Maggie, cubanísima y universal; eternamente, ¡La voz!

Muchos amigos me preguntaron si iría al concierto de Maggie Carles en el Miami Dade County Auditorium, hasta me ofrecieron entradas. Lamentablemente no asistí. Problemas familiares del otro lado del mar me restaron fuerzas y ánimos. Me quedé en casa, deseándole a Maggie el éxito que estaba seguro tendría; le sobran armas y virtudes, para repletar teatros y obligar a aplausos y ovaciones.

Por esos caminos y sorpresas de la Internet y Facebook, disfruté de sus actuaciones en vivo. Mi buen amigo Roly Perez, sin saberlo, me hizo un regalo especial que me llevo al teatro, me borró por instantes penas y preocupaciones y sumé mi aplauso al de muchos y desde la Hialeah de recuerdos y nostalgias, un bravo enorme estremeció la noche.

Para los que hemos seguido a Maggie desde sus inicios, el éxito de esta noche no nos sorprende, no es “un final inesperado” es convocatoria urgente, cuando a toda voz, nos señala con el dedo y nos dice segura y retadora; ¡Tú vas a amarme! Su público no se resiste y le responde en aplausos y ovaciones, te amaremos por siempre.

Maggie, es un fenómeno en escena, dueña de una gracia cubana sui generis y de una voz sin límites, es señora y dueña del escenario que se vuelve, a su influjo, sala de la casa, parque, malecón, calle habanera. Desenfadada y feliz regala éxitos, agudos y emociones en un derroche de arte y talento que nos hace confundir ciudades y teatros. No faltan en su repertorio números de Las hermanas Diego y Meme Solis, en ratificacion de excelencias y cubanias. Sé que muchos recordaron esta noche sus “Maggie en vivo”, muchos agradecieron su retorno a escenarios; saber que sigue vital y triunfadora, desgranando exitos, regalando arte; haciendo magia con su voz y encanto.

Ave fenix del arte y la escena, demuestra que el talento y el arte se imponen, mas allá de exilios y de anunciadas tumbas de artistas cubanos. Miami y los cubanos de este lado del mar agradecemos su presencia, su bastarse para desbordar escenarios, en entrega absoluta. Del otro lado del mar, la Giraldilla sonríe feliz, los girasoles aplauden; La Habana suspira de emoción y nostalgias.

Junto a Maggie, figuras destacadas del arte en Miami y el mundo, ayudaron a colorear una noche con tonos de arcoiris.

Gracias a Favio Diaz Vilela, hacedor de arte y milagros, angel y guardian incansable de nuestra cultura, por devolvernos a Maggie, por tomarla de la mano y regresarla al sitio justo, que entre aplausos y gloria, le pertenece. Gracias a todos los que aportaron esfuerzos y sudores . El concierto de Maggie, está ya del lado de lo logrado, forma parte de esa memoria colectiva reservada a lo especial, a lo genuino.

Mi primer comentario sobre un concierto al que no asistí, otro milagro de la voz de Maggie y de su arte, magia de amigos, conjunción de intentos. Tal vez mi Habana se las ingenio para que a lo Habanero2000, quedará un recuerdo de una noche que sé, que volverá a repetirse, porque Maggie seguirá, en vivo, de éxito en éxito, vistiendo de arcoiris y girasoles, cubanísima e internacional, universal; eternamente, ¡la voz!

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Un café vencedor de la Coca Cola del olvido.

cafe2 Ladron de guevara
Manolo salio de Cuba una mañana de abril. Su vuelo era para Ecuador, les dijo a todos que iba a buscar algunas cosas para hacer un negocio. Les mintió, su destino real era Miami. Los días previos a su viaje, anduvo por la ciudad, visito las casas de amigos y familiares, hasta fue a las escuelas donde había estudiado; fue como un recorrido por sus recuerdos, su historia. No faltó la visita a casa de abuela. Acumulo pedazos de su vida, de su ciudad, su Isla, como si quisiera llevarse todo lo necesario para hacer los cimientos de su nueva vida. Es difícil eso de irse con mas de 25 años a cuestas, a iniciar una nueva vida.

Antes de salir de casa rumbo al aeropuerto, se despidió de su mamá.
– Vuelvo pronto, le dijo con la certeza que da el amor y la voluntad.
– Yo estaré esperándote siempre, le susurro al oído. Mi hijo y esa mochila tan pesada, ¿Qué llevas ahí?
– De todo mamá, mi vida entera, la voy a necesitar. Me voy, pero mi vida entera va conmigo. Costo trabajo reunir todos los recuerdos, pero lo logre. Dijo mientras acariciaba su pesada mochila.

El recorrido desde Ecuador hasta la frontera de México con Estados Unidos, fue duro y lleno de dificultades inesperadas. Al pasar la frontera entre Panamá y Colombia en Playa de Miel, tuvieron que subir una montaña. La pesada mochila de Manolo le hacia casi imposible avanzar.
– Vas a tener que botar algunas cosas de la mochila o tendremos que separarnos y dejarte atrás, no podemos seguir demorando nuestro avance, tampoco queremos dejarte solo.
Le gritó uno del grupo. A pesar que no se conocían, los trabajos pasados, el objetivo común, los había hermanados y se trataban como si se conocieran de años.

Manolo abrió su mochila, miro sus recuerdos, los acaricio. No sabia cual de ellos sacar para aligerar su marcha; tomo la mejor decisión. Dejo la mochila con sus recuerdos en la montaña, juntos se bastarían para cuidarse; ellos sabrían el camino de regreso a casa. Los miró por última vez y siguió con el grupo. Los dejo como quien abandona la vida en una esquina; sin valor para mirar para atrás, con miedo de quedarse con ellos.

Sin el peso de su mochila, Manolo avanzo rápido, era de los que iban al frente del grupo. Tenían prisa, el miedo a que quitaran la ley de ajuste cubano o que cualquier país de los que atravesaban tomara medidas para impedir su paso, les daba fuerza y aceleraba su paso. A última hora decidieron cambiar el punto en que cruzarían la frontera de Estados Unidos. Por donde pensaban hacerlo habían recibido cientos de cubanos y demoraría mas de una semana procesarlos. El sitio escogido fue perfecto; en solo horas ya estaban del otro lado, se despidieron entre si con promesas de mantener el contacto. Cada uno del grupo tomo un rumbo distinto, tal vez nunca más volverían a verse.

Manolo llego a Miami, su tía lo recibió feliz. Siempre lo considero el hijo que la vida no le dio, tenerlo junto a ella la hacia feliz y mucho. Lo ayudo en sus tramites, Children and Family, Social security, licencia para manejar, el permiso de empleo. Nada se le escapo a Juana que averiguo bien todo, cuando supo que su sobrino estaba en camino.

El permiso de empleo le llego pronto. Ya su tía le había hablado a varias amistades que tenían negocios que su sobrino era “un bárbaro” con la computadora, que se las sabía todas, que se había graduado con honores de la Universidad de Ciencias Informáticas. Su primer empleo supero todas sus expectativas, comenzaría ganando 50 mil al año, con muchas posibilidades de promoción y mejora de salario.

Tía Juana estaba feliz y orgullosa de su sobrino, pero había algo en la mirada de Manolito que le preocupaba; como una tristeza sin consuelo.
– ¿Qué te pasa Manolito? Deberías estar muy feliz, esta es tu casa, tú eres para mí como el hijo que Dios no me dio, tienes un trabajo muy bueno. Hay mucha gente que lleva años aquí que no gana lo que vas a ganar tú. ¿Qué te angustia mi hijo? Háblame claro.
– Los recuerdos tía, los recuerdos que dejé. Yo no quiero tomarme la Coca Cola del olvido, yo necesito tomarme el café de los recuerdos; sin él no podría comenzar mi nueva vida. No quiero ser como esos muchachos que he conocido que niegan que son cubanos y se creen gringos y hasta el nombre se cambian; prefieren ser Joe que José o Alfred que Alfredo. No quieren ni hablar español, toman whisky y coffee americano. Yo quiero seguir siendo cubano ciento por ciento. Cuba esta aquí en mi corazón y lo que soy y seré, es por mi patria, mi infancia, mi vida, mi madre y mis recuerdos. Necesito los recuerdos que deje allá en Loma de Miel.
– Ahora mismito llamamos a tu mamá, ella sabrá como hacer para reunirte tus recuerdos y mandártelos.

La conversación telefónica fue mas corta de lo que Juana y Manolo pensaban. Juana puso el teléfono en altavoz (speaker), quería que Manolito escuchara toda la conversación.
– Pancha mi hermana, soy yo Juana. Aquí tengo a Manolito angustiado porque perdió sus recuerdos y no sabe si tú podrás reunírselos y enviárselos. ¿Te será muy difícil mi santa?
– El único problema es tener con quien mandárselos. Todos sus recuerdos están aquí en su cuarto. Aparecieron una mañana y se acomodaron solitos en su cuarto, se sabían muy bien el camino de regreso.
Manolito lloraba de la alegría, sin poder hablar. Juana siguió con la conversación.
– Pues de eso me encargo yo, si no encuentro quien vaya a Cuba, voy yo misma a buscarlos, déjame eso a mí. Te quiero mi hermana, después te llama Manolito, ahora esta emocionado, un beso y cuídate.

A la semana exacta Juana le entregaba a Manolo su mochila repleta de recuerdos. Los tomó, mientras acariciaba la mochila y se encerraba en su cuarto. Paso allí 4 largas horas. Salio con una cajita con un polvo verde oscuro, fue directo a la cocina. Le pidió a su tía la manga de colar café que guardaba de recuerdo, mientras ponía agua a hervir. Cuando todo estuvo listo, a punto de colar su café especial, llamo a sus amigos, los que se habían cambiado el nombre y no querían ni oír el nombre de Cuba.
– ¡Vengan pronto es urgente!

Mientras sus amigos llegaban, Manolo colaba su café especial. La cocina, la casa se inundaba de un olor extraño y agradable. Juana grito desde la sala.
-¡Ese arroz con pollo huele como el de mima! ¿Qué le pusiste? ¿Y ese olor que siento a la colonia bebito que te poníamos cuando eras niño? Ay Santa Bárbara bendita, si siento el olor de mima, a su perfume, también el olor a tabaco de mi difunto esposo ¿Qué es esto Manolito, que estas haciendo en la cocina? Eso es brujería, pero coño, es una brujería bendita que me ha recordado toda mi vida. Gracias Caridad del Cobre.
– Toma un buchito tía, toma.
Juana saboreo ese néctar que sabía a vida, a recuerdos, que despertaba rincones dormidos de su memoria, que la volvía niña, joven y mujer de nuevo, que le traía a su Cuba de vuelta.

Tocaron a la puerta, Alfred y Henry entraron a la casa, abrazaron a Manolito, besaron a Juana.
– ¿Qué pasa en esta casa acere? ¡Que olor más rico carajo!
– Manolito tendrás un poquito de Habana club por ahí, tengo ganas de sonarme un buen trago.
Manolito reía, mientras les servia el café. A su influjo las olas del mar golpeaban contra las paredes de la casa, el agua les salpicaba el alma. Los cuadros de las paredes se convirtieron en balcones habaneros y los pasillos de las casa en esas calles habaneras llenas de historia y recuerdos. Hasta pregones se escucharon desde el patio. Los vecinos venian corriendo. Convocados por el olor del café especial que como el flautista del cuento, los reunía y llevaba a lo mejor de sus vidas. Alguien saco un cajón y empezó una rumba, la casa se convirtió en solar y los recuerdos en vida.

Alfred y Henry se abrazaron mientras gritaban a coro.
¡Esto si es vida mi hermano! ¡Que viva cuba libre! Y un viva enorme retumbo en todas las calles de Miami.

cafe1 Ladron de guevara

 

Fotogarias de obras del pintor cubano Ladron de Guevara.

¡Estos quince de Florita, se tienen que celebrar!

Luis Carbonell, el acuarelista
Florita, entra en la casa llorando y gritando.
-Mamá, mamá, hay que suspender la fiesta de mis quince, sin él, nada será igual.
-Mira mi hijita, si alguien dijo que “los quince de Florita se tienen que celebrar” fue él. Celebrártelos, es el mejor homenaje que podemos rendirle. Si hasta hablo con la Aragón y van a venir a tocar, todo lo dejo planeao. La Fornés, te va a prestar el vestido para el vals, el mismito se lo pidió y hasta tu turno pa’l dentista te consiguió. No mi hijita, tus quince van. Serán como un arcoíris en La Habana, ¡una acuarela!
Mi hijita “¿y tu abuela donde esta?” debe estar arreglándose esas pasas pa’ lucir regia en tu fiesta. Cuando sepa la noticia va a llorar y va a gritar ellos eran muy amigos. El fue quien le consiguió que ella bailara en la comparsa Las Bolleras. De joven estaba loca por ser “comparsera” y el movió cielo y tierra hasta que la complació y dicen que había que verla arrollando por Prado; la vieja era tremenda de joven. A su madre le dio un ataque, pero no pudo evitarlo, termino aplaudiéndola a rabiar y esperándola bailando; eso lo llevamos todos en la sangre.
-Mamá, voy a casa de “la negra Fuló”.
-Si mi hijita, dile que después paso por allá y que no se olvide de la fiesta, tenemos que estar todos, así lo haremos feliz.

Florita llega a casa de la negra Fuló, la puerta está abierta, entra sin tocar, en un sillón con las pasas revueltas y luciendo un “Refajo marañón”, Fuló, llora sin consuelo.
-Se me fue mi negrito, se me fue, dijo entre sollozos cuando vio a Florita, “Se me murió mi negrito, Dios lo tenía dispuesto, ya lo tendrá colocao, como angelito del cielo”.
-Si Fuló, es duro, pero palante, pa mí, “el negrito esta dormio”, la gente como él, nunca se muere del todo. Muchos estamos “en trance”, pero creo que hay que recordarlo con rumba y alegres, no con llantos, mi mamá me lo dijo. No faltes a mis quince que de todas maneras, se van a celebrar.
-Tienes razón Florita, avísale a “la negra Asunción” ello lo quería mucho, debe estar desconsolá.
-Si les avisare a todos, no faltara nadie. Hasta Cristina ira, aunque dicen que sigue con “la alergia, esa alergia que camina”, espero que siga los consejos de Narinacea y este bien pa’ la fiesta.

Florita llega a su casa, su mamá se mece en el sillón con la mirada perdida en los recuerdos.
-Florita tengo “el problema resuelto”; “Madeimoselle Mercé”, la bailadora de bembé, la que se hace la francesa, llamo para decirme que el buffet va por ella. Dice que es lo menos que puede hacer. Me aclaro bien que no quiere a nadie vestido de negro ni con lloriqueos, muchos colores y risas, como le gustaba a él.
-Mamá, voy a llamar a Mariana.
Florita coge el teléfono, marca el número, habla bajito con su amiga Mariana. Su madre trata de escuchar algo, solo alcanza a oír el final de la conversación.
-“Espabílate Mariana que te me vas a quedar”.

Llego el día de los quince de Florita y nadie falto a la fiesta. Hasta la Habana llego, con su bata de colores, su pelo al viento y un ramo de girasoles y mariposas en las manos. Cuentan los que allá estaban que después del vals, un negro saco un cajón y en cuanto el cajón sonó, todos salieron bailando, esa “rumba de cajón”. Iban por el Malecón, priquitipu, priquitipu, pu, pu y al frente de la rumba, del brazo de la hermosa Habana, iba él, con su camisa de vuelos, diciendo a gritos, ¡Hasta siempre!
luis carbonel

Fotografias cortesia de Marvin Jui-Pérez

Miriam y un ramo de canciones.

mirian ramos
Gracias a las redes sociales y a mi blog, que me han permitido sumar amigos, reales y virtuales, supe de la presentación de Miriam Ramos en una de las salas del Miami Dade County Auditorium. Me puse de acuerdo con amigos, reservé entradas y me prepare para disfrutar de una noche de buena música cubana por una de sus mejores intérpretes. Estaba seguro; la noche del sábado seria inolvidable.

La primera parte del concierto fue la presentación del pianista Ulises Hernández. Recorrió piezas de Lecuona, Cervantes, entre otros. Su interpretación de la Malagueña, arranco aplausos prolongados. Cuando interpreto a Cervantes, recordé la primera vez que lo escuche, interpretado por su hija María, con esa gracia cubana que la acompaño hasta el último instante. Seguro desde el cielo, abrazada a su padre le decía; mira papá ¡Como aplauden tu música en Miami! Abrir un concierto donde el plato fuerte es Miriam Ramos, consciente que el público asistió convocado por su arte y encanto es sin dudas un reto. Ulises supo ganarse al publico que le dedico aplausos y ovaciones, que lo disfruto en cada nota y lo hizo suyo.

Un piano, una luz, Miriam, su voz y presencia, no hace falta más para desencadenar la magia y convocar lo mejor de la canción cubana. Se presenta y se adueña de todos, la noche le pertenece, se vuelve cubana a su influjo. No estamos en la sala de un teatro, somos un grupo de amigos en una plaza o parque habanero, sentados en un banco o en el muro del Malecón, mientras una amiga de lujo, nos regala canciones, nos embruja.

Sus dos primeras canciones las dedica a La Habana, “Habana, sirena que sueña dormida a la orilla del mar y solo acierto a llorar cuando en ti pienso…” Dedicar dos canciones a nuestra ciudad, traérsela en la voz y soltarla libre y hermosa entre nosotros, convierte el invierno en primavera. Casi nos quitamos bufandas y abrigos y dejamos que la brisa del mar nos refresque en esta noche, especialmente cubana y nuestra.

Miriam se disculpa, el frío, una inoportuna gripe, conspiran contra su presentación. Nos pide, casi nos suplica que la escuchemos con el corazón, no con los oídos. La Habana se las arregla para tensarle y arroparle las cuerdas vocales. Termina diciendo; es casi un milagro este concierto. No tengo dudas, un milagro del arte y el profesionalismo, un milagro de una noche habanera que la envolvió y cuido y le permitió pasearse por lo mejor de nuestras canciones.

No falta Lecuona en su presentación, sabe que todas esas canciones, están en nuestros corazones las regala una a una. Dejándonos disfrutarlas en éxtasis, con la cubania desbordada y el buen arte de fiesta.

Sencillamente exquisita, llama a escena a Lecuona, al Bola, al Benny. No me pidan “explicarles como fue, no se decirles como fue”, terminamos todos con la emoción desbordada y en el alma esa sensación de disfrute que solo el buen arte produce.

Sabe que su voz basta para la magia de la noche y se propone regalos extras. Se trae un pianista acompañante que al decir de una de las asistentes; es un monstruo. Rolando Luna, excelente pianista que recrea y crea arte y música en cada interpretación. Complemento perfecto para la voz de Miriam, para la magia de la noche habanera que se burla del frío y la geografía.

Termina el concierto, nos negamos a su adiós, regresa y ofrece a capella, Mariposa. De nuestros corazones brotan mariposas tricolores de agradecimiento que inundan el teatro y la noche, que reclaman otro concierto, otra cita con Miriam y nuestra música ¡La esperamos en otra noche inolvidable!

Arroz con pollo con sabor a Cuba.

Arroz con pollo con sabor a Cuba!
No se embullen con el titulo, no los estoy invitando el domingo a Yoyito’s a comer su arroz con pollo, tampoco me ha dado por empezar a vender cajitas con arroz con pollo en Hialeah. Este arroz con pollo es especial, lleva algo mas que pollo, viene cargado de recuerdos y aromas que se pierden allá, por un barrio habanero.

Me cuenta una amiga que cada domingo cocina arroz con pollo, es como un rito, un homenaje a la nostalgia, un dejarla hacer. En su casa, allá en La Habana, todos los domingos hacían arroz con pollo. Su abuela iba a compartir el almuerzo, la familia se reunía. Después de saborear el arroz con pollo dominical, iban todos al cine Rex. El arroz con pollo de mi amiga es especial, ni siquiera Nitza Villapol, podría dar la receta. No solo tiene pollo, arroz, cebolla, ajo ají, condimentos. Este arroz con pollo alcanza su punto con un tim de recuerdos, una pizca de nostalgia y un montón pila burujón puñao de amor por su barrio, por La Habana, por Cuba, por su madre que la espera y sueña a cada instante.

El arroz con pollo de mi amiga, se cocina al fuego lento del amor a la familia, se protege de los vientos del olvido a fuerza de amor, de amor del bueno. Estoy seguro que de vez en cuando alguna lagrima le da el punto justo y su hijo, sin saber el condimento exacto, le dice; ¡mami, hoy te quedo especial! Mi amiga, sabe que no esta sola cuando cocina, desde el sur su madre le sopla ingredientes y mezclas, la asiste en la distancia, garantizando esa sazón única y especial que solo ellas logran.

Hablando con mi amiga sobre su arroz con pollo, recordé al poeta que decía que Cuba, la patria “podía ser un plato de comida, de arroz con frijoles negros, ropa vieja, carnita de puerco, yuca con mojo y ese platico es Cuba y me lo como y me llena y me alimenta”. La patria, el amor por lo nuestro, nuestras raíces, están en todas partes. Un café, un postre, un arroz con pollo, adquieren matices especiales, míticos, evocan momentos vividos, adelantan momentos por vivir, viajamos con ellos en el tiempo. Hace días me invitaron a almorzar, te haré enchilado de camarones, dijo mi amiga. Me negué, quiero moros y picadillo con pasitas, aceitunas y papitas fritas picadas en cuadritos. Quería, al final, una comida como la que hacìa y hace mi mamá en Cuba. Así somos, inventándonos el barrio, la familia, la patria en cada esquina, llevándolos en el pecho a todas partes, orgullosos de nuestras raíces y origen. Cubanos que desayunan los domingo en Denny’s y después corren a un buen restaurante cubano y piden arroz, frijoles negros y carne e’ puerco.

Cuando mi amiga destapa su cazuela de arroz con pollo cada domingo, es una fiesta de los sentidos, no solo del olfato. Siente olas rompiendo contra el Malecón, vendedores ambulantes anunciando sus productos, vecinas llamándose y pidiéndose un poquito de sal o comino. La cazuela deviene mágica y trae su barrio habanero a Miami, lo reinventa para ella. Mi amiga siente un viento que la refresca, que inunda su casa, la limpia de olvidos y distancias. Cada domingo se inventa a Cuba en su arroz con pollo, sienta a su madre a la mesa y al influjo de olores y recuerdos, vuelve a ser niña.

Mi amiga, sin saberlo ha creado un arroz con pollo especial, con sabor a Cuba, una receta que no puede escribirse, solo pasarse de alma en alma, como nuestro amor por nuestra Isla.

Aclaración, gracias a Joaquín Pérez que me contó la historia y a Lourdes Yañez, que algún día me invitara a probar su arroz con pollo. La fotografía es del arroz con pollo de mi amiga, no doy la dirección para evitar colas y desordenes los domingos, frente a casa de mi amiga.

La Habana en un sombrero.

“Si me obligan, me robaré La Habana.

La romperé, verás, con un martillo.

Traeré de contrabando, en el bolsillo,

la noche, nuestro mar y tu ventana.”

Eliseo Alberto Diego.

Salio de Cuba siendo una niña, apenas 7 años. No quería irse, dejar atrás sus amiguitas, su escuela. Por su edad, no tuvo otra opción que obedecer. Cuentan que al alejarse el bote de la costa, sus ojos intentaban retener su ciudad. Sus ojos inmensos miraban la ciudad, queriendo atraparla, llevársela en ellos y evocarla luego en la distancia.

María Luisa, estuvo solo unos días en Miami, viajo con su familia a New York.

– Amaras la gran ciudad, le dijeron sus primas que apenas conocía

Cerró sus ojos, evoco las calles de La Habana, su camino a la escuela, sus amigos, abrió de pronto los ojos.

-No podré, susurro. Tengo a La Habana aquí, dijo mientras se tocaba el pecho.

El tiempo pasó, la niña se hizo mujer. Creció sin olvidar el lugar donde nació. Aprendió que se puede amar a más de una ciudad, New York, era también su espacio, su lugar. En ella se había hecho mujer, estudiado, parido sus hijos, demasiados recuerdos para no hacerla suya. En su corazón, convivían sus dos ciudades, en espacios diferentes, conformando recuerdos, sueños y ansias.

Una tarde de marzo, alguien le comentó que estaban organizando un viaje de turismo a La Habana, serian solo 5 días, recorrerían la ciudad y estarían hospedados en un hotel al centro de la ciudad. María Luisa, comenzó a soñar con volver a andar La Habana, después de 23 años.

-¡Regresar a La Habana! ¡Volver a andar sus calles!

María Luisa, se llevo las manos al pecho, tratando de contener su corazón desbocado, que amenazaba salírsele del pecho.

-Cuenten conmigo, arreglare todo en mi trabajo, ¿Cuándo partimos?

-El próximo abril, abril es un mes perfecto, por eso lo escogimos.

María Luisa, se quedo pensando en su regreso a La  Habana, recordó su infancia, su partida, su dolor. Todos estos años sin volver, sin fuerzas para un regreso, la habían preparado para el encuentro aplazado e inevitable. Volvería a su ciudad a andar sus calle, buscaría en ellas su infancia, su otro yo, el que tuvo fuerzas para quedarse, a pesar de insistencias y escaseces. Antes no se hubiera atrevido, ahora sabía que su corazón estaba a mitad de camino entre La Habana y New York, ya era hora de enfrentarse a sus fantasmas. Ese reencuentro aplazado por años, seria una especie de exorcismo, lo necesitaba para estar en paz con ella misma y ser del todo feliz.

Llego el día del viaje, María Luisa, apenas durmió. Antes de salir,  recogió su maleta con sus pertenencias, tomo su cartera, beso a sus dos hijos.

-Son solo 5 días, pronto estaré de vuelta, dijo mientras sonreía.

Se subió al auto, donde la esperaba su esposo, antes de cerrar la puerta, la voz de su hijo Manuel, el mayor, la hizo volverse.

-Mama, el sombrero de abuela, siempre dijiste que si volvías a Cuba, lo llevarías. Abuela te lo pidió antes de morir, siempre dijo que lo necesitarías en tu viaje de regreso.

-Con tantas emociones, casi lo olvido, dijo María Luisa sonriendo.

Tomo el sombrero, miro la foto de su abuela en la sala, con una expresión seria y triste. Subió al auto, cerro la puerta. Recordó a su abuela, una vieja encantadora, que le gustaba tirar las cartas y que siempre decía que sabía algo de magia y conjuros.

El avión aterrizo a la hora prevista, fue la primera en descender. No escucho las preguntas del inspector que la interrogaba mientras revisaba sus documentos, un sonido extraño, la saco de su éxtasis, abrió la puerta ante ella. Espero una hora por su maleta, mientras ella miraba más el paisaje que entraba por la puerta que al carrousell que giraba y giraba, enloqueciendo a más de uno. Tomo su pequeña maleta, hizo los tramites necesarios y salio corriendo, como una niña de 7 años a quien esperan sus amiguitas para jugar.

Todo el trayecto al hotel, lo hizo con lágrimas en los ojos, lagrimas de felicidad, de alegría. Su ciudad la recibía con la mejor de sus sonrisas, un arco iris enorme se dibujaba en el cielo.

Llego al hotel, se cambio de ropa, iba a salir del cuarto,  descubrió sobre la cama, el sombrero de su abuelo, lo miró. Recordó que su abuela siempre le decía; si un día regresas a La Habana, llévalo a todas partes, no salgas sin él. Cogió el sombrero, que a pesar de los años, lucia nuevo y hasta a la moda. En el Lobby del hotel, estaban dos o tres del grupo.

-No vas a esperar al guía? Sin él, podrías perderte.

María Luisa, sonrío.

-Es mi ciudad, no podría perderme jamás.

Salio a la calle, se puso el sombrero, en ese mismo instante, empezó una historia increíble. Desapareció una de las columnas del portal de hotel. Nadie noto su ausencia, las demás columnas, se corrieron un poco, disimulando su ausencia.

Andando por la ciudad, María Luisa, reía, mientras caminaba por calles estrechas y miraba las sabanas blancas al viento, desde los balcones. Algunas de las calles, perdieron una acera o un pedazo. Un viejo, mientras fumaba un tabaco, decía

-Yo hubiera jurado que ese edificio tenia 6 balcones y no 5.

Así, poco a poco al paso de María Luisa, algo de la ciudad desaparecía sin que ella se diera cuenta, sin proponérselo.

Los cinco días pasaron rápido, siempre sucede así, cuando se es feliz. María Luisa, había sido inmensamente feliz, recorrió el barrio donde nació, anduvo por sus calles. Este viaje le sirvió para conocer sitios de la ciudad que desconocía, para hacerla mas suya. Cada segundo vivido en su ciudad, era atesorado. En este mundo, donde escasea la felicidad, un desbordamiento de alegrias y sueños, siempre sorprende, aunque sea abril y estemos en La Habana. La parte de su corazón que pertenecía a New York, no le dio mucha importancia a tanta felicidad, sabia que al final regresaría, que todo volvería a la normalidad, que seguiría siendo neoyorkina, aunque fuera solo a medias.

Cuando fue a chequear con los inspectores, hizo un gesto para quitarse el sombrero.

-No déjeselo, debe estar como en la foto del pasaporte.

¿La foto del pasaporte con sombrero? María Luisa sonrío, debe estar bromeando, pensó para si. Cuando el inspector le devolvió el pasaporte, ahí estaba ella, en la foto, con el sombrero de su abuela puesto, que locura, pensó. Fue directo al avión, miraba por la ventana la ciudad que se empequeñecía hasta desaparecer.

Al llegar, también le dijeron que no se quitara el sombrero, que debería estar como en la foto. Otra vez con lo mismo, pensó. Cuando el inspector de inmigración le dijo; welcome back, mientras le devolvía el pasaporte, vio asombrada, como en la foto, tenía puesto el sombrero de su abuela. Son muchas emociones, por eso estoy confundida pensó, sacudió la cabeza. Busco a su esposo y sus hijos que la estaban esperando. Los beso y abrazo entre lágrimas.

– ¡Mom que linda estas, pareces un hada! Exclamo su hijo más pequeño al verla.

María Luisa, llego a su casa, abrió la puerta, miro al retrato de su abuela. Desde la pared, su abuela le daba la bienvenida con una enorme sonrisa. Se sorprendió, volvió a sacudir la cabeza, tengo que descansar, pensó, han sido días muy intensos. Entro a su cuarto, se quito el sombrero que le pareció más pesado que lo usual, lo arrojo sobre la cama. En ese instante su habitación se lleno de sinsontes y colibríes, un tocororo salio volando de entre las sabanas. Olas rompiendo contra las paredes de su cuarto le salpicaron de salitre el rostro. Allí, frente a ella, en miniatura, estaba su ciudad, decidida a no perderla, a acompañarla por siempre.

Fotografia de la pintura, Habanera de Fuentes Ferrin, pintor cubano radicado en Houston