuestro gorrión, ha terminando siendo parte nuestra. A veces, el tocororo, le presta sus colores, el sinsonte su voz y el colibrí su energía, viaja al futuro. Nos trae, en sueños, anticipos de lo que será nuestra isla, recorre campos verdes, ciudades nuevas, trae imágenes de un pueblo unido, trabajando confiado y seguro, construyendo, hombro con hombro, la patria “con todos y para el bien de todos”. Nuestro gorrión, también sabe dibujar sonrisas de esperanzas, cubano al fin! Sabe de multioficios, se reinventa a si mismo. Termina siendo uno mas en este andar por el mundo de cubanos y sueños.

Los gorriones, se han multiplicado, cada uno de nosotros termina teniendo uno, como ángeles guardianes, cuidan de recuerdos y valores. Tengo un gorrión especial que viene a cualquier hora, se posa en mi hombro, me mira a los ojos, me habla al oído, me cuenta historias de La Habana, anécdotas casi olvidadas. Mi gorrión amigo, gusta de verme escribiendo, sabe como alborotarme las musas. En ocasiones se vale de una foto, alguna frase de un amigo o algo que ocurre. A veces, mis amigos me dicen; esto no vayas a escribirlo! Mi gorrión, los mira, guiña un ojo, me dice, por qué no? Hoy, mientras escribía, mi gorrión, me dijo; no puedes dejarnos todo el trabajo a nosotros, por eso decidimos, hace un año, que iniciaras tu blog.