La Habana en un sombrero.

“Si me obligan, me robaré La Habana.

La romperé, verás, con un martillo.

Traeré de contrabando, en el bolsillo,

la noche, nuestro mar y tu ventana.”

Eliseo Alberto Diego.

Salio de Cuba siendo una niña, apenas 7 años. No quería irse, dejar atrás sus amiguitas, su escuela. Por su edad, no tuvo otra opción que obedecer. Cuentan que al alejarse el bote de la costa, sus ojos intentaban retener su ciudad. Sus ojos inmensos miraban la ciudad, queriendo atraparla, llevársela en ellos y evocarla luego en la distancia.

María Luisa, estuvo solo unos días en Miami, viajo con su familia a New York.

– Amaras la gran ciudad, le dijeron sus primas que apenas conocía

Cerró sus ojos, evoco las calles de La Habana, su camino a la escuela, sus amigos, abrió de pronto los ojos.

-No podré, susurro. Tengo a La Habana aquí, dijo mientras se tocaba el pecho.

El tiempo pasó, la niña se hizo mujer. Creció sin olvidar el lugar donde nació. Aprendió que se puede amar a más de una ciudad, New York, era también su espacio, su lugar. En ella se había hecho mujer, estudiado, parido sus hijos, demasiados recuerdos para no hacerla suya. En su corazón, convivían sus dos ciudades, en espacios diferentes, conformando recuerdos, sueños y ansias.

Una tarde de marzo, alguien le comentó que estaban organizando un viaje de turismo a La Habana, serian solo 5 días, recorrerían la ciudad y estarían hospedados en un hotel al centro de la ciudad. María Luisa, comenzó a soñar con volver a andar La Habana, después de 23 años.

-¡Regresar a La Habana! ¡Volver a andar sus calles!

María Luisa, se llevo las manos al pecho, tratando de contener su corazón desbocado, que amenazaba salírsele del pecho.

-Cuenten conmigo, arreglare todo en mi trabajo, ¿Cuándo partimos?

-El próximo abril, abril es un mes perfecto, por eso lo escogimos.

María Luisa, se quedo pensando en su regreso a La  Habana, recordó su infancia, su partida, su dolor. Todos estos años sin volver, sin fuerzas para un regreso, la habían preparado para el encuentro aplazado e inevitable. Volvería a su ciudad a andar sus calle, buscaría en ellas su infancia, su otro yo, el que tuvo fuerzas para quedarse, a pesar de insistencias y escaseces. Antes no se hubiera atrevido, ahora sabía que su corazón estaba a mitad de camino entre La Habana y New York, ya era hora de enfrentarse a sus fantasmas. Ese reencuentro aplazado por años, seria una especie de exorcismo, lo necesitaba para estar en paz con ella misma y ser del todo feliz.

Llego el día del viaje, María Luisa, apenas durmió. Antes de salir,  recogió su maleta con sus pertenencias, tomo su cartera, beso a sus dos hijos.

-Son solo 5 días, pronto estaré de vuelta, dijo mientras sonreía.

Se subió al auto, donde la esperaba su esposo, antes de cerrar la puerta, la voz de su hijo Manuel, el mayor, la hizo volverse.

-Mama, el sombrero de abuela, siempre dijiste que si volvías a Cuba, lo llevarías. Abuela te lo pidió antes de morir, siempre dijo que lo necesitarías en tu viaje de regreso.

-Con tantas emociones, casi lo olvido, dijo María Luisa sonriendo.

Tomo el sombrero, miro la foto de su abuela en la sala, con una expresión seria y triste. Subió al auto, cerro la puerta. Recordó a su abuela, una vieja encantadora, que le gustaba tirar las cartas y que siempre decía que sabía algo de magia y conjuros.

El avión aterrizo a la hora prevista, fue la primera en descender. No escucho las preguntas del inspector que la interrogaba mientras revisaba sus documentos, un sonido extraño, la saco de su éxtasis, abrió la puerta ante ella. Espero una hora por su maleta, mientras ella miraba más el paisaje que entraba por la puerta que al carrousell que giraba y giraba, enloqueciendo a más de uno. Tomo su pequeña maleta, hizo los tramites necesarios y salio corriendo, como una niña de 7 años a quien esperan sus amiguitas para jugar.

Todo el trayecto al hotel, lo hizo con lágrimas en los ojos, lagrimas de felicidad, de alegría. Su ciudad la recibía con la mejor de sus sonrisas, un arco iris enorme se dibujaba en el cielo.

Llego al hotel, se cambio de ropa, iba a salir del cuarto,  descubrió sobre la cama, el sombrero de su abuelo, lo miró. Recordó que su abuela siempre le decía; si un día regresas a La Habana, llévalo a todas partes, no salgas sin él. Cogió el sombrero, que a pesar de los años, lucia nuevo y hasta a la moda. En el Lobby del hotel, estaban dos o tres del grupo.

-No vas a esperar al guía? Sin él, podrías perderte.

María Luisa, sonrío.

-Es mi ciudad, no podría perderme jamás.

Salio a la calle, se puso el sombrero, en ese mismo instante, empezó una historia increíble. Desapareció una de las columnas del portal de hotel. Nadie noto su ausencia, las demás columnas, se corrieron un poco, disimulando su ausencia.

Andando por la ciudad, María Luisa, reía, mientras caminaba por calles estrechas y miraba las sabanas blancas al viento, desde los balcones. Algunas de las calles, perdieron una acera o un pedazo. Un viejo, mientras fumaba un tabaco, decía

-Yo hubiera jurado que ese edificio tenia 6 balcones y no 5.

Así, poco a poco al paso de María Luisa, algo de la ciudad desaparecía sin que ella se diera cuenta, sin proponérselo.

Los cinco días pasaron rápido, siempre sucede así, cuando se es feliz. María Luisa, había sido inmensamente feliz, recorrió el barrio donde nació, anduvo por sus calles. Este viaje le sirvió para conocer sitios de la ciudad que desconocía, para hacerla mas suya. Cada segundo vivido en su ciudad, era atesorado. En este mundo, donde escasea la felicidad, un desbordamiento de alegrias y sueños, siempre sorprende, aunque sea abril y estemos en La Habana. La parte de su corazón que pertenecía a New York, no le dio mucha importancia a tanta felicidad, sabia que al final regresaría, que todo volvería a la normalidad, que seguiría siendo neoyorkina, aunque fuera solo a medias.

Cuando fue a chequear con los inspectores, hizo un gesto para quitarse el sombrero.

-No déjeselo, debe estar como en la foto del pasaporte.

¿La foto del pasaporte con sombrero? María Luisa sonrío, debe estar bromeando, pensó para si. Cuando el inspector le devolvió el pasaporte, ahí estaba ella, en la foto, con el sombrero de su abuela puesto, que locura, pensó. Fue directo al avión, miraba por la ventana la ciudad que se empequeñecía hasta desaparecer.

Al llegar, también le dijeron que no se quitara el sombrero, que debería estar como en la foto. Otra vez con lo mismo, pensó. Cuando el inspector de inmigración le dijo; welcome back, mientras le devolvía el pasaporte, vio asombrada, como en la foto, tenía puesto el sombrero de su abuela. Son muchas emociones, por eso estoy confundida pensó, sacudió la cabeza. Busco a su esposo y sus hijos que la estaban esperando. Los beso y abrazo entre lágrimas.

– ¡Mom que linda estas, pareces un hada! Exclamo su hijo más pequeño al verla.

María Luisa, llego a su casa, abrió la puerta, miro al retrato de su abuela. Desde la pared, su abuela le daba la bienvenida con una enorme sonrisa. Se sorprendió, volvió a sacudir la cabeza, tengo que descansar, pensó, han sido días muy intensos. Entro a su cuarto, se quito el sombrero que le pareció más pesado que lo usual, lo arrojo sobre la cama. En ese instante su habitación se lleno de sinsontes y colibríes, un tocororo salio volando de entre las sabanas. Olas rompiendo contra las paredes de su cuarto le salpicaron de salitre el rostro. Allí, frente a ella, en miniatura, estaba su ciudad, decidida a no perderla, a acompañarla por siempre.

Fotografia de la pintura, Habanera de Fuentes Ferrin, pintor cubano radicado en Houston

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¿Existe La Habana?

“Existes porque pienso en ti, porque te nombro y mi corazón se acelera, porque te sueño aún despierto, existes porque a tu existencia, basta mi memoria, saber que un día te reencuentro y desaparecen distancias, existes, porque si asi no fuera, te juro que te inventaría”.

Existe La Habana? Ser Habana o no ser Habana? será esta la cuestión? Si la Habana no existe, ¿Donde coño nací y crecí entonces? Si la Habana es sólo pedazos de recuerdos que intento armar, ¿Será que somos al final un rompecabezas?

La Habana, es mucho mas que recuerdos, es realidad tangible y corpórea, vive en nosotros con la misma intensidad y fuerza que un día vivimos en ella. Dejamos allá pedazos de nosotros, fantasmas que deambulan por sus calles, ellos y nosotros intercambiamos historias, la andamos juntos,  la mantenemos viva, la amamos y la llamamos nuestra con fuerza multiplicada.

Si un día terrible, nuestra Habana se convirtiera en sólo un recuerdo, si desapareciera de golpe, nosotros, junto con ella, desapareceriamos lentamente; sin pasado, sin su presencia, seríamos sombras vivientes, solo sombras.

Nuestra ciudad y saboreo con un gusto especial el llamarla mía o compartirla y decir nuestra Habana, es mucho mas que un montón de recuerdos buenos o malos, tampoco será nunca unos cuantos montones de basura o escombros o unos huecos inmensos en el asfalto. Podrá estar a oscuras por horas y no perderá su brillo, su luz natural, se basta a si misma para conservarse hermosa y eterna en espera de tiempos mejores.La Habana no pertenece a gobiernos o partidos, ella, como Cuba, es nuestra.

El punto no es donde fui más feliz, si alguien esta gozando aquí o llorando allá o viceversa, si al final somos uno sólo y lloramos o reímos juntos y La Habana, nuestra Habana comparte y multiplica nuestras lagrimas y risas.

Amar, recordar a La Habana, no es amar piedras o vivir de recuerdos, es amarnos a nosotros mismos. Nuestra ciudad, no es los contratiempos o malos ratos que pasamos, no confundo ni cargo jamas mi Habana con culpas ajenas, la declaro inocente de penas y tristezas causadas por terceros o cuartos.

Por suerte, nadie puede desaparecer a La Habana por decreto, aunque existan quienes insistan en llamarla sólo un recuerdo y hasta duden de su existencia, ella esta ahí y aquí, en nosotros y en ellos, dandonos sombra y calor a los que la amamos y a los que creen que la olvidan. Se sobra Habana para todos y tendremos Habana para rato, ¡para siempre!  Si un día desapareciera, pido desde ahora el privilegio de irme junto con ella, de hundirme para siempre con el Malecon y el Capitolio, cuando un cataclismo gigante decida eliminarla.

No, La Habana no es sólo pedazos de recuerdos, ni un rompecabezas gigante que intentamos vanamente armar, como consuelo de nostalgias y ausencias. No es nuestro primer beso de amor ni un orgasmo perdido en un derrumbe o en un parque, La Habana, somos nosotros, los de aquí y los de allá, ¡nuestra propia sangre! Ella lo sabe y se inventa amaneceres y futuros en esa patria prometida, “con todos y para el bien de todos”.