La Lanchita de Regla en Venecia.

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Es cierto, no podría negarlo, ni en el más fuerte arrebato de americanismo, ni en una noche de malos recuerdos y frustraciones; yo, como muchos, disfruto ser cubano y recordar mi Isla. Soy capaz de ver una góndola en Venecia y recordar la lanchita de Regla. Puedo ver un rascacielos en New York y recordar edificios apuntalados, barbacoas y cuarterías de la Habana vieja. Todas las olas me recuerdan nuestro mar, todo cielo, en mis ojos, muere de envidia ante el azul que ellos evocan. No es intencional, ni manía de evocación, es involuntaria, diría que genética; llevo a Cuba en el alma, mas allá del tiempo y la distancia.

No es inadaptación, ni nostalgia infantil, créanme, si no me afinco en mis raíces, no podría florecer en otras tierras, cualquier viento podría derribarme. Amo entrañablemente a este país que me acogió sin preguntas y me dio todos los derechos, tantos que aún los estreno y disfruto. Los derechos, a muchos de nosotros, nos hacen sentirnos como niños estrenando zapatos nuevos. Amo de un modo especial a España que fue el primer país que me acogió y que hice mío al pisar sus calles. A veces pienso que fue la sangre de mis abuelos la que me hizo exclamar aquella noche de abril al andar sus calles, ¡Yo soy de aquí!

Todo emigrante ama la tierra que lo acoge y recibe, que le da presente y futuro. Nosotros, los cubanos andamos regados por el mundo en una diáspora que no termina, que lleva más de medio siglo y sigue a pesar nuestro, a pesar de la Isla y del tiempo, de la lógica. Los judíos, en su andar por el mundo, se mantuvieron unidos por su religión, no perdieron su identidad, pudieron ser Sefarditas o Asquenazis. El lugar donde vivían, no importaba, seguían siendo judíos, donde quiera que estuvieran, lo siguen siendo. Después de los judíos, somos el pueblo que más conserva su identidad, más allá de años de exilios y patria lejana. Si al pueblo judío fue su fe, su religión, la fuerza que lo mantuvo y sostuvo, es la cubania, nuestro amor por Cuba, nuestro sostén y pilar, lo que nos salva de perdernos por esos caminos del mundo. Cuba se las arregla para no abandonarnos, para que no dejemos de ser y siendo, seamos cubanos hasta la médula, dondequiera que estemos, al norte o al sur, en el polo o en el ecuador.

Conozco, gracias a la magia de la Internet que nos une y comunica, a cubanos en Noruega, Suecia, Chile, Argentina, España y un montón de países más. El lugar donde vivimos no importa, llevamos a nuestra Isla en medio del pecho. Hablamos de Paris, de poesía, de la luna y al final, sin querer o queriendo con toda el alma, terminamos hablando de Cuba, una y otra vez, con amor y devoción.

Les digo un secreto, disfruto mucho mis visitas a La Habana. Sobran razones para hacerlo, la mayor y mas importante, los brazos de mi madre que me reciben y acogen. Cuando estoy en mi ciudad, siempre recuerdo Miami, esta es mi casa, sin dudas, ni nostalgias, por elección libre y razonada, geográfica e histórica. Mi lugar, mi hogar, mi rincón, aunque siempre en mi alma, estén La Habana y mi Isla. Emigrar, nos convirtió en ciudadanos del mundo, adoptamos ciudades y países, sin dejar de ser cubanos. Amamos a ciudades y países nuevos pero seguimos llevando en el pecho y la frente con orgullo, la bandera tricolor. Nos afincamos en esa cubania como savia vital que nos nutre y alienta, que vence climas y distancias, que nos salva de perdernos, de dejar de ser.

Si olvidáramos raíces y pasado, orígenes y sustancia, seriamos una triste caricatura de nosotros, Zombies emigrantes que dando tumbos, presumiendo de lo que nunca serán, olvidan quienes son, su esencia, de donde vienen. ¡Que orgullo de ser cubano! Siento cuando un joven que llego a este país con 4 ó 5 años, recién graduado ahora de medico, al preguntarle de donde es, responde sonriente, ¡Yo, cubano! Su sonrisa, su gusto al saborear su condición de cubano, tiene olor a cañaverales, tabaco y café.

Ver a Cuba, a La Habana en cada lugar, es solo una metáfora de la nostalgia, de las raíces. Al final Cuba, toda entera esta en nuestro corazón, dondequiera que estemos, se nos desborda del pecho, de la memoria, contaminando nuestro entorno, iluminando el futuro seguro y cierto de esa patria por venir, “con todos y para el bien de todos”.

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